Archivos Mensuales: febrero 2017

Un instante antes de irme

Los víveres se acabarán pronto, decía siempre P. Lo decía incluso en el momento de más reservas. Ahora hablamos de él mientras su vaticinio se está comenzando a hacer realidad. No había que ser futurólogo. Ayer le mordieron cuando intentaba clavar tablas en un agujero de la puerta principal. Bajó la guardia. Pensábamos que lo peor ya había pasado. Una manada había rodeado la casa. A veces se alejan, presos de un vago instinto, cuando matamos a dos o tres de ellos.
Siguen siendo tan lentos como peligrosos. Hasta ahora no hemos visto a ninguno que arranque a correr o varíe el ritmo de avance.

Hace un mes ninguno de nosotros había tocado jamás un arma. Ahora discutimos sobre cargadores, las formas de las culatas, el retroceso y el calibre de las balas. No conocemos la terminología adecuada (hablamos de balas gordas o finas, de hierro, madera o plástico, de piezas y «cosas»), hacemos probaturas y procuramos no desperdiciar demasiada munición con ensayos. Ya hemos saqueado lo que quedaba de la armería con material de caza que hay a dos horas a pie.
Hemos llegado a la conclusión, por cierto, de que las horas de luz no son especialmente más seguras.

No somos originales. No tenemos grandes ideas ni una capacidad de supervivencia extraordinaria. Nadie ha juntado dos piezas para crear nada nuevo, nadie ha ideado métodos que no conozca cualquiera para cortarles el paso o matarles. Tenemos miedo, un miedo atroz. No nos hemos acostumbrado a la situación. Encendemos velas al atardecer. Apenas pegamos ojo. Nos pasamos las noches mirando hacia las puertas y las ventanas cubiertas de tablas. Luego miramos las paredes.
No sé si esto dice algo sobre el ser humano o sólo sobre nosotros.

P. era el más decidido. Era brutal y no tenía maña, pero parecía controlarse mejor. Creo que por eso está muerto. Era el que tenía menos miedo, o el que fingía mejor no tenerlo. Era un incordio. Sus tripas siguen haciendo de felpudo en la puerta. Murió por la tarde, con el sol aún bien alto.
No enterramos cuerpos, nos hemos acostumbrado a oler a podredumbre o vísceras secas. Huele siempre a rancio; como si algo vivo, viscoso y dentado que nunca se lava, estuviese constantemente cubierto de polvo, y fuese tu única compañía.
No hay nada ya que se encienda con interruptores o botones, o a lo que le quede batería.
Esta no es la casa en la que viviera nadie, sino más bien un lugar de vacaciones. Aislada, aunque no mucho, y tampoco demasiado rodeada de árboles. Nada se sabe de los dueños. Hay caminos de tierra y un riachuelo útil no muy lejos.

Antes éramos muchos más. Todo el que ha decidido irse por su cuenta, se ha acabado convirtiendo o bien en uno de ellos o bien en mobiliario orgánico (o comida) para la naturaleza. Vemos los restos de sus cadáveres cuando salimos en grupo algunas mañanas, en busca de algún lugar no totalmente saqueado. Tiendas, almacenes, farmacias, talleres, todo tipo de antros. Tienes que ir todo el tiempo mirando al suelo para no tropezar con algo inerte, humano o no.
Acabas calculando la distancia de seguridad al ver una manada de lejos. Nadie se hace el héroe ni pretende asumir ningún tipo de liderazgo. Cuando oímos el primer grito, echamos todos a correr. No hablamos mucho entre nosotros. De vez en cuando alguien rompe a llorar.
Hay alguna especie de acuerdo tácito basado en el egoísmo en grupo. Nadie le va a aguantar la puerta a nadie si la cosa se pone fea o parece que se pone fea.
No se está formando una familia.
No está creciendo ninguna historia de amor.
Ni tan siquiera recordamos los nombres de los demás fácilmente.
Nadie ha mencionado con ironía película alguna.
Tenemos plena conciencia de que la civilización se está pudriendo a nuestro alrededor. La naturaleza está perdiendo el encanto que antes tenía por contraste con las grandes urbes. Se está volviendo hostil, como si ahora de verdad viéramos su única cara disponible. Toda esa belleza no comestible, escondrijos para asesinos. Ninguno sabemos aprovechar plantas, o detectar frutos o cultivar. La mayoría formamos parte de lo que llamaban la generación más preparada; lo que para la situación actual nos convierte en completos inútiles. Sin teclados, sin logos que diseñar, sin ingenio que pulir, sin entrevista de trabajo que afrontar. Ninguno de los idiomas que dominamos nos puede ayudar.
Todo nuestro potencial destinado a ganar dinero, y ahora el dinero vale menos que una mierda. Literal y figuradamente.
No nos hemos formado realmente a un nivel emocional o humano, sino sobre todo académico, de modo que no somos creativos, intrépidos, auténticamente empáticos o valientes.
Antes podíamos fingir que éramos todo eso, ahora ya no.
En su día, sacamos sobresalientes en la única asignatura que imperaba en el fondo, de modo que estamos cagados. Eso lo sabemos hacer bien. La cuestión es que nos enseñaron a temer el futuro, y ahora ya no hay tal cosa.
Antes también se decía que lo realmente difícil, era saber estar en el presente, que esa era la clave de la felicidad, del equilibrio y la paz.
Y aquí estamos. Nunca hemos estado más en el presente. Lo estamos tanto que el presente nos puede pegar un bocado en cualquier momento. Y lo hace.

Yo estaba en una sala de conciertos. Tocaba un grupo, no los conocía. Había ido para coincidir con cierta chica. No entraré en detalles, pero no era el mejor momento de mi vida. Sólo era el momento de siempre de mi vida. Era sábado y ya estaba pensando que el lunes tendría que volver a la oficina, a seguir desempeñando ese trabajo por el que tanto había luchado. Y que odiaba con todas mis fuerzas. El curro me estaba secando por dentro, me mantenía amargado como una nevera mantiene frescos los yogures; y a la vez me aterrorizaba dejarlo.
Era un buen soldado.
Ya me sentía mal incluso los fines de semana. Me comenzaba a parecer patética esa increíble sed de la gente por que llegara el viernes. No entendía por qué nadie se preguntaba por qué aceptábamos ese trato: tan mínima y discutible recompensa a cambio de tanto putéo, gilipolleces, farsa y burocracia. A cambio de tanto tragar y poner el culo.
Veía tocar a ese grupo y ya casi ni buscaba a la chica con la mirada. Era amiga de alguien, teníamos un amigo común. Creo que ella estaba por cualquier cosa menos por la labor. Decidí que bebería y saldría a fumar de vez en cuando, sin hacer ningún esfuerzo o acercamiento. Si ella quería algo, iba a tener que tomar la iniciativa. Yo sencillamente no estaba con ánimos. Yo no lo estaba y ella no lo estaba; una esencia concreta y representativa del nuevo siglo. Era la mejor etapa, decían, sin haber cumplido aún treinta (no es que yo tuviera problemas con esa edad), con trabajos de respetado perfil y toda la vida por delante.
Nada de lo que hacíamos abarcaba más de tres o cuatro frases hechas.
Comencé a oír ruido cuando el concierto llevaba una media hora de discutible talento y mucha pose. Venía de la parte de atrás de la sala. Primero gritó alguien, luego hubo cierto alboroto. Los músicos se hicieron visera con la mano y salieron despavoridos, creo que sin saber muy bien lo que pasaba. Supongo que pensaron que era un atentado terrorista; fue lo que pensamos todos al principio. Fue lo que pensó todo aquel que estuviera en algún sitio con más de diez personas. Vaya, eso que veíamos siempre por la tele, y que nunca nos iba a tocar porque era una Lotería de las chungas, estaba sucediéndonos. Todos pensamos, durante unos segundos, que íbamos a morir a manos de la política. Carne de telediario.
Después, algo comenzó a no cuadrar.
Las cosas no se aceleraban, nadie disparaba una ráfaga al techo. Pasamos a creer que sería una broma. Del terrorismo a la televisión, a youtube. Cuando ves a alguien con media cara colgando y formas parte de la generación más jodidamente preparada de la Historia, obviamente no piensas nada más que en maquillaje. Puede que hasta conozcas a alguien que se dedica a eso. Uau, fíjate, qué bien hecho está. Vimos cómo cinco o seis de esos amigos de maquilladoras de cine, mordían a los demás y tiraban de la carne y la desgarraban. Uau.
Fue gradual, éramos demasiado cínicos e inteligentes para creernos enseguida lo que estaba pasando. Algunos no lo aceptaron hasta que rellenaron su vaso con la aorta.

Cuando tienes la suficiente hambre, puedes ver a un zombi atacando a su propia sombra, igual de hambriento que tú, y todo sigue igual de despojado de humor e ironía. Lo matas con tu cuchillo de cocina favorito, lo matamos, y seguimos la nueva excursión diaria de moda. Ya no hay gasolina o un vehículo funcional en un radio de tropecientas caminatas; ya no hay forma de irse a buscar cosas sin que se te haga de noche. Es cierto que al principio pensábamos que salían más por la noche. Luego hemos visto que no importa qué hora sea, porque ellos no duermen, no tienen una rutina, no saben lo que es una rutina (al contrario que nosotros, que prácticamente no sabemos nada más). Aunque es cierto que la oscuridad sigue teniendo sus razones. Insisto, no hay que olvidar que nuestra especialidad, aquello en lo que nos licenciamos o doctoramos, aquello con lo que cubrimos las paredes con documentos enmarcados, fue sobre todo el miedo.
Nos encastillamos, pero sabemos que la casa ya no va a aguantar muchos más remiendos. La idea de ponernos a cortar leña nos intimida, incluso en la situación actual. No sabemos cortar leña igual que no sabemos cultivar. Lo más probable es que se nos cayera el árbol encima, o no taláramos el adecuado, o luego no supiésemos despiezarlo. Hemos tirado de tablas abandonadas y un taller nada cercano a la casa. Hemos rebuscado en la basura; y creo que ahora ha llegado el momento de comer de ella.

Alguien ha sacado el tema. Ese tipo de cosas en las que todos comienzan a pensar pero que nadie se atreve a decir. Es posible que lo mejor sea empacar y largarse. Puede que a encastillarse en algún otro lugar, o puede que a morir. Pero la idea de quedarnos en la casa empieza a parecer una de las peores.
Hay que tener en cuenta que morir no es lo peor que te puede pasar. La vida, y más ahora, ofrece un montón de posibilidades mucho más terribles.
Ni siquiera hay un médico en el grupo. Si a alguien, por ejemplo, se le ocurriera la brillante idea de quedarse embarazada, no se nos ocurre por qué no iba a morirse casi seguro en el parto si no la matan o la convierten antes. No está naciendo en nosotros ningún tipo de pericia salvaje al estilo del hombre de las cavernas. Hemos viajado en el tiempo, pero eso no significa que sepamos adaptarnos. Yo podría arreglar cualquier factura, aguantar todo tipo de jodiendas por teléfono, sé hacer horas extra, currar los sábados y aguantar tediosas comidas de negocios. Sé hacerte la declaración de la renta. Pregúntame por cualquier casilla de casi cualquier documento legal.
Sé sacar la carne de su bandeja y echarla en la sartén.
Sé mecanografiar a una velocidad que te sacudiría el flequillo por la ventisca.
Soy esa clase de persona, tenía veinte camisas iguales. Me ponía la misma camisa que estaba lavando. Siempre la misma camisa, siempre la misma persona.
Ahora también he aprendido a hurgar en el cerebro de un zombi metiendo un cuchillo jamonero por la cuenca de cualquiera de sus ojos. Joderles la cabeza ha sido efectivo hasta la fecha. Eso no quiere decir que sepa cazar o hacer fuego. Pero me ayuda a tener hambre un día más.

Una mañana, empacamos y salimos. No es que podamos llevarnos muchas cosas. Y desde luego no podemos llevarnos el riachuelo del que hemos bebido, con el que nos hemos aseado desde que llegamos. Llenamos algunas garrafas. Nadie ha hablado de racionar nada; no tenemos comida, y no vemos por qué no beber más o menos a placer, teniendo en cuenta que no sabemos a dónde vamos ni si llegaremos. Sólo sabemos que la casa se ha vuelto inhabitable, porque ya no podemos (sabemos) explotar lo que la rodea. Creo que lo que vamos buscando son latas de conserva, algo así como estantes llenos de cosas cerradas al vacío con comida dentro.
Si os digo la verdad, nunca me he puesto a contar. Debemos ser unos quince, más hombres que mujeres. Edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta. Cuando estalló, casi todos estábamos de fiesta. Con todo, nuestro comportamiento no ha sido tan patético como cabría esperar, pero todo el mundo sabe que nunca se toca fondo como para no poder bajar más.
Ahora que marchamos, cobra fuerza un peligro concreto en el que no pensábamos en la casa.
Si me preguntas a mí, hoy por hoy prefiero cruzarme con zombis que con otros seres humanos. Un zombi es honesto, sabes lo que quiere, no te va a joder, o sí, pero ya me entendéis. Pero un ser humano…, un ser humano puede hacer que las cosas se tuerzan de maneras que jamás esperarías, su torpeza puede ser tal, que su “anti-creatividad” a la hora de complicarte la vida no conoce límites. Esto ya era un estorbo cuando comprábamos entradas por Internet, pero ahora cualquiera de esos estorbos podría mutar en tragedia. Bastaría un solo tonto que desequilibrara al grupo, un tonto distinto, alguien más egoísta o valiente que la media, y la cosa se podría ir al garete del modo menos previsible. P. ya estuvo a punto de exponernos así. Intentaba liderar, quería hacer planes, proteger, tomar medidas, redactar listas, configurar programas de entrenamiento, buscar soluciones… P. creía que en algún laboratorio habría gente intentando dar con una vacuna. No dejaba de mirar al cielo buscando aviones comerciales.
P. no entendía que no podía abarcar la situación, era incapaz de reconocer tanto sus limitaciones como las nuestras. Nosotros no somos mejores, si se trata de destacar los puntos flacos, pero al menos nunca hemos intentado animar a nadie con conjeturas gratuitas.

Vamos cargados. No hace mucho frío, o más bien ya empieza a hacer menos en general. La primavera está al caer. Creo que eso, aunque no lo hayamos comentado, ha sido vital para emprender la marcha. Como sea, siempre pasaremos frío o calor. Frío cuando haga frío, y calor porque tenemos que cargar con todo. Tampoco se ha comentado dónde vamos a dormir cuando se haga de noche. Nos turnaremos y haremos guardias igual que hacíamos en la casa, pero ahora la posibilidad de enfermar, a la intemperie, es mucho mayor. Un resfriado vuelve a ser peligroso. Tenemos una reserva de pastillas. No es que sepamos para qué sirven todas, pero es mejor que no tener nada. Ya casi no pensamos en Google, aunque algunos aún se llevan la mano al bolsillo buscando el teléfono. Yo me ensimismo, observo un punto fijo en el horizonte, y cuanto más lo hago, peor me siento. Estoy más bien desesperado, aterrado, hundido por la falta de seres queridos o conocidos, y la añoranza de ciertas rutinas de las que antes me quejaba. Pero a la vez no tengo claro si querría volver a mi vida anterior. Es verdad que antes bailaban para ti desde todos los ángulos, y podías olvidar en ciertos momentos que esencialmente odiabas tu rutina; pero la única verdad de fondo es que ahora no estoy bien, y tampoco lo estaba antes. Hacia dónde va a ir esto, no lo sé, pero aún no he conseguido que esa certeza me proporcione algo de alivio. Antes casi podía asegurar lo que iba a hacer durante todo el año, lo cual era terrible si lo pensabas; ahora no puedo saber con seguridad qué voy a hacer en los próximos cinco minutos, lo cual es terrible si lo piensas.
Al atardecer, caminamos hacia la puesta de sol. Todo lo que antes resultaba precioso a la vista, ahora está teñido de alguna clase de ironía salvaje. Lo que antes estaba dotado de una serena belleza, ahora promete histéricas fealdades.
Incluso así, nos sentimos más seguros en zonas abiertas, en zonas de campo, o incluso en bosques cerrados.

Todos hicimos nuestra pequeña ruta de la desesperación, pasando por casa de nuestros padres, buscando amigos, intentando llamar, ponernos en contacto.
Habían tirado la puerta abajo, cosa nada fácil. Al haber empezado todo bien entrada la noche, no tenía muchas esperanzas. Más bien, la única era que no hubiese nadie en el piso.
Había pensado mucho en la muerte de mis padres, pero en mi cabeza siempre morían de viejos. Al verlos como los vi, era todo tan esperpéntico, que simplemente fui incapaz de digerirlo. Me di la vuelta y bajé las escaleras como si fuera un día más de visita. No me estaba atragantando con las lágrimas, ni contuve un grito. Si quedé en estado de shock, puede que aún lo esté. Pero diría que simplemente el hecho rebotó a un palmo de mis narices, y aún no he tenido realmente la intimidad o predisposición necesarias para abrazar el duelo.
Mis padres, ambos a la vez en el salón, la cocina y el cuarto de invitados, destripados. Ni tan siquiera podrías haber unido las piezas. Apenas quedada un tercio de sus caras.
Fue entonces cuando vi que se comen los cerebros, aunque también se comen casi todo lo demás. Pero es como si siempre se dejaran los bordes de la pizza. Se atiborran y vuelven a querer sangre fresca. Se comen el ochenta por ciento de ti. No les gustan los ojos ni las narices ni las bocas, o eso parece. Tienen una fuerza fuera de lo normal, aunque curiosamente parecen emplearla bien sólo para devorar, y no tanto para forcejear, atacar o reducir a sus víctimas. Tampoco hay que confiarse, claro. Son capaces de romperte el cráneo con las manos sin hacer grandes aspavientos, y sus dientes parecen resistir más que cuando se palpaban buscando la cartera. Desgarran la carne sin excesivo problema. Les encanta revolver las tripas y masticar tanto intestino grueso como delgado, disfrutan como locos comiendo corazón, músculo y pulmón.
La primera vez que maté a uno, estuve una hora intentando no vomitar. Como he dicho, tienen fuerza, pero siguen siendo torpes de reflejos. Cuando ven que te mueves, se aturullan y no saben cómo dialogar con tus gestos. Si son dos o más, si te rodean, estás perdido, pero en el cuerpo a cuerpo, puedes sujetarles el pelo y clavarles algo en la cabeza sin correr demasiados riesgos. Te acabas haciendo al sonido de sus dientes cuando chasquean. Es después cuando te pones a temblar, cuando piensas en lo que acaba de pasar. Paradójicamente, es posible que el momento de menos miedo y ansiedad, sea cuando luchas, cuando tienes que matar al engendro que tienes delante. No tienes conocimiento más que para eso. Desaparece todo lo demás. Matar es tu desconexión, tu cine, tu lectura, tus videojuegos, tu deporte, el puñetero yoga, el nuevo veganismo; es el único instante en que nos podemos refugiar, ser ALGUIEN. La nueva religión.

Por la noche hace frío. Nos acurrucamos, intentamos envolvernos lo mejor que podemos con lo que tenemos, que no es gran cosa. Hay zonas sorprendentemente mullidas si las buscas. Hemos acampado en la linde de un bosque, buscando algo de cobijo y a la vez intentando no perder visibilidad. Lo que hay más allá sigue siendo campo; hay una edificación, una casa lejana seguramente vacía (o eso queremos pensar). No hemos tenido valor de acercarnos porque ya estaba oscureciendo de forma evidente. No tenemos nada parecido a unos prismáticos; teníamos unos, pero alguien que abandonó nuestra anterior residencia se los llevó consigo. No todos dejaban claras sus intenciones.
No hemos tenido valor, porque si allí hay más gente, no tenemos ninguna garantía de que eso no suponga un conflicto.
Hemos tomado conciencia de que los seres humanos no sólo pueden ser peligrosos ahora, sino que antes también solían ser la causa de muchos de nuestros problemas. Asuntos que personalmente no te preocupaban lo más mínimo, se volvían vitales e increíblemente estresantes por culpa de los demás. Cosas que jamás hubieses hecho ni tenías la necesidad de hacer, entraban a saco en tu agenda echándote a ti a patadas. Ahora puedes recordar perfectamente cuántos dolores de cabeza te provocaban. En cuántas guerras ficticias te metieron, cuántos falsos dilemas te inculcaron. Ahora, intentando dormir y pensando en todo eso, creo que me mantiene más caliente la rabia que la manta. Los demás no sólo eran una fuente inagotable de problemas, sino que además viví para ellos, viví para contentarles, para hacer acopio de sus asentimientos. Y lo peor es que lo hice sabiendo que en el fondo les importaba un carajo.
Eso es lo más doloroso, yo fui parte importante del problema, por hacerles caso. Si haces demasiado caso a la gente, puedes acabar teniendo la tentación de culparles de todos tus males.

El Apocalipsis lo ponte todo en perspectiva. Tiene cierta gracia decirlo así, o la tendría. Antes era la muerte la que decían que lo ponía todo en perspectiva; la de los demás o la tuya dependiendo de si eras católico o no.
Con estos nuevos mecanismos de razonamiento, por la mañana tenemos que decidir algo respecto a la casa. Debe estar a algo más de media hora a pie.
Al final, reunimos alguna clase de perezoso valor entre todos, lanzándonos monosílabos. La cuestión es que esa casa es algo, y del resto no sabemos nada. O seguimos caminando y evitando cualquier variante en el viaje hasta morir de agotamiento y carencias, o investigamos aquellas variantes no especialmente amenazantes a la vista.
Cuando vamos acercándonos, observamos una construcción más resistente que nuestro anterior “hogar”, que parecía hecho con plafones Tundra y pegamento de barra. Aquí hay piedra y muros gruesos. Hay una intención, y no solo una venta.
Aunque alguno aventura una cifra, ninguno sabemos calcular en metros cuadrados. La mayoría venimos de compartir piso durante años y habitar casi todo el tiempo una sola habitación. Hay que recordar que no solo somos la generación más preparada, sino también una de las más pobres. Con no dormir bajo un puente ya nos sentíamos de lo más dignos. La casa es grande, eso sí lo sabemos, y que parece cerrada y sellada, un fortín, un encanto. Si no fuera por su ubicación parecería una brasería rural, un negocio familiar. Siguiendo el símil, antes vivíamos en un McDonald’s. Parece un paso adelante, aunque sólo está a un día a pie de lo conocido.
Tarde o temprano alguien tendrá que pegar un grito, o llamar a lo que parece la puerta principal. Pero antes nos ponemos a dar vueltas al edificio, como animales macho que intentaran cortejarlo. Este es uno de esos momentos en que no podemos sacar el móvil y esperar a que alguien se impaciente y dé el primero paso.
Los estómagos rugen. Hace mucho que no vemos zombis. Jamás los llamamos zombis en voz alta. De hecho apenas pronunciamos nombres o personalizamos al hablar. Usamos constantemente el plural, y la mirada muerta es tendencia. Es como si cada uno de nuestros gestos transmitiera un único mensaje: Sólo es cuestión de tiempo.
El único que pensaba que podía sobrevivir de verdad, ayudar a reconstruir el mundo, repartir vacunas y volver a montar barbacoas los domingos, ya no está para hacer contrapeso. Esta vez el derrotismo parece favorecer la supervivencia. Encontrar el equilibrio sobre la fina línea que hay entre la desesperación y el suicidio, y procurar mantenerse ahí.
Pegamos la oreja a la paredes. No oímos nada. Es entonces cuando suena un pestillo, y se abre una ventana en la segunda planta.
Se asoma una mujer de unos cincuenta años, aterrorizada. Nos mira intentando discernir.
Uno de nosotros dice:
–¿Hola…?
La señora lo mira y luego parece volverse hacia alguien que cuchichea desde dentro de la estancia. Como si hubiera obtenido el permiso, dice:
–Hola…
–Hola. Eh… Llevamos un día caminando, tenemos hambre y… ¿Cuántos sois…?
–Eh, pues…
Se vuelve nuevamente a escuchar. Dice:
–Somos dos familias. Pero…
Se vuelve.
Dice:
–No tenemos…
Se vuelve.
–No tenemos comida, no…
–¿No tenéis comida…? –levanta la voz otro en el grupo, con escepticismo.
–Lo siento, no tenemos… Aquí no hay mucho espacio, y…
–¿Que no hay espacio? ¿Cuántos sois? ¿Cien?
La mujer se vuelve. Un hombre de la misma edad la aparta de mala manera, y se asoma. Nos mira a todos, casi uno a uno. Resopla, y dice:
–Aquí nos os podéis quedar. Ya os podéis largar, apenas tenemos nada para nosotros. ¿Entendido?
Es extraño, habla como si esta no fuera la primera vez que lo hace con un grupo de nuestro perfil y número. Habla como si nos pudiera echar a patadas sólo con un poco de mano dura.
Por primera vez, veo que algunos en el grupo pierden los nervios. Ahora no es miedo, ahora es la misma mierda de siempre, multiplicada por cien: la clase de tío que ya te encontrabas antes de que todo estallara, y que te podía joder el día. Pero antes sólo era una anécdota. Ahora un gilipollas te puede matar de hambre. Basta un sólo gesto de egoísmo, negarte un solo tarugo de pan o un trago de agua. Antes se te colaban en el supermercado o te jodían la peli, pero ahora estas personas adquieren otra dimensión, su egoísmo, ya antes difícil de entender, ahora puede llegar a tener tu vida en sus manos.
La verdad, no tengo fuerzas para juzgar lo que pasa luego, no tengo ánimo para decirles que derribar la puerta y «matar a esos cerdos, total…», puede que no sirva de nada, o que nos acabe pasando factura.
No digo nada mientras comienzan a patear con furia la entrada principal. Me aparto un poco del grupo, más bien mucho, por puro instinto.
El tío se vuelve a asomar, esta vez con con un arma del tamaño de un niño de nueve años. Dispara una, dos, tres veces. Acierta las tres. Estalla literalmente la cabeza de una chica (¿Marta?), acierta en la rodilla de un chaval, y revienta el pecho de otro tío. Varios del grupo dejan caer bolsas y mochilas y hacen uso de sus escopetas. El tío se aparta rápidamente de la ventana, y la puerta finalmente cede a los disparos, con tres cuerpos tirados a sus pies. Dos muertos y uno agonizando, gritando como jamás he oído gritar a nadie. No le atienden.
Yo tampoco.
Entramos en la casa, la mayoría escopeta en mano. Subimos al piso de arriba y rodeamos al tío y la que dice es su mujer. Están solos. Les apuntan para que no se muevan. Abren armarios por todas partes, y por todas partes hay comida, bebida, pan duro, latas de conserva, latas y más latas, como si esta gente fueran proveedores para algún gran distribuidor.
Le han hecho soltar el arma al tipo, y les dicen que se pongan contra la pared y alcen las manos. Al menos cinco del grupo, comienzan a dispararles hasta que se cansan, derrochando, haciendo que sus espaldas se vuelvan pulpa de puro destrozo. La munición utilizada (balas gordas) hace que la sangre salpique por todas partes.
Mi mente no parece saber encajar la situación, sobre todo después de haber visto tantos muertos ya, y de haber matado tanto. De momento sólo me da por pensar que los zombis apenas salpican; no tienen tanto sangre como cierto flujo marrón oscuro, y en absoluto tan abundante.
Con los cuerpos despedazados, y oyendo el compañero que grita abajo para que alguien le socorra (cosa que nadie hace, todos sabemos que ya no tiene arreglo), nos sentamos en el suelo y comenzamos a devorar latas de atún, mejillones y un largo etcétera. Roemos el pan duro y bebemos agua, bebemos zumo, bebemos y bebemos. Nuevamente, nadie menciona nada sobre racionar los alimentos.
Me he sentado de espaldas a los cuerpos. Mi mente sólo se centra en la comida. Oigo que alguien suspira de forma desconcertante. Me vuelvo, y veo a un tipo (¿Luis?), fornicando con el cadáver de la mujer. El culo había quedado intacto. Y sigo comiendo.

No nos quedamos allí. No solo eso, además, al salir, dos del grupo disparan al herido. Pero no lo hacen para acabar con su sufrimiento y ya, sino que se ensañan, haciéndole gritar aún más, y dejando corazón y cabeza para el final.
Nadie reacciona si no es colaborando.
Hemos cruzado cierta frontera como grupo. Sigue siendo el mismo y a la vez ya no lo es en absoluto. Nadie acusa a nadie, nadie se está peleando, nadie se ha indignado y se ha ido por su cuenta. Parece que estemos explorando una nueva clase de miedo. Ahora ser los matones no es simplemente la respuesta al miedo, sino la manera de aguantar un día más. Creo que la explicación racional más fría y calculadora, tiene que ver con la aceptación definitiva de que, dadas las circunstancias, ahora los vivos son al menos igual de peligrosos que los muertos. Sobre el papel, no tiene por qué haber ninguna preocupación por las consecuencias de lo que hagas. Ya sea matar, violar o despilfarrar comida y munición. Talar un árbol y tratar la madera no es fácil, pero matar a un gilipollas que quería quedarse con todo el botín, en la práctica, puede serlo perfectamente. Algo te dice que ser más gilipollas que tus rivales ahora es básico.
Una chica ha vomitado mientras emprendíamos nuevamente el camino. Un par de miembros más del grupo van lloriqueando. Nadie les ha amenazado ni se ha reído de ellos. De hecho nadie ha hecho migas con otros miembros, erigiéndose en lideres o matones principales, o nadie que te vaya a impedir que te largues por tu cuenta si te da la gana.
Da igual, por el momento separarse del grupo no parece una buena idea.
Uno podría dudar sobre si esos lloros tienen que ver con la extrema y obscena violencia estallando en tu cara, o con el hecho de haber dejado allí el noventa por cierto de la comida y la bebida, con la que no podíamos cargar. Ha sido como si el hecho de cruzar ciertas líneas hubiese hecho ganar confianza a varios miembros del grupo, haciéndoles pensar que este mundo ahora puede ser mucho más cruel que antes, pero que ellos, aun no habiendo sido nunca guerreros, y sin habilidades manuales de ningún tipo, pueden alzarse a la altura de esa crueldad, y seguir adelante no hasta que mueran, sino hasta que les dé la gana.
Mi cerebro va a dos mil por hora, intentando leer la situación. El motivo por el que hemos dejado la segunda casa, tiene sentido; y es que parece mejor idea alejarse aún mucho más, para dar con otro radio de acción realmente distinto, del que poder nutrirse.
Por otro lado, es contradictorio, debido a que parece que lo más sensato era pasar unos días allí hasta agotar los recursos. Pero a su vez, dicho comportamiento conlleva cierta idea relacionada con algo terrible ahora. La esperanza ahora es la peor droga posible. Quedarse quieto en lugar de movilizarse, parece guardar cierta relación con la idea de que algún día esto acabará. De que algún día la gente comenzará a curarse, las ciudades a rehabilitarse, y las instituciones a reinstaurarse. Movilizarse conlleva, al menos, cierto grado de realista incertidumbre. Si no comes en un sitio, puedes comer en otro (esa es la actitud), pero si te quedas quieto, quizás te pierdas lo que sea que esté pasando a cien kilómetros. En lugar de esperar a que te “rescaten” en un mundo en el que ya no parece posible, te conviertes al menos en explorador, y remontas el río, recorres el camino, escalas la montaña.
Es la nueva forma de no ser un parásito.
Dios sabe que si algo nos han enseñado precisamente a nosotros, es que entregarse a la ociosidad, es peor que la muerte.
Antes la evitábamos vendiendo de un modo u otro nuestra vida, pero sintiéndonos más o menos dignos por el proceso de mantenernos activos. Pero ahora el tablero de juego es distinto, y ya hemos estado recluidos demasiado tiempo.
No es que yo piense exactamente así, pero intento vislumbrar cuál es la nueva filosofía del estudioso, del aplicado, el competitivo, el triunfador. Y no me cabe la menor duda de que, varios miembros del grupo, el violador incluido, ahora se sienten mucho más a gusto consigo mismos. La reclusión en McDonald’s fue tan solo una etapa. Quizá un momento de indecisión. Pero ahora algunos han decidido hacer aquello que les enseñaron a hacer en su día: coger la riendas de su vida. Otra vez.
Si el examen no viene a ti, ve tú a por el examen.

Creo que me he distanciado un poco del grupo. Y con esto no digo que ahora me lleve peor con ellos, o que les haya recriminado algo en voz alta. Quiero decir que, aunque creo que puedo entender más o menos por qué hacen lo que hacen, diría que yo no querría aún disparar a alguien vivo, o mucho menos violar a una mujer (muerta o no).
Antes observaba una pereza en ellos que me parecía incluso inteligente hasta cierto punto. Una vez muerto P., ya nadie ha hecho cuentas. Comemos y bebemos sin medidas concretas, y sigo creyendo que P. era más Personaje que persona.
Pero todo este asunto de fabricar una nueva inercia, algo que nos lleve hacia delante manejando una especie de nuevo “doblepensar”, que parece incluir un atisbo de esperanza y a la vez la carencia más absoluta de ella, no hace que me sienta muy cómodo. Aunque evidentemente a mi indiferencia le han crecido alas, pudiendo comer perfectamente junto a dos cuerpos triturados y uno siendo violado. No sé si un hambre salvaje justifica esa indiferencia. Siempre podría haber arramblado con cinco o seis latas e irme a otro lado a engullirlas; aunque es verdad que abajo estaba el tío gritón (¿Manu?, ¿Manuel?), cortando el paso en la entrada con su rodilla a la virulé.
Si me soy sincero, creo que aún no he pasado de la visión de mis padres descuartizados. Tengo un montón de tarea emocional acumulada. Pero no tengo ni idea de cómo se va a desatascar esa válvula en mí. ¿Y qué pasará entonces? ¿Comenzaré a llorar y no podré parar en una semana? ¿Me dará un infarto?
La otra opción es que me haya insensibilizado, que mi cuerpo haya organizado un nuevo sistema de defensas, un nuevo tipo de aguante para proteger a mis órganos de mi cerebro. Puede que ahora haya un nuevo filtro, y pueda merendar mientras veo a alguien comiéndose sus propias heces. Puede que para el cuerpo ahora la realidad sea el nuevo telediario, y ya todos podamos cenar teniendo las desgracias al lado.
Puede que aún no sea tan insensible como para hacer ciertas bestialidades, pero sí para soportar el que otros las hagan en mis narices.

El sol cae en picado a mediodía, sonriente como siempre, haciendo sonreír todo lo que toca (aunque nunca a todos). Esa alegría peculiar de la luz natural, tan engañosa si pensamos cómo es nuestro planeta y dónde flota.
Uno de los integrantes del grupo se detiene, y hace que nos detengamos todos. Arranca a hablar, dice que no puede seguir, pero que tampoco sería capaz de suicidarse. Sin añadir nada más, deja caer todo su equipaje, cierra los ojos y asiente. Las lágrimas saltan de él como si fuera un crío. No miro, ni sé quién lo hace, pero luego el cuerpo tiene sólo media cabeza intacta, y seguimos caminando.
Recuerdo que yo antes caminaba por placer. Me recorría la ciudad, incluso las calles más insulsas, o esos tramos por donde sólo pasan coches. Es quizá lo más extraño del nuevo paisaje: la ausencia de coches, de vehículos. Y por supuesto el silencio. Sólo una gran hecatombe podía traer este silencio.
Todos miran al suelo, nadie comenta nada de todo lo sucedido. El violador debe andar cerca de los cuarenta. Tiene esa especie de rictus permanente que hace que parezca que algunas personas siempre sonríen. No sé cómo se llama, creo que Ricardo. Si ahora mismo amartillara mi escopeta y le volara la cabeza, estoy seguro de que nadie se quejaría. Aunque puede que alimentara una dinámica que se volviese contra mí. Lo asesinatos me parecieron horribles, pero por algún motivo la violación posterior me asqueó mucho más. A decir verdad, los asesinatos me dieron más bien igual, debido a mi estado de congestión emocional; pero la violación consiguió llegar a irritarme, aunque solo fuera un poco. Ese sentimiento ha ido creciendo minuto a minuto.
Todos vestimos con ropa relavada, mal lavada, y que empieza a estar descolorida por el sol. Que el mundo se acabara un sábado por la noche, ha hecho que muchos zombis vayan por ahí emperifollados, con vestidos chillones, trajes de chaqueta, y todo tipo de atuendos calculados, y no siempre muy cómodos.
Cuando vas mal dormido, eso ayuda a la hora de ver venir una manada a los lejos, en pleno mediodía; puedes observar cómo se agitan al unísono cuando se dan cuenta de tu presencia.
Lo que decidimos es intentar hacerlo de lejos, antes de que se nos echen encima. Nos tumbamos en el suelo e intentamos apuntar. No estamos seguros de nuestra puntería, pero además tampoco sabemos si llevamos precisamente armas de precisión. Suponemos que si se puede matar con ellas un pájaro en pleno vuelo, esto no les supondrá un gran reto.
Están lejos. Erramos los primeros tiros. Pero al quinto disparo, uno cae. Nadie aplaude ni deja ir un grito de euforia. Mi tercer disparo le acierta a uno en el cuello. No los matamos, porque apuntar sólo a la cabeza sería una torpeza, pero conseguimos limitarles, dejarlos tullidos.
Cuando llegamos hasta donde están (hay unos diez), revolcándose por el suelo, usamos armas blancas. Puedes atacar el cerebro o intentar cortarles la cabeza. Lo primero suele ser más eficaz, y también más fácil. El tejido del zombi es acartonado, y evoluciona hacia una textura que recuerda al cuero. Es como si todo lo conocido estuviese tomando otra forma, incluido el pasado y lo que hicimos con él.

El día avanza y avanzamos con él. No es exactamente aburrimiento, pero tampoco creo que nadie se sienta ni levemente despierto. Incluso aquellos que parecían sacar pecho después cargarse a la pareja, haciendo que vieras de otra forma a los nazis, ahora vuelven a parecer vacíos y robóticos.
Lo que se ve de fondo parece un pueblo, uno pequeño. No hay una sola nube; lo que carece de importancia. Ahora es como si el clima siempre acompañara; el estado de ánimo, que ahora consiste en la carencia de él, hace que te importen un bledo el sol y las estrellas. Las tormentas han dejado de tener encanto, indicativo de que la poesía también ha muerto.
Ya no siento que tenga que romper a llorar por mis padres y mi vida. Creo que es posible que haya estado fingiendo que eso iba a pasar. Como si mi yo actual fuese muy distinto del anterior. No lo es tanto. Pero eso no me exime de sufrir más que antes, de estar padeciendo una nueva clase de profundo dolor. El de la imposibilidad de desahogarme, de alcanzar un nuevo hito sentimental. Camino con asesinos, con un violador, con algunas mujeres que no han dicho una sola palabra que yo recuerde, ni cuando estábamos en McDonald’s.
El pueblo es una nueva variante, y aún quedan unas horas de sol.
A medida que nos acercamos, compruebo que lo único que sigue sin agotarse es el miedo. El miedo y una también muy entrenada sensación de resignación. Parece que la educación que recibimos tenga ahora su auténtica oportunidad. Te ayudará a matar a vivos y muertos. Si llegas a hacerte a ello algún día, puede que tú también te acabes follando un cadáver. O a una de las silenciosas compañeras. En el caso de muchos hombres, todo esto no ha cambiado excesivamente su rutina. Antes ya eran capaces de matar y violar, sin necesidad de complejos traumas.
El pueblo es pequeño, pero aun así lleno de recovecos y potenciales sorpresas. Nos lanzamos algunos monosílabos. Se trata de echar un vistazo, ver qué nos podemos llevar. Somos ya como burros de carga, con un poquito menos de calidad de vida.

Los edificios proyectan sombras que parecen ser admonitorias. Se huele alrededor. Si hay algo después de la muerte, creo que también estará infectado. San Pedro recibiéndote con gruñidos, atacándote. Te enviará al Infierno convertido. Allí estarán protestando, les están quitando el trabajo interdimensional.
El Diablo no se atribuye el atentado.
Nos movemos con vago sigilo, como los trasuntos de humanos que ya somos.
Doblando una esquina, aparecen decenas de ellos. Como si el pueblo entero se hubiese mordido entre sí, pero nunca matando, siempre haciendo rehenes.
Soltamos macutos y mantas y víveres, y disparamos a nuestro alrededor.
Ese buen momento para creer en Dios.
Alguno les lanza incluso comida. Una garrafa medio llena se estampa contra el torso de una zombi. Varias cabezas estallan muy cerca. Pero ahora no hay margen para el ensañamiento. Ni para pensar qué estás luchando por salvar.
Alguien (más bien algo) me empuja y caigo de cara al suelo. Escupo dos dientes. Tengo a varios encima y no puedo revolverme. Una mano se intenta cerrar sobre mi cráneo. Alguien pega un talegazo a mi lado. El violador parece sonreír mientras la misma zombi de la garrafa, clava los dientes en su cabeza. Por el rabillo del ojo, dos compañeros usan sus armas para llevárselas a la boca. Están tardando en estrujarme, varios se pelean por su ración. Al violador le levantan la tapa de los sesos, y sigue sonriendo. Pareciera que ve una luz a la que ir. Quizá ahora ya exista el cielo de los violadores. Eternidad inclusiva junto a curas pederastas. Veo cómo sus ojos se hunden hacia dentro mientras la zombi boquea dentro de su calavera. Un dolor sordo hace que me vaya, y luego vuelvo para escuchar el ruido de mi cara crujiendo. Me vuelvo a ir, y vuelvo a venir. Oigo gruñidos y luego me percato de que son los míos. Igual que en mi vida anterior. Cuestión de tiempo. Os puedo dar sólo una cosa más: Un instante antes de irme, o puede que ya en el otro lado, juro que vi a

20170222_172156

Anuncios

Lindsay Weir

Cuando ya todo el mundo hablaba de Friends, ella hablaba de Freaks and Geeks.
En ese momento, y con esa edad, hacer algo así no era intencionado como ahora; no era por llevar la contraria, no era para parecer más sofisticada.
No en ella.
Comenzaba a echar de menos la luz a las ocho de la tarde en febrero. Con todo, seguía fiel a su chaqueta verde referencial, que no podría seguir usando en primavera. Paseaba junto a la vía, hasta cuando la vía la hacía meterse en los andurriales que nadie pisaba. Diecisiete años, siendo una chica, en la edad, género y perfil perfectos para nunca ser tomada en serio, para, como manda la tradición, ser menospreciada por activa o por pasiva. O para ser violada.
Caminaba con descuido cuando el tren pasaba cerca. Por suerte no había sido una víctima aún de las que engrosan la estadísticas más desagradables. Las estadísticas a las que la mayoría de gente no presta atención, ya sea por desinterés o por desgaste.
A veces les decía a sus padres que había quedado con amigas. No es que no tuviera amigas, pero algunas tardes necesitaba pasear sola. Sus padres jamás lo permitirían, y sus amigas nunca lo acabarían de entender. En la versión oficial, pues, dependiendo de quién preguntara, o estaba con sus amigas o tenía que hacer algo con sus padres. Generalmente, si hacías lo que querías, aunque no hicieras daño a nadie, siempre había alguien que se molestaba u ofendía. Alguien que pensaba que estabas actuando como una chica de las que acaban como un fardo en una cuneta. Al agresor se le consideraría un desalmado, pero a ella alguien que se había buscado el lío.
Bien entrado el siglo XXI.
Qué mejor que pasear junto a las vías; era una forma de enseñar el dedo corazón. Si me pasa algo no será por culpa mía, sino por el mundo que vosotros habéis creado.

Había una parada de tren, un andén minúsculo, un edificio cercano a ser declarado en ruinas. Tenía una cafetería dentro. Ahí siempre encontrabas la misma gente. Ella era la nota disonante. No estaba segura de si les caía bien o simplemente condenaban su presencia allí, tan joven, tan chica, tan sola y tan fuera de lugar. El café era bastante malo, pero no quería gastar más de lo que valía un cortado. No estaba segura de por qué entraba siempre allí. Quizá pensaba que lo hacía porque no se esperaba eso de alguien como ella, y porque sus amigas no lo harían, sus padres no lo aprobarían, y bueno, porque el lugar tenía cierto encanto en su aislamiento. Tenía el encanto de los lugares a los que nadie va expresamente, a no ser que les pille MUY cerca, tengan algo que hacer, alguien con quien verse o un trato que cerrar.

A veces no tienes nada que contar; o al menos nada que se pueda verbalizar y que no te despachen enseguida por berrinche generacional. A veces es mejor callarse y mirarles con indiferencia, u obviarles. A veces no merecen siquiera desprecio. El desprecio se suele vender demasiado barato. Hay quienes creen que cabrearse es lo más digno, que si no se cabrean más o menos todo el tiempo, no van a parecer lo suficientemente concienciados.

Con todo, en la vida real no acaba todo con el capítulo dieciocho, no podías ser Lindsey Weir.

Quizá hasta que los adultos no comiencen a tomar en serio los silencios de las niñas, no habrá un avance distinto, eficaz.

Ella tampoco sentía que pudiese ser como Linda Cardellini. Por lo que le habían dicho sin parar, esas cosas no pasaban. Aunque pasasen. Esa lección venía de los mismos que compraban lotería. Había que creer en cierta clase milagros, en golpes de suerte, y si acaso en Dios. Pero no se te ocurriera la tontería de creer en ti misma.

Fíjate en la vía, se decía. Sería tan fácil, conociendo ya los horarios en que pasaban los trenes. Pero no. Observaba el ruido tenebroso de los cables antes de que llegara el tren, cuando estaba a pocos segundos de pasar. Observaba el ruido, sí, lo hacía suyo; y cuando pasaba el tren, lo escuchaba.
No podría haber hecho eso estando debajo.
No podría haber notado en cada fibra de su ser, el placer de esconderse, de estar donde los demás no estaban, y ver lo que los demás negaban.

freaks-and-geeks-lindsay-weir_2

Brother

Recuerdo que, camino del colegio, durante unos meses, había un cartel publicitario de Brother, una película de Takeshi Kitano. Era el tío de Humor Amarillo, que por aquel entonces descubrimos también hacía pelis. Cuando digo «descubrimos» me refiero a los chavales, claro, a los chicos, a mis amigos, mis compañeros de clase. Me refiero a aquella época en que ver en nuestra ciudad carteles publicitarios enormes de películas (incluso japonesas) no era raro o remarcable. Ahora sí lo es; tanto encontrar uno como que no los haya como que entonces los hubiera.

En cuanto a cómo nos joden, ahora todo es cada vez más raro a cierto nivel, y a su vez la gente es cada vez más «normal»; hay una escalofriante invasión (o asentamiento) de lo homogéneo. Lo homogéneo se filtra en todos ámbitos. Incluso muchas de las personas que creen tener un radar para las ofensas o las injusticias, se convierten en activistas digitales de molde reconocible, igual de ruidosas que de predecibles y cuadriculadas. Ni tan siquiera pueden entender que se puede tener razón y resultar estúpido a la vez. Puedes ser sensible, acertar, estar afectado y a la vez no saber cómo mirar a tu alrededor, no saber reconocer las amenazas reales, confundiendo así a tontos con villanos.
Son los rebeldes «normales», neutros. Se indignan con razón, se quejan con razón, pero no podrían convencer a un tigre de correr tras una gacela. Esto es cada vez más grave, cuando los enemigos y las causas del Mal, son cada vez más difusos, menos claros. Ni tan siquiera han de jugar al despiste, la gente viene despistada de serie.
La causa de las enfermedades es investigada por agentes de un caos sin calorías: el caos como entretenimiento. Aficionados al caos. Caos amateur. A la gente le divierte la “lucha”, les hace sentir vivos. Quieren inyectar soluciones sin agujas hipodérmicas.

Cuando no era raro topar con un cartel de una peli de Kitano, reinaba una sospechosa paz. Caminábamos sobre esas aguas que preceden a los lodos. Olvidábamos que no se puede caminar sobre el agua. Ni tan siquiera lo sabíamos.
Veía cada día a los grupitos ocupando los bancos, un parque feo, bancos verdes con la pintura descascarillada. Siempre los mismos chicos y chicas, cada día, a mediodía, por las tardes, a veces incluso muy temprano por la mañana. Ahora sé que aquello era bueno, estar allí, pasar por allí, ir y venir del colegio, los grupitos de amigos, incluso la riera –a veces apestosa– que bordeaba cada día yendo y viniendo, el sol de las cinco de la tarde, el de la una, o incluso el de las ocho, recién despierto, con ese aire gélido en invierno. De alguna forma, el esquema de las cosas era el correcto, aunque luego las rutinas no resistieran casi nunca cierto grado de análisis. Las rutinas académicas, claro.
Yo también tenía mi grupito de amigos. Las jerarquías o tribus no estaban tan marcadas como se ve en las películas. Sí que había alumnos claramente estúpidos, y también señales de bullying, pero no había un catálogo donde encontraras claramente a los empollones, los tontos, los guays, los frikis… Podías hacer una clasificación individual si querías, pero en el fondo todos estábamos muy perdidos, aunque fingiésemos que no.
Cada cual lo disimulaba a su manera. Algunos molestando a los demás, otros encerrándose en sí mismos, y otros volviéndose estudiosos, creyendo a ciegas en las promesas adultas.

Ahora, en medio de estos lodos, a veces paseo hasta donde antes caminaba sobre las aguas. La zona del colegio, que aún sigue en marcha, igual en esencia, aun en la era digital. No soy capaz de tener recuerdos horrendos ni malas sensaciones; no fácilmente.
Hace poco, topé cerca de la entrada con un profesor. Él me conoció a mí, yo no recordaba su nombre. Nos dimos la mano cordialmente. Eran poco más de las cinco de la tarde, aún había críos saliendo por los grandes portones. El profesor me dijo que entrara a echar un vistazo si quería. Creo que para evitar que la conversación se alargara, acepté su sugerencia. Él se fue en una moto, yo subí las escaleras de la entrada, hasta llegar al pórtico que tan bien conocía. Un alud de sensaciones me embriagó, el pasado en todo su esplendor, filtrado por la distorsión del paso del tiempo. No me quedé mucho rato, di un garbeo por los patios, entré en los lavabos exclusivos para los críos (al fin y al cabo ahí orinaba yo en el recreo) y eché una meada. Salí pronto, no quería que me cerraran las puertas y verme obligado a avisar a alguien.

Una vez, vello púbico ya, comencé a quedar con una niña bajo el cartel de Brother. Ninguno de los dos sabía muy bien para qué. Quizá sí en el fondo. Lo importante era quedar bajo el cartel de Brother, un sitio reconocible. Era importante porque era reconocible para los dos.
El colegio era un lugar en el que, tener personalidad, o simplemente ser alguien concreto y no alguien más entre la masa, te podía traer problemas, tanto en los estudios como con la gente, adultos o no. El colegio intentaba –no digo que conscientemente– reducir nuestra visión del mundo en lugar de ampliarla. Creo que era por la pretensión de ofrecer lecciones prácticas (y con esto no me refiero al contenido de las asignaturas), pero lo que solían conseguir era o bien adormecerte o bien hacerte sentir mal, irresponsable.
Lo que les sacaba de dudas eran las notas, a los adultos, quiero decir. Y las notas eran, curiosamente, lo que, en realidad, hacía que te sintieras aún peor, más perdido, inferior a otros compañeros o (horror) superior a ellos.
Así que quedabas bajo el cartel de Brother, o huías de unos libros con otros; al menos si tenías suerte y no odiabas ya cualquier cosa que se pareciera a un libro. El colegio era como sorber sopa de un plato que flotara sobre un charco de cianuro.
Son asuntos ya conocidos, al menos ahora, pero recordar la propia historia, constatar que una etapa esencialmente feliz sirve para cultivo de ciertas actitudes, es como para ponerse a buscar Humor Amarillo en Youtube.

Que ahora ya se hable de ciertos temas, no significa que se busquen soluciones. Es como si algunos supieran ya de qué va todo esto, y muchos tuviesen muy claro que hay que seguir criando votantes, jamás personas.
Recuerdo que aquella niña hablaba como si hubiera vivido treinta años más de los que tenía. Como si hubiese visto treinta años más de películas. Hablábamos y rajábamos. Es curioso recordar ahora, y comprobar que nuestras quejas, en aquel momento descartadas por infantiles e inexpertas, en realidad tenían mucho sentido. Incluso aunque oyeras a los adultos hablar con ese tono. Ese discurso, con ese tono que pretende transmitirte cómo es el mundo, en lugar de reconocer que sólo es como contribuimos a que sea.
Si le hubieses preguntado a cualquiera, te hubiese dicho que el paisaje era feo. Pero estábamos allí, bajo el cartel de Kitano, sentados en aquellos hierbajos que hacían cuesta, frente a un camino de tierra, luego la riera, luego otro camino, y luego parte de la ciudad, tras la que se escondía el sol. Era nuestro “anti-atardecer”. Esa era su gracia (y a la vez desgracia), no era de nadie más.
La gente no tiende a ver ciertas cosas. El pensamiento tendente a lo homogéneo, a encajar en, digamos, determinados sistemas conocidos de ideas y razonamientos, no da ni de lejos para intuir el potencial de versatilidad del ser humano, y lo fascinante y absolutamente extraordinario del mundo en que vive.

Geográfica y políticamente, éramos como el culo fofo de Europa. Pero un cartel de Kitano podía dar paso a uno de Kim Ki-duk. Era como si hubiese una mayor aceptación en cuanto a la idea de la Cultura, aunque por desgracia eso no impregnara la Educación ni la filosofía de vida que caracterizaba a nuestros padres. Nos teníamos que ceñir a una cuestión numérica. No sólo con las notas, también con las tallas, la fechas, los años, los límites, los kilómetros, el calendario, la hora de levantarse… Teníamos que heredar ese culto al Control. Esa idea diurna del Control. Lo que paradójicamente era (es) tan solo una fantasía de Control, que proviene –parece ser– de las mentes menos imaginativas. Las menos imaginativas que puedas imaginar. Los tíos y tías más pragmáticos (más los tíos), fabricaron su propio mundo imaginario, y nos tenían que hacer encajar en él como fuera. Habían hecho encajar a tus padres, y ahora a través de ellos te harían encajar a ti.

La etapa de los carteles era un “club de los cinco” constante, no estábamos tanto en los pupitres como sobre ellos, caídos sobre ellos, alguien nos soltaba cada día sobre ellos. Caías desde la cama al pupitre. Te empujaban. Yo, por mi parte, rodaba.
A veces sonaba el despertador, y la sensación de pereza y cansancio era tal (aunque más mental que física), que rodaba por la cama; rodaba hasta llegar al extremo. Justo antes de golpearme contra el suelo, el cuerpo reaccionaba quisiera yo o no. Cuando vives en El Momento, el olor de la mierda es imposible de negar, no gozas de las ventajas del recuerdo. Yo me levantaba como podía, y muchas veces no había hecho los deberes o el trabajo de turno. El primer día después de unas vacaciones, al despertar me sentía totalmente congestionado, emocionalmente congestionado, con ganas de llorar, aterrado, cualquier cosa menos preparado o ilusionado. Así, se supone, tenía que ir a aprender, formarme y crecer.
Claro que sé que las cosas no son fáciles, y que todo conlleva su dosis de esfuerzo y sacrificio; pero ahora también sé que –académicamente– entonces no había absolutamente NADA más que eso. Era un constante poner el culo y cerrar los ojos. A todos los niveles. No tenías voz ni voto, ni potestad para decidir, no importaba lo que dijeras. Sucumbías al miedo o te revelabas a él. Revelarse significaba hacer cada vez menos caso a los adultos, dejar de cumplir órdenes. Esto te traía problemas en presente, y se suponía que aún más problemas para el futuro. Quienes eran buenos niños (es decir, quienes acataban las ordenes y punto), podían alimentar la ilusión de un buen futuro. Con el tiempo, todos descubrimos que en realidad todo aquello era sólo una etapa, una de las más absurdas que íbamos a vivir. Algo que sólo tenía que ver con el futuro de una forma muy vaga, pero que, paradójicamente lo teñiría con ciertas actitudes, secuelas. Del colegio no sacabas necesariamente conocimientos, ni tampoco definía tu futura profesión, ni nada de todo eso que se relaciona con él; pero sí hacía que creciera en ti cierta especie de Miedo Adquirido. Un miedo sin límites conocidos, un miedo, en realidad, religioso; una idea cerrada sobre lo bueno que es estar mal, estar jodido, no poder hacer nada de lo que querrías hacer, o no saber quién coño eres.

Ahora esa zona de la riera, cerca de la cual estaba el cartel de Brother, está asfaltada. Ahora la gente suele hablar mucho, y con falso tono de autocrítica, que a la vez es cinismo, distancia irónica y no sé cuántas cosas más, de algo llamado “problemas del primer mundo”. Nadie se pregunta por qué somos así de irritables. Cualquiera podría leer lo de más arriba y mencionar esos “problemas del primer mundo”.
Aun así, el sistema tiene ciertas brechas; y teniendo en cuenta cómo es, las brechas no son un problema, obviamente, sino una oportunidad. No me refiero a hacerse gangster, pero si uno procura afinar los sentidos, puede intuir trayectorias vitales que no están basadas sólo en colgar de la cruz mientras los clavos te desgarran.
No son muchas, seguramente es un porcentaje mínimo. Pero están en nuestro mundo; más visibles incluso que los ovnis o los fantasmas. Esas personas que, a pesar de haberse pasado veinte años o más en aulas, luego crecieron como ellos mismos.
Increíble.
Hablábamos de ellos bajo el cartel de Brother. Cuando tienes la ocasión de oír a uno de esos afortunados, dan la sensación de disculparse constantemente, enseguida te hablan del esfuerzo y de madrugar, y de que uf, qué cansados se sienten a veces. Y no es que tengan que estar mintiendo, pero venga, hombre…
No os diré cómo se llamaba la niña, ni si aún mantenemos el contacto, ni qué pasó entre nosotros. No es asunto vuestro.
Os puedo decir que hablando con ella aprendí más que con cualquier otra persona en aquellos tiempos. Kitano nunca nos echó un vistazo con sus gafas de sol. Recuerdo el olor. Hasta oler a cloaca era mejor que estar en clase. Recuerdo escuchar a los Air en un walkman. Tío, esos tíos hacían esa música tranquila, mágica, no notabas miedo o religión en ello; se ganaban la vida con eso. Ella repetía que las puestas de sol eran más bonitas gracias a la polución (leíamos a Don DeLillo). Recuerdo a haber pensado que ahí podía estar la clave, aunque no recuerdo por qué.

cb2e28f447957f639f641074d1b2b896