La venta de tu vida

Te tienes por una persona bastante cuerda, incluso responsable, al menos según el baremo occidental, eso que consiste en pasar de más o menos todo lo que no sea la imagen que proyectas y tu cuenta bancaria.
Pero entonces te ves en medio de cierta jungla, literalmente, y te niegas a aceptar que te has perdido, que te has dejado el móvil en el hotelucho donde te has alojado por cuestiones logísticas, y que tu sentido de la orientación es tan real como tu amor.
Estás en algún lugar de Indonesia. Estás en viaje de negocios y has conocido a determinada periodista. Aunque te consideras una persona esencialmente fiel –aunque dicha fidelidad sólo se deba a la inercia cultural y a la inmensa pereza que te da gestionar un potencial adulterio–, lo cierto es que tu mujer y tu hijo de dos años están muy lejos. Estás cansado, bastante harto, de un modo sugestivamente indefinido y desde hace tiempo; y ni tan siquiera podrías describir lo mucho –y de qué sucia manera– te atrae la mencionada periodista. Es más joven que tu mujer, obviamente, no sabe nada de ti, tiene ganas de aventuras y cree que eres inteligente porque has echado mano de cierta terminología arquitectónica.
Así que tenías la tarde libre, has flirteado, has salido con ella a dar una vuelta, la has perdido de vista, y ya hace más de una hora que no la ves. Nadie responde a tu voz. Estás caminando en círculos, pasando una y otra vez por delante de la misma piedra del tamaño de tu cabeza. Pero luego cambias el rumbo y es aún peor. Te adentras más en la jungla. Empiezas a sudar y maldecir. No sabes nada del lugar, nada excepto lo que el aspecto del mismo te hace evocar, que es básicamente peligro, animales para los que eres comida, insectos asquerosos de picadura mortal, disentería, fiebre, alucinaciones, etc.
Está anocheciendo, claro. Te has perdido como Dios manda. No tienes herramientas de ningún tipo para la supervivencia; tampoco sabes construirlas. La verdad es que lo único que sabes hacer es vender, recalificar, convencer, engañar, estafar, acumular, hacer acopio, multiplicar, sonreír… Dicho en voz alta quizá suene peor de lo que es; en realidad solo se trata de lo que llaman prosperar, te dices a ti mismo. No pueden educarte para ser un cabrón y quejarse de que acabes siendo un hijo de puta. Simplemente has sido una pizca más ambicioso que los demás.
Precisamente, lo que mejor sabes hacer es Normalizar. Puedes tener al banquero más especulador delante, sonriendo con la sensibilidad de una excavadora, y hacer como que ambos sois de lo más respetables. Lo haces muy bien también en reuniones sociales; bodas, comuniones, cumpleaños, etc., en su mayoría relacionadas con gente que no te importa lo más mínimo. Pero tienes dinero; de modo que compras algo y llegas con tu regalo, la barbilla alta y la humildad precocinada.
Vivir es fácil si sabes cómo. Aunque a veces puede ser agotador. Eres uno de los pocos de tu entorno que sabes seguro no se va de putas ni esnifa. Otros no soportan la presión, lo increíblemente artificiales que son sus vidas. Pero tú sabes normalizarlo. De hecho la gente te respeta, a veces hasta hacerte sentir violento.
En ocasiones deambulas por casa y te ves a ti mismo acuchillando a tu mujer o ahogando al crío. Piensas en lo fácil que sería. Son ideas fugaces que nunca llegan a quedarse contigo; pero vuelven una y otra vez. Piensas –con la ingenuidad clásica del delincuente– que no te sería demasiado difícil ocultar pruebas y asegurar que no has sido tú. Además ninguna de las personas de tu círculo esperarían jamás algo así de ti.
Durante un instante sólo ves ventajas en ello.
Pero luego recuerdas lo cómodo que es llegar e irse de los sitios cuando vas con una mujer y un pequeñín. Dar esa sensación de haber sabido Construir tu Vida. Ese halo de «madurez».
La gente es TAN estúpida.
Sabe TAN poco.
Son TAN poco intuitivos.
La familia nuclear es mano de santo. Es el único camino del Bien que conocen, el único del que se fían.

Cuando empieza a anochecer, ya eres totalmente consciente de la situación; se agotan tus reservas de negación. No solo se agotan, sino que además no tienes dónde recargarlas; estás en un lugar silencioso, no hay estímulo urbanita a la vista. No puedes barrer la mierda bajo la alfombra.
Aun siendo noche cerrada, decides caminar un poco más. Hay luna llena. De noche, si logras acercarte a atisbo alguno de civilización, verás luz de lejos, aun entre la maleza. No te has cruzado aún con peligro animal alguno. Ni tan siquiera has oído nada que se arrastre o zarandee arbustos a su paso. No es que haya llovido recientemente, pero te notas la ropa húmeda, tienes los zapatos llenos de barro, y los calcetines empapados. Sabes de lo que es capaz la naturaleza. O puede que no lo sepas del todo, pero lo intuyes. No llevas reloj, oyes cada paso que das. Si algo vivo se te cruzara, aun de muy lejos, te captaría de inmediato; cada vez que te mueves estás aplastando hojas, removiendo tierra y haciendo crujir ramas. A esas horas y en esa jungla, eres una feria ambulante. Carne fresca.

En determinado momento, te detienes.
Has oído algo.
No solo has oído algo, sino que puedes ver algo a lo lejos. Pero algo no te cuadra. Esperabas ver luz, pero no lo que parece la luz inestable de una hoguera. Tu cabeza comienza a especular a pleno rendimiento. No sabes mucho de la zona, pero sabes que hay muy pocos turistas. Y sabes que va a ser arrasada en poco tiempo; por eso estás ahí. Hay unas tres o cuatro comitivas para una estancia temporal. Pero claro, no donde ahora estás tú. Eso no tiene sentido.
Piensas que no tienes nada que perder por acercarte a la luz (mentira), y que lo más probable es que algunos hayan hecho una excursión nocturna y se hayan reunido alrededor de una hoguera para contar historias (muy poco probable).
Procuras hacer el menor ruido posible. Oyes voces. No cantos o ritos, ni a nadie balbuceando en alguna lengua semi-muerta local. Pero hay gente, eso está claro, personas. No bailan ni se oye percusión, no parecen invocar a ser Superior alguno que se hayan inventado para sentirse menos estúpidos y pequeños en la Tierra. Desde donde estás, no hay nada que te dé motivos para la preocupación. Necesitas unos mínimos empíricos para tener miedo de verdad; aunque si te eres sincero, llevas horas cagado y desesperado.
Recuerdas lo que te decía siempre tu padre cuando eras crío: “Si son personas, intenta hablar con ellos, razona”. Ahora estás bastante seguro de que ese consejo sólo funcionaba realmente en el contexto de los negocios. Tu padre era igual que tú, de modo que no podía decirte mucho más. Era de esas personas que creen que todo el mundo tiene en el fondo lo que se merece; si has nacido en el cuerno de África, de algún modo ha de ser culpa tuya. Ni siquiera se trata de fachas al uso; esa actitud, si te fijas en cómo hablan y analizan el mundo muchos, también es propia de quien menos facha o dañino se cree. Pasa todo el tiempo.
Tú eres tu padre, eso está claro, y ahora sabes que no puedes hacer nada más que asumirlo.
Te acercas a la luz como si fuera una buena idea. No sabes qué más hacer. Te acuclillas tras unos arbustos. Las personas reunidas no tienen aspecto de indígenas de una tribu, no van desnudos y con taparrabos, no bailan en torno a nada ni celebran ningún tipo de acontecimiento local. No parece un evento, ni una fiesta, ni un funeral, tampoco ningún tipo de comunión o confirmación. No se está bautizando bajo rito alguno a nadie.
Nadie se está casando.
No se despide a nadie que se vaya a ir a hacer vida a otra parte.
No es una despedida de soltero o soltera.
Es solo un conjunto de personas alrededor de lo que parece una mesa de madera grande y pesada, colocada quizá demasiado cerca del fuego. Lo cierto es que no hablan. Parecen esperar; miran hacia la maleza en todas direcciones de vez en cuando. Algo tiene que suceder.
Entonces, por fin, puedes observar susurros y cuchicheos entre ellos. Un rasgo de humanidad, al menos. Tu escondite parece seguro, pero no tienes clara su utilidad.
¿Qué hago aquí?, te preguntas.
Aunque resulte extraño, es bastante evidente que esas personas son de alguna comitiva occidental. Hay al menos quince, todos con ropa reconocible, algunos hasta fumando un pitillo. No hay ninguna mujer, pero no es raro en ese tipo de escuadrones de la especulación. Decides que te vas a presentar y vas a explicar tu absurda situación. Ellos te podrán indicar el camino de vuelta. Quizá hasta puedas unirte a su grupo; solo parecen chupatintas, agentes inmobiliarios de la globalización, fauna urbana.
Entrar en paranoia no es difícil. Todos hemos visto demasiadas películas. Todos hemos oído mil veces que la realidad supera la ficción. Todos estamos hartos de que nos cuenten que estamos rodeados de horrores o milagros.
Y luego nunca pasa nada, nunca nada te sorprende. Y después te mueres.
Todo lo extraordinario pasa lejos de ti, porque en realidad sí que pasan cosas raras, pero pasan MUY pocas veces, y cruzarse ante una de esas anomalías es como dar con un billete de lotería premiado.
El miedo funciona siempre de dentro hacia fuera.
No tiene sentido tener miedo.
Te incorporas y comienzas a acercarte al grupo. Procuras no sobresaltarles. Levantas tu mano derecha, intentando hacerte notar, cuidadosamente. Conoces muy bien ciertos protocolos, y algunos no han de ser distintos en la jungla. Conoces la Etiqueta, al menos con esos tíos. Esos tíos que son como tu padre, que son como tú.
Algunos se dan la vuelta. Hay caras de circunstancias, sí, pero nada que deba alarmarte. Alguien le da un toquecito a un hombre alto que sigue cara a la mesa y la hoguera. El mismo se da la vuelta y te mira. Otra vez esa cara, la de alguien que ve algo que no tenía previsto ver, pero sin hacer aspavientos ni darte pista alguna de que la cosa se vaya a poner realmente fea. Nada de todo eso. Lo de siempre. En el fondo nunca pasa nada. El miedo no es sinónimo de cobardía, sino de estupidez. Sonríes relajadamente, para proyectar una imagen de vulnerabilidad, para que te descarten rápidamente como amenaza.
El hombre alto y orondo se acerca tranquilo hasta donde estás.
Te pregunta tu nombre, el motivo de tu estancia justo en esa zona, en el quinto pino de Indonesia. Respondes, le cuentas que te has perdido, que no tienes sentido de la orientación, y que te has acercado cuando has visto luz.
–Vaya… Te has alejado mucho del pueblo ¿no crees?
El tipo es clavadito al actor Edward Herrmann.
–Sí… No sé cómo me las he arreglado, pero llevo horas caminando. La verdad es que ha sido un alivio cuando os he visto aquí.
La mentira: el aceite que hace que la máquina política y social pueda seguir adelante, y finalmente: el lubricante de la verdad.
¿No decía eso tu padre, también?
Seguramente no lo decía así.
Ese sosias de Herrman te pasa un brazo por los hombros y te acerca a los demás. Da una profunda calada a su puro. Parece hacer pequeños gestos de asentimiento a todos, para que nadie hable o diga nada. Es algo que no debería tranquilizarte, pero por algún motivo que aún no sabes concretar, lo hace.
Te están aceptando en la banda. Aunque aún no sepas qué música tocan.
No te educaron para centrarte en la música, sino para integrarte en el grupo. Nunca pasa nada extraño. Nunca hay que tener miedo.
–Te he visto –dice el tipo.
–¿Cómo?
–Que te he visto antes. Yo conocía a tu padre, ¿sabes?
–Oh…
–Sí… Era un hombre duro. Íntegro.
Lo cual sabes que en la jerga del mundo de los negocios significa ser un auténtico hijo de puta sin alma. ¿O no?
–La última vez que te vi tenías esta estatura.
No quieres hablar de cómo eras cuando tenías ocho años. Quieres saber qué está pasando, aunque estés seguro de que no puede ser nada extraordinario. Anecdótico, como mucho.
–¿Sabes qué decía tu padre?
Tu padre muerto. No hace tanto. Pero no recuerdas haber visto a este tío en el funeral.
–Decía que cuando un bosque arde es como cuando un ser humano tiene una idea: el fuego es la bombilla, y el ser humano debe llevar a cabo la idea.
El resto de integrantes de la banda no dice nada. Ni tan siquiera miran o asienten.
–Sé que suena un poco rebuscado, pero piensa en ello. –El tipo sonríe afablemente. Es entonces cuando te da la mano y te dice su nombre auténtico. No te suena de nada. Y sigue diciendo:
–Los constructores somos el diablo, ¿no?
Te lo pregunta retóricamente, como si tú te dedicaras a salpicar lienzos con tu ego de humanista afectado.
–Mi padre murió, por cierto –le dices, intentando indagar.
–Oh. Lo sé. Aún siento no poder haber ido al funeral. No tengo excusa. Me pilló en el extranjero, y mi mujer… En fin, espero que llegaran las flores, encargué flores.
No recuerdas flores de nadie con su nombre, aunque no tienes por qué recordarlas.
–Oh… Es verdad. Sí lo recuerdo. Gracias.
A todo esto, el tipo no ha dejado de rodearte con su brazo, en un sentido no exactamente cariñoso, sino más bien jerárquico. Pero que tengas ideas cada vez más escabrosas sobre lo que te rodea en ese justo instante, no significa que no puedas actuar como si no pasara nada. Porque nunca pasa nada. Es importante no olvidar eso. Nada es lo suficientemente retorcido, fascinante, inesperado, oscuro u original.
Es la única actitud constructiva. Has visto a muchas personas claudicar por dejarse impresionar en la vida. No hay mayor motor del miedo que la sensibilidad: la sensibilidad es el principio de lo que te acaba hundiendo. No se trata de no tener corazón o pensamiento crítico, sino de no dejar que esas cosas te condicionen. Mucha gente se deja doblegar por las injusticias para con los demás, por sexo, por drogas, por relaciones tóxicas con mujeres cuya idea de la cordura es volver locas a sus parejas.
Lo que está pasando ante ti, que por el momento es Nada, puede ser inquietante de entrada, pero tienes clara una cosa: Tu carencia de sensibilidad ante lo que pueda ocurrir, es básica para salir indemne. O al menos para tener posibilidades.
Vale, joder. Es posible que te haya tocado la lotería; puede que estés ante uno de esos hechos extraños que siempre suceden lejos de uno; o que uno ve como mucho en la tele. Pero si para algo tienes práctica, es para Normalizar. Si pasa algo extraordinario ante tus ojos, y más en esas circunstancias, es de vital importancia proyectar hacia fuera sólo neutralidad. Una pausada, relajada y productiva neutralidad. La clase de comportamiento que te permite seguir vivo y sonreír ante los cajeros automáticos.
Aunque aparezca el espectro en descomposición de tu padre, no le des el gusto de verte alterado o sorprendido con ello.
No puedes mostrarte débil, pero sobre todo no puedes ponerte sentimental.

En el fondo te temías lo peor. Aun sin saber especificar a qué te referías para contigo mismo con «lo peor». La puesta en escena no invitaba a pensar que nadie fuese a aparecer con champán y quesos. No esperabas que nadie pusiese música y el ambiente se relajara. Por eso te estabas mentalizando. No iba a ser lo mismo que mostrarse relajado y correcto en casa de los suegros, el cumpleaños de alguna puta o el funeral de algún hijo de ídem. Aquello tenía pinta de ser un reto en términos de Normalización.
Cuando comienzas a oír los gritos, el tipo te mira de reojo. No te cuesta imaginar que vaya armado; o que todos allí vayan armados. Cruzas los brazos, sin movimientos bruscos, como si la espera hubiese valido la pena. La Normalización es un arte. Sabes de sobra que eso se suele decir con casi todo; pero en este caso es cierto sin discusión. La Normalización es un trabajo actoral al que seguramente muy pocos actores podrían aspirar (demasiado sentimentales). Porque no basta con fingir, ni tan siquiera con interiorizar un personaje. Tienes que ser. No puede haber fisuras en tus reacciones. Un ceja más alta que la otra en el momento equivocado te saca de la partida. No estás en el puto teatro ni ante las cámaras; eres un árbol en medio de un incendio, uno que ha aprendido que quemarse no es tan malo, porque la materia sólo se transforma, y la vida no es para los que tienen miedo.
El mundo es para los que saben ver una bombilla cuando el fuego resulta más devastador.
La periodista grita hasta dejarse la voz; como cuando los perros comienzan a sonar como motores repulsivamente orgánicos de tanto ladrar.
Seguisteis caminos distintos, sin querer, y ahora ella está maniatada y depositada sobre esa mesa grotesca. La atan de tal forma que queda mirando hacia el cielo como el Hombre de Vitruvio. Es como si la hubiesen traído de una realidad paralela entre árboles. No se ha oído ni un suspiro hasta que la transportaron hasta el claro. Está amordazada de tal forma que puede gritar pero no formar palabras. Algo te dice que eso les gusta.
Con el lío de inestables sombras y las distancias, no puede verte. Probablemente piensa que está siendo víctima de la perversidad de una secta. Decides que eso es irrelevante. Las palabras solo son herramientas; aferrarse demasiado a su significado llena los cementerios de héroes. Como sea, no hay nadie que se tape la cara, ni tampoco atuendo especial alguno, nada de túnicas ni objetos místicos. Solo gente, como siempre. Personas haciendo cosas. Basta con que te acepten en la banda. Una y otra vez. Puedes saltar así de piedra en piedra: la vida es un ancho río a cruzar. Nadie te va a llamar vendido si no te relacionas con el tipo de gente que usa ese lenguaje, y que desgracia su vida por las palabras.
Ese Edward Herrmann comienza a hablarte, te cuesta un momento salir del ensimismamiento;
–… toda esa sangre.
–¿Cómo?
–Digo que no tienes por qué mirar, algunos de los aquí presentes no lo hacen. No se trata del morbo, sino del acto en sí.
–Entiendo.
–Cuando hacemos esto, no todo el mundo tiene estómago.
–Entiendo.
No repitas palabras, Ni un solo «entiendo» más.
Alguien se coloca al otro lado de la mesa, cara a los presentes y ante el cuerpo de la periodista.
–¿Puedo hacerte una pregunta? –dices.
Valiente, buen empleo del tuteo.
–Adelante.
–¿Es virgen?
–Sí.
–Entiendo.
Gilipollas de mierda…
–Ya sé qué pensarás. Es un tópico. Pero no funcionamos según escritura alguna. No le rezamos a nadie. Que la chica siempre sea virgen es más bien… una cuestión estética.
–Ajá…
Di algo más, ¡algo más, estúpido…!
–Interesante.
–Espero que lo sea –dice el tipo, y sonríe con cierta complicidad–. Quiero que entiendas una cosa. Dejo que veas esto porque, bueno…, tu padre… No es que él supiera de esto, pero me siento en deuda en cierta manera. No te conozco, pero conozco tu fama, y apuesto a que sabrás digerir todo este asunto.
–Si te preocupa el que yo…
–No –interrumpe el tipo, con calma–. Maldita sea. No quiero sonar agresivo. Si me preocupara eso, habría tomado medidas hace unos cinco minutos…
–…
–Dejamos que veas esto porque, si sabes entenderlo, creo que nadie aquí pondría pegas a que te unieras a próximos sacrificios.
–Vaya, sería… sería…
Sería qué, mamón… ¡¿Qué?!
–Sería… un honor.
El tipo orondo da una larga calada a su puro, y sonríe. Un sonrisa sincera.
Un honor… No estás muy seguro de que esas sean las palabras adecuadas. No porque para ti no pueda ser un honor ser parte de esa especie de neo-secta indefinida. Ni lo sería ni dejaría de serlo. Tan solo piensas en las implicaciones prácticas.
El tipo ante la chica tiene de repente un cuchillo en las manos. Más que un cuchillo, algún tipo de bisturí gigante con la punta retorcida. Lo alza, sujetándolo con ambas manos, cierra los ojos, y parece comenzar a rezar para sí mismo.
–Reconozco que nuestro verdugo es un tanto… especial –dice el tipo. Habla todo el tiempo en susurros, lo que hace que tú hagas lo mismo.
–Le gusta improvisar unas palabras, ni tan siquiera usa oraciones conocidas. Solo parece armarse de valor cada vez. Lo creas o no, ese tío podría ser el mejor contable del mundo.
–Toda una personalidad.
–No lo dudes.
No pensabas mirar, pero entonces algo se apodera de tus intenciones. Ves cómo el contable encaja la punta de su herramienta en el lacrimal del ojo derecho de la periodista. Ella parece haberse cargado sus cuerdas vocales. Apenas se agita, lo cual resulta más inquietante. Poco después, el globo ocular se desprende entero de su dueña.
–Está bien… Debes pensar que esto es otro tópico: la tortura. En realidad, la misma forma parte del significado de lo que hacemos. Cuando asistes a algo así, luego puedes entrar en cualquier despacho, comer con cualquier personalidad, y nada en absoluto te quita el sueño. Estás siempre fresco, siempre relajado. Ese temple te hace ir varios pasos por delante en cualquier negocio. Pero estoy seguro que ya habías intuido por dónde iban los tiros. ¿Me equivoco?
–Eh… Bueno, no quisiera dármelas de visionario…
–No te avergüences de tu inteligencia. No seas como esas personas hipócritas que creen que no contribuyen a que pasen cosas como la que estás viendo. En realidad, lo que ves aquí, es el grupo de individuos más realista y honesto que te vas a encontrar en toda tu vida.
–Estoy seguro de que es así.
Lo cierto es que estás patas arriba. Tu cuerpo parece reaccionar a lo que ves al margen de tu mente, que parece perfectamente centrada. Estás haciendo el papel de tu vida, pero tu estómago no está entendiendo la obra.
Para cuando ambos globos oculares cuelgan en las mejillas de la periodista, el contable está clavando su punzón en el estómago. Ella aún está consciente. La mordaza parece empapada en vómito y sangre. De entre los presentes, algunos no le quitan ojo al acto, otros fuman algo apartados. Solo uno o dos se acercan de verdad a ver con detalle el manejo del verdugo. En ese momento, tira con la punta de lo que parece el intestino delgado de la chica. Su cuerpo sufre un tembleque.
Es entonces cuando ocurre.
Una arcada, la mayor arcada que hayas tenido, hace que tu estómago se contraiga con una fuerza inusitada. Comienzas a vomitar como no lo hacías desde crío. Desde crío, porque nunca fuiste de los que luego se emborrachaba, eras de los que se quedaban en casa para estudiar. Retorna el sabor de la comida de a mediodía, triturada y aderezada con jugos gástricos. Ese sabor que odias, y no puedes dejar de vomitar. Imposible. Te conviertes justo en lo que no querías ser: El Puñetero Centro de Atención. No es que puedas pensar con claridad, pero la excusa te ha estado rondando hace rato. La comida, claro, algo te ha sentado mal, ¿no? Tienes que venderle a esas personas que no vomitas porque estés siendo testigo de una tortura cometida a sangre fría.
La venta de tu vida.
Lo irónico es que no sientes que estés vomitando por eso. Todo el mundo pensará que ha sido culpa de tu cerebro, pero estabas perfectamente centrado, en la zona, estabas lanzando desde la línea de triples, no estabas fallando una, estabas marcando perfectamente, cogiendo rebotes y apurando el tiempo a la perfección.
Joder.
Es injusto que te esté pasando lo que te está pasando.
Como por inercia, intentas detener el proceso, o acabarlo. Te incorporas una vez, pero fallas; sigues vomitando. Al cuarto intento, cuando ya todos te miran, cuando las tripas de la periodista se derraman hasta el suelo mientras el verdugo también te mira. Mientras intentas recuperar el aliento. Mientras escupes y comienzas a sentirte mejor (ahora es al revés, tu cuerpo está bien, pero tu mente…). Mientras la hoguera crepita y la chica ya no se mueve. Mientras pasa todo eso, levantas la mano derecha, y hasta intentas sonreír.
–Vaya… No sé qué decir –dices en voz alta.
Imbécil. Te van a matar.
–Oídme. Siento este… je je. No pretendía competir, ¿sabéis?
¿Competir en qué, capullo? ¿En dar asco? ¿Qué coño…?
–¿Seguro que nadie más se siente mal del estómago? ¿Nadie más está en el hotel Ubud Village?
Dios mío, te estás convirtiendo en una parodia de ti mismo. Actúas como si lo siguiente que quisieras hacer es correr hasta un teléfono para llamar a la poli. Te has quedado en blanco, tu proceso de Normalización se está yendo a pique. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
Aun así, lo sigues intentando.
–He estado toda la tarde revuelto, ¿sabéis? Además…
Y ahora se te ocurre algo parecido a una idea.
–… además he masticado algún tipo de hoja en la jungla, quizá eso…
Dios santo, eso ni siquiera ha pasado rozando el aro.
El tipo, el sosias de Edward Herrmann, decide intervenir.
–Chico… ¿Estás bien?
–Sí, Edward, digo…
¿Cómo se llamaba este fulano? Coño.
–Quiero decir, sí, estoy bien. Siento haber interrumpido el…
–Oye… Sólo te lo voy a preguntar una vez.
–…
–¿Eres quien dices ser?
–¿A qué te refieres?
Pausa.
–¿Eres periodista?
–¡¡No!!
–¡¿Eres un puto periodista o no?!
–Por el amor de Dios…
Suplicar: lo que se suele hacer antes de morir. No solo se ha ido al traste la normalización, sino que ahora vas a parecer un marica. Vas a ser un marica muerto. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
–… te juro que no soy periodista. He venido con Ultramar, tengo compañeros en el hotel, somos… soy directivo, hace poco, soy… de una agencia inmobiliaria, una constructora, ¡te lo puedo demostrar!
–Ahora ya no sé qué creer.
–Por favor, Edward…
–¡Quién coño es Edward!
–Perdona… Oye… Si volvemos tú y yo, si… Puedo demostrarte que…
–No no no no no… Estoy hasta los cojones de esta situación, estoy hasta las narices de los putos héroes, de los putos periodistas, de los putos moralistas hipócritas que van por ahí cagando arco iris y consumiendo combustible fósil a garrafas…
–Dios mío, por favor…
–¡¡Dios no existe, niñato!!
Ahora no solo eres el centro de atención, sino que tienes todas las papeletas de la puta lotería. Esta vez el sorteo se ha celebrado solo para ti. Eres un tío afortunado. Estabas predestinado a tener suerte. Toda clase de suerte.
Aun así, el tipo se ha calmado. Te mira, te mira. Los demás le miran a él, claramente esperando una orden. Estás seguro de que no es la primera vez que se enfrentan a esto.
Levantas las manos, en clave de bandera blanca.
–Vale. Sólo déjame cinco minutos.
–…
–Si me das cinco minutos, escucharás al tío más sincero que hayas oído jamás. Y luego haces lo que quieras.
La mentira bien destilada sirve como lubricante para la verdad.
–Está bien. Mira… Soy exactamente como tú. De hecho soy exactamente como mi padre, al que estoy seguro que conocías bien. Y mi padre era como mi abuelo. Tengo las mismas intenciones que tú de no negar el mundo y su funcionamiento, de no negar nuestra especie, y de acatar mis instintos. Conozco mis limitaciones, no las niego como hace la mayoría de gente. Estoy casado. No quiero a mi mujer, y tampoco a mi hijo. Tiene dos años. No quiero a mi hijo; no lo odio, pero no lo quiero. Y no lo quiero porque… no quería tenerlo. Solo lo he tenido para conformar una familia. Solo quería estar en igualdad de condiciones con hombres como tú, con hombres como mi padre. Solo quería tener una excusa para ser lo que los hipócritas llaman: egoísta, para poder ser lo que llaman clasista, para poder usar la idea de las emociones a mi favor. No digo que sea totalmente insensible, pero controlo perfectamente mis sentimientos. Mis sentimientos ya son poco más que atrezzo, te lo puedo asegurar. Sé fingir, eso lo hago muy bien. Para decir toda la verdad, lo que hacéis aquí me es indiferente. No me interesa, pero tampoco me afecta emocionalmente. No necesito esta clase de estímulos para ser competitivo o para saber cuándo he de levantarme e irme de un despacho. No lo necesito para hacer bien mi trabajo. Soy el miembro más joven de la junta directiva de mi empresa. Y no lo he logrado por tener un exceso de principios, sino por tener tan solo uno o dos que jamás traiciono. No es la empresa de mi padre, no usé enchufes. Y no lo he hecho así porque sea orgulloso, sino porque quería saber de verdad cuál era mi potencial. Sólo soy curioso hasta ahí. Mi pensamiento crítico sólo lo empleo respecto a mi capacidad para prosperar y no dejarme amilanar por la competencia. Me da igual cuántas vírgenes hayáis asesinado aquí o en cualquier otro lugar; en lo que a mí respecta, el asesinato es tan solo una palabra, un concepto. Como el suicidio o la ejecución de una hipoteca.
»Solo estoy aquí, como ya he dicho, porque me he perdido. Iba con esa chica que acabáis de torturar. Nunca le he puesto los cuernos a mi mujer, pero pensaba hacerlo con ella. Me la estaba trabajando. Hace tres días que la vi por primera vez.
»Reconozco que quizá estaba despertando algo en mí; pero mi único objetivo era follármela. La hubiese violado si no hubiese sido por las consecuencias que conlleva. Jamás mataría nadie con mis propias manos; como ya se ha visto, no tengo estómago para algo así. Me mareaba de crío en las clases de Naturales. Pero me es indiferente lo que los demás hagan.
»Por todo lo que acabo de decir, es por lo que podéis dejarme ir sin ningún problema. En personas como yo, siempre encontraréis apoyo, porque insisto, soy igual que vosotros. Actúo por mis intereses, me muevo por mis intereses y voto sólo por mis intereses. En definitiva, soy como todos, y al igual que vosotros, he decidido no negarlo. No negármelo a mí mismo.
»Ahora, si me disculpáis, me voy a dar la vuelta, y voy a intentar salir de esta jungla. Haced lo que os venga en gana. No me voy a resistir.
El corazón te late de una forma desconocida. Caminas y no oyes ruidos de los que preocuparte. No oyes tus pasos por culpa de tus latidos. Notas la sangre en tus extremidades. Sientes que, si te cruzaras con un animal, el que fuera, podrías reducirlo sin problemas. Sientes la adrenalina, el chute, el subidón que otros buscan tratando con camellos. Memeces.
Cuando consigues llegar por fin al pueblo, ya está amaneciendo.
Ya en tu habitación de hotel, prácticamente un zulo, das con tu móvil, que yace aún sobre la mesilla, enchufado y completamente recargado. Lo desenchufas y guardas el cargador. Lo sopesas y lo miras detenidamente. Hay alarmas y mensajes acumulados. Sentado, tal y como estás, puedes ver también el cielo y la naturaleza salvaje bajo su cúpula. La ventana es amplia y las vistas son espectaculares. El único encanto de la estancia.
Te tienes por una persona bastante cuerda. Pero ahora por algún motivo se te pasan ciertas ideas por la cabeza. No es el momento de hacer ninguna llamada. Pero puede que en un par de días. Tienes que aclararte. Piensas en el discurso que te ha salvado la vida. Por primera vez, no tienes ni idea de si lo que has dicho era la pura verdad o solo un montón de mierda, abono para la justificación de tu existencia. Quizá sea, meditas, porque nunca te oyes pensar así en voz alta.

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9 comentarios en “La venta de tu vida

  1. Es un relato delirante, en el que has reflejado muy bien el patetismo de nuestra incierta vida normal, es paranoico y estridente, muy conseguido, tú dirías “bien parido”, para que me entiendas.

  2. Un buen relato en el que hablas de la vida sin tapujos. Ahora todo es demasiado artificial y a veces la gente ni se da cuenta de las cosas que hace por “hacer”

    Besos

    C

  3. No quisiera verme en tal aprieto, la verdad. Si me pierdo y me encuentro con algo así yo creo que me doy la vuelta. Lo que vino a hacer el prota, solo que sin acercarme a la gente, ¡cualquier se fía!

  4. Qué grandes verdades dentro de una extraña anécdota. Es triste pero así funciona la vida. También es triste ser consciente de la mierda y vivir en ella, prefiriendo fingir ser uno más aunque vivas atormentado. Eso hace las cosas más fáciles. Las hace? De veras? Qué cosas? Tu vida profesional y tu vida familiar, no la tuya propia. Qué es mejor, vivir en paz con el mundo o con uno mismo?? Me he quedado con ganas de más. Verdad o justificación? Qué piensa ahora el protagonista? Qué va a hacer?

  5. Este relato es simplemente genial desde la primer oración a la última. Por cierto, de alguna extraña manera me sentí identificada con tu personaje.

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