Archivos Mensuales: febrero 2017

Lindsay Weir

Cuando ya todo el mundo hablaba de Friends, ella hablaba de Freaks and Geeks.
En ese momento, y con esa edad, hacer algo así no era intencionado como ahora; no era por llevar la contraria, no era para parecer más sofisticada.
No en ella.
Comenzaba a echar de menos la luz a las ocho de la tarde en febrero. Con todo, seguía fiel a su chaqueta verde referencial, que no podría seguir usando en primavera. Paseaba junto a la vía, hasta cuando la vía la hacía meterse en los andurriales que nadie pisaba. Diecisiete años, siendo una chica, en la edad, género y perfil perfectos para nunca ser tomada en serio, para, como manda la tradición, ser menospreciada por activa o por pasiva. O para ser violada.
Caminaba con descuido cuando el tren pasaba cerca. Por suerte no había sido una víctima aún de las que engrosan la estadísticas más desagradables. Las estadísticas a las que la mayoría de gente no presta atención, ya sea por desinterés o por desgaste.
A veces les decía a sus padres que había quedado con amigas. No es que no tuviera amigas, pero algunas tardes necesitaba pasear sola. Sus padres jamás lo permitirían, y sus amigas nunca lo acabarían de entender. En la versión oficial, pues, dependiendo de quién preguntara, o estaba con sus amigas o tenía que hacer algo con sus padres. Generalmente, si hacías lo que querías, aunque no hicieras daño a nadie, siempre había alguien que se molestaba u ofendía. Alguien que pensaba que estabas actuando como una chica de las que acaban como un fardo en una cuneta. Al agresor se le consideraría un desalmado, pero a ella alguien que se había buscado el lío.
Bien entrado el siglo XXI.
Qué mejor que pasear junto a las vías; era una forma de enseñar el dedo corazón. Si me pasa algo no será por culpa mía, sino por el mundo que vosotros habéis creado.

Había una parada de tren, un andén minúsculo, un edificio cercano a ser declarado en ruinas. Tenía una cafetería dentro. Ahí siempre encontrabas la misma gente. Ella era la nota disonante. No estaba segura de si les caía bien o simplemente condenaban su presencia allí, tan joven, tan chica, tan sola y tan fuera de lugar. El café era bastante malo, pero no quería gastar más de lo que valía un cortado. No estaba segura de por qué entraba siempre allí. Quizá pensaba que lo hacía porque no se esperaba eso de alguien como ella, y porque sus amigas no lo harían, sus padres no lo aprobarían, y bueno, porque el lugar tenía cierto encanto en su aislamiento. Tenía el encanto de los lugares a los que nadie va expresamente, a no ser que les pille MUY cerca, tengan algo que hacer, alguien con quien verse o un trato que cerrar.

A veces no tienes nada que contar; o al menos nada que se pueda verbalizar y que no te despachen enseguida por berrinche generacional. A veces es mejor callarse y mirarles con indiferencia, u obviarles. A veces no merecen siquiera desprecio. El desprecio se suele vender demasiado barato. Hay quienes creen que cabrearse es lo más digno, que si no se cabrean más o menos todo el tiempo, no van a parecer lo suficientemente concienciados.

Con todo, en la vida real no acaba todo con el capítulo dieciocho, no podías ser Lindsey Weir.

Quizá hasta que los adultos no comiencen a tomar en serio los silencios de las niñas, no habrá un avance distinto, eficaz.

Ella tampoco sentía que pudiese ser como Linda Cardellini. Por lo que le habían dicho sin parar, esas cosas no pasaban. Aunque pasasen. Esa lección venía de los mismos que compraban lotería. Había que creer en cierta clase milagros, en golpes de suerte, y si acaso en Dios. Pero no se te ocurriera la tontería de creer en ti misma.

Fíjate en la vía, se decía. Sería tan fácil, conociendo ya los horarios en que pasaban los trenes. Pero no. Observaba el ruido tenebroso de los cables antes de que llegara el tren, cuando estaba a pocos segundos de pasar. Observaba el ruido, sí, lo hacía suyo; y cuando pasaba el tren, lo escuchaba.
No podría haber hecho eso estando debajo.
No podría haber notado en cada fibra de su ser, el placer de esconderse, de estar donde los demás no estaban, y ver lo que los demás negaban.

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Brother

Recuerdo que, camino del colegio, durante unos meses, había un cartel publicitario de Brother, una película de Takeshi Kitano. Era el tío de Humor Amarillo, que por aquel entonces descubrimos también hacía pelis. Cuando digo «descubrimos» me refiero a los chavales, claro, a los chicos, a mis amigos, mis compañeros de clase. Me refiero a aquella época en que ver en nuestra ciudad carteles publicitarios enormes de películas (incluso japonesas) no era raro o remarcable. Ahora sí lo es; tanto encontrar uno como que no los haya como que entonces los hubiera.

En cuanto a cómo nos joden, ahora todo es cada vez más raro a cierto nivel, y a su vez la gente es cada vez más «normal»; hay una escalofriante invasión (o asentamiento) de lo homogéneo. Lo homogéneo se filtra en todos ámbitos. Incluso muchas de las personas que creen tener un radar para las ofensas o las injusticias, se convierten en activistas digitales de molde reconocible, igual de ruidosas que de predecibles y cuadriculadas. Ni tan siquiera pueden entender que se puede tener razón y resultar estúpido a la vez. Puedes ser sensible, acertar, estar afectado y a la vez no saber cómo mirar a tu alrededor, no saber reconocer las amenazas reales, confundiendo así a tontos con villanos.
Son los rebeldes «normales», neutros. Se indignan con razón, se quejan con razón, pero no podrían convencer a un tigre de correr tras una gacela. Esto es cada vez más grave, cuando los enemigos y las causas del Mal, son cada vez más difusos, menos claros. Ni tan siquiera han de jugar al despiste, la gente viene despistada de serie.
La causa de las enfermedades es investigada por agentes de un caos sin calorías: el caos como entretenimiento. Aficionados al caos. Caos amateur. A la gente le divierte la “lucha”, les hace sentir vivos. Quieren inyectar soluciones sin agujas hipodérmicas.

Cuando no era raro topar con un cartel de una peli de Kitano, reinaba una sospechosa paz. Caminábamos sobre esas aguas que preceden a los lodos. Olvidábamos que no se puede caminar sobre el agua. Ni tan siquiera lo sabíamos.
Veía cada día a los grupitos ocupando los bancos, un parque feo, bancos verdes con la pintura descascarillada. Siempre los mismos chicos y chicas, cada día, a mediodía, por las tardes, a veces incluso muy temprano por la mañana. Ahora sé que aquello era bueno, estar allí, pasar por allí, ir y venir del colegio, los grupitos de amigos, incluso la riera –a veces apestosa– que bordeaba cada día yendo y viniendo, el sol de las cinco de la tarde, el de la una, o incluso el de las ocho, recién despierto, con ese aire gélido en invierno. De alguna forma, el esquema de las cosas era el correcto, aunque luego las rutinas no resistieran casi nunca cierto grado de análisis. Las rutinas académicas, claro.
Yo también tenía mi grupito de amigos. Las jerarquías o tribus no estaban tan marcadas como se ve en las películas. Sí que había alumnos claramente estúpidos, y también señales de bullying, pero no había un catálogo donde encontraras claramente a los empollones, los tontos, los guays, los frikis… Podías hacer una clasificación individual si querías, pero en el fondo todos estábamos muy perdidos, aunque fingiésemos que no.
Cada cual lo disimulaba a su manera. Algunos molestando a los demás, otros encerrándose en sí mismos, y otros volviéndose estudiosos, creyendo a ciegas en las promesas adultas.

Ahora, en medio de estos lodos, a veces paseo hasta donde antes caminaba sobre las aguas. La zona del colegio, que aún sigue en marcha, igual en esencia, aun en la era digital. No soy capaz de tener recuerdos horrendos ni malas sensaciones; no fácilmente.
Hace poco, topé cerca de la entrada con un profesor. Él me conoció a mí, yo no recordaba su nombre. Nos dimos la mano cordialmente. Eran poco más de las cinco de la tarde, aún había críos saliendo por los grandes portones. El profesor me dijo que entrara a echar un vistazo si quería. Creo que para evitar que la conversación se alargara, acepté su sugerencia. Él se fue en una moto, yo subí las escaleras de la entrada, hasta llegar al pórtico que tan bien conocía. Un alud de sensaciones me embriagó, el pasado en todo su esplendor, filtrado por la distorsión del paso del tiempo. No me quedé mucho rato, di un garbeo por los patios, entré en los lavabos exclusivos para los críos (al fin y al cabo ahí orinaba yo en el recreo) y eché una meada. Salí pronto, no quería que me cerraran las puertas y verme obligado a avisar a alguien.

Una vez, vello púbico ya, comencé a quedar con una niña bajo el cartel de Brother. Ninguno de los dos sabía muy bien para qué. Quizá sí en el fondo. Lo importante era quedar bajo el cartel de Brother, un sitio reconocible. Era importante porque era reconocible para los dos.
El colegio era un lugar en el que, tener personalidad, o simplemente ser alguien concreto y no alguien más entre la masa, te podía traer problemas, tanto en los estudios como con la gente, adultos o no. El colegio intentaba –no digo que conscientemente– reducir nuestra visión del mundo en lugar de ampliarla. Creo que era por la pretensión de ofrecer lecciones prácticas (y con esto no me refiero al contenido de las asignaturas), pero lo que solían conseguir era o bien adormecerte o bien hacerte sentir mal, irresponsable.
Lo que les sacaba de dudas eran las notas, a los adultos, quiero decir. Y las notas eran, curiosamente, lo que, en realidad, hacía que te sintieras aún peor, más perdido, inferior a otros compañeros o (horror) superior a ellos.
Así que quedabas bajo el cartel de Brother, o huías de unos libros con otros; al menos si tenías suerte y no odiabas ya cualquier cosa que se pareciera a un libro. El colegio era como sorber sopa de un plato que flotara sobre un charco de cianuro.
Son asuntos ya conocidos, al menos ahora, pero recordar la propia historia, constatar que una etapa esencialmente feliz sirve para cultivo de ciertas actitudes, es como para ponerse a buscar Humor Amarillo en Youtube.

Que ahora ya se hable de ciertos temas, no significa que se busquen soluciones. Es como si algunos supieran ya de qué va todo esto, y muchos tuviesen muy claro que hay que seguir criando votantes, jamás personas.
Recuerdo que aquella niña hablaba como si hubiera vivido treinta años más de los que tenía. Como si hubiese visto treinta años más de películas. Hablábamos y rajábamos. Es curioso recordar ahora, y comprobar que nuestras quejas, en aquel momento descartadas por infantiles e inexpertas, en realidad tenían mucho sentido. Incluso aunque oyeras a los adultos hablar con ese tono. Ese discurso, con ese tono que pretende transmitirte cómo es el mundo, en lugar de reconocer que sólo es como contribuimos a que sea.
Si le hubieses preguntado a cualquiera, te hubiese dicho que el paisaje era feo. Pero estábamos allí, bajo el cartel de Kitano, sentados en aquellos hierbajos que hacían cuesta, frente a un camino de tierra, luego la riera, luego otro camino, y luego parte de la ciudad, tras la que se escondía el sol. Era nuestro “anti-atardecer”. Esa era su gracia (y a la vez desgracia), no era de nadie más.
La gente no tiende a ver ciertas cosas. El pensamiento tendente a lo homogéneo, a encajar en, digamos, determinados sistemas conocidos de ideas y razonamientos, no da ni de lejos para intuir el potencial de versatilidad del ser humano, y lo fascinante y absolutamente extraordinario del mundo en que vive.

Geográfica y políticamente, éramos como el culo fofo de Europa. Pero un cartel de Kitano podía dar paso a uno de Kim Ki-duk. Era como si hubiese una mayor aceptación en cuanto a la idea de la Cultura, aunque por desgracia eso no impregnara la Educación ni la filosofía de vida que caracterizaba a nuestros padres. Nos teníamos que ceñir a una cuestión numérica. No sólo con las notas, también con las tallas, la fechas, los años, los límites, los kilómetros, el calendario, la hora de levantarse… Teníamos que heredar ese culto al Control. Esa idea diurna del Control. Lo que paradójicamente era (es) tan solo una fantasía de Control, que proviene –parece ser– de las mentes menos imaginativas. Las menos imaginativas que puedas imaginar. Los tíos y tías más pragmáticos (más los tíos), fabricaron su propio mundo imaginario, y nos tenían que hacer encajar en él como fuera. Habían hecho encajar a tus padres, y ahora a través de ellos te harían encajar a ti.

La etapa de los carteles era un “club de los cinco” constante, no estábamos tanto en los pupitres como sobre ellos, caídos sobre ellos, alguien nos soltaba cada día sobre ellos. Caías desde la cama al pupitre. Te empujaban. Yo, por mi parte, rodaba.
A veces sonaba el despertador, y la sensación de pereza y cansancio era tal (aunque más mental que física), que rodaba por la cama; rodaba hasta llegar al extremo. Justo antes de golpearme contra el suelo, el cuerpo reaccionaba quisiera yo o no. Cuando vives en El Momento, el olor de la mierda es imposible de negar, no gozas de las ventajas del recuerdo. Yo me levantaba como podía, y muchas veces no había hecho los deberes o el trabajo de turno. El primer día después de unas vacaciones, al despertar me sentía totalmente congestionado, emocionalmente congestionado, con ganas de llorar, aterrado, cualquier cosa menos preparado o ilusionado. Así, se supone, tenía que ir a aprender, formarme y crecer.
Claro que sé que las cosas no son fáciles, y que todo conlleva su dosis de esfuerzo y sacrificio; pero ahora también sé que –académicamente– entonces no había absolutamente NADA más que eso. Era un constante poner el culo y cerrar los ojos. A todos los niveles. No tenías voz ni voto, ni potestad para decidir, no importaba lo que dijeras. Sucumbías al miedo o te revelabas a él. Revelarse significaba hacer cada vez menos caso a los adultos, dejar de cumplir órdenes. Esto te traía problemas en presente, y se suponía que aún más problemas para el futuro. Quienes eran buenos niños (es decir, quienes acataban las ordenes y punto), podían alimentar la ilusión de un buen futuro. Con el tiempo, todos descubrimos que en realidad todo aquello era sólo una etapa, una de las más absurdas que íbamos a vivir. Algo que sólo tenía que ver con el futuro de una forma muy vaga, pero que, paradójicamente lo teñiría con ciertas actitudes, secuelas. Del colegio no sacabas necesariamente conocimientos, ni tampoco definía tu futura profesión, ni nada de todo eso que se relaciona con él; pero sí hacía que creciera en ti cierta especie de Miedo Adquirido. Un miedo sin límites conocidos, un miedo, en realidad, religioso; una idea cerrada sobre lo bueno que es estar mal, estar jodido, no poder hacer nada de lo que querrías hacer, o no saber quién coño eres.

Ahora esa zona de la riera, cerca de la cual estaba el cartel de Brother, está asfaltada. Ahora la gente suele hablar mucho, y con falso tono de autocrítica, que a la vez es cinismo, distancia irónica y no sé cuántas cosas más, de algo llamado “problemas del primer mundo”. Nadie se pregunta por qué somos así de irritables. Cualquiera podría leer lo de más arriba y mencionar esos “problemas del primer mundo”.
Aun así, el sistema tiene ciertas brechas; y teniendo en cuenta cómo es, las brechas no son un problema, obviamente, sino una oportunidad. No me refiero a hacerse gangster, pero si uno procura afinar los sentidos, puede intuir trayectorias vitales que no están basadas sólo en colgar de la cruz mientras los clavos te desgarran.
No son muchas, seguramente es un porcentaje mínimo. Pero están en nuestro mundo; más visibles incluso que los ovnis o los fantasmas. Esas personas que, a pesar de haberse pasado veinte años o más en aulas, luego crecieron como ellos mismos.
Increíble.
Hablábamos de ellos bajo el cartel de Brother. Cuando tienes la ocasión de oír a uno de esos afortunados, dan la sensación de disculparse constantemente, enseguida te hablan del esfuerzo y de madrugar, y de que uf, qué cansados se sienten a veces. Y no es que tengan que estar mintiendo, pero venga, hombre…
No os diré cómo se llamaba la niña, ni si aún mantenemos el contacto, ni qué pasó entre nosotros. No es asunto vuestro.
Os puedo decir que hablando con ella aprendí más que con cualquier otra persona en aquellos tiempos. Kitano nunca nos echó un vistazo con sus gafas de sol. Recuerdo el olor. Hasta oler a cloaca era mejor que estar en clase. Recuerdo escuchar a los Air en un walkman. Tío, esos tíos hacían esa música tranquila, mágica, no notabas miedo o religión en ello; se ganaban la vida con eso. Ella repetía que las puestas de sol eran más bonitas gracias a la polución (leíamos a Don DeLillo). Recuerdo a haber pensado que ahí podía estar la clave, aunque no recuerdo por qué.

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