Núcleo

1 – Núcleo

¿Cómo se llamaba el panadero? Lo había oído mil veces en boca de sus padres, de varios vecinos, hasta de ese tío que pernoctaba siempre por la plaza del pueblo hablando solo.
El hombre tenía las manos sudorosas y la mirada perdida, no había contestado al mecánico «buenos días» de L. Pero es posible que L. no se hubiera inquietado si no hubiese sido por el estático comportamiento de sus padres unos minutos antes en casa. Imberbes, desprovistos de calidez, mucho más embotados de lo que se espera de nadie, incluso aunque esté recién levantado. Solo les oía deambular en la planta de abajo, y luego salió casi escondiéndose, para evitar alguna bronca potencial.
Era sábado, lo cual hacía que todo resultara aún más seco. No había demasiada gente por la calle; de hecho ¿había gente por la calle? Era Núcleo, un pueblo pequeño (¿mil habitantes?) a doscientos kilómetros de Periferia. Un pueblo cuyo encanto se basaba en su emplazamiento costero, pero que en sí mismo carecía de más atractivos populares, y también de turistas más allá de los familiares de sus habitantes en verano. Núcleo, un nombre cuyo origen L. desconocía, aunque tenía un vago recuerdo de explicación maternal (inventada) de cuando era muy pequeña. En apariencia, era el pueblo recurrente del que huyen los jóvenes y donde vuelven unas décadas después para envejecer. El lugar donde L., con catorce años recién cumplidos, conocía ya a cualquiera que tuviera algo parecido a su edad. Un sitio entre millones de sitios cuya única forma de adquirir notoriedad mediática sería un suceso lo suficientemente escabroso y terrible.
L. salió de la panadería con el ceño fruncido, después de ver al panadero manipular las barras con sus manos húmedas y su robótica economía de movimientos. Pensó que daría un rodeo y pasaría por la plaza. Iría a ver al tipo que hablaba solo. Era ya un anciano y L. estaba bastante segura de que no tenía familia. Al menos así quizá oiría a alguien hablar. Por la calle no había nadie, estaba confirmado, tampoco había pájaros a la vista (o gatos, o perros), aunque no es que L. se fijara normalmente en eso. Podía oír sus propios pasos con claridad, de ese modo en que una se oye a sí misma caminando en soledad de madrugada. No había telón de fondo sonoro, ningún televisor, ningún neumático al roce con el asfalto. Nadie llamaba a gritos a nadie, no se oía reír a nadie, o llorar a ningún niño. Silencio en Núcleo en pleno sábado por la mañana.
No había rastro de vida orgánica en la plaza. L. caminó como si no comenzara a estar desconcertada. ¿Debía suponer que todos estaban en casa con cara de palo y sin nada que decir? Era un pueblo demasiado pequeño, demasiado fácil de recorrer como para pensar que se estaba volviendo paranoica.
Decidió volver a casa. No es que pudiese hacer nada, y no se le ocurría qué podía estar pasando. Ni siquiera sentía miedo realmente, llevaba un rato levantada, el sol matinal brillaba, corría un brisa agradable de otoño. Se negaba a preocuparse, al menos por el momento. Era como si no acabara de creérselo. Nadie planea bromas colectivas y aparatosas en Núcleo, nadie va allí a rodar películas o anuncios. Dejémoslo en: Nadie va allí. Excepto cuando es Fiesta Mayor en verano. Núcleo no ha interesado jamás a nadie para simular nada ni representar nada. Núcleo nunca ha sido escenario para poner sueño alguno en pie.

2 – Una llave

A medio camino, decidió que era mejor ir a casa de sus tíos, también habitantes de Núcleo. Así tendría la oportunidad de ver a más conocidos íntimos y observar si su estado era el mismo que el de sus padres.
Al llegar, llamó con el puño a la puerta. No había timbre, sólo podías hacerte notar así o gritando. La gente se hacía presente en Núcleo para los demás sobre todo con el tono de voz. Llamar a la puerta ya era algo bastante inusual.
Puede que sus tíos estuvieran dentro de la casa, pero nadie contestaba ni abría la puerta. L. la empujo. Estaba cerrada con llave; otra cosa inusual en Núcleo, donde cerrar con llave era algo que sólo se hacía por las noches, o si te ibas de viaje.
Se fijó en que junto a la entrada había una flecha trazada con tiza blanca en la pared. Señalaba un punto concreto en el suelo.
Una llave.
Era una llave del tamaño de un tenedor, pero más gruesa, bastante herrumbrosa, de aspecto gótico, antigua, evocadora de… L. no había visto jamás una cerradura que esa llave pudiera abrir. La cogió, la sopesó. Caminó unos minutos con ella alejándose de la casa, pensando. Poco después, ya a las afueras del pueblo, más allá de huertos e irregulares muros de piedra, la lanzó todo lo lejos que pudo hacia la maleza.
No es que L. creyese precisamente en la “magia”, de hecho incluso se consideraba atea y algo descreída en general. Pero el día invitaba al descreimiento a la inversa. Había leído ciertos libros y visto algunas películas. La llave no tenía aspecto tanto de abrir una puerta al uso como de… darte la «entrada a otro mundo». Ese rollo que llevaba a vivir «grandes aventuras», quizá conocer «animales parlantes», o algún anciano «sabio» de los que en la realidad conocida solo hablan con niñas anónimas en calidad de pervertidos. Esa llave te podía conducir a aprender «grandes lecciones de la vida», recorrer «paisajes “terroríficos”», y luego llegar a alguna clase de «castillo» en el que a L. se la consideraría algún tipo de «Diosa» infantil con una misión para «salvar el Reino». Ni de broma pensaba arriesgarse a todo eso, a tener «compañeros de viaje» o conocer a algún niño supuestamente guapo (que sería del montón de mayor) en el rol de héroe, y después volver a Núcleo siendo una niña distinta.
Además, si esas cosas pasaban, era evidente que no daban ningún resultado a la larga. Todos los adultos que conocía L. –ya fueran o no del pueblo– parecían estar siempre reclamando la eutanasia de lunes a jueves.
Lo pensó mejor y caminó hacia donde había tirado la llave. Siempre cabía la posibilidad de que, si ahora estaba viviendo en alguna clase de cuento como forzada protagonista, la llave volviera a ella de alguna forma. La localizo (no era difícil teniendo en cuenta su tamaño) y comenzó a cavar un agujero en el suelo. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntaba, no era un comportamiento cabal o propio de ella, ni tan siquiera teniendo en cuenta las circunstancias. Pero cavó, a conciencia, ayudándose de una piedra con filo. Una vez quedó satisfecha con la profundidad, dejó caer la llave en el agujero, y comenzó a apilar la tierra sobre ella. Luego aplanó la superficie dando pisotones. Si la llave quería volver a dar con la Diosa, al menos tendría que desenterrarse solita. Si es que el plan tenía algún sentido.

3 – Pamá

La primera palabra, o más bien conjunto de sílabas que formó L. de pequeña, fue «pamá», lo que parecía ser la fusión entre papá y mamá, y también la anécdota más recurrente de los susodichos con los años. A menudo aún pensaba en ellos de esa manera, «¿dónde han ido pamá?», «pamá están locos», «odió a pamá», etcétera. L. pensaba en ello mientras dirigía sus pasos finalmente otra vez a casa. La puerta estaba cerrada. Entró con su llave (real, inofensiva), dejó el pan en la cocina y voceó esperando una respuesta.
Vale, ahora tampoco había nadie en casa.
Las calles vacías, las puertas cerradas a cal y canto, y nadie en casa. Pero si lo pensaba bien, lo más inquietante era la total carencia de ruido. Aunque no se oyera a los habitantes de Núcleo, siempre se oía alguna televisión con el volumen demasiado alto, alguna radio, alguna herramienta de carpintero. Algo. Pero nada de todo eso estaba sucediendo; de modo que, o todos se habían ido algún lugar (quizá donde fuera que hubiesen ido sus padres y sus tíos), o bien aunque hubiera gente estaban todos en casa en silencio y anestesiados.
¿Pero anestesiados por qué razón? Ella no se sentía mal. Su único rasgo fuera de lo común podía ser la extraña calma que aún conservaba visto lo visto. Ya había pasado un buen rato; se había despertado, duchado, vestido, había comprado el pan y recorrido prácticamente medio pueblo. Ya había pasado ese lapso de tiempo que suele ser el más rápido del día, esa primera hora y media o dos horas.
Decidió esperar. Puso la tele y nada parecía fuera de lo común. Los programas habituales y su sensacionalismo más o menos disfrazado. De todos modos, si hubiese pasado algo en Núcleo, ¿cuánto tardaría en trascender? Un pueblo así era el equivalente al anciano que puede morir en su piso sin que el vecindario se percate de ello hasta que empieza a oler. Geográficamente, o a cualquier otro nivel, Núcleo era irrelevante. Ni tan siquiera el mar ayudaba. La playa, en absoluto sucia o mal cuidada, no conseguía remarcar la existencia de Núcleo. Aunque no sabía cómo expresarlo, a L. le daba la sensación de que en realidad, lo que estaba pasando, ni siquiera era tan raro allí. Ahí estaba la tele, con su ritmo habitual, ignorante de lo que pudiera pasar en millones de sitios por el estilo, que no encajaban con la narrativa informativa del momento. Ni cuando se ponía de moda hablar de perros que mordían a bebés, o de pederastas, o de deportes locales, lo que fuera. Daba igual, Núcleo no destacaba, ni para bien ni para mal. De modo que quizá no era una sorpresa que estuviese desapareciendo. Lo que se preguntaba L. era cuál era su papel en ese proceso.
Pamá no llevaban el móvil encima. Nunca lo llevaban. Llamó a casa de sus tíos. Nada. ¿La policía?
Nadie contestó.
Aun haciendo esas llamadas, L. SABÍA que nadie se pondría al teléfono. Tampoco hubiera podido explicar por qué, pero estaba completamente segura.
Pensó que era la primera vez, que ella recordara, que había echado de menos a pamá.

4 – Cajeras y profesionales

L. podría haberse puesto histérica al ver que la nevera (y de hecho la casa por completo) estaba vacía de comida. No había comida en toda la vivienda. Podría haberse deprimido ante la idea de que sus padres no habían dudado en irse con todas las provisiones sin ella. Podría haber roto a llorar ante una situación que era más absurda a cada paso que daba.
Pero no se puso histérica, no se deprimió, y desde luego no rompió a llorar. Estaba entrando en una especie de trance en el que la lógica dictaba que nada de todo eso era útil; como si fuese una auténtica maestra de la aceptación. Tengo que arreglarme con lo que tengo, parecía decir una voz interior. Pero ni tan siquiera lo decía; era simplemente un sentimiento, uno muy básico, pero a la vez sólido, y también nuevo para ella.
Jamás hubiese dicho que se sentía emocionada en cierta forma por ser tan valiente, pero quizá fuese cierta punzada de orgullo la que había cebado su práctica actitud. Por alguna razón, que en la tele todo fuera como siempre era algo a lo que aferrarse. No era gran cosa, pero era mejor que meras interferencias. Lo que daba más miedo era el apagón informativo, incluso aunque las noticias no te sacaran jamás de dudas.
El ruido te decía que el resto del mundo seguía con su rutina. Si no había ruido en Núcleo, al menos podía mecerte el de otras partes.
Llegadas las dos de la tarde, comenzó a tener hambre de verdad. Había pasado las horas muertas viendo la tele, apagándola a cada rato para intentar oír vida de algún tipo en la calle. Con la ventana abierta y el mando en la mano, lo único que comenzaba a preocuparle seriamente era la siguiente noche. Esa idea le hacía perder momentáneamente la calma; pero enseguida recuperaba la compostura.
Está bien, se dijo, aunque pamá vuelvan, parece evidente que hoy no van a comer en casa. Se puso en pie; llevada por la inercia, se atusó el pelo y dio un repaso a su ropa. Aunque no tenía claro que hiciese falta, cogió la cartera y las llaves.
Había un pequeño supermercado en Núcleo, una pequeña “gran superficie” que había provocado el cierre de la mayoría de tiendas de comestibles. A la gente, que siempre solía hacer apología de la familia, le importaban un carajo los negocios familiares. Allí se estaba bien, había aire acondicionado y un buen puñado de pasillos por los que cotorrear y manosear productos. Incluso tenía su línea de cajas, cada una con su cajera, todas chicas de Núcleo, todas con planes para largarse de Núcleo.
Las que había, estaban de pie en su puesto, mirando al frente y sin decir esta boca es mía. L. entró y recorrió los pasillos. El personal de seguridad y los reponedores estaban igualmente ausentes, sólo presentes como una piedra sabe estarlo. El hilo musical estaba puesto. Las chicas de recepción también en su sitio, plantadas tras el mostrador. Por algún motivo, aun contagiados de lo que sea que estuviese pasando en Núcleo, los habitantes habían reunido el aplomo suficiente para presentarse en sus puestos de trabajo. L. pensó que dicha acción era tan habitual e inherente a ellos, era una acción que se llevaba a cabo siempre con tal nivel de desgana y negación, que sus cuerpos simplemente debían haber puesto el piloto automático. Puede que sus mentes estuviesen en Babia, pero había algo en ellos aún operativo, algo que hacía décadas que tenían activado, y que ellos mismos habían abandonado a la gestión de otros.

5 – Mensaje

L. empujó ciertos productos de las estanterías al carrito. Luego empujó el carrito y cruzó la línea de cajas. Pensó que si intentaba pagar, probablemente la atenderían, pero no quería pasar otra vez por esa escena de ojos muertos y movimientos calculados. Como sospechaba, nadie reaccionó ni se fijó en ella, nadie la frenó ni levantó la voz. Oír una voz empezaba a parecer algo del pasado.
Se agenció unas bolsas para la compra y se fue a casa.
Pensó que lo mejor era ir paso a paso. Muchos adultos decían siempre eso mientras organizaban tu vida en torno a tu jubilación. Pero en este caso no había hipocresía posible. El siguiente paso era comer, comer y beber. Si la situación no cambiaba a corto plazo, al menos sabía que tenía comida, que no se iba a deshidratar, y que, al menos que ella supiera, no había manadas de zombis que entorpecieran su paseo hasta el supermercado.
Ya en casa, zampando tostadas con Nocilla, unas tras otra (¿quién se lo podía impedir?), no pudo evitar preguntarse qué iba a hacer el lunes si no cambiaba la cosa, qué iba a hacer cuando llegara el momento de volver a clase. ¿Estarían todos allí con cara de folio en blanco mirando a la profesora, que a su vez les devolvería el gesto mirando a la pared contraria sentada tras su mesa? ¿Quería realmente L. ver esa escena? Es decir, no se le ocurría por qué los alumnos iban a comportarse distinto a los adultos en sus trabajos; al fin y al cabo la actitud del alumnado a diario reproducía siempre determinada imagen del tedio (y la de los profesores aún más…). Eran la nueva generación, la nueva hornada, estaban centrados: venían de estarlo. Decidió que, a no ser que la gente comenzara a aparecer, hablar y mostrarse mínimamente humanos, o al menos con el grado de amargura orgánica habitual, no pensaba intentar llevar a cabo lo que decían eran «sus obligaciones».
Por la tarde, se despertó sorprendida a eso de las cinco. Se dio cuenta de que había dormido una siesta de hora y media en el sillón, ante la tele encendida. La casa seguía igual, las habitaciones, vacías, los teléfonos, mudos. Se asomó por la ventana y miró a uno y otro lado. También miró al cielo, y al suelo. Se dio cuenta de que tampoco había insectos, no veía bichos, nada de hormigas o mosquitos. Puede que simplemente le diera pereza fijarse mejor. Al volver a mirar al cielo, se percató de que tampoco había visto ningún avión comercial en todo el día. Conocía las autopistas aéreas que pasaban sobre Núcleo; no los horarios, pero sí las direcciones en que iban y venían los aviones.
Se quitó una legaña frente a la tele. El día parecía estar pasando a cámara lenta. Se sentía oxidada, algo embotada; puede que fuera la comida. Se había dado un festín de todo lo que dicen te acaba matando. A veces L. pensaba que de mayor le iba a resultar complicado sortear el asunto de las drogas; se sentía demasiado predispuesta a probarlo todo, a, en definitiva, combatir la infelicidad resignada para la que la estaban educando. La naturaleza inevitable de la muerte a veces era una idea complaciente (y cómplice).
Decidió salir a pasear su digestión. La respuesta a la intención de pasear o reflexionar siempre era la playa. Daba igual cuántas veces asumiera la playa ese papel, siempre acababa siendo la mejor opción.
Ya mojándose los pies, con las deportivas en la mano, miraba hacia el horizonte, sin tener claro si era el momento de trazar un plan. Pero ¿qué plan? ¿Irse de Núcleo hasta encontrar algún lugar habitado al modo corriente? ¿Y luego explicar qué historia? La verdad obviamente no iba a funcionar. De modo que tendría que inventar algo que atrajese a la poli, o alguien, a echar un vistazo al pueblo. Resopló de puro hastío. No tenía ganas en absoluto de caminar o enterarse de qué tren o autobús podía llevarla. Además no se iba a subir a ningún transporte público que condujera alguien cuya mirada se pareciera a la del panadero o las cajeras. ¿Un taxi, quizá?
Acabó apartando esas ideas de su mente. Cada vez que intentaba hacer algo que no fuese hacer nada, la situación era más y más indescifrable.
Su vista detectó algo flotando en el agua, dirigiéndose casi exactamente a sus pies. Observó la trayectoria del objeto sin intención de prestar demasiada atención.
Luego algo zarandeó su indiferencia. Aquello era una botella; dentro había un papel enrollado. L. resopló.

6 – Contenido

Hola, K.

No tengo esperanzas de que algún día leas esto, o sí, no lo sé. Soy (aquí el tipo, sea quien sea, lanza un aburrido discurso para dejar claro quién es, aunque no concreta de dónde es; de Núcleo seguro que no). No sabía qué hacer con todo lo que llevo dentro. Quizá por eso he recurrido a esto del mensaje y la botella.
Quiero que te quede claro que te odio. Creo que eres la zorra más cabrona y venenosa con la que he tenido que tratar. Me has manipulado, has jugado con mis putas entrañas del modo más enfermizo y asqueroso que he visto jamás fuera de la ficción. No tengo palabras para expresar el estado de ánimo en el que me encuentro POR TU CULPA. Creo que si escupiera ahora mismo sobre un diamante, podría derretirlo. Ahora mismo no tengo fe en nada que se parezca remotamente a ti; lo cual incluye cualquier mujer, u olor, prenda, paisaje, melodía o puto paraguas de colores que me pueda hacer pensar en mujeres.
Ahora mismo deseo sinceramente que te mueras. Pero no quiero que sea una muerte sobrevenida, quiero que SUFRAS; quiero inventar la máquina del tiempo, viajar contigo a 1939, acusarte y meterte a empujones en un vagón en Munich.
Ahora mismo creo que eres la mayor PUTA de todas; o más bien una puta vergüenza para las putas. Una vergüenza para la raza humana, el cosmos y el puñetero Big Bang.

(Agradezco con toda mi alma que estemos muertos.)

PUTA.

7 – ¿El puto Hugh Everett?

L. metió el papel en la botella y la tapó con el corcho. No era el aviso de un náufrago ni la carta de amor que se podría esperar. Era una carta de odio, lanzada al vacío, casi como si el sentimiento de rechazo fuera tal, que necesitara de semejante épica, como –de un modo simbólico– intentando dinamitar el romanticismo desde dentro. A L. le pareció brillante. Pero el hecho no ayudaba nada a que el día se volviese menos raro o metafísico.
Todo lo contrario. Ahora la cabeza de L. bullía, aunque el miedo aún no se hubiese abierto paso en ella. ¿Tan poca práctica tenía ya con las emociones que no era capaz de sentir miedo de verdad?¿No se suponía que estaba en la edad en que todo te parece el fin del mundo? Pensó que obviamente eso solo era otra de las idioteces que una vez debieron decir un par de adultos, y que el resto no dejan de repetir para no tener que pensar por sí mismos. Tenía catorce años y ya acumulaba un currículum de aburrimiento absolutamente estremecedor. Algo más que dicen los adultos, es que la infancia pasa muy lentamente y la edad adulta corre a toda prisa. L. pensó que eso quizá fuese cierto (al menos una parte); la infancia pasa a cámara súper lenta, porque un aula es un lugar que prácticamente consigue detener el tiempo. Un aula es lo más parecido a una máquina del tiempo a la inversa; no te da opciones, no enciende la mecha de tu curiosidad, no te empuja a hacer miles de cosas y ver cómo era antes el mundo, cómo será después, o qué puedes hacer tú en él. Un aula es la máquina del tiempo que te encarcela en el momento, y hace que el pasado te aburra, el futuro te aterre, y el planeta, el Universo, los seres humanos y su potencial, te acaben importando un carajo.
L. se alejó de la orilla. Aun estando ya rabiosa, cada vez más enfadada, no tuvo más remedio que pensar en la llave. Y en si no la había enterrado en el fondo para estar segura de dónde la había dejado. La ironía se colaba en sus procesos mentales, ahora como una reminiscencia del cinismo; se susurraba a sí misma cosas como: «Al primer conejo parlante cojo y me voy de ese puto sitio…». Miraba al cielo; a cielo abierto tampoco se veía nada que volase. El viento no le traía ruidos de señoras parloteando o equipos de música. Nadie gritaba «gol» ni se hacía el machito. Ninguna chica “susurraba” a gritos quién follaba con quien. Por más que se lo quisiese negar a sí misma, todos esos tópicos formaban parte de Núcleo.
O al menos antes.
No echaba de menos eso; pero echaba de menos tener la ilusión de control. La ilusión de control del colectivo. Echaba de menos formar parte de esa Idea, por muy falsa o reduccionista que fuese.
Estaba harta de moverse sin rumbo. Se sentó en la arena, muy lejos del agua. En realidad, esa era la hora de los surfistas del pueblo. Era cuando llegaban y lo llenaban todo de comentarios misóginos y chistes de pollas; y todo rodeados de chicas que se fingían ofendidas, pero que luego se los tiraban, a veces en la misma playa.
A L. le daba una pereza tremenda llegar a esa edad, en la que no relacionarse con chicos comenzaría a estar mal visto. Ya entonces no estaba ni mucho menos en el grupo de los guays. Leía, no le molestaba estar sola, y no hacía lo que todos por el solo motivo de que todos lo hicieran. Eso bastaba para ser sutilmente apartada. Y sutilmente, de momento… Ella sabía que no quería ser como esas idiotas que se la chupaban a imbéciles para sentirse en el ajo. Lo que haría sería…
Algo interrumpió su discurso silencioso.
Un papel, lo que parecía algo mayor que un folio, con tiras de celo como de haber estado sujeto a un poste, era arrastrado por el viento del atardecer. Igual que con la botella, al principio solo lo acompañó con la mirada; pero luego, al verlo voltearse, atisbó una foto.
Con el papel ya sujeto, mirando la foto, ya sin cabreo de por medio, pensó en lo que había leído una vez sobre la «interpretación de los universos múltiples». Se dijo a sí misma: ¿el puto Hugh Everett? La foto era una instantánea en color de ella misma, bajo la que lucía el clásico «Se busca», y el teléfono de uno de los móviles de pamá.

8 – Quede constancia

L. avanzó con el papel en la mano hasta adentrarse en el pueblo. Tenía que recorrerlo de punta a punta para llegar al lugar de la llave. Que conste, se decía, que hago esto por pura curiosidad. No pienso ir a ver al puñetero Mago de Oz. No pienso pasear con un espantápajaros, ni le voy a bailar el agua a ningún Sombrerero loco.
Joder, que no.
Probó a llamar, claro. Luego vio el teléfono de pamá en casa con su llamada perdida. Y tan perdida. Si Hugh Everett tenía razón, aunque solo fuera en parte, ahora L. estaba en la versión zombi de Núcleo. No tenía ningunas ganas de saber cómo en esa supuesta realidad paralela la gente había llegado a esa catatonia. Otra pregunta era cómo ella había pasado de un mundo al otro. En qué preciso instante entre la noche del viernes y la mañana del sábado, había pasado de vivir en un mundo bastante cutre, la verdad, a otro aún más cutre… Vaya, en realidad no sabía qué era peor, pero ella ya estaba acostumbrada a su vida; no quería tener que imitar parcialmente otra vez las conductas de un mundo totalmente distinto con gente que nada tenía que ver con la del anterior.
Pero mientras llegaba hasta la tierra pisoteada bajo la que yacía la llave, estaba creciendo algo horrible justo en medio de su razonamiento aún en su desarrollo fetal. ¿Tenía que aceptar la teoría de la interpretación de los universos múltiples? ¿En qué era eso mejor que el rollo de Alicia y los animales parlantes?
Más frustrada ya que otra cosa, comenzó a desgarrar la tierra.
Al sopesar otra vez la llave, se sintió como una niñata que estuviese traicionando todos sus principios. Dio unos cuantos pasos alejándose del agujero. Miró la llave, sucia, parecía aún más vieja que por la mañana.
L. se percató de que daba igual tener una llave si no sabía dónde estaba la cerradura. Pero fue consciente de algo aún peor: al ir a desenterrar la llave, en realidad ya había elegido entre Lewis Carroll y Hugh Everett. La llave era la opción de la fantasía, de la huida. Ni siquiera era una huida hacia delante; solo una huida desesperada.
Pero la llave al menos era un paso, algo a lo que aferrarse. La opción Everett dejaba a L. en bragas; pronto quizá literalmente.
Despertar en un cama que no es la tuya a veces es sinónimo de no saber dónde estás; y ni tan siquiera has de tener el semen de surfista incluido en tu dieta para ello.
L. no había despertado en su cama esa mañana, al menos no estrictamente. Pero sin saber cómo se había hecho el nudo metafísico, no podía desenredarlo. Si esto había pasado porque Dios se había guardado los auriculares en el bolsillo, no tenía relevancia. No pensaba meter a Dios en esto.
Lo básico era que no sabía volver a casa al modo científico; así que no sentía que tuviese nada que perder probando la opción fantástica.
Si es que tal opción era una opción.

9 – Una chica franca

Era terrible no poder tirar de cinismo. L. sabía que no era bueno ser demasiado cínica, pero también tenía claro que el cinismo no solo no era malo en pequeñas dosis, sino absolutamente necesario. Ya lo era cuando ella creía conocer cómo era el mundo.
Pero ahora no podía permitirse el lujo de ser todo lo cínica que le apetecía ser.
Tenía que mirar a su alrededor. Estaba anocheciendo. Por primera vez en todo el día, decidió hacer eso que tanto odia, que es seguir indicaciones, coger objetos, y comportarse como si alguna criatura horrible y pervertida estuviera jugando con ella. Vamos a marear a la niñita; en algún momento haremos que se ponga un vestido, vamos a ver cómo son sus braguitas, vamos a hacer que el viejo Walt parezca el amigo de los niños que fingía ser.
Así se sentía L., como una de esas protagonistas de Disney, y no dejaba de pensar en esos planos subliminales de sus pelis, en que colaba referencias sexuales.
Anduvo por las calles del pueblo, porque de golpe, al parecer desde que la llave volvió a sus manos, habían aparecido unas flechas amarillas en el suelo. ¿Era tiza?; L. prefería no tocarlas. Daba la sensación de que brillaran en las zonas más oscuras.
Llegó a la puerta de una cabaña herrumbrosa. Ni tan siquiera la había visto antes jamás. Estaba cerca de la iglesia del pueblo. La puerta era completamente absurda, deforme, un rectángulo atrofiado y grotesco con una cerradura ridículamente grande. La construcción parecía más un dibujo que una casa. L. resopló, y luego volvió a resoplar. Sopesó la llave.
Aquello era una estupidez, pensó. Simplemente metería la llave en la cerradura, la giraría, abriría ese portón Burtonesco, y descubriría que dentro solo hay polvo y telarañas. Sólo haciendo eso, se quitaría de en medio el asunto, y se iría a dormir. Con un poco de suerte, al despertar todo volvería a ser como era. Puede que sólo estuviese soñando, uno de esos sueños detallados, largos y realistas. Volvería a ser la chica franca que su padre decía que era, e intentaría ser más amable, puede que incluso consigo misma.

10 – Seta

El sobresalto siguiente no entraba en las previsiones, no lo hacía a ningún nivel; no era nada que L. se hubiese planteado en momento alguno. Y no hay que olvidar que L., ese día, era la niña que había encontrado una llave, que había decidido enterrarla para evitar ser alguna clase princesa. Su nivel de credulidad estaba por las nubes. Pero no lo suficiente.
Lo irónico, es que lo que pasó no formaba parte de ningún concepto fantástico.
Primero llegó el fogonazo. L. no tenía ni idea de a qué distancia estaba sucediendo. En dirección oeste, comenzó a crecer una seta. «Seta» fue la primera palabra que le vino. Pero no era seta. Era hipnótico, ¿qué era? La seta crecía y crecía, una seta de fuego y humo, de aspecto absolutamente devastador.
No era seta, recordó.
Era «penacho».
Una bomba atómica no era lo que L. tenía previsto. No. Pasaron unos segundos de aturdimiento. Y luego, por primera vez en todo el día: el miedo.
Un miedo atroz hizo que le temblara la llave en las manos. Pensó: Estoy muerta.
Pensó: Mierda.
Las lágrimas hacían que le costara el doble encajar la llave en la cerradura. La movía la desesperación más amarga: el impulso de quien intenta protegerse de un meteorito abriendo un paraguas.
Por fin, metió la llave, de golpe, y la giró contra el sentido de las agujas del reloj. Cuando parecía llegar la primera oleada de la honda expansiva, se lanzó contra el interior de la cabaña.

11 – Bilocación transdimensional

Volvió en sí. Con lo cual se dio cuenta de que había estado inconsciente. Podía oír el sonido de pájaros, y hasta los pasos de alguien. Tenía la espalda dolorida. Se incorporó en sus codos. Su vista necesitaba acostumbrarse al brillo del sol. En ese momento aún no sabía qué pasaba o dónde estaba. Ni aun con el malestar de lo que parecía haber sido una caída desde varios metros, tenía muy claro que estuviese viva.
Una voz comenzó a intentar tranquilizarla; era una voz aguda, la voz que le imaginas a un payaso (quizá a un payaso con un hacha…).
Al ver lo que tenía ante sí, sacudió la cabeza varias veces, se pellizcó y atizó, intentó obviar por completo la realidad que desfilaba ante sus ojos.
Yacía sobre un prado. Árboles de todos los tamaños unos cien metros más allá, flores por doquier, su olor, nubes con una textura que parecía ser pictórica. Luego comenzó a detectar las cosas realmente imposibles de digerir. Miró hacia el sol, que parecía estar situado como lo concibes a mediodía. Pero al mirarlo, se dio cuenta de que no necesitaba apartar la vista; era como si se volviese más espectacular, y variaba en su luminosidad, pero sin quemarte la retina. Luego L. gritó:
–¡Mierda! …
Delante tenía a un conejo blanco, de pie sobre sus patas traseras. Llevaba un chaleco brillante y un monóculo. Repetía:
–¿Estás más tranquila? ¿Estás bien?
L. retrocedió ayudándose con las piernas. El animal tenía el tamaño de un enano humano. No era exactamente asqueroso, pero tampoco era lo que imaginas, no era lo que los cuentos de hadas siempre narraron.
El bicho (así era como ella le llamaba en su mente) hablaba sin parar, pero intentaba hacerlo sin atosigar. En cierto momento, preguntó:
–¿Vienes de Allá?
–…
–Sé que vienes de allá. –Soltó un gorjeo bastante repulsivo que L. interpretó como una risa.
–¿Allá?
–Ya sabes a qué allá me refiero. Y no intentes darme evasivas. Tenemos informadores, y hemos seguido tu caso. Ha sido noticia en todo tu país, y en parte de todo tu extranjero… Ese pueblecito tuyo ha salido por la tele en todas partes…
–Pero yo no soy…
–Ya, ya lo sé. Tú no eres. Pero igualmente ha sido una Tú quien ha desaparecido.
–…
–En realidad tu caso es extraordinario…
–No eres real, venga, no me fastidies… Me voy a despertar a la de ya, aunque sea en el pueblo vacío.
–No es… Mira, te va a costar un rato aceptarlo, puede que hasta unas horas, pero tu idea sobre la realidad es algo… limitada.
–…
–Sé que has intuido el asunto de las realidades paralelas. Y supongo que ahora ya sabrás que, bueno, desapareciste; no tú, al menos no técnicamente. Pero ambos sabemos que si tus padres te hubiesen visto. Tus padres, digo, bueno, ya me entiendes…
–Pues perdona que te lo diga, pero creo que no se te da bien esto.
–Sé que me estoy explicando muy mal, disculpa. No lo estamos pasando bien por aquí. Estamos algo…
–Ya…
–El caso es que tu historia es un claro ejemplo de ¡bilocación transdimensional!
–…
–La bilocación es la presencia teóricamente sobrenatural (para vosotros) de una persona en dos lugares a la vez.
»Para nosotros eso no es nada extraño. Pero que la bilocación se produzca a través de dos dimensiones…
Gorjeos, parece que de emoción.
»Verás, una bilocación al uso sería verte en Núcleo y en París a la vez, por ejemplo, pero ¿¡en el mismo lugar en dos dimensiones distintas…!?
Más gorjeos, casi como si el animal se atragantara.
»El caso es que no has tenido buena suerte, porque has ido a dar con una dimensión terrible, infectada por una guerra nuclear a nivel global, ya habrás visto que mucha gente ni tan siquiera intentaba huir. Cada cual se enfrenta a su muerte como puede, supongo. No soy ninguna eminencia en el tema, como comprenderás.
»La cuestión es: ¿has ido a dar con esa dimensión por una cuestión de mala suerte? ¿Sabes a quién se le achacan las bilocaciones transdimensionales aquí?
–A qui…
–¡A lo que vosotros llamáis Dios! –interrumpió el conejo.
–Coño…
–Ya sé qué vas a pensar…
L. se impacientó.
–¡¿Que coño voy a hacer?!
–Por favor, un poco de calma. Desde aquí puedes hacer casi cualquier cosa, e ir a casi cualquier lugar, incluido tu pueblo, en la dimensión que quieras. Pronto serás una en lugar de dos. Y sí, ya sé que pensarás que achacamos a Dios tu fenómeno porque aún no sabemos explicarlo con la ciencia o la fantasía empírica, pero, ¿no crees que es algo fascinante?
–…
–Sé que eres una niña inteligente. No me vas a engañar.
–Qué—tengo—quehacer—para—salir—deaquí. POR FAVOR.
L. volvía poco a poco a su estado de calma tensa, o al menos despojada de miedo. Se puso en pie, y caminó junto al conejo. Pronto descubrió que el bicho podía ponerse a cuatro patas y correr, correr mucho más rápido que ella. Qué asco. Pero había sido una elección entre la guerra nuclear y charlar con un conejo. Hacía años que se había perjurado, aun de forma inconsciente, que jamás charlaría con un conejo. Ni tan siquiera era de esas niñas que daban la murga a sus padres para tener un perrito. Los animales le era indiferentes, y tampoco solían gustarle en las películas.
Lo que venía, pensó L., era pura trama de molde. Apenas oía hablar al conejo. Decía algo sobre «una aventura», sobre «hacer nuevos amigos», sobre un príncipe, y hasta sobre un dragón. Había que conseguir alguna clase de cetro. De esta forma, tocándolo, y solo pensando en ello, ella podría volver a su casa, a Núcleo, el Núcleo sin guerras nucleares, el Núcleo aburrido y lleno de adultos de siempre.
Además de eso, el cetro retornaría a su Rey, y por algún capricho de la burocracia fantástica, la paz volvería a reinar en «Emoción»… El país se llamaba «Emoción»…
L. descubrió que no había una fantasía que se amoldara a sus propios intereses. Mientras llevaba a cabo su aventura, todo respondía a los mismos patrones de azul para los chicos y rosa para las chicas. Fingía estar enamorada del joven príncipe; era más fácil seguirles la corriente que, en definitiva, mostrar algún rasgo de carácter que fuera más allá del gritito femenino asombrado. Se acostumbró a actuar.
No sabía exactamente dónde estaba, dónde encajaba en el orden de las cosas aquel cliché en el que se podía habitar, y no preguntó. Una vez el conejo le volvió a hablar de Dios. L. contuvo un largo resoplido. El conejo dijo que Dios quizá había respondido a las plegarias de la madre de L. Cada noche rezaba para que su hija desaparecida volviera; y lo hacía apoyando los codos sobre su cama vacía.
La no-madre de L. La madre de… en fin. Al parecer no dejaba de ser su madre, ya que el conejo decía que las circunstancias en cada dimensión eran distintas, y la gente también hacía cosas distintas; pero había algo en cada persona que era igual en cada una de ellas. Ese algo, decía el conejo, era lo que había hecho rezar a su madre atea.
L. pensaba en esas y muchas otras cosas durante los largos paseos campestres por Emoción. Había alguna clase de ejército, soldados de narices respingonas, todos iguales, comandados por un viejo amigo del Rey que ahora era enemigo. Si algo sucedía, L. se recogía su vestido rosa y se postraba tras un árbol. Por las noches dormía en una estancia del castillo; el asunto de la ropa y las atenciones era casi inevitable. Si alguien decidía hacer alguna labor que correspondiese a un sirviente, luego se las tenía que ver con el Rey.
Un día, mientras el príncipe le soltaba una perorata tan babosa y densa que podrías haber construido un muro de ladrillos con ella, L. se acordó con una sonrisa de la carta de odio. Una carta de odio en un mundo terminal, donde crecían los penachos y las madres ateas rezaban. Decidió que cuando volviera a Núcleo, robaría un ramo de rosas.

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3 comentarios en “Núcleo

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