Lindsay Weir

Cuando ya todo el mundo hablaba de Friends, ella hablaba de Freaks and Geeks.
En ese momento, y con esa edad, hacer algo así no era intencionado como ahora; no era por llevar la contraria, no era para parecer más sofisticada.
No en ella.
Comenzaba a echar de menos la luz a las ocho de la tarde en febrero. Con todo, seguía fiel a su chaqueta verde referencial, que no podría seguir usando en primavera. Paseaba junto a la vía, hasta cuando la vía la hacía meterse en los andurriales que nadie pisaba. Diecisiete años, siendo una chica, en la edad, género y perfil perfectos para nunca ser tomada en serio, para, como manda la tradición, ser menospreciada por activa o por pasiva. O para ser violada.
Caminaba con descuido cuando el tren pasaba cerca. Por suerte no había sido una víctima aún de las que engrosan la estadísticas más desagradables. Las estadísticas a las que la mayoría de gente no presta atención, ya sea por desinterés o por desgaste.
A veces les decía a sus padres que había quedado con amigas. No es que no tuviera amigas, pero algunas tardes necesitaba pasear sola. Sus padres jamás lo permitirían, y sus amigas nunca lo acabarían de entender. En la versión oficial, pues, dependiendo de quién preguntara, o estaba con sus amigas o tenía que hacer algo con sus padres. Generalmente, si hacías lo que querías, aunque no hicieras daño a nadie, siempre había alguien que se molestaba u ofendía. Alguien que pensaba que estabas actuando como una chica de las que acaban como un fardo en una cuneta. Al agresor se le consideraría un desalmado, pero a ella alguien que se había buscado el lío.
Bien entrado el siglo XXI.
Qué mejor que pasear junto a las vías; era una forma de enseñar el dedo corazón. Si me pasa algo no será por culpa mía, sino por el mundo que vosotros habéis creado.

Había una parada de tren, un andén minúsculo, un edificio cercano a ser declarado en ruinas. Tenía una cafetería dentro. Ahí siempre encontrabas la misma gente. Ella era la nota disonante. No estaba segura de si les caía bien o simplemente condenaban su presencia allí, tan joven, tan chica, tan sola y tan fuera de lugar. El café era bastante malo, pero no quería gastar más de lo que valía un cortado. No estaba segura de por qué entraba siempre allí. Quizá pensaba que lo hacía porque no se esperaba eso de alguien como ella, y porque sus amigas no lo harían, sus padres no lo aprobarían, y bueno, porque el lugar tenía cierto encanto en su aislamiento. Tenía el encanto de los lugares a los que nadie va expresamente, a no ser que les pille MUY cerca, tengan algo que hacer, alguien con quien verse o un trato que cerrar.

A veces no tienes nada que contar; o al menos nada que se pueda verbalizar y que no te despachen enseguida por berrinche generacional. A veces es mejor callarse y mirarles con indiferencia, u obviarles. A veces no merecen siquiera desprecio. El desprecio se suele vender demasiado barato. Hay quienes creen que cabrearse es lo más digno, que si no se cabrean más o menos todo el tiempo, no van a parecer lo suficientemente concienciados.

Con todo, en la vida real no acaba todo con el capítulo dieciocho, no podías ser Lindsey Weir.

Quizá hasta que los adultos no comiencen a tomar en serio los silencios de las niñas, no habrá un avance distinto, eficaz.

Ella tampoco sentía que pudiese ser como Linda Cardellini. Por lo que le habían dicho sin parar, esas cosas no pasaban. Aunque pasasen. Esa lección venía de los mismos que compraban lotería. Había que creer en cierta clase milagros, en golpes de suerte, y si acaso en Dios. Pero no se te ocurriera la tontería de creer en ti misma.

Fíjate en la vía, se decía. Sería tan fácil, conociendo ya los horarios en que pasaban los trenes. Pero no. Observaba el ruido tenebroso de los cables antes de que llegara el tren, cuando estaba a pocos segundos de pasar. Observaba el ruido, sí, lo hacía suyo; y cuando pasaba el tren, lo escuchaba.
No podría haber hecho eso estando debajo.
No podría haber notado en cada fibra de su ser, el placer de esconderse, de estar donde los demás no estaban, y ver lo que los demás negaban.

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