50 relatos de Grey (44 de 50) – La mili de los niños

Yo podía llegar a pasar una clase entera con el libro de texto abierto por la página equivocada. A estas alturas, me apetece hablar de la caracaballo. Ni tan siquiera ocultaré su mote, y es probable que lo mencione todas las veces que pueda. Caracaballo. Caracaballo nos daba inglés y matemáticas y la llamábamos caracaballo porque tenía un parecido asombroso con un caballo. Pero no sólo por eso. Caracaballo acentuaba esos rasgos con su insistente cara larga, esa actitud de quien quizá un día descubra lo que todos sabemos respecto a sus ansias de suicidarse. Caracaballo nos odiaba, especialmente a los niños que eran como yo, a los que nos habían arrebatado la motivación – hablemos con propiedad– profesores y profesoras como Caracaballo. Caracaballo me odiaba por desconectar de sus clases, en las que lo más valioso que aprendía uno, era que desconectar a veces es necesario si no quieres acabar con esa puta cara de caballo.
Caracaballo tenía una sustituta. Era una chica más joven y con menos cara de caballo, pero que por desgracia estaba siendo tutelada de alguna forma por la caracaballo. Nos tocó un examen con ella, y sin duda lo vio como su oportunidad de demostrar las lecciones de actitud que había aprendido de su compañera de cuadra. Odia, cobra, menosprecia, asquea, sé una profesional equina de la enseñanza, finge, haz apología de tu lunes eterno. Conmigo, así como con otros dos o tres alumnos, la sustituta de Caracaballo era igual de “simpática” (o menos) que Caracaballo. Su nombre real no duró ni dos telediarios. Primero fue la potrillo, y de ahí pasó directamente a la putilla. Si no hubiese sido por lo cabrona que era, hubiésemos valorado su belleza de otra forma, pero como se comportaba como una mala puta, fue nuestra putilla (putón, zorra, ramera, y a veces, también, el muy apropiado: hija de puta).
El examen con la putilla era de matemáticas. Yo llevaba años ajeno a las clases de matemáticas, me habían dado por perdido hacía mucho. Aunque cualquier alumno –aprobase o suspendiese– odiaba esa clase (pelotas babosos al margen), nunca se plantearon enseñar matemáticas de una forma en que la palabra viernes no apareciera menos de cincuenta veces por tu mente. Esto, de todas formas, pasaba más o menos con todas las clases. Si nos hubiesen estado enseñando paracaidismo, habríamos aprobado o suspendido los mismos, pero estaríamos todos muertos.
Yo era un alumno patético, pero ahora creo que lo era de la misma forma que se podría considerar patético a un judío por no entrar al trapo con el rollo de los nazis. ¿Cómo coño podía alguien sucumbir a la tiranía aceptada de Caracaballo? ¿Quién se podía creer que la putilla podía tener puta idea de cómo llegar a los niños?
La clase en la que hacíamos el examen, no tenía ventanas. Era una de esas aulas que a veces se usaban para clases de refuerzo (aunque aquel día no era el caso). Es decir, si te iba muy mal en alguna asignatura habiendo ventanas, estando con todos tus compañeros, y sintiéndote al menos uno más, ¿qué mejor para intentar que mejoraras que llevarte a una “clase de refuerzo” sin ventanas, con los demás “tontos” y el ambiente perdonavidas por excelencia?
Eran mates, pero no recuerdo de qué era el examen. Imagino que sería la típica temática cerrada, ejercicios que, a no ser que en el futuro te dedicaras a determinada profesión extremadamente específica, jamás te servirían para nada. La putilla me ponía algo nervioso, más que Caracaballo, cuya forma de mirarme por encima del hombro consistía básicamente en pasar de mí. Pero la putilla aún no sabía de qué íbamos cada uno, así que podía perfectamente dirigirse a mí como si yo no quisiese estar en cualquier otro lado. La única forma de haberle hecho entender cuál era mi rol a los catorce años, hubiese sido decirle que yo iba al colegio, sí, pero que había perdido la fe en él algo así como en tercero de primaria. Lo sabía yo y lo sabía el colegio, y entonces aún quedaban muchos años para que se sospechara la puñetera basura de parking para críos que era el sistema educativo.
La putilla, como venía a dar clase de forma puntual, no se enteraba. Lucía esa pose de quien ha decidido firmemente que nadie osará intentar un enfrentamiento; ese rollo que a la vez la alejaba por completo de cualquier atisbo de trato humano para contigo. Hacía su papel, que de todas formas era apropiado según la inercia vigente entre el profesorado. Por eso cuando un profesor era bueno, era algo tan sumamente raro, era como encontrarse un billete de cinco mil pesetas de la época. Un profesor de vocación, una profesora buena, eran como mitos de los que algunas personas hablaban, leyendas urbanas que te gustaba escuchar, porque eran emocionantes, incluso inquietantes (¿no aburrirse increíblemente en un aula?, ¿cero humillaciones?, ¿aprender algo importante sobre el mundo o sobre ti mismo?). Pero, como con todo lo demás, lo mejor era no tener muy en cuenta esas historias. Costaba imaginarse a esos profesores casi de ficción, porque, realmente ¿estaban permitidos? El colegio era como la mili de los niños, era así, y ¿qué mili no se ha concebido para enviar un mensaje de miedo? O crecías aterrado o eras un vago.
Y yo estaba aterrado, aunque sacara malas notas. En algunas clases lo pasaba muy mal, mirando a la nada, intentando que no me ubicaran y me sacaran a la pizarra. A veces era muy aburrido, pero a veces la clase se eternizaba por otros motivos.
Durante aquel examen, la putilla se paseaba cual mamífero vigilante por la clase, estudiando nuestros movimientos y –seguro– deseando delatar a algún copión. A veces se sentaba tras su mesa de profesora nacionalsocialista, y nos miraba uno a uno. Para mí aquel ambiente era incluso más opresivo que el que alimentaba Caracaballo; Caracaballo apostaba más bien por cuidar todos los detalles relacionados con conservar la exasperación del tedio, y alimentar un miedo atroz al futuro, que se nos comería o no dependiendo de cómo rindiéramos en sus clases. Caracaballo solía caer muy bien a los padres de todos, que la veían como la profesora recta ideal que no admitía tonterías. Se les escapaba que tampoco admitía rasgo alguno de humanidad. Humanidad, qué cosas… La putilla quería seguir sus pasos, era más importante quedar bien ante los adultos que ante los niños. Los niños no tenían dinero.
Me miró y la miré. Yo fingía hacer cuentas con los dedos, miraba mi papel y anotaba alguna cosa. La putilla resopló dando a entender que no se tragaba mi pantomima. Fue uno de los momentos más humillantes de mi trayectoria como “estudiante”.
La putilla tenía un buen culo. Tenía una llamativa melena rubia (no recuerdo si natural), y en general un buen cuerpo. Solía vestir blusas y tejanos bastante ajustados, de cuando los tejanos se subían hasta el ombligo. Su aspecto contrastaba (y cómo) con su forma de ser. No te la podías imaginar haciendo una mamada o cabalgando ninguna polla, y si no podías a los catorce años… Es difícil saber cómo esa mujer –antisexo en un cuerpo perfectamente sexual– conseguía resultar tan odiosa.
Tenía que haber algo más. Tenía que tener otras facetas.
Lo chocante es que, habiendo yo descartado que ella tuviera vagina o un corazón, días después su mundo de la estrechez se vino abajo por completo.
Había un profesor de F. P. en el mismo centro. Tenía fama de ser precisamente lo contrario a la putilla. Corrían historias sobre él, historias de drogas y de sexo, y también de haberse llevado mejor de lo que la normativa permite con alguna alumna de Administrativo (no culpo a nadie: hablamos de una chica de 17 o 18 años…).
Recuerdo haberme quedado castigado en cierta clase con nuestro tutor. Dos horas, de cinco a siete de la tarde. Las cinco era la hora de salida. Estábamos unos cinco compañeros y yo. Nuestro “delito”: hablar. Habíamos hablado demasiado durante cierta clase de Lengua. No solían castigarme nunca. De hecho, en ese sentido era un alumno ejemplar. Quizá por eso, el tutor, que no quería dejar la clase sola ni un minuto, me confió un encargo. Me dijo que llevara una carpeta al despacho de Caracaballo. Incluso me dio unas llaves. Caracaballo no estaba, y cada vez se ausentaba más, porque al parecer tenía alguna clase de cargo en algún comité educativo. Quien usaba ese despacho en su ausencia era la putilla. Quizá el error del mundo adulto, fue hacer más de una copia de determinada llave.
Recorrí varios pasillos, y llegué ante la puerta del despacho de Caracaballo. No oí ningún ruido, lo cual quizá me habría frenado. Así que, con toda confianza, metí la llave en la cerradura y abrí la puerta. Puede que empleara en ello sólo un par de segundos, porque me encontré con una escena que jamás habría soñado. El profesor de F. P. estaba estirado boca arriba sobre un plástico extendido en el suelo. La putilla estaba en cucillas sobre su cara, no llevaba ni pantalones ni bragas, aunque sí una de sus blusas recurrentes. No llegué a ver su bello púbico. Desde mi ángulo, todo el protagonismo se lo llevaba su culo blanco y firme. No quise mirar mucho más, el profesor estaba desnudo y se machacaba a conciencia lo que me pareció un micropene en toda regla. Ella soltaba su chorro amarillo en la boca del lince de la F. P. Recuerdo el sonido, como de pequeña cavidad recibiendo el agua a presión de un riachuelo. Me quedé petrificado, lancé la carpeta encima del escritorio. Ellos se sobresaltaron, pero no intentaron disimular ni hablarme. Cuando cerré la puerta (con llave), oí maldecir a la putilla. Creo que al profesor le dio un poco igual.
Sabía lo que tenía entre manos. Lo que hubiesen hecho muchos, es correr la voz, algunos puede que incluso intentaran chantajear a esa cabrona.
Yo no hice nada.
En la siguiente clase sin ventanas con ella, un par de días después, mientras se suponía que estábamos haciendo ciertos ejercicios, miraba fijamente hacia su mesa. Buscaba sus ojos. Por una vez, un alumno tenía el poder de hacer que la putilla le ignorara. Yo podía haber contado ya lo que pasó. O no. O aún no. Podía haber hablado con quien quisiera. También podían no haberme creído. Pero eso daba igual; porque ella y yo sabíamos lo que había pasado. Yo tenía todo el poder, y ella sólo era una putilla. No necesitaba que me aprobase por el morro (aunque lo hizo), no necesitaba que me tuviese miedo (aunque lo tenía). Me bastaba con su terrible periodo de angustia. Me bastaba con la proyección de lo que ella era capaz de hacer. Se convirtió en las mejores pajas, y ya nunca más me miró resoplando, ni menospreció mis pantomimas.

milili

 

 

4 comentarios en “50 relatos de Grey (44 de 50) – La mili de los niños

  1. Sólo hace falta un poco de motivación para la masturbación 🙂

    Si dejas la frase en: Odia, cobra, menosprecia, asquea, sé una profesional

    Creo que podría aplicarse a casi todos los trabajos que conozco..

  2. Si las aulas eran un lugar de trabajo, siempre me maravilló que en ellas se exigiera silencio. La mayor parte de los lugares de trabajo están llenos de bullicio y de actividad y, no digamos ya, de palabras. Donde se va a aprender, las palabras son imprescindibles porque, al final, cada uno aprende cuando quiere y no cuando se empeñan en enseñarle. Siempre he dudado de la enseñanza pero no del aprendizaje.

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