Archivos Mensuales: marzo 2017

25 proyecciones innecesarias (11 de 25) – Primera carta de Pablo a los Corintios

Se casaba un amigo, era una cita inevitable. Era una de esas bodas que, como casi todas, parecen inercia de la edad. Una de esas parejas que llevan como diez años juntas y de repente necesitan casarse. Se inicia una especie de ritual “adulto”. Parece que casi se haga por aburrimiento, una mezcla de aburrimiento vital e intención de proyectar la idea de que así todo quedará en su sitio, y que hay que hacer por que lo esté. La boda y luego el bebé.
Antes de entrar en la iglesia, se forman distintos corrillos, huele a colonias y maquillajes. Huele a exceso estético. Hay quien se ve mejor y también hay quien se ve peor que un lunes cualquiera. Hay casi siempre algún bebé llorando de parejas recientemente casadas. Las mujeres llaman más la intención, los tíos visten todos igual. Hay quien dice que una boda es un buen momento para ligar.
Entramos en la iglesia atendiendo la voz del pastor de turno.
Cuando no tienes costumbre de entrar en iglesias, siempre te impresiona un poco entrar en una. Te invade una sensación de silencio, de casa enorme iluminada con velas. El modo en que entra la luz natural y el estatismo reverencial, te pone un poco alerta.
Nos sentamos en los bancos.
También notas en todo momento cierto grado de desorganización, como si en cada paso hubiese un diez por ciento de imprevistos, y tú formaras parte de ellos. Durante un minuto, nadie está seguro de haberse sentado en el lugar correcto.
Nadie suele hablar de la energía sexual que desprende todo el asunto. No por nada, sino porque esa energía casi siempre está presente en mayor o menor grado. Pero en una boda por la iglesia, en que de repente, durante la ceremonia todo ha de ser tan casto, y entonces ves a una chica impresionante subir a leer la Primera carta de Pablo a los Corintios, esa energía es innegable. No puede haber ningún tío hetero o lesbiana presente que no piense en esos instantes en sexo durante al menos diez segundos.

Parecía que podías acercar su cabellera a la madera de la iglesia, y todo echaría a arder. Leía con un punto (erótico) de inseguridad. No recuerdo haber entrado a ninguna iglesia y luego haber salido sin que una chica leyera la Primera carta de Pablo a los Corintios. Es como un ruido de fondo constante de los dos últimos siglos. Un montón de gente tan religiosa como un consolador con forma de puño escuchando la santa Primera carta de Pablo a los Corintios. Hermanos, ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor.
La chica era amiga de la novia, se supone, y llevaba un vestido que parecía molesto e incómodo, forzado, como una violación de la placidez. Es como si todo el vestido fuera como los tacones.
Lo que más llamaba la atención era su cabellera pelirroja, que fue durante todo el día como un faro que hacía ubicarse a todo el mundo.
Ya podría hablar yo de las lenguas y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Pedro era la reina del drama.
No se trataba sólo de la cabellera, obviamente, era una de esas mujeres que parecen todas ellas zona íntima o erógena. Se veía tan brillante, turgente y suave que te podías ruborizar rozándole un codo.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve.
Amor no sé, pero Pedro hubiese tenido una erección si hubiese sabido de la cantidad de amigas de novias que iban a leer su monserga. Es la versión bíblica de firmar autógrafos en escotes. Estrella del rock a posteriori.
El amor es comprensivo, el amor es servicial y bla bla blá.
Si ahora le escribes algo así a una chica, sólo conseguirás incomodidad y reticencia. Puede que una hostia.
El amor nunca pasa.
Este tipo de amor necesita contexto. No es que el amor nunca pase, es que es irracional. Por eso puedes escribir simplezas y cursilerías mientras te sientes así, y creerte Gabo.

La ceremonia pasó, y dio paso a las comilonas y “bailes”.
El problema de que una persona sea tan absolutamente arrebatadora a la vista, es que luego no es precisamente fácil que no lo empeore todo hablando. La belleza es subjetiva; es la clase de subjetividad que más suele doler. La mayoría de veces sería mejor limitarse a verla con unos prismáticos.
Palabra de Dios.
Los secretarios de Dios pecaban de solemnidad.
Si coincidías con ella en la barra libre, dentro de su radio de acción casi podías ver florecer el suelo a su paso. Y no como florecen las cosas abandonadas en la nevera.
O no tenía pareja o no había venido.
Tienes que tener determinado tipo de carácter para intentar ligar en una boda. De hecho tienes que tener determinado tipo de carácter para intentar ligar. Para intentar gustar a alguien de un minuto a otro y a su vez darle a entender que querrías tener sexo con él o ella.
Y ese tipo de carácter necesario, casi siempre lleva implícitos los rasgos de un gilipollas.
La idea popular que aun se tiene sobre ligar, tiene que ver sobre todo con el acoso.
Y por supuesto una boda es terreno fértil para el acoso. De hecho el acoso casa muy bien con casarse por la iglesia.
Casi todo tiene que ver con lo que es tradicional hacer.
No digo que no se pueda hacer nada para atraer la atención de una persona. Pero la elegancia y la discreción no son cosas que abunden.
Yo por mi parte no soy ni acosador ni elegante, y mucho menos estratega. Apenas a duras penas soy. Tengo ojos para mirar, Pedro no entendería nada si me observara evolucionar. Preguntadme, sé montarme una historia, y lo sé todo sobre el concepto anticlímax.

La novia, que sabía que eso me iba a avergonzar, me presentó a varias de sus amigas, con el único propósito, pensé, de presentarme a la pelirroja.
La gente a veces hace eso, se ponen a escupir nombres y luego te dejan con el marrón.

Al ver su cara de cerca, me di cuenta de algo. Algo me hizo sentir vergüenza mucho más allá del hecho de que ella fuera muy guapa o mi timidez.
Recordé cierto momento de la despedida de soltero.
Íbamos varios, y, como suele pasar en ese tipo de rituales, yo no conocía a la mitad de los presentes. Te ves compartiendo mesa con tíos con los que sólo tienes en común el sistema de ventilación, el aparato digestivo y cosas así.
La verdad es que me estoy excusando, dejando muy claro que yo no conocía a esos tíos, primos y hermanos mayores y daños colaterales por el estilo.
Cenamos en un restaurante, y al salir, unas tres horas después, se suponía que tocaba ir de fiesta. Yo estaba reuniendo fuerzas para decir que me largaba a casa, que ya había tenido suficiente con la cena-maratón. Íbamos por una calle oscura, mal iluminada. Coincidía en el camino a mi casa; mi plan era excusarme y desviarme en el momento necesario.
Entonces vimos venir por la otra acera a dos chicas. Dos o tres integrantes del grupo, al verlas acercarse a nuestra altura, dijeron:
–Buenas noches.
A lo que ellas obviamente no contestaron nada.
A lo que estos dos o tres garrulos, volvieron a decir:
–¡Buenas noches!
Tras lo cual, y debido a que no recibían contestación alguna, nuevamente:
¡Buenas noches!
No tenía sentido alguno, a no ser que quisieras sembrar mal rollo y asustar. Sí que iban medio borrachos de la cena, pero yo también. Todos lo íbamos. Yo sé que la mayoría de los chicos del grupo, por más borrachos que fueran, jamás se comportarían así. Por suerte las chicas se alejaron y la cosa no fue a más. Luego, entre nosotros, los mismos las llamaron putas, maleducadas, y un largo etcétera. Estoy seguro de que ellas podían oírlo.
Ahora yo tenía a una de las dos delante. No es solo que la recordara de esa noche (aunque estaba muy distinta), sino que mientras aquel día se las insultaba, alguien comentó que esas chicas iban a la boda también. Eran primas de alguien.
Voy a insistir mucho en esto: yo no dije nada. Ni tampoco hablo en nombre de mi género. Pero me sentía avergonzado, porque ella podía pensar en ese momento de “reencuentro” (y tenía derecho) lo que le diese la gana.
Creo que de todos modos ella no pensaba en eso, no pensaba en esa noche, o seguramente no me asociaba a aquel suceso. Al fin y al cabo éramos un grupo de tíos en la oscuridad.

No hablamos mucho, pero el intercambio fue agradable. No me dio la impresión de que intentara sacudirme como a un bicho de su vestido. De hecho más bien era yo el que deseaba que pasara el momento.
Alguien intervino, y el momento pasó.
A lo largo de la noche, tuve la impresión de que la novia había intentado un “celestinato”. Había apuntado alto, asumiendo que yo podía interesar a esa chica.
Hubo miradas extrañas y algún conato de diálogo. Algo más tarde volví a hablar con ella. Supe que teníamos intereses comunes, y que era una persona más centrada que yo. Era básicamente mejor que yo.
Le acabé mencionando (sabía que NADIE lo habría hecho) la carta de Pablo que había leído. Pablo, una de las amiguitas reinonas de Dios.
Comencé a decir bobadas al respecto. Sabía que era la clase de chorradas que te convierten en alguien gracioso o en alguien grimoso según quién te oiga. Ella me escuchaba y bebía. ¿Durante cuánto tiempo estuve hablándoles a aquel pelo naranja natural?
Ella decía:
Y yo decía:
Y ella decía:
Nada importaba. Sólo importaba el tono. Ella sabía fingir mejor sobriedad. Yo me sentía cada vez más confiado.
Le pregunté si tenía novio, y me dijo que sí.

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25 proyecciones innecesarias (10 de 25) – Animoso

–Fijaos, ahí llega Animoso. Parece animado.
–¿Qué tal, chicos?
–¿Qué tal, Animoso?
–Pues hoy me siento bien, me siento animado.
–¿Te refieres como un dibujo?
–JAJAJA. Chicos, no tenéis remedio.
–Ya sabes cómo somos.
–Me gustáis, porque tenéis sentido del humor. El sentido del humor denota inteligencia.
–¿Un vaso de agua a la mitad, como siempre?
–Hoy me siento diferente. Una coca-cola.
–Vaya, ¿diferente?
–Sí, la verdad, más animado que de costumbre.
–Aquí tienes tu coca-cola.
–Aquí está, mi vaso medio lleno. Qué rapidez. Sin limón, por favor.
–¿Sin limón?, como prefieras.
–Bueno, y ¿cómo estáis?
–Ya sabes, no nos podemos quejar.
–¿Y eso? ¿Nada más?
–Conservamos las habilidades motrices, sobrevivimos.
–JAJA. ¿Estáis otra vez de broma?
–Por supuesto.
–Pues yo me siento genial, hace una mañana genial, ¿no hace una mañana genial?
–Imbécil.
–¿Cómo?
–No comes, Animoso, bebes, una coca-cola.
–JAJAJA. Cierto.
–¿Y cómo va todo con Esperanza?
–Bueno…, ya sabéis…
–¿Qué deberíamos saber?
–Creo que últimamente no se sentía muy bien.
–Tendrás que ser más específico, Animoso, ¿con “no se sentía muy bien” no querrás decir que está estupendamente y os va genial?
–La verdad es que no tanto, chicos.
–Vaya. Siento oír eso, Animoso.
–Ayer discutimos.
–Me alegro.
–¿Cómo?
–¿Y qué pasó?
–Fuimos a cenar, ya sabéis, fuimos a un italiano. Reservé una de las mejores mesas. Yo estaba muy contento. Me duché, la llamé, me puse mis mejores galas…
–Tus mejores galas, eh…
–Bueno, ya sé que no soy un Brad Pitt, pero me esfuerzo.
–Claro.
–Y noté que el ambiente estaba enrarecido.
–¿Enrarecido?
–Bueno, llegué una hora antes de lo previsto a su casa. Tenía ganas de verla, me aburría.
–Claro, lógico.
–Y el caso es que llamé a la puerta y… y…
–Nos tienes en ascuas, Animoso.
–Y ella abrió y…
–…
–Y…
–¿Estás bien, Animoso?
–Estupendo, gracias.
–…
–Así que ella abrió y…
–…
–Y bueno. Pensé que algo no iba bien. No del todo bien, al menos. Aunque ya sabéis que confío plenamente en ella.
–¿Y…?
–Y… en fin, me pareció raro que al abrir tuviera liada una sábana. Parecía agitada. Me dijo que se acababa de duchar. Y que la esperara en el restaurante.
–Ajá.
–Aunque tenía el pelo seco, y el restaurante está a unos quince minutos a pie de…
–Ya…
–Pero en fin, qué iba a hacer. Pensé que quizá se encontraba algo indispuesta, eso pensé, y…
–¿Semen en la cara?
–… tenía como… ¿Qué has dicho?
–Que cómo tenía la cara. ¿Parecía nerviosa?
–JAJA. ¿De qué os reís, chicos?
–De nada, te escuchamos.
–Bueno, pues el caso es que fui al restaurante.
–Eso es bueno, hay que alimentarse.
–¿Verdad que sí? Yo siempre digo que un alimentación sana es…
–Y qué, qué pasó.
–Bueno. Cenamos.
–Ya… ¿Pero ella ya se encontraba bien? ¿No hablasteis?
–Hablamos, sí. O sea, cenamos. Y luego hablamos.
–Ajá.
–Ella parecía menos esperanzada que de costumbre.
–Vaya.
–Ya sabéis que yo siempre hago planes para el futuro. Así que me armé de valor, le hablé de irnos a vivir juntos.
–Guau, eso es un gran paso, Animoso.
–¿Verdad que sí?
–¿Y qué te dijo ella?
–Bueno, aquí fue cuando ya habíamos terminado los postres. No pedimos café, ya sabéis que ambos somos muy estrictos con los estimul…
–A excepción de que ahora te estás bebiendo una coca-cola…
–JAJAJA, es verdad, me has pillado. Sois de lo que no hay.
–Tranquilo, no se lo contaremos a Esperanza…
–Ya… El caso es que…
–Animoso, llevas como media hora postergando la razón por la que hoy te sientes diferente, aunque también animado, por supuesto.
Muy animado, diría. Es más, creo que nunca me he sentido así.
–Nos perdemos, Animoso. Danos algo con lo que trabajar.
–Vale. De modo que ahí estábamos, con nada más que cenar y un elefante en la habitación. La cuestión de su actitud, el asunto de la sábana, el hecho de que alguien se pueda duchar sin mojarse…
–Y entonces salió el tema.
–Y ni siquiera hablamos al final de irnos a vivir juntos. ¿Vosotros conocéis a Iracundo?
–¿De qué coño hablas ahora, Animoso?
–Bueno, tiene su papel en todo esto. Pero mejor ordeno mis pensamientos, porque…
–Qué puñetazo tienes…
–… yo también me sentía algo raro en realidad. Estaba genial, como siempre, pero tenía una intuición.
–Venga, vamos
–Tenía un palpito. Un palpito de que algo iba a pasar… Ella me preguntó por qué no me había quitado la chaqueta para cenar. Pero era una chaqueta de vestir. Es una chaqueta de vestir, le dije. Y me dijo que se podría haber manchado con salsa de tomate.
–…
–Creo que fue por la salsa de tomate, ¿sabéis?
–Fue el qué, Animoso.
–Creo que fue en ese momento cuando até cabos. La sabana, la sequedad, su pelo revuelto… Ella es cuidadosa. Y siempre lo justifica todo. Y es maniática. No soporta que algo no esté recto o en su sitio, o que algo haga ruido o que de alguna forma sienta que no está rodeada de simetría.
–Siííí… Todo eso y que tiene un polvo olímpico. Avanza, Animoso, por-el-amor-de-dios.
–JAJAJA. Vaya, siempre conseguís que me ruborice.
–Hostia puta…
–Vaaale, está bien.
»Ahí estaba yo, ya sudando, con mi chaqueta de vestir. Pesada, porque en mi bolsillo interior derecho guardaba una… Colt, una pipa, una pistola. ¿Conformes?
»Creo que fue al mencionar ella la salsa de tomate.
»Algo hizo clic en mi interior, ¿entendéis?, como si hubiera estado conteniendo algo durante mucho tiempo…
–…
–Iracundo me consiguió la pipa. Él sabe dónde se mercadea con esas cosas. Es primo de Esperanza. Y sí, joder, me levanté delante de todos y disparé a esa zorra en la cara, a esa PUTA. Dos, tres veces, cuatro
»Toda su puta salsa de tomate mezclándose con los restos de su puto postre, que además no era su postre, era la mitad del mío. Y grité, grité como un energúmeno.
»Había gente que lloraba. Pero nadie me redujo. Su cabeza ya no era una cabeza, era como algo crudo a punto para ser cocinado, ¿sabéis? JAJAJA.
»Es que… me hizo sentir TAN… centrado, tan estimulado. Todos me tenían miedo. Nunca nadie me ha tenido miedo; siempre lo he tenido yo.
»Salí de allí como si nada. Luego oí sirenas de la policía, y bueno… reconozco que todo se descontroló un poco…
»Pero hoy me he levantado cargado de electricidad, ¿sabéis? Es un nuevo día, y hace una mañana espléndida. Es una nueva oportunidad. ¿No hace una mañana espléndida?

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25 proyecciones innecesarias (9 de 25) – Entre la estática

Usted me hace preguntas, y yo le contesto.
»Pero no me puede exigir que conteste lo que usted quiera.
»Si quiere un trauma, le puedo hablar de la luz del día. La luz matinal, por supuesto.
»Estará de acuerdo en que un amanecer no es la cosa más fea que uno se puede echar a la cara. De hecho se podría decir que incluso hay belleza en él. Hay mucha gente que acordaría con usted y conmigo que un amanecer no es necesariamente la repanocha, pero como mínimo tiene cierto encanto.
»Usted piense lo que quiera, anote lo que quiera, apunte ahí que estoy loco con mayúsculas, pero yo sé por qué le hablo de los amaneceres. Y no solo de los amaneceres, sino del sol desde que sale y aproximadamente hasta la una del mediodía. (Nadie habla del mediodía, por cierto, pero me parece mucho menos traumático que la mañana.)
»A lo que voy es que las mañanas no tienen nada malo en sí mismas. Pero las hemos ensuciado. Las mañanas eran puras y hermosas, se puede decir que tenían su propio estilo. Las mañanas estaban… bien, eran horas del día en las que hacer cosas o no hacer nada tan buenas como las de la tarde o la noche. Eran horas perfectamente aptas para vivir en ellas. Puede que para los dinosaurios, pero lo eran.
»No voy a sudar sangre para que me entienda, no voy a darle tres o cuatro enfoques a esto. Usted es el tío de los títulos en la pared. Yo, en términos oficiales, soy poco más que abono. Mi vida sirve para que otros se puedan pegar la ídem padre.
»¿Ve? Usted ha puesto esa grabadora vieja, y ni tan siquiera me lo ha comentado, se ha limitado a ser un profesional, ¿no? Únicamente mire el reloj, y verá que su influjo ya es nocivo, aunque sólo sea por cómo los humanos hemos hecho impuras estas horas a base de llenarlas de mierda. Un lavabo puede ser el epítome de la limpieza, pero si uno echa una buena cagada, va a oler como el infierno. Eso hemos hecho con las mañanas, no hemos parado de cagarnos en ellas.
»Estoy seguro de que usted comenta estas cosas que digo con sus colegas como si fueran psicofonías, algo de lo que tener miedo y con lo que partirse el culo. Pero sé que en el fondo, muy en el fondo, entiende lo que quiero decir.
Ya sé que por las tardes y por las noches la gente también se ve obligada a hacer cosas desagradables, pero estoy generalizando; y creo que es evidente que es por la mañana cuando uno suele dirigirse al matadero. Luego, con suerte, consigue sobrevivir por los pelos, y por la tarde o por la noche, logra escapar.
»¿Me va a decir que no ve con qué ventaja juegan los atardeceres?
»Yo sólo intento decir las cosas que la gente no suele decir, porque es muy complicado articularlas. Y estoy seguro de que no se me da muy bien, pero al menos tengo lo que hay que tener para probar suerte. Por eso a mí y a los que son como yo, nos consideran risibles o una amenaza.
»¿Usted nunca ha pensado en suicidarse? Claro que en su caso suicidarse sería como si un vegano muriese de una indigestión de carne roja…
»¿No me va a preguntar si yo he pensado en suicidarme?
»Da igual, sólo le diré que si lo hiciese (si me suicidase, quiero decir), sería algún miércoles a eso de las diez de la mañana. No demasiado temprano, y tampoco un lunes o un martes. Un día neutral, el miércoles. El día de la basura. Cualquiera es capaz de suicidarse un lunes a las ocho de la mañana. Estoy seguro que de mucha gente encontraría motivos un lunes a esa hora para irse. Ya sabe, esa gente por la que se para tu tren camino al trabajo. Ahora que lo pienso, literalmente debe haber conocido a alguno…
»Pero yo no quiero irme molestando. Me gusta el estilo de los animales; se van a un rincón solitario y se dejan morir.
»Pero me he ido un poco del tema. Y además no tengo ninguna intención de suicidarme. Es el cliché más recurrente.
»¿Está usted casado? ¿Yo puedo hacer preguntas? que está casado. ¿Qué decía yo antes de las mañanas? ¿Sería capaz de reconocer que el noventa por ciento de las mañanas de su vida han sido puro colesterol vital?
»Te arrancan el brillo de los ojos. Sólo se soluciona durmiendo, o si tienes suerte, follando. Pero claro, no siempre puedes dormir o tontear, tienes que seguir sirviendo como abono al gilipollas de turno, sobre el cual hay al menos una docena más de gilipollas.
»¿Sabe lo que me gusta ahora? Cómo me mira. Lo hace desde un altar. Finge que no, pero jamás me ha mirado de otra forma.
»Reconozco que eso me ha hecho sentir incómodo desde el principio, desde la primera sesión. Aunque ya no.
»Pensé en cómo solucionarlo. Cómo hacer que desapareciera ese matiz de seis de la tarde en sus ojos; ese rollo de persona excesivamente confiada que acaba de salir del curro y se viene arriba.
»Y entonces pensé en algo que a usted le importara. No digo algo por lo que usted necesariamente sintiera amor. Sino en algo que, al añadirle una variante, pudiera corregir esa confianza en sí mismo (fingida o no, me da igual) que siempre se vierte de sus ojos. Tenía que pensar en cómo quitar de su mirada ese color de seis de la tarde, de superioridad, y poner en su lugar un matiz estilo nueve de la mañana; ese momento, cuando aún queda todo el día por delante; cuando con toda seguridad aún mirará el reloj unas cincuenta veces, y tendrá que soportar un rutina tediosa que encima tiene que fingir que eligió.
»Eso.
»¿Y cómo conseguir eso?
»Creo que me he liado un poco. Prometo ser más concreto de ahora en adelante.
»¿Sabe que nunca había intentado ligar? No he sido ningún Casanova, pero el puñado de polvos que he echado siempre fueron iniciativa femenina.
»Reconozco que le seguí un par de días. Vi que tiene una esposa y parece que no tiene hijos. Así que en otra ocasión seguí a su esposa.
»No sé si lo sabe, pero cuando sale de trabajar siempre frecuenta el mismo bar. Bebe una cerveza (a veces más de una), y al contrario que usted, ella tiene mirada de nueve de la mañana a las seis de la tarde.
»Un día vi que se iba con un tío.
»No me interrumpa, por favor, luego usted puede creer lo que quiera. Un día vi que se iba con un tío. Entraron en un hotel.
»Pocos días después, yo me senté en el taburete de al lado en dicho bar.
»No sé si estará de acuerdo conmigo, pero creo que se me da bien hablar, o al menos sofocar el silencio. Sé llenar el silencio. Pero la verdad es que su mujer no necesita sardinas para beber agua.
»Llame, claro, por supuesto. Hasta que llegue el gorila de turno, tenemos tiempo.
»Esa era la mirada que buscaba.
»Si cree que miento, busque debajo de su cama matrimonial un condón usado. Estoy seguro de que sigue ahí.
»Esta va a ser la última psicofonía que saque de mí. Espero que le sirva de algo lo que se oye entre la estática.

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25 proyecciones innecesarias (8 de 25) – Sin arcada no hay mamada

Estoy sentado, una vez más. Es una sala de espera de las que te zambullen en la realidad. La parte más gris y absurda de la realidad. El peor sentido de la existencia.
Un tío estaba antes que yo, ya le han hecho pasar al despacho. Cuando las empresas captan personal, siempre notas una mezcla de Amabilidad y Que-te-den. Por un lado te quieren hacer creer que buscan a una persona profesional. Y por otro sabes perfectamente que quieren un profesional (un Smithers) que haya dejado atrás esas monsergas hippies de ser persona.
El tío que ha entrado antes que yo era más un chico que un tío. Era un niño con ínfulas.
Pero ya nunca sabes lo que quieren; generalmente siempre eres demasiado viejo o joven, o estás demasiado preparado o no tienes la suficiente experiencia. O eres mujer.
Siempre saben verte alguna pega.
Me sudan las manos. Es curioso cómo el edificio es absolutamente feo, frío y funcional, y sin embargo el ventanal de la sala de espera da a un paisaje espectacular.
Contrasta con la carpeta que llevo en la mano y la puerta cerrada en mis narices. Oigo murmullos del ritual que se produce tras ella. Los murmullos. Las “arcadas”. Sí, señor; claro, señor.
Lo leí en alguna parte, puede que en alguna lista de consejos profesionales: Sin arcada no hay mamada.
Trago saliva.
Me pone la piel de gallina la actitud de los tíos y las tías que se encargan de las entrevistas. Esa frescura artificial. Te dan ganas de decirles que aunque se suelten la lengua, sigue notándose el palo que tienen metido por el culo.
Les dejas meterse en tu mente; si fuera un raya de coca te haría menos daño.
Son como cyborgs que hablan con humanos para enseñarles cómo uno puede dejar de sentir lo suficiente para poder vivir en paz.
Una vez le dije a un entrevistador que no tenía intención alguna de quedarme embarazado. Me rió la gracia. Dos tíos a las once de la mañana de un martes, metidos en un despacho, riéndose las gracias. Teatro alternativo sin público; costumbre de masas.
Era tronchante, nos caímos genial. Pero ninguno de los dos quería estar allí, y nadie me llamó después. Una bonita metáfora. La única forma de restaurar el karma después de aquello, es que nos encontráramos de noche en una calle oscura. La noche ofrece un entorno de autenticidad, es como lo contrario a un despacho. Y yo podría mirar a ese tío fíjamente.
Podría ser tronchante otra vez. Podría contarle otro chiste, como que no tengo planes de ser negro o llevar tatuajes.
El tío jugaría fuera de casa. En la calle se te ocurren un montón de ideas. En la calle no hay papeleo.

La entrevista al hombre niño se alarga. Con las entrevistas de trabajo siempre recuerdo la sala del médico, cuando ves entrar a alguien tras el cual te toca por fin, y luego parece que estuviesen jugando al poker ahí dentro. Matando el tiempo.
Un chico Smithers más. Se pasan años hincando codos y cumpliendo órdenes, para luego hincar las rodillas y cumplir aún más órdenes. Haces un esfuerzo por ser alguien, y te conviertes es una máquina erótica de producción.
Mis ojos se van a la ventana. Descubro que ya no me sudan las manos. Alguien entra, alguien del edificio. Dice:
–Suerte.
Y se va.
Una mujer. Es como si hubiese entrado a regar la planta del rincón. Pero luego veo que es de plástico. Al menos ahora es de plástico. Si alguien me dijera que hace un año llegó aquí como planta natural, no me pondría a discutir. Hay lugares que proyectan esas energías. Llegas a ellos latiendo y pleno, y con el tiempo acabas mohíno y vacío.
Mira por la ventana.
Miro por la ventana.
A lo lejos se puede ver dónde acaba la ciudad y comienza a verse el verde.
Acaricio una hoja de plástico muerto.
Se me ocurre que si sigo aquí cuando el chico acabe su turno, voy a tener que entrar en ese despacho.
Me levanto y salgo; sin mirar a nadie. Oigo alguna voz. No entienden. Luego asumen que pasa algo.
Yo me largo. O me lo podrían dar.

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25 proyecciones innecesarias (7 de 25) – Tontos del culo

Casi nunca eso que llaman madrugar me ha traído nada bueno. La mayoría de veces ha significado ceder, callar, cumplir una orden. Casi nunca ha tenido que ver con una decisión personal. Al final no se trataba exactamente de madrugar, obviamente, sino de la obligatoriedad de una acción a una hora asociada. Y puedes acostarte tarde, claro; si por la noche estás haciendo algo que te gusta hacer, y siendo un momento en que tienes margen para hacerlo y nadie te va a obligar a acostarte temprano, claro que te acuestas tarde, joder. Con lo que, eso que llaman madrugar, se vuelve aún peor. Todo lo relacionado con lo que llaman madrugar, a no ser que seas un tonto del culo, sabes que tiene que ver con un orden e ideas ajenos a tu bien; tiene que ver con decisiones que toman personas que no madrugan ni de coña, y que probablemente se bañan en piscinas privadas con forma de coño.

Los tontos del culo son fáciles de detectar. Son esas personas que te hablan de las maravillas de madrugar. Da igual que tú duermas las mismas horas que ellos, ellos creen que lo hacen mejor porque se acuestan a las doce y se levantan a las siete. Tontos del culo, que no saben por qué hacen lo que hacen ni por qué dicen que es mejor hacerlo así. Tontos del culo: asumen un reglamento y creen que si lo cumplen son buenos y dignos. Los tontos del culo tienen tendencia a creerse de algún modo el centro del Universo. Creen que los inventos del hombre definen la percepción más precisa.
Los tontos del culo duermen tres horas, van por ahí en su coche a toda pastilla, y se creen de lo más responsables. Si te has levantado a las siete, nadie te puede multar, Dios no te puede castigar, ningún jefe te puede humillar.
Un tonto del culo es un creyente, aunque a menudo sea ateo.
Cree más o menos en todo menos en sí mismo; y suele morir décadas antes de que celebren su funeral.

Recuerdo cómo de crío, o no tan crío, me despertaban para ir al colegio. Estaba casi siempre quejoso, cansado, mentalmente agotado; y cada madrugón reforzaba esa sensación.
Era el funcionariado de siempre.
Siempre las mismas horas y siempre la misma jodienda.
Ni un duro.
Si no encajabas desde el principio en esa dinámica, era mejor que no lo hicieras nunca. Si comenzabas a hacerlo, significaba la muerte del último centímetro de ti. Si comenzabas a fingir que estabas a gusto o conforme, llegaría el día en que tus sentimientos jamás estarían acordes con tus acciones y expresiones; de modo que te convertirías en un monstruo para ti mismo, y una puta para todos los demás.
Pero claro, ¿no era ese el objetivo?
Mientras el tío que tomaba las decisiones dormía antes de volver a nadar en su piscina vaginal a mediodía, yo me recostaba nuevamente en la cama a las ocho de la mañana, ya vestido y aseado, y rezaba por que esos diez minutos que quedaban para salir hacia el colegio, no acabaran nunca.

La mayoría de las veces que he madrugado, no he dormido más de cinco horas. He sido la mayor parte del tiempo una de esas personas de a cinco horas el día. Una de esas personas que siempre van por ahí necesitando una siesta. Una de verdad, nada de mamonadas modernas de dormir diez minutos en un sillón cool con forma de tumor.
Siempre he sido el tío a dos o tres horas de sueño de estar bien. Insuficientemente descansado de forma permanente.
Si me quieres reconocer, soy el que está al fondo, solo, bebiendo café.
Soy el tío que una vez se tiró más de dos años en el turno de noche para evitar, entre otras cosas, lo que ya sabes. El problema de ir más o menos a contracorriente, sigue siendo los tontos del culo.
Sartre ya dijo que el infierno son los otros.
Si tomas un camino un tanto distinto, ahí seguirán los tontos del culo para intentar que te arrepientas. La esencia de los tontos del culo tiene que ver con la idea de que sus esquemas no pueden admitir discusión. El sol les puede provocar cáncer de piel, pero ellos siempre pensarán que lo controlan si se levantan cuando sale. La naturaleza es tan sabia como cruel, pero los tontos del culo creen que frenan a los demonios durmiendo toda la noche.

Los tontos del culo, claro está, lucen cual bufanda un discurso canónico sobre el sacrificio. Es decir, si te pasas la vida poniendo el culo, no vas a ir por ahí diciendo que vaya mierda. Tendrás que justificar eso de alguna forma ¿no? Total, las competiciones de natación en las olimpiadas del coño son fáciles de negar. Hay cosas que simplemente no forman parte del mundo de los tontos del culo. El mundo es sencillo, pequeño, controlable, asumible; sólo pide de ti un poco de tiempo; puede que casi todo el tiempo. Pero tiene sentido ¿no? Qué vas a hacer si no con tu vida. El tonto del culo no toma atención en lo que produce, se limita a ser productivo.
Mira a tu alrededor;

Nombre: Culo, Tonto del

Estado civil: Me duele la cabeza.

Código postal: Siete (de la mañana).

País o Estado: Uno que ama.

Etcétera.

Fijáos en ellos cuando los veáis. Se tiran pedos silenciosos y dejan la mano muerta en el ascensor para tocar culos. Lucen una engañosa higiene, visten a menudo camisas, buscan el modo de creer que no van a morir; alguien que bebe leche a las seis de la mañana no puede morir. Alguien que saca al perro, que se lava los dientes, que sale a correr; a correr, por el amor de Dios. Alguien que vive antes de que salga el sol.
Recuerdo un madrugón en especial.
Curraba en una empresa horrible de electrónica. Horrible y mundialmente conocida. El Diablo siempre obtiene beneficios. Estadísticamente, si te pones a barrer bajo la cama, salen una media de cinco tontos del culo y una moneda de cinco céntimos a repartir.
Están por todas partes.
Ni siquiera recuerdo a qué hora me levantaba, creo que un poco antes de las cinco de la mañana. Tenía que quedar con un colega y nos íbamos los dos en su coche. Recuerdo risas un lunes. El sol aún babeaba su almohada. Alguien decía bobadas en la radio. Ambos estallamos en risas. No era alegría, era algo mucho más seco. Risas ruidosas, no tanto reír por no llorar, era como si buscáramos algún tipo de catarsis. Era como si intentáramos convencernos de que sí, era lunes, habíamos dormido nada y menos, y nos dirigíamos a un sitio que odiábamos, pero que aun así éramos felices.
Luego aparcamos y salimos del coche. Alguien, un gerente, le lanzó una pulla a mi colega camino a la nave industrial. Mi colega no lo pensó, y dijo:
–Vete a tomar por culo, gilipollas.
Yo no podía dejar de pensar en ello al día siguiente, solo, en vete a saber qué autobús nocturno.

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25 proyecciones innecesarias (6 de 25) – Auténtico día de clase

Dame la mano y te guiaré. O mejor no. Pero conozco un montón de sitios que te parecerán rutinarios, de paso, aburridos, casi a la vuelta de la esquina, sin nada especial que ver en la versión oficial. Te enseñaré quizá por qué tu percepción ya no funciona, por qué está atrofiada. Y no te creas que me ha llevado poco tiempo arreglar la mía, o simplemente volver a hacerla funcional. Es una labor de años.
Tu seria comedia no me va convencer fácilmente, tiene que saltar por encima de un montón de momentos muertos que viví, y sobre todo es muy probable que ya haya escuchado esa monserga mil veces.
Tu sentido de la responsabilidad es un tubo de escape que madruga cada día para intoxicar a los niños. No es que al planeta le importe tanto, él te sobrevivirá, pero mientras tanto tú desaprovechas tu tiempo haciendo un montón de cosas. Todo ese montón de oportunidades que tuviste para quedarte quieto, para no hacer nada y quizá “reiniciarte”.
Yo no soy un sabio, soy más bien torpe, gilipollas pero inofensivo (y siempre te acaban quedando secuelas del colegio y derivados).
Mira cómo no te mira tu pareja.
Suicídate, no eres «productivo».
Las facturas se parten el pecho. Tu orden es como montar una floristería en una cloaca. Tal y como piensas, da igual lo que caviles, rápidamente tocas techo, repasas tu residencia en el Hobbiton industrial.
Te conocí hace mucho tiempo, tienes un montón de nombres y sexos, te acicalas, y crees que pensar es pensar demasiado.
Te va bien, o lo hará. Eres el novio de.
O la chica responsable.
Te he visto llegar millones de veces y dejar tus bártulos sobre la mesa. Tu preocupación es no morir solo; y obvias que lo que cuenta al final es que sólo vas a morir.
Te reproduces. Nadie te frena.
Aunque no seas peor que yo, siempre sigues las flechas.
Te burlas de seres que te mearían en la cara.
No sabes que tu naturaleza te puede, crees que tu retórica freestyle son argumentos, crees que molas por mofarte de quien cree distinto. Dices que sabes que no eres el centro del Universo, pero luego le haces carantoñas sin freno a tu ego. Lo haces dando forma a tu Personaje, alguien concienciado hasta el histerismo, alguien que esnifa colectivismo para camuflar su inevitable egoísmo. Lo sé no porque yo ya esté en otra fase, sino porque tú eres yo. Yo también callo más de lo que parece. Pero no me dice nada tu colorida o punky acción puntual, porque lo que arregla el mundo es lo que no impresiona a nadie. No nos levantamos y nos vamos de los despachos adecuados, y luego queremos parecer integrantes clave para el Cambio.
Nos metemos conciencia hasta la sobredosis, actuamos como si las cosas se pudiesen arreglar de un mes para otro, nos regodeamos en nuestra brillante ideología. Somos gigantes del vocabulario y titanes de la réplica ingeniosa. Te aseguro que, a esta alturas, casi nada de lo que haces me impresiona. Los héroes no llevan capa, pero tampoco lo pregonan.
No te he contado nada, sal y disimula. Cuando llegues al parque, siéntate en el banco. Mira sin ver nada, deja quietas la manos. Es jodido, al principio todos somos novatos. No lo contextualices ni lo justifiques, sólo siéntate y yace. No es necesario contárselo a nadie, no construyas una teoría zen en torno a ello. Será tu primer auténtico día de clase.

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25 proyecciones innecesarias (5 de 25) – En mi cabeza funcionaba

Estaba sudando a chorros, llegué tropezando por el jardín de la casa de sus padres. Venía de haberme perdido con el coche, dando vueltas por la urbanización, con todas las casas iguales, como si estuviese en una maqueta, todo tan bonito como artificial en cierto modo. Belleza estudiada como la fruta de aspecto homogéneo de los supermercados. Y pensando un día más: La gente es idiota. También los padres de mi novia.
Estaba empapado, asqueado de mí mismo. Era domingo, estas cosas se hacen en domingo, supongo. No conozco los protocolos, ni hago jamás un esfuerzo por conocerlos; así que cada vez que me veo obligado a entregarme a ellos, lo tengo que aprender todo otra vez. Siempre me da la sensación de que lo único que todo el mundo sabe y controla (y lo que parece ser define a un Adulto), es lo que a mí menos me motiva con diferencia de estar vivo. Las maneras, las inercias, la actitud “correcta”. Fingir, actuar, poner caras, ser decidido, hacer preguntas, saber encajarlas…
Por algún motivo que se me escapa, era una buena idea conocer a los padres de mi novia. Llevábamos algunos meses juntos, puede que algo más de un año. Otra cosa que jamás hago es controlar fechas y acumular aniversarios, coleccionar efemérides y alimentar de ese modo tan popular el zurrón de la nostalgia. No es que no lo haga porque evite hacerlo, pero además da la casualidad de que no quiero tener la sensación de estar atesorando vivencias que poder recordar cuando tenga un pie en la tumba. A veces oigo a algunas personas hablar, y parece que te expliquen sus “aventuras” como si el hecho de haber hecho cosas sólo tuviese sentido por ese justo instante en que pueden contarlas y adornarlas. Muchas veces creo que avivar demasiado la conciencia, es una mala costumbre del ser humano.

Creo que llegué a la hora adecuada. Ella estaba dentro con sus padres. Estaban esperando, se supone. ¿Cómo puedo poner en palabras hasta qué punto me era indiferente la existencia de sus padres? Es más, ¿quién en su sano juicio puede pensar que conocer a más personas cuando estás a gusto, es una buena idea? Es decir, ¿cómo iniciar una relación con los padres de tu novia puede ser inteligente en sentido alguno? ¿Cómo algo que SÓLO suele ser fuente potencial de momentos aburridos, incómodos o desagradables, ha de asumirse como un paso natural en una relación? A estas alturas es cuando entran a saco en tu mente los tontos de la retórica. Puedes justificar lo que sea ejercitando el músculo de la retórica. Sólo necesitas la voluntad suficiente. No necesitas tener razón; ni ser sincero para con tus sentimientos; ni tan siquiera necesitas decir nada con mucho sentido. Sólo necesitas vocabulario y sonar contundente; cabreado a poder ser.
Has de hablar como si todo lo que dijeses se sustentase en verdades absolutas.
Se supone que conocer a los padres de tu novia tiene sentido porque tu novia quiere a sus padres, porque son su familia, su entorno de, digamos, vital importancia. Se supone que te ha de importar todo eso, y que eso denota sensibilidad. No lo estoy explicando bien, no soy un gran dominador del “arte” de la retórica, pero seguro que veis por donde voy.
Es una especie de comunión familiar basada en algún tipo de chantaje emocional nada fácil de catalogar.
Un rollo muy retorcido, como casi todo lo relacionado con familias nucleares, televisores enormes, abuelos aún vivos y cruces en la pared.

Durante la comida, nada fue muy incómodo o violento, y a la vez todo transcurría en un ambiente muy lejos de ser relajado. Era una de esas situaciones en que te encuentras en una especie de Limbo del Estado de Ánimo, demasiado concentrado para no cagarla, demasiado predispuesto a mostrar alguna versión deluxe de ti. Borracho de eso. Ofreces a esas personas extrañas una Edición Limitada de tu “material”. El montaje del director. Es como estar en una entrevista de trabajo más allá del año 2005, no tienes nada que ganar.

Crees que estás siendo tú mismo, pero no, ni de coña.
Ves los rasgos de tu novia repartidos en dos caras viejas. No es agradable.
Luego hablas con ellos, y te das cuenta de que no parecen malas personas. El padre te odia en el fondo, claro, y se le nota, pero no tiene opción: Eres el idiota que viene a finiquitar sus años dorados (los de verdad). Y lo era, yo era un idiota, y lo sigo siendo; porque no se trata de lo que yo sea, eso es irrelevante. Se trata de quién te mira y cómo cree que le vas a joder.
Y le jodí. Llegué para joderle. Empecé justo ese día, existiendo, dejándole claro qué edad tenía –muy por debajo de los treinta, a la gente le traumatizan los treinta– y qué perspectivas. Mi sola presencia, provocada por las costumbres, la tradición o este tipo de inercias absurdas que yo no entiendo, le comenzó a hacer sentir mal. Yo era parte de una nueva generación de idiotas de la que él ya estaba lejos de formar parte. No teníamos nada en común, ni siquiera me gusta el fútbol. Nada en común.
Aun actuando, yo pensaba ese día en todas esas cosas. La madre no parecía en exceso turbada, aunque obviamente hacía su papel de Meryl Streep en ‘Los puentes de Madison’ (ama de casa preocupada y disimulada-vaga-profunda-controladamente frustrada). Pero el padre se consumía por dentro a plena vista.

Después de comer, alguien mencionó la posibilidad de pasar un rato en el jardín tomando algo.
Allá que fuimos.
Ahí fue cuando todo se torció.
Había una mesa de jardín y varias sillas, estábamos en pleno agosto. Era un día caluroso, pero si no te movías ni respirabas, no se estaba tan mal.
Achaco mi comportamiento al agotamiento. Llevaba unas dos horas interpretando a una especie de Hamlet humilde, una aberración, esa clase de tío que te quiere convencer de que sabe hacer las cosas. Pero ni yo mismo era consciente de ello en esos momentos. A sus padres les gustaba (toleraban) esa versión de mí, pero como yo me había conseguido engañar a mí mismo, se me soltó la lengua y me comencé a sincerar.
Yo no pensaba que lo estuviese haciendo desde cero, creía de verdad que ya me había preparado el terreno.
Les comencé a recitar mis ideas sobre este tipo de encuentros, yo pensé que con sentido del humor, pero no tuve en cuenta que hay personas que crecen sin sentido alguno de la ironía; ni tan siquiera saben lo que es, y cuando usan el sarcasmo lo hacen porque han visto a alguien en la tele actuar así. Todo eso, sumado a que yo no soy ningún humorista, ni hábil en las primeras veces con nadie, hizo que la madre callara, y el padre decidiera sincerarse también.

Lo primero en lo que pensé luego, fue en el dentista. En el dinero que me llevaría arreglar lo que acababa de pasar. El terrible secreto, es que la idea de conocer a los padres, yo a los suyos y ella a los míos, había sido sobre todo mía. Hasta ese punto me gustaba ella, y hasta ese punto me gusta aún. Hasta llegar a los puños de mentira, hasta fantasear con perseverar en la aceptación de los protocolos, hasta el punto de ficcionar una visita que acaba mal, otro pequeño mito personal que echar al montón. Por la vía de la ausencia, acuesto esto con toda calma en el regazo de la ambigüedad. Nadie me podrá convencer de otra cosa. Sé que en mi cabeza funcionaba.

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25 proyecciones innecesarias (4 de 25) – Efebos

–Estoy seguro, señor Stevenson, de que le satisfará. Es más, estoy en condiciones de prometérselo.
–Me disculpará, pero ya he oído eso antes, y generalmente las decepciones siempre vienen precedidas de promesas.
–Ya me habían advertido de su…
–No se moleste, no es nada personal. Me gusta esta estancia, por cierto.
–Me alegra que sea de su agrado, en realidad es la casa familiar, nos observan varias generaciones. Longdale no es la casa más popular de la zona, pero sí una de las más respetadas.
–No dudo de su palabra, aunque espero que por nuestro bien nos nos observe nadie hoy.
–Me habían advertido sobre su sentido de la ironía.
–Ahora más bien me refería al servicio, que estoy seguro conocerá muy bien el significado de la palabra discreción.
–No debe preocuparse. Se lo prometo. O no, como desee.
(Los señores hacen tiempo con sendos puros. Cinco minutos después el señor de la casa lleva a su invitado a la zona común.)
–¿Está seguro, señor Evan, de que no es esta estancia demasiado amplia para nuestro propósito?
–¿Disculpe, señor Stevenson? ¿Demasiado amplia?
–No tiene importancia, imaginaba algo más recogido, ¿quizá con menos luz?
–El asunto de la luz tiene arreglo. En cuanto a la estancia, le aseguro que es más acogedora que su primera impresión.
–Entiendo.
–Ya debería estar en camino nuestro… efebo. Le dije a la Madame muy claramente que no admitiría retrasos.
–No me quejo jamás de los retrasos, siempre que el pedido sea el que proyecta mi imaginación.

(Ambos señores se sonríen. Pasa media hora.)

–¿Lo ve usted? Estoy seguro de que jamás ha hecho uso de una cavidad tan estrecha.
–Ugh… Me veo en la obligación de darle la razón. Supongo que… ugh… ugh… supongo que quedó claro que el servicio es completo.
–Tan completo como que la raza humana se extinguirá algún día.
–Oh… Bien… Está… bien…
–Puede hacer uso de toda su fuerza. No escatime en brutalidad.
–Ugh… ¿Su señora bien, por cierto?
–Mi señora marchó esta mañana a Londres, no hay de qué preocuparse. Probablemente ella esté haciendo algo parecido en estos mismos instantes.
–Oh… Creo que… creo que…
–No se preocupe por eso, se limpiará.
–Creo que…
Acabe dentro si quiere, cuando quiera. Yo estoy algo más que listo.
–Ya veo que… veo que su pantalón habla por sí solo.
–Toda agresión está permitida, permítame insistir en ello, sólo espero tenga la misericordia de dejarme disfrutar mi turno antes de pasar a mayores…
–Creo que… Ohhh, oh… ogh…
–¿Bien?
–Oh… oh… ugh…
–…
–Magnífico… Esplendido…
–Sabía que sería de su agrado.

–Magnífico… Oh… Un ejemplar magnífico… Terso y silencioso.
–¿Me permite?
–Adelante.
–¿Sabe que antes me repugnaban las heces?
–¿Lo dice usted en serio?
–Hasta se lo prometería.
–La heces son una buena metáfora; casi diría metáfora y literalidad a la vez. De lo que estamos haciendo.
–Mmh… No podría estar más de acuerdo.
–He manchado su suelo.
–Nhhmm… No se preocupe, ni usted ni yo lo vamos a limpiar.
–Veo que no miente en cuanto a las heces.
–No sólo no miento, además ahora siempre me gusta organizar esto con un compañero bien dotado (si se me permite el cumplido). No me gusta demasiado atacar un efebo completamente limpio y sin macula.
–Entiendo.
–Creo que necesito penetrar ya.
–No le importa si mientras observo…
–Oh, no, por supuesto… Uhg…
–Es maravilloso su silencio.
–Y su… su piel, su blancura.
–¿Su edad?
–No la pregunté…
–Es… es lo mejor.
–Me gusta cuando no erectan…
–Me suscribo a sus gustos. Un efebo… debe ser impersonal.
(Después de terminar el señor Evan, ambos inician una sesión ininterrumpida de vejaciones y golpes para contra el efebo. El señor Stevens, con no poca habilidad, vacía las cuencas de sus ojos con los dedos. Ambos –sin arma blanca de algún tipo, sólo con uñas y dientes– lo destripan y manipulan sus órganos internos. El corazón aún late un momento cuando pasa de mano en mano. Y un largo y gráfico etcétera.)

–No sé cómo lo prefiere usted, pero me gusta tomar el té antes limpiar y limpiarme.
–Creo que es coherente para con el momento.
–Me deja más tranquilo.
–Debo felicitarle por la profesionalidad de su sirvienta. No le ha temblado el pulso lo más mínimo al entrar con la bandeja. Pareciera que incluso sabía el momento justo para servirnos.
–Le confieso que creo que no pago lo suficiente a esa mujer.
–¿Cree que tiene miedo?
–Creo que está aterrada.
–Como todo buen profesional.
–No hay nada que respete más que a esas personas que conocen y aceptan su posición en el mundo.
–Admirable.
–Aunque le advierto que no es la primera ni la segunda vez que se encuentra con este panorama.
–Comprendo.
–No deja de impresionare la dignidad con la que mueren.
–Es todo una cuestión de educación, supongo.
–La dignidad con la que sirven y con la que mueren.

–Sé que no lo he mencionado aún, pero me gustaría encargarme de la mitad del pago.
–Oh, no, en absoluto, es usted mi invitado. Y no sabe cómo aprecio a quienes no sepultan sus instintos bajo capas y capas de modales.
–Vaya. Tampoco diría que usted ande carente de ellos.
–¿Disculpe?
–Bueno, es alguien cuyos modales no tienen nada que envidiar a los de la realeza.
–Lo cierto es que no los elegí, como no elegí el idioma, a mis padres o el lugar en que nací. Pero espero que mis actos digan más de mí que mis palabras.
–Supongo que lo hacen.
–Mi padre, aun así, me dio el consejo más importante que he recibido; y por más tópico que suene, lo hizo en su lecho de muerte.
–Me tiene en ascuas.
–Me cogió de la mano, me miró a los ojos y me dijo: Hijo, aprende a trascender la maldad.
–Vaya…
–¿Qué le parece?
–Creo que era un hombre sabio.
–Lo era. Yo aún era muy joven, y obviamente no entendí lo que quería decirme.
–Entiendo.
–Y ahora mire a su alrededor. Lo que hay en esta habitación es tan auténtico como lo que encontrará si va más allá de los jardines de esta casa.
–Supongo que lo que su padre quería decir, versaba sobre trascender la moral.
–Más amplio aún: era sobre trascender la conciencia.

–¿Tiene más de esas pastas? Son deliciosas.
–Por supuesto. Déjeme avisar a la criada.
(El sol declina.)
–Deliciosas, sin duda.
–Su señora… en fin, ¿sabe de sus gustos?
–Lo cierto, amigo, es que no tengo ni idea. Lo cual supongo significa que sospecha algo.
–El dinero.
–Sí. Vaya, es admirable su rapidez. En efecto, aunque sospeche, jamás hará por saber, porque jamás renunciará a lo que tiene, ni a la mitad, ni una décima parte.
–¿Puedo hacerle una pregunta personal?
–Dada su generosidad, debe.
–Alguna vez… en fin, ¿alguna vez ha fantaseado con…?
–Hable con claridad, no haga como todos, amigo. ¿Que si he fantaseado con destriparla?
–…
–La verdad es que no demasiadas veces. Alguna vez me he preguntado cómo sería. Obviamente disfrutaría de su expresión de horror al principio. Pero creo que nunca lo haré. Me invade una tremenda sensación de pereza al pensar en la forma, el modo, el plan. Ya me entiende. ¿Usted?
–Yo fantaseo con ello todos los días. Por raro que suene, por una vez me gustaría que la víctima ofreciera resistencia, y que esa víctima me conociera bien. El hecho de que aprecie de verdad a mi esposa, lo hace aún más apetitoso, porque obviamente ella no ha trascendido su conciencia. Y sobre todo porque ella me quiere.
–El placer de destruir a quien te quiere, supongo.
–Creo que si no lo he hecho, es porque ni tan siquiera es algo nuevo. La gente lo hace todos los días. Relacionarse es la auténtica condena, esos barrotes son indestructibles.

(Noche plácida. Ambos señores duermen en la casa ante la insistencia del anfitrión. Al amanecer, surge una idea.)

–Conozco a ese hombre ¿sabe?, y hace tiempo que tengo ganas de aprovecharme de sus servicios.
–¿Dinamitero?
–Sí, versado en todo lo concerniente a reducir el entorno a cenizas.
–Y, si me permite la indiscreción, ¿qué haría con toda esa dinamita?
–Ironía. Es uno de los mayores placeres al que hombres como usted y yo tenemos acceso.
–Debo decirle que, cuanto más le trato, más convencido estoy de haber hecho un amigo, y no solo un compañero de juegos.
–Parece que me lee el pensamiento.
–Después de haber pasado un día en Longdale, no me cabe la menor duda de que esa dinamita volverá a su lugar de origen.
–Puede que sea algo sentimental por mi parte.
–¿Eso cree?
–Puede que piense en mis padres, en el pasado, en la imposibilidad de volver a tener eso.
–Pareciera que usted no piensa nunca en términos de bienestar y placer.
–Pienso más bien en el sentido.
–¿En hacer que las cosas lo tengan?
–Más bien en doblegarlo, controlarlo, localizar su núcleo cada vez, y no tener piedad.
–¿Y el amor? Si me permite la duda.
–Tenga en cuenta lo que hicimos ayer. Piense en las moscas. La ironía.
–Creo que me pierdo.
–La ironía es la mejor arma. Porque aunque los demás no me entiendan, aunque pueda estar perdido en la inmensidad de mi percepción del mundo, soy capaz de verlo.
–¿Intentará asesinarme algún día?
(Sonrisa.)
–Reconózcalo, si usted pensara que eso es imposible, no me estaría considerando como amigo. Piense en las moscas. Piense en el dinamitero. O en los efebos.

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25 proyecciones innecesarias (3 de 25) – Calabazas

Hola, Álvaro.

No me importa dar una explicación, aunque hay quien diría, no sin razón, que no hace falta.
Este correo es para pedirte que POR FAVOR ceses en tu insistencia de conseguir algo de mí. (Algo más que esto, quiero decir.) No te voy a decir que no tenemos nada en común, aunque no lo tengamos. Y no es que lo físico sea irrelevante como motivo para iniciar una relación, pero creo que tú y yo tenemos ideas distintas sobre la estética. Por si se da el caso de que eres de cierta recurrente manera, te aclararé que no, no soy lesbiana. Así que no es que tú seas necesariamente feo, o yo lesbiana, o que no tengamos nada en común. Tampoco voy a decir que las relaciones fugaces o largas tengan que basarse por completo en un sentimiento irracional.
Quizá si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, no te hubiese rechazado de plano, y puede que hasta hubiésemos tenido sexo un puñado de veces. Pero lo cierto es que, aunque no puedo decir exactamente por qué las cosas son así, en esta realidad NO me atraes.

Desde el principio, surgió un tablero de juego en el que todos parecían conspirar para que acabásemos juntos. Justo cuando me percaté de eso, el porcentaje de racionalidad que nos podría haber acercado, desapareció para mí. Justo desde ese instante, el único modo de que yo te hubiese dado cancha, hubiese sido el que me sintiera irracionalmente atraída desde cualquier ángulo.
En ningún momento he visto que intentaras poner freno a ese proceso; incluso has enviado mensajeros (casi a caballo) para decirme cosas, en lugar de decírmelas tú. Has recurrido a todas las tretas basadas en el principio de que la insistencia siempre es una buena idea.
He percibido no acoso, pero sí algo que me repele por igual: estrategia.
Has erigido un monumento a la no naturalidad; a la naturalidad prefabricada; al oxímoron de la espontaneidad planeada.
Siempre me he sentido muy incómoda cuando estabas en el grupo, y creo que has confundido (tú y todos) mis reservas con atracción.
Hay una serie de comportamientos que mucha gente asocia a los preliminares de una relación, y tú cometes el error de ser creyente.

Dudo mucho que a estas alturas aún sigas leyendo, pero si lo haces estoy segura de que ya no te atraigo en absoluto.
Yo no estoy para convertir a nadie en Celestino o Celestina. Soy reservada. No es algo que haya decidido, simplemente es así. Mi vida no es un puñetero entretenimiento para los demás, y siempre voy a luchar por que siga así.
No estoy para entretenerte con ciertas intimidades a ti, ni a tus amigos, ni a los míos. Estoy para compartir, pero nunca para airear facultades o miserias.
Puedes pensar que soy estirada, estrecha o cualquier otra figura física o geométrica que se te ocurra. O puedes creer que me reservo para “alguien especial” (aunque te aseguro que no soy virgen); o que tengo miedo. Esa suele ser la conclusión de muchos y muchas si no haces lo mismo que ellos en el mismo momento que ellos: el miedo.
Te puedes aferrar a esto si quieres: Estoy aterrada. Más o menos todo me da miedo. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que no me atraigas. Ni el hecho de que no me atraigas significa que te odie. Ni el que no te odie, quiere decir que dejo una puerta abierta.
Lo hagan o no, la intención de estas líneas tampoco es humillarte. Sólo podría ser así de verdad si compartes este correo o lo largas todo, como por otra parte casi todos y todas soléis hacer con vuestro “cajón de la ropa interior”.
Sólo intento que me dejes en paz. Que no envíes a nadie a hablar conmigo, y que tampoco me hables tú.
Ni siquiera necesito que me entiendas. Cuando escribo lo hago más bien para entenderme yo. Podría seguir cinco páginas más con esto, y cuanto más escribiera, más iría esto de un diálogo conmigo misma.
Cada letra hace que te tenga un poco menos en cuenta.
Tampoco saques la conclusión de que escribo para convencerme de que no me gustas. Ni decidas que no dedicaría tanto tiempo a ello si no sintiera nada por ti. Claro que siento cosas por ti, pero ninguna que te sume puntos, y cualquiera de ellas relacionada con una violenta pereza.
Te pido por favor que olvides todas las teorías populares en cuanto a relaciones se refiere.
Has conseguido que deje de mostrarme indiferente, pero nada más. Y ni siquiera es exactamente por ti, sino más bien por todos los que sois así. Y te aseguro que sois legión. Es como si le estuviera escribiendo al portavoz. Dejadme en paz, dejad de ser tan sociables, tan simpáticos, tan dialogantes, tan “cuidadosos”. Si me preguntas a mí, el único motivo por el que ligáis con otras, es la cantidad de cosas que hay que mejorar aún en este mundo.
Déjame en paz. No quiero ser tu pareja, ni tu amiga, ni me impresionan todos tus méritos, ni tu coche, tu forma de vestir o tu ambición. Todo eso sólo te hace aburrido a mis ojos. TREMENDAMENTE aburrido.

Si esto acaba resultando una anécdota que puedes explicar en el futuro, regálate pensando que yo estaba loca y tú sólo eras un tipo sencillo. Y reza por que jamás te transforme un vampiro o algo así, porque si el mundo mejora, conocerás formas de soledad que te harán soñar con estacas.

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25 proyecciones innecesarias (2 de 25) – Formación

Las veces que no has asentido, que no has tenido miramientos para decir que no, que no has sucumbido a chantajes emocionales basados en suposiciones discutibles. Las veces que papá no pintó nada, y las veces que mamá decidió callar. El día que no saliste, la lectura que no fue decisión de terceros. La pistola que no empuñaste y la navaja reina de los vegetales. La vez que no vomitaste por no ir a aquella cena. El día que no votaste por inercia. La noche que no hiciste nada, y los días que miraste la brecha de la pared. Los momentos muertos, todo el tiempo que te dijeron era perdido. La mañana que en lugar de agenda fue dormir hasta las once. La tarde que se convirtió en amanecer mientras hacías lo que realmente querías. El móvil haciendo un papel secundario, la tele muerta de risa. El aire en tu cara, o el humo, o el árbol para apoyarse. El bocadillo en lugar de cocinar para veinte. El regalo cuando nadie te lo pedía. Algo bonito donde nadie lo vio.
El calendario ardiendo, la nueva hoguera sin fanatismo.
Los profesores que no se creyeron el centro de atención.
La gente que no te vendió amargura u optimismo. Cuando la lista de reglas fue papel mojado. Cuando los grises se hicieron presentes. Un bello pantone sonando Oasis de fondo.
Cuando el presente fue una realidad y no solo un hecho.
Cuando la muerte no pareció mera tramoyista. Cuando supiste que el futuro era un invento para convertirte en Producción.
Cuando aceptaste la violencia como parte del juego, y cuando supiste no recurrir a ella.
Cuando te supiste animal. Cuando miraste hacia un rincón por ocupar, y ladraste como un perro o sonreíste como un bebé.
La vez que te callaste mientras todos hablaban.
Cuando no negaste ni aceptaste a Dios.
Cuando supiste no desaprender que los artistas mienten con intención.
Cuando desconfiaste de colectivismos.
Cuando enseñas a la gente tu no tatuaje.
Cuando frenas antes de que llegue la retórica.
No todo lo que dices tiene mensaje.

Fanatismo