50 relatos de Grey (45 de 50) – Mama

Era mi primer día de excursión con el colegio, mi primera vez. No recuerdo dónde íbamos. No recuerdo casi nada, de hecho, nada de lo que pasara después de que el autobús arrancó. Yo debía tener seis años. Ya entonces miraba al pasado con añoranza o terror; evoqué el trauma que supuso para mí poco tiempo antes el que mis padres me abandonaran en un aula de párvulos. Un aula llena de niños desconocidos, o incluso niñas, que tenían rajita en lugar de pilila. Todos en un aula durante horas, dibujando y pintando lo que una chica de veintipocos años nos espoleara a dibujar y pintar. El primer día nos limitamos a llorar hasta que nos devolvieron a nuestros padres.
El día de la excursión, entré poco confiado al autobús. Tenía todo el programa en mi cabeza, para mí no era tanto una excursión como una misión: sobrevivir. Pensaba en los bocadillos que llevaba, en mi cantimplora de agua. Pensaba en hacer caso a los profes; cualquier otra cosa significaba perderme o morir, o acabar en manos de algún adulto desconocido descerebrado. Y morir.
Me había acompañado mi madre hasta la puerta del cole, y luego hasta la del autobús. Para mí era muy importante tenerla a la vista hasta el momento en que nos fuéramos. Me senté en un lugar en que podía verla desde la ventana.
Entonces llegó una de las profesoras.
Creo que venían dos profesoras y un profesor. Debían estar al cargo de unos cincuenta niños. Dos clases. Dicha profesora comenzó a contarnos, y, por algún motivo, a redistribuirnos. Nos cambiaba de sitio, pero aún hoy no tengo ni idea de por qué.
El Horror.
Cuando sucedían cosas así, yo siempre sabía que me salpicarían. Mi madre estaba con algunas otras madres, todas en la acera haciendo una especie de guardia de la primera excursión. Eran las amas de casa de la época. Los papás o bien ya estaban trabajando, o bien –como el mío, que tenía el turno de noche– estaban reponiendo fuerzas.
Obviamente, me cambiaron de sitio. Me pusieron en el otro lado del bus, y ya no podía ver a mi madre. En cualquier momento nos marcharíamos. Protesté, ojos llorosos mediante, y al cabo de un minuto me devolvieron al sitio en el que estaba. Pero entonces mi madre ya no estaba ahí. La vi de refilón dando la vuelta para situarse al otro lado y poder verme. Aquello era una pesadilla, porque no podía hacer nada sin pedir permiso, así que volví a protestar. Me dejaron levantarme e ir al otro lado, aunque luego tuviera que volver a mi sitio. Si no podía decir adiós a mi madre, el día empezaría fatal, o se me haría inquietante y eterno. Yo no quería ir a ninguna estúpida excursión; pero todos se empeñaron porque supuestamente era algo constructivo. Mis padres firmaron el permiso y pagaron los gastos pertinentes.
Me vi yendo de un lado a otro del bus, mareando a mi madre, que ya no sabía desde dónde verme. Daba la sensación de que todos los demás tenían perfectamente ubicadas a sus madres. Mi madre me había preparado los bocadillos y había elegido la cantimplora y mi ropa, me había despertado y me había preparado el desayuno, así que tenía que poder verla el momento justo antes de que nos pusiéramos en marcha. Esa era mi lógica, y mi lógica era inquebrantable.
Rompí a llorar definitivamente. Esto lo hacía con facilidad. A veces era capricho de crío y a veces lo hacía porque mi situación me parecía un drama. De repente me sentía como un niño desgraciado, en la oscuridad, perdido. Todo era peligroso y todos sonreían (o eso me parecía) y yo no sabía qué pintaba allí. A decir verdad, no era el único crío inquieto; porque siempre los había que iban de sobrados. Alguno solía ir al camping de sus padres, o estaba acostumbrado a algún apartamento en la playa, o incluso ya había pasado algún periodo sin ver a sus padres. Estos niños disfrutaban haciéndonos sentir fatal al resto. Con los años y el vello corporal, esa jerarquía no desaparecería, sólo se volvería distinta en el contexto, y más sutil en las formas.
Al final pude decir adiós con la mano a mi madre, lo hice desde el asiento en que me había sentado inicialmente. El autobús arrancó y luego tocaba cantar canciones, pasear por sitios, bosques o museos. Tocaban los Oasis en Manchester, malas notas y un primer polvo en un huerto; tocaba hacer cola en el Inem, otro mal curro y separarse del mundo. El autobús iba hacia el futuro, y yo, con o sin suerte, en un viaje hacia mi interior, el asiento de mi elección, que me habían dicho estaba prohibido.

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