50 relatos de Grey (46 de 50) – El motivo equivocado

Las noches de fin de semana desde mis dieciocho años hasta aproximadamente los veinticinco, solían ser ruidosas, y solían acabar en nada. Al día siguiente negaba la resaca, comía en familia con cara de culo y me decía a mí mismo que no hacía falta volver a hacerlo.
¿Salir así otra vez, para qué? Parecía que aquella rutina del deja vu nunca acabaría, que estaría destinado a entrar cada viernes y sábado en los mismos locales, escuchar las mismas canciones y reír las mismas bromas recurrentes. ¿Que si nunca lo pasé bien? Por supuesto que lo pasé bien; iba con amigos y hubo tiempo para todo. Pero no era mi rollo; yo era nocturno, pero no para eso. Lo que más me irritaba era la sensación de obligatoriedad. Recuerdo haber tenido el perfil clásico de discusión con mis padres a los diecisiete años, para que me dejaran salir o llegar más tarde o qué sé yo; y recuerdo que ni yo mismo sabía bien por qué. Sólo sabía que quería hacer lo mismo que los demás. Con los años, tuve suerte, hay gente que jamás despierta de eso, se mueven por ese motivo y hasta tienen hijos por ese motivo. El motivo equivocado.
Hay muchas cosas que, cuando eres un niño o un chaval, y aun a su pesar, los adultos consideran constructivas. Puede que cuando tienes diecisiete años te discutan la hora de llegada a casa, pero por otro lado también creen que es bueno que salgas. Si nunca salieras, habría discusiones porque nunca sales. Se suele pensar que los chavales de cierta edad nunca están conformes, pero suelen ser los padres de los chavales de cierta edad los que nunca están conformes. De los quince a los veinte años, estás condenado a decepcionar a un nivel u otro a tus padres; si me preguntas a mí, la cosa está clara: siempre ha habido más malos padres que malos hijos. O dicho de otra forma: ha habido muy pocos malos hijos para la cantidad de malos padres que siempre hay.
No hay que ser un gran observador para intuirlo, y tampoco hay aquí ánimo de simplificar estos asuntos, pero con la paternidad y la maternidad, parece que con dinero y buena intención baste y así brotan los campos de cultivo de humanos. La gente folla, y llegado cierto punto, no ven ninguna razón para no mejorar el álbum de fotos.
Por otro lado, el alcance del sexo es arrollador, pero no es absoluto; el sexo nos trae al mundo y nos ofrece un buen cúmulo de posibilidades, y aun así, en esta sociedad moderna (sobre el papel), está completamente sacado de quicio. Yo salía otra vez el viernes siguiente porque sabía que las chicas salían. Ni siquiera tenía intención de ligar, pero las chicas salían. Las chicas estaban dentro de las discotecas, la mayoría a varios años aún de ser madres, las chicas estaban ahí, y no te estaban esperando a ti, pero podías verlas, podías guardar la información.
En verano era habitual el botellón, aunque no era lo habitual en mi grupo de amigos. Una vez tuvimos un motivo para hacerlo: el precio de las consumiciones en cierto sarao al aire libre. Había carpas sobre cada barra. Era el ambiente pijo-repelente y hortera por excelencia, entrada más bien cara y tan sólo un truco: beber antes de ir y que los porteros no te notaran la borrachera. De modo que, media hora después de haberlo intentando, seguíamos con nuestro botellón. No había colado ni de lejos. Sólo nos quedaba la calle y un maletero abierto.
Se aproximó un camión de la basura, aminoró. Nosotros debíamos rondar los veintidós o veintitrés años, y de la cabina del camión bajaron dos chicas claramente menores, aunque ya dotadas de un evidente atractivo sexual. Venían con las mismas intenciones que a nosotros nos habían llevado al fracaso. Iban ya visiblemente borrachas. Dieciséis años. Las carpas estaban a unos cinco minutos a pie. El camión de la basura continuó con su ruta. Una de las chicas llevaba el pelo largo hasta casi la cintura, y la otra corto y ondulado, casi un peinado de chico si no hubiera sido por su descarada cara de niña (y por un pecho muy abultado). Tenían muchas posibilidades de poder entrar, aun siendo menores y yendo borrachas. Nos comenzaron a dar conversación y datos, primero sus edades (muy creíbles), luego que si la del pelo corto estaba liada con el basurero, luego que si una le dice a la otra:
–Esta noche quedamos en que no nos enrollaríamos con nadie, tía.
Balbuceaban. ¿Qué estábamos bebiendo? Las invitamos a beber. Yo iba muy tocado. Miré el fondo de mi vaso de plástico, y al levantar la vista vi que uno de mis amigos se morreaba casi violentamente con la del pelo largo. Entonces vi que la del pelo corto estaba justo frente a mí ¿Qué estaba bebiendo yo? Besaba como si tuviera diez años más, o como si estuviera en un vis a vis en el corredor de la muerte. Fue un tornado que, tan pronto como llegó, se fue. Más tarde, ya de vuelta a casa, paramos el coche y un colega empezó a vomitar. Parecía que nunca pararía. Era un sonido estridente, un gorgoteo que se oía a cien metros en la quietud de un parque. Se dio cuenta de que, la chica del pelo largo a la que había besado, era su prima pequeña; lo había sido al menos. Ya no tenía mucho de pequeña, aunque aún fuera una cría. Era una mezcla de alcohol y flipe desenfrenado, y no podía dejar de vomitar. Yo, sin embrago, tenía pegajosos los calzoncillos, mi erección iba y venía.
Por si fuera poco, se presentó un coche de policía.
¿Quién de nosotros conducía? El conductor (no era yo) tuvo que soplar. Pensamos que más que dar positivo, se cargaría ese cacharro, pero, sorprendentemente, dio positivo por muy poco. Le dijeron que si quería conducir, tendría que esperar un buen rato y pasear. Sólo uno más de nosotros tenía permiso de conducir, y estaba potando. Se activaron unos aspersores en el parque, y allá que fue el conductor. Metió la cabeza en la trayectoria del chorro de uno de ellos, muy cerca de la base. Bebía y se mojaba casi por entero. El aspersor se movía automáticamente, y mi colega se movía de igual modo. Recuerdo haberme estirado en el césped, mojado a varios niveles. Oía de fondo la vomitona, y algo más cerca la batalla con el aspersor. No se veía una puta estrella en el cielo.

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7 comentarios en “50 relatos de Grey (46 de 50) – El motivo equivocado

    1. No creo que sea cuestión de madurar (eso es cosa de frutas), es cuestión de no hacer lo que todos por el hecho de tener cierta edad, y luego volver a hacerlo por el hecho de no tenerla. Creo que se trata de ser uno mismo y aprender qué quiere uno, y no dejar de lado el impulso de la juventud, que es mucho más que salir y emborracharse, aunque nos vendan lo contrario 🙂
      Saludos!

      1. Estoy de acuerdo si, pero la necesidad de pertenecer a un grupo es propia de la adolescencia. Luego ya en la madurez cada uno es libre de escoger por supuesto y ahí es donde algun@s demuestran que siguen anclados en esa pertenencia al grupo de cuando eran unos jovencitos.

      2. Algunos o más bien casi todos 🙂 Es educacional, una formación horrible, padres meramente funcionales (en el mejor de los casos) y una percepción de la vida limitadísima. Despertar de ese funcionamiento que nos han colado es muy complicado.

      3. En eso también estoy de acuerdo, muy complicado. Educar a los hijos es duro, difícil, agotador en ocasiones. Y a veces desesperante porque esa pertenencia al grupo pesa más que tus enseñanzas. Pero yo quiero pensar que algo queda….aunque sea poco.

  1. Cada cual en su juventud ha vivido experiencias que, buscando lo insólito y lo inesperado, terminaron por hacerse rutinarias. Aburrimiento de querer probar lo nuevo y terminar, en el intento, siempre con lo mismo.

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