Hummer limusina

Sigues sin morirte (o vivo), y alguien te invita a cierta «reunión». Es en casa de alguien y no sabes si conocerás de verdad a alguien. Alguien habrá. Parece un rollo de trabajo, de académicos reunidos (no es que tú lo seas). Algo sobre gente que asegura saber qué vino se bebe con qué pescado. Algo relacionado con mujeres que llevan tacón alto sin ser nochevieja y en medio de una salita de estar.
Otra reunión que celebra el nacimiento de sus integrantes en uno de los pocos lugares adecuados. En las familias adecuadas. Con la venda en los ojos adecuada. Negación de lujo; cara, pero también geográfica, efectiva a más no poder. El resto del mundo es una ilusión, una pesadilla, telediarios.
Estás ahí preguntándote por qué estás ahí. ¿No haces en realidad todo lo posible por hacer amistad con este círculo?, ¿no te asquéa en realidad? Tú crees que sí, sí a las dos cosas. Y cada dos por tres acabas en lugares así. Como si tu familia tuviese un montón de dinero. Ni tan siquiera tienes una pareja entaconada que ofrecerles. Estás ahí, donde las mujeres se usan como mercancía de muestra, stock; y ni siquiera haces tu aportación.

Te presentan a gente, te dicen un montón de nombres que olvidas al instante. Van enchaquetados y brillan. Ellas tienen un aspecto pegajoso, sexual, párpados a medio caer, sonrisas desganadas. Dos besos. Hay un hilo musical, como de ascensor. Cada sorbo emborrona un poco más el entorno. Conoces a un par de tíos: el que te invitó y a otro al que no recuerdas de qué le conoces. Es incómodo a varios niveles. Eres nuevo en el barrio, pero tu ropa ha de dar una pista: no eres allí compañero de cuenta corriente. Tampoco te imaginas gastando pasta en los trapitos que estás viendo. El conocido que tu memoria no ubica, parece querer entablar conversación.

Una chica más curvilínea que las demás sonríe más que las demás, y tampoco parece encajar allí. Es también algo mayor que las demás, y es la mujer de alguien. Es verdad, las mujeres no parecen tener entidad propia en estos lugares, la mayoría parecen aceptarse como algo a lo que mirar, atrezo caro de propiedad ajena, decoración orgánica alrededor de hombres. Pero esta chica no actúa así. Actúa convencida de que es una persona que puede decir cosas. Hasta cosas ingeniosas. Te la presentan. Te dicen su nombre y se te queda. Salís a una terraza con vuestras copas, aunque hace bastante frío. Ella está casada con alguien treinta años mayor. Ella te nota el cinismo, te dice que el amor y la riqueza material difícilmente van juntos: o eres pobre y te rodeas de lo que llamas amor, o eres interesado y vives cómodamente obviando razones sentimentales. Siendo pobre es mucho más fácil querer, querer, tener hijos y todo ese rollo, porque joder, no tienes nada más, te dice. Ella no quería hijos, ella estaba harta de buscar una vida sentimental «respetable». Al final, te dice, cuando eres pobre, tanto una cosa como la otra te acaban jodiendo, tanto la probreza como el amor. Te dejan difícil salida, añade.
El dinero no da la inmortalidad, y el amor acaba muriendo de dos o tres formas distintas.
Pero el dinero te deja hacer cosas, es permisivo, abre puertas, le gusta a tu cuerpo y a tu tiempo disponible, le va a tu salud y a tu cerebro. El dinero encaja tal y como son las cosas, el amor, difícilmente.

Te emborrachas rápido, pierdes de vista a la chica con opiniones y vida dentro de su cuerpo. No es que las otras no tengan que tener nada de eso, pero obviamente han descartado enseñar esa parte de sí mismas. Hay personas que tienen facilidad para apartar de sus vidas lo que consideran un estorbo. La moral, la profundidad, los matices, etc. Las grandes preguntas y tus respuestas en constante evolución a ellas.
Todo eso es Colesterol para el único modo de felicidad permitido y potencialmente permamente hasta la muerte. Tiempo para ti, cosas, lugares, estancias, comodidad.

Todo esto no quita que haya muchas personas que acaban aquí porque o bien no saben decir «no me apetece», o bien no saben entender esa sencilla combinación de palabras. Cierto es que esto no es una reunión clase media al uso, pero el deseo de yacer en solitario es transversal a las clases, a las jerarquías. La gente necesita a la gente, y a la vez se dan todos una pereza tremenda. No es que todos sean así, pero si todo el mundo hiciera lo que realmente quiere en términos de respuesta a eventos, probablemente cambiaría el paradigma de las relaciones humanas y sus prioridades.

La diferencia aquí son las cazafortunas. Son los tíos cuya pareja nunca envejece. Son las personas que han decidido que su vida no puede ser auténtica o artificial, sino sólo plácida o una «digna» cama de pinchos.
Aquí están los tíos que expolian el planeta, y sus amantes.
El resultado lógico al modo que tiene la mayoría de gente de ver y concebir el mundo; y la gran mayoría de esa mayoría, son pobres.

Tú eres pobre, aunque tengas amistades raras, aunque a veces tu entorno no te pegue. Te encadilan las luces y la arquitectura, estos búnquers del estilo que te protegen de la realidad, o al menos te aislan a ratos de ella.
Bebes más. El búnquer líquido dentro del búnquer del estilo. El meta-búnquer habitual. Decoración y drogas para olvidar, ya sea momentáneamente o para siempre. No eres tan distinto de esas chicas que han elegido la vejez multimillonaria para una relación estable.
Y tan estable.
Al fin y al cabo, es el único tipo de estabilidad que nos enseñan a apreciar, a tomar en serio. Luego te quejarás si tu hijo se convierte en un hijo de puta, o tu hija en una buscadora de targetas ajenas sin fondo.

Seguro que te sabes la frase recurrente en cursiva que toca el techo de la responsabilidad e imaginación de tus padres.

Una y otra vez, no es que tropieces con la misma piedra. Más bien has adoptado a esa piedra, le has pintado una puta cara cutre, y le has dicho a tus hijos que aquí se hace lo que diga el Señor Piedra.

«Estudia una carrera y luego haz lo que quieras.»

Una chica vomita en la “maceta” de una planta de plástico. El novio sesentañero se la lleva a tomar el aire. Ese tío, te dicen, tiene dos hijas que son mayores que su novia. Mamá murió, al menos en la versión oficial.
Las chicas así aprendieron muy rápido la lección. Sus compañeras del cole, las que ahora sí son respetadas como mujeres que –sobre el papel– se respetan a sí mismas, con carreras e idiomas, llevan camino de convertirse en los tíos de la reunión.
Te da esa sensación.
Casi todos suben siendo muy realistas, y siguen construyendo ese mundo real concreto.
Hasta los cabrones que tienes al lado fueron jóvenes una vez. Hasta algunas de las mujeres a las que despacharon, se hicieron llamar feministas durante al menos una década.
Luego todos y todas vieron que había algo que estaba muy por encima de sus ideales; y decidieron que no podían luchar contra ello.
Los cementerios están llenos de mártires, y otras frases hechas.

Quién sabe si tienen razón. Lo que no evita que den todo el asco, claro está.
Vuelves a ver a la chica de curvas y relleno con sustancia. Alzas las cejas para llamar su atención. Su marido lleva toda la noche haciéndole una mamada a un puro, y largándole terminología económica (fíjate en sus dientes amarillos) a un par de fulanos más jóvenes.
Unas cinco o seis chicas de escaparate se pasean por la sala con bandejas. Copas y canapés. Te tratan como si fueras uno de ellos. Tu ropa no les extraña; te deben confundir con algún rico repentino del valle del silicio.

Vomitas en una bolsa dentro de un Hummer limusina. No has podido aguantar. La bolsa venía de serie con el trasto de lujo. En la cabina interior tienes a tu colega a un lado, a la chica no anoréxica y su marido al otro, y luego desconcidos por todas partes. Nunca crees que estés en ese punto de la borrachera. Llega un momento en que pierdes el norte, metes líquido en tu estómago como si fuera la pila de lavar los platos. Tragas y tragas.
Cuando comienzas a sentirte algo parecido a mejor, tu colega, muy serio, te dice:
–Tío. En serio. Ahora es el momento de llamar a tus padres, o a quien quieras. Para decirles que les quieres.
Obviamente no entiendes nada. No sabes si es algún tipo de broma o una broma interna, o algo de lo que no has pillado el contexto. Son las cuatro de la mañana. Balbuceas algo, sale un sonido de tu boca que pretende emular esos momentos en los que sonríes irónicamente.
–No estoy de broma, tío –dice tu colega. Os conocéis desde que os meábais en la cama.
Intentas reunir el aplomo para preguntar por qué has de llamar a nadie ahora. Juntas sílabas y las lanzas como puedes.
–Tú hazme caso, en serio –te dice.
Tu colega antes era un chaval cabreado como tú, pero ahora tiene pasta, pasta gansa. Lleva unos años ensimismado, ni exactamente feliz ni exactamente triste. Te ha prestado pasta por encima de lo que sabe jamás le podrás devolver. He ahí el rayo de esperanza: la amistad. Qué cosa tan rara en el mundo, la amistad; un oasis en medio del dinero, aunque a menudo el mismo la convierta en cierta clase de nepotismo.
Sacas tu móvil de tu bolsillo como si supieras qué coño haces.
Vale, piensas, es algún tipo de broma. Voy a hacer lo que quieren y me la quitaré de en medio.
–Haces bien –te dice la única amiga que has hecho hoy. Y te sonríe con afectación.
No es una sonrisa tipo “Tus padres están muertos”, pensarás más tarde.
Tu padre te coge el teléfono y no sabes qué decirle; no suena a que le hayan despertado de madrugada. A tu alrededor nadie se ríe ni está pendiente. Sigues sin saber qué decir.
–Di “Os quiero” –murmura mi colega–, y cuelga.
Acatas la orden y la ejecutas. Eso sabes hacerlo, aunque sólo sea para que te dejen en paz. Tardas un momento en colgar, crees oír a tu madre llorar de fondo. Tu padre te contesta que ellos también te quieren.

Estás acostumbrado a no enterarte de qué va la película, los años del colegio y del instituto fueron básicamente una sucesión ese tipo de situaciones. En ningún sitio te has sentido tan tonto y humillado como sentado en un pupitre.
Pero entonces al menos entendías lo que pasaba, lo pillabas; vale, estáis dando clase y yo no quiero estar aquí. El resto venía por defecto.
Nunca has visto a gente triste dentro de un Hummer limusina. Cada vez que has visto fotos o vídeos de gente en un Hummer limusina, siempre estaban partiéndose el culo; a veces literalmente; Dios sabe que se ha rodado ya mucho porno dentro un Hummer limusina. La gente siempre luce sonriente dentro de un Hummer limusina. Les brillan los ojos, las fotos captan el justo instante de los gritos en medio de la juerga. El meta-búnquer sigue presente, drogas y entorno llamativo.
Nunca imaginas que vayas a tener que afrontar ciertas cosas estando borracho. A la gente le preocupa ligar y que no se le levante, como mucho. Tú sales (te sacan) del Hummer y te conducen amablemente hacía unas escaleras metálicas; han aparecido después de que alguien abriera alguna clase de escotilla.
De algún modo, sigues esperando a que alguien te grite sus risas a la cara, que te digan que todo es broma. Aunque no te hayas enterado de nada.
Pero cierto asomo de sobriedad comienza a dejar que empieces a asustarte. ¿Dónde te llevan? ¿Dónde vais todos? Te das cuenta de que no eres el centro de la acción, sino simplemente uno más bajando escaleras. Poco después oyes cómo alguien cierra la escotilla arriba. No te fijaste en qué había arriba, pero estás bastante seguro de que árboles y arbustos.
Nadie contesta tus preguntas. Probablemente no se te entiende muy bien, y está claro que apestas a vómito.

Luego te sientes como si estuvieras siendo digerido por alguna especie de ballena metálica. Hay lujo por doquier igual que lo había en la casa. Hay un plan igual que lo había antes. Hay un búnquer líquido dentro de un búnquer decorativo dentro del búnquer per se. Triple capa. Te vuelven a ofrecer bebida, como si no te hubiesen visto vomitarte en el regazo cinco minutos antes. Te da miedo preguntar más. Te sientes otra vez como en el colegio; pero sin esa seguridad de que todos se preocupaban por ti. Vale, no tenían puta idea de cómo educarte, y obviamente te querían convertir en uno de estos tíos que tienes tan cerca, despojados de emociones, y aferrándose al sexo como si eso les fuera a otorgar la juventud eterna.
No sabían educarte, te llenaban la cabeza de mierda y te hacían odiar los libros o todo atisbo de cultura. Pero al menos te sentías protegido.
Ahora, ya siendo adulto, al menos sobre el papapel, y aun tras tres capas de seguridad, sabes que tus padres están muertos (aunque no sepas por qué), y sabes que estás solo en el mundo. No tienes hermanos, y estás bastante seguro de que tus amigos también van a morir o han muerto ya. Has venido engañado. Al mundo, al cole, a tu habitación, a pisos apestosos de soltero, y a este meta-búnquer.
Oyes el ruido. Temblores leves.
Sigues sin preguntar. Por lo que sea, hoy no supiste decir «no me apetece».
Con todo, sabes que todo esto, lo que sea que esté pasando, es producto del aburrimiento en el cole. El tuyo, el de todos.
Temblores un poco menos leves.
Crees oír algo más por encima del hilo musical. Allí arriba. El justo instante de los gritos en medio de la juerga.

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2 comentarios en “Hummer limusina

  1. La naturalidad con la que describes la situación en el relato encierra una profundidad que asusta, supongo que como la vida misma y toda la parafernalia de la que nos rodeamos para no pensar. Un relato genial 🙂

  2. Feliz desembocadura de una educación esmerada. El éxito, por lo visto, era eso. Una bonita descripción del vacío.
    Un relato que me ha gustado mucho leer.
    Saludos.

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