50 relatos de Grey (43 de 50) – Papá de los 90

El día siguiente a la verbena, cada uno se agenciaba algún recipiente, y buscábamos petardos. La gente los perdía durante la noche, parecía que a veces incluso los tiraban. Ahora algunos añoramos el silencio, lo buscamos, igual que antes buscábamos petardos. Pero de críos éramos –quizá necesariamente– adictos al ruido.
Puede que fuese más fácil encontrar petardos extraviados entonces que silencio ahora, pero eso no da para que nadie te pregunte nunca si has visto alguna vez un cadáver.
Se perdían de todo tipo, desde los más inofensivos hasta los que eran capaces de reventar un ladrillo. Los más peligrosos eran los más buscados. Lo que en realidad buscábamos de alguna manera era el horror a la luz del día, o de la luna, dinamitar la tranquilidad que proyectaba la pose de los adultos. Los adultos vivían en esa especie de error de percepción general aceptado como acierto. Ese rollo católico filtrado a distintos niveles. Creo que en el fondo todos pensaban que su sacrificio con el trabajo no vocacional y la tediosa rutina, traería algo más que nóminas y sábados. Para los críos, la festividad en que se tiraban petardos –y aunque no pensásemos en estos términos– era la oportunidad inconsciente de representar nuestra humilde anarquía.
No teníamos suficiente con la verbena de San Juan, claro, así que durante todo el día siguiente estirábamos la fecha hasta agotar todo resquicio de pólvora a la vista.
Dudo que ahora se vendan ya según qué artilugios con mecha. Yo no estuve en Normandía cuando allí hicieron verbena; pero he visto ojos sangrando, cortes horribles, le vi hasta el hueso de la rodilla asomando a un amigo. He visto cristales clavados en brazos y piernas, ventanas rotas, farolas explosivas y hogueras descontroladas hasta oír la sirena de los bomberos. He visto a chavales intentando de verdad quemar su barrio desde las puntas. No es que fueran conscientes de lo que hacían, pero lo eran del desahogo que lo que hacían les proporcionaba.
En una de esas resacas matinales, encontramos una buena botella de vino abandonada. Estaba vacía y lista para servir a nuestros objetivos, o más bien a nuestra rabia por la carencia de ellos. Para entonces ya teníamos una buena colección de pequeños explosivos.
Estábamos vivos y nuestras piernas y brazos eran funcionales. A ello, pues. Lo divertido, en el fondo, era que nosotros encendíamos la mecha, colábamos el petardo gordo en la botella, y salíamos corriendo. Pero no se podía saber si en ese momento llegaría alguna señora con la compra. Si alguien pagaba el pato, no sería ningún menor de catorce años. Creo que nosotros lo sentíamos como una excepción. Por una vez, la torta, el guantazo, la paliza, se la podía llevar el viejo, la vieja, el hermano mayor, los capullos que nos trataban como a mascotas problemáticas. Qué se le iba a hacer, era una trastada de chiquillos, no hacíamos más que encajar en la forma que ellos tenían de vernos. Y vaya si encajaríamos.
Un fragmento reventó un globo ocular, otro chico tropezó y su rodilla fue a parar la esquina de un bordillo. Trozos de cristal entraron en el salón del tío que nos solía inundar la plazoleta para que no jugáramos al fútbol. Ese cabrón conectaba una manguera y encharcaba a propósito la grava. Algunos fragmentos brillantes rebotaron dentro de su casa, como en una caza del diamante a la inversa. Yo me llevé un buen corte. A alguien le tuvieron que sacar una estalactita de la uña del dedo índice, que estaba fuera de sitio. Dedos, ojos, caras, manos y piernas en carne viva, los lloros se oían por todo el barrio. Al parecer, aquello tenía alguna clase de mecha rápida, pero no porque vendieran así aquel petardo, sino porque alguien preparó el cebo, y nosotros éramos la pesca.
Sospechamos enseguida del hijo de puta que nos jodía los partidos de fútbol. Con los años se confirmaría que había sido él. Al principio pensamos que fue algo tonto, porque no reaccionó de ninguna manera. Pudo haber salido escaldado, pero ni aun así representó al menos los cuatro gritos de rigor. Luego entendimos. Obviamente no había nadie en casa, y dejaron las ventanas del bajo abiertas para –supongo– reducir posibles daños. Sólo ondeaban las cortinas tras los barrotes, mientras él y su familia de mierda (sólo me daba pena su hijo), estaban en la playa o visitando a otros familiares de pacotilla.
Aquello era la excusa perfecta para estirar más nuestra fiesta. Nos agenciamos una traca de petardos de cincuenta. Eran pequeños pero harían su función. No sentíamos la necesidad de escondernos, así que, tres días después, a las nueve, en otra apacible noche de verano, nos colocamos frente a los barrotes de su ventana (los más parecidos a los de una cárcel que hemos visto en una vivienda), encendimos la mecha, y tiramos la mercancía dentro de su salón. El hijo, de unos nueve años, estaba en su cuarto. Papá y mamá, viendo la tele. Nuestros lloros días antes se habían oído por todo el barrio, pero luego les tocó el turno a nuestras risas. No nos movimos de nuestra plazoleta. Éramos los que más la usábamos, de modo que nos sentíamos más propietarios que vecinos. Papá jodepartidos no gritó, aunque sí su mujer, que se llevó un buen susto. Lo que hizo el tío, fue hurgar en alguna habitación buscando lo que supongo era su juguete más preciado.
Algunos de nuestros padres fueron al funeral. Nosotros no, sólo nos dolía que aquel chico se hubiera quedado sin padre (o lo que fuera). Y no pasó mucho tiempo hasta que bromeáramos sobre el asunto. Un colega imitaba a la perfección el momento. Cogía un palo o una rama a modo de escopeta de caza, corría unos metros estilo ogro, y fingía tropezar. Luego imitaba casi a la perfección el ruido de explosión de la munición, atravesando la cabeza desde la mandíbula hasta la coronilla. Fue también traumático, obviamente, pero nunca más después de aquellos días nos sentimos con nuestro propio lugar en el mundo.

hoguera

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7 comentarios en “50 relatos de Grey (43 de 50) – Papá de los 90

  1. Los adultos estúpidos y los niños cabrones hartos de que los traten como a mascotas, el relato funciona, Jordi, lo visualizo, engancha, con un final de “traca” Literal.

    Y eso que no me identifico ni con los niños ni con los adultos de este cuento…

    Fui una niña ensimismada, solitaria, que soñaba con ser espadachín o indio de las praderas. Que creía que el mundo real era el que vivía en los libros y las pelis.

    Me gustaba el silencio. Los adultos sólo me parecían extravagantes. Me lo siguen pareciendo.

    Un beso,

  2. Yo nunca me marqué una trastada de semejante magnitud, sólo llegué al allanamiento de morada y robo de una vivienda cuyo dueño -creíamos- había fallecido. El expolio y saqueo pareció totalmente justificado, hasta que nos pillaron y todas esas cosas. Uf.

    O quizá mi trastada simplemente tuvo la suerte de no incluír un tío asustado con una escopeta.

  3. Hola Jordim! Pasé para agradecer tu comentario en mi blog, y realmente me impresionó mucho la lectura de tu texto,mucha fuerza,mucha potencia en las imagenes.

  4. NO sé si has recibido un comentario que te dejé agradeciendote el tuyo en mi blog, donde te decía que me había encontrado con tu espacio y me quedo muy impresionada por la fuerza de tus textos.

  5. Un lejano recuerdo a mis explosiones (spuknis) con botes de carburo, los robos de sodio de metal en la fábrica de aceites (para lo mismo) o la pólvora de los cartuchos de mi padre. También fui una alhaja de niño.

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