El fondo del agujero

Tengo un nombre real y otro práctico. Ahora soy payaso, animo fiestas infantiles, sobre todo en cruceros. Estos viajes me permiten llevar determinado estilo de vida. A menudo estoy en la zona de proa, unos instantes antes de la cena. He trabado amistad (por decirlo así) con una joven. Está enfadada. Mis opiniones en cuanto a igualdad de género se basan sobre todo en el determinismo biológico. Ella dice que estoy aterrado ante la posibilidad de perder mis privilegios. La diferencia es que ella tiene veintidós años, y yo, más de quinientos.
Lo fascinante es que aun así podría estar equivocado.

Lo que piensan los demás es que estoy rondando los treinta, y que me gano la vida con mocosos hasta que llegue mi gran oportunidad como actor. Lo mejor para mí es no hacer amistades que vayan más allá de una enriquecedora conversación o mera alimentación. Pero no me autocompadezco, soy una persona básicamente jovial que disfruta de la vida, o que al menos lo intenta. He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado por qué sonrío. A decir verdad he perdido la cuenta de todo excepto de mi edad. Conversando a ratos con la chica parcialmente tatuada y autoproclamada feminista, confirmo que la gente está empezando a dejar de comer carne, un lujo de conciencia que obviamente yo no me puedo permitir (y en realidad tampoco muchos vivos). Lady Vanesa (ella no sabe que la llamo así) dice que es vegana. Me insulta directa o indirectamente cada vez que puede, pero parece disfrutar de alguna forma de mi compañía.

Hace mucho, más de un siglo, que no topo con nadie de mi condición. O al menos con nadie que me haya dado pista alguna al respecto.
No es difícil sobrevivir cuando aprendes cómo. Lo primero que aprendes a perder es el miedo. Luego aprendes a perder muchas otras cosas. El miedo es útil durante unos noventa años. Luego tienes que comenzar a revisar tus preceptos filosóficos. Aparte de a perder, algo más importante que aprendes son los tránsitos habituales de las personas. Cuándo deciden ir a solas, incluso por la noche en medio de la oscuridad. Siempre tienen que sacar la basura, por ejemplo. Todo eso que parecen tonterías, comienza a cobrar una importancia vital con el tiempo.
Aprendes que eres distinto a niveles que jamás imaginarías.
Diría que mi versión del veganismo es sorber ratas, animales (Lady Vanesa no acepta el paralelismo). Una comida de lujo es un bebé rechoncho, o alguien joven en definitiva. Observas lo que hacen los vivos y enseguida entiendes cuál es tu acción homóloga. Puede que no enseguida.

Aprendes a tutear, aprendes jerga, aprendes a mentir con una eficacia de prácticamente el cien por cien. Decir la verdad no es una opción. Todo lo que dices tiene necesariamente un falso contexto. Lady Vanesa cree que bromeo con lo del vampiro vegano; una reacción recurrente natural que yo puedo prever sin esfuerzo, y de la que saco partido. Todo el mundo es tan cínico ahora, que no es difícil manipular sus mentes. No te creen si dices la verdad, ni tampoco si mientes. Sólo te creen si mientes bien, o cuando la mentira les hace daño. Intento tomar nota de los medios de comunicación, que hace mucho llevan el timón de las creencias, seguridades y sarcasmos de la población. El siglo XX fue una especie de curso intensivo sobre manipulación, violencia e hipocresía. Tanto la gente mala como la buena (o al menos bienintencionada), está intoxicada por su tiempo (ahora más que nunca), y hasta por su generación. Incluso la gente más inteligente, raramente sospecha de la celda argumentativa en la que habita. Las ideas originales o mínimamente certeras, son un tesoro terriblemente complejo de encontrar.

Atengámonos a este grado de mediocridad para la percepción del mundo; la idea más importante para muchos es: Si fuera verdad, ya se sabría.
Por eso yo no existo.
Todos suelen fingir que no tienen pensamientos oscuros. Lady Vanesa no. Me gusta hablar con ella, a pesar de que creo me usa para sentirse mejor de lo que es. No es exactamente previsible, usa la cabeza, acierta y a veces inventa y se va por las ramas, pero sobre todo no da casi nada por sentado. Es cierto que su discurso en ocasiones parece condicionado, como si hablara en nombre de alguien en lugar del suyo propio, pero eso no acaba envenenando el resto.
Me dijo que fue acosada sexualmente cuando tenía quince años.
Apenas intervengo cuando departimos, pero asegura que soy un claro ejemplo de “mansplaining”. Otra palabra que he tenido que aprender.
Lo que ella jamás entendería (porque no puedo decirle la verdad en serio, ni serviría de nada), es que una de mis mayores motivaciones para seguir viviendo, es la equivocación. Equivocarme me proporciona un placer que sólo alguien de mi especie puede entender. Darme cuenta de que algo que he dado por sentado durante siglos, no es como yo pensaba. Esa sensación de novedad, de que el mundo aún me puede sorprender.

Mi nombre de pila auténtico es Emerico. Pero hace mucho, décadas, que me hago llamar David. David es uno de esos nombres transversales al tiempo. Tengo toda la documentación personal falsa en regla; otra vez. Lo acabas aprendiendo todo sobre los entresijos burocráticos.
En las entrevistas de trabajo soy yo quien lleva las riendas. En el banco. En inmobiliarias. En tu compañía, seas quien seas. Puedo resultar raro o desconcertante, pero me salgo con la mía, y eso sigue siendo lo único que cuenta.
La sociedad sigue fingiendo que valora unas cualidades, mientras en el fondo valora otras, generalmente menos honorables.
Tengo tres funciones al cabo del día. Los fines de semana a veces más. Raramente tengo un día libre. Salgo disfrazado al gran comedor después del desayuno, luego en la comida en el momento de los postres, y por la noche después de la cena. Pero a veces también hay algún cumpleaños, o alguna fiesta privada para algún par de críos a quienes han llevado a un último viaje justo antes de morir. Ya casi no me siento raro con el pelucón rojo ante sus calvas.
Mi número trata básicamente del payaso triste, sólo que como no tengo acompañante, yo mismo cambio súbitamente de humor, y los críos se tronchan. En su día se me comentó que no era apropiado llamarme el Payaso Bipolar. Así que se me ocurrió dar coba a la auto-ironía, y ser el Payaso Emerico. A los niños les gusta el nombre, y los padres no se acaloran.
No es fácil contentar a todos, y no lo hago. Pero como animador infantil no me queda más remedio que intentarlo. Curiosamente, cuando actúo para críos enfermos, parece que todas esas manías adultas (es muy raro que los niños se molesten), se diluyen, como si los progenitores de turno ya no sintieran que tiene que haber filtro. El niño no va a crecer, no va a hacer el amor, no va a hacer cola en la oficina de empleo, no va a tener hijos, etc. De este modo hasta puedes colar algún chiste verde. La muerte flota sobre nuestras cabezas gracias al tumor de turno. Lo llamativo es que, parece que esas personas que acostumbran a ser maniáticas y odiosas cuando todo está bien, se relajan y vuelven sanas gracias a la enfermedad mortal de su hijo.
Esta vez hay tres críos de esa índole. Casi nunca pueden evitar su reclusión. Les suelen acomodar en camarotes especiales, sin sangrar más de la cuenta a los padres.
Debo decir que, a pesar de ser niños, la enfermedad les quita gran parte de su potencial como sabroso alimento. Es una lástima, porque lo ideal con la comida, obviamente, es fingir que se ha suicidado.

Creo que el hambre siempre ha sido distinta para todos, así que depende de a quién preguntes. Yo necesito al menos una buena ingesta a la semana, o cada diez días. He pasado largos lapsos como vampiro “vegano”, mordiendo a todo tipo de bichos de sangre rancia y escasa. Pero cuanto más viejo eres, más exigente te vuelves, y más asesino.
Nunca transformo a nadie. No voy a protestar si me vuelvo a cruzar con alguien como yo, pero no me gusta la idea de ser yo quien lo provoque. Claro que tienes tentaciones básicas, como al conocer a determinadas mujeres y fantasear con vivir con ellas; pero esas ideas caen por su propio peso. No es que nada dure para siempre, es que nada dura. Buscas estabilidad, una forma de hacer las cosas que te ahorre ciertos problemas, y te convierta en un ser de placeres sencillos, o al menos relativamente fáciles de gestionar.
Es importante advertir que, como sea, cualquier placer, después de las suficientes repeticiones, se te acaba antojando sencillo (si no aburrido).

Cuando era niño, mis padres murieron en extrañas circunstancias. Nunca llegué a saber cómo exactamente. Una noche me fui a dormir, y al día siguiente desperté huérfano. Se encargó de mí mi tía Teodomira. Ella era justo lo que hay al otro extremo de Lady Vanesa. Mi tía, siendo anticuada ya para esa época, enviudó joven y no quería saber nada de hombres. Al menos por lo que creo recordar. Me dio una educación de lujo y me buscó alguna buena familia con hija con la que negociar una boda.
Cumplí con todo el guión. Hasta sobrevivir con el tiempo a mi mujer y mis tres hijos (dos niños y una niña). Mis hijos me acabaron repudiando al crecer, aun sin saber muy bien por qué. Se largaron en cuanto pudieron. Yo no envejecía, no comía, y entonces la gente no era tan cínica como para no creer en demonios o fantasmas. Mi mujer se mantuvo a mi lado; no era extraño en aquel momento mantener en pie matrimonios convulsos. Comía sola. Yo salía algunas noches y volvía al rato con el brillo de los ojos restablecido. Ella lloraba a menudo a mi lado en la cama. No quería que la tocara. Hoy dirían que la relación se enfrió.
Así fue como, un día, mi ya anciana tía, entró una madrugada en casa con una estaca y un martillo que apenas podía sujetar. Forcejeamos mientras mi mujer se acurrucaba en un rincón, susurrándole a su cruz colgada al cuello. Sin apenas esfuerzo, lancé una dentellada tan profunda bajo su mandíbula, que un chorro de sangre salpicó a mi mujer. Mi esposa, de nombre Clementa, había tenido una vida tan guiada por los demás, que creo que en el fondo, muy en el fondo, sentía una chispa de emoción (quizá agradecimiento) más allá del miedo. Aquello, aunque sólo fuera por la vía del terror, la hizo sentir viva (en el meollo) durante un tiempo.
Al día siguiente, amanecimos con mi tía muerta sobre la cama. Clementa no se había movido del rincón, pero sé que había dormido. Clementa no era nadie, bien nos habíamos encargado todos de ello, pero odiaba a Teodomira. Ese día fue extraño. No hubo un acercamiento entre nosotros, pero sí se inició un proceso de tolerancia femenina, que duró hasta que mi mujer murió, veinte años después.

Entierra a tu tía en el jardín con la ayuda de tu mujer. Olvida a tus hijos, que no volvieron ni para el entierro de su madre. Espera unos años y comienza a viajar.
En el pueblo ya no había lugar para mí. Nadie me echó, no hubo un horda con antorchas que invadiera mis propiedades una noche para enviarme al infierno. Pero se hace más difícil alimentarse cuando los demás te dan trato de serpiente venenosa.

Hace unos años que me embarco cada vez que puedo; durante un tiempo me creí muy inteligente con ello. Estaba harto de vagar por ciudades, o de mendigar cuando los planes no cuajaban.
Lo más importante que aprendes en un crucero, es que no hay salida. La gente está literalmente encerrada en sus vacaciones, presa en la belleza del mar. El amor, en cualquiera de sus formas, te suele llevar a espacios limitados, cerrados, a calles sin salida y puntos de no retorno. Los vivos ven el atardecer desde la orilla, y de algún modo piensan que pueden ir hasta allí y tocarlo con las manos.
Algo más que aprendes, es que tú también estás encerrado, siempre con la misma gente. Dependiendo de las actitudes y energías que imperen (distintas en cada viaje), todo se puede volver demasiado complicado y violento.
No he contado cómo me transformaron en su día. Fue menos traumático de lo que cabría imaginar, aunque sí estuve un par de días con fiebre. Pero luego me sentí mejor que nunca. Desaparecieron todos los achaques, nada me ponía nervioso, no había estrés, ni vergüenza o preocupación. Me atacó lo que yo creía era un borracho, en una calle oscura camino a casa. Yo sí iba borracho. No le vi la cara. El proceso no tuvo ningún tipo de encanto, ni pareció un encantamiento. Sólo fue un golpe, un revolverse por el suelo, y el “borracho” se largó antes de que mis latidos se hicieran más lentos.
Estar en el mar es como todo lo contrario a aquella escena, aunque no tengo claro que eso me haya influido.
Esta vez, como dije en algún momento, hay tres críos enfermos en el crucero. Y un montón de críos sanos y regordetes, y estúpidos, también; todos con sus padres, generalmente más estúpidos que ellos. No hay peor estupidez que la del que cree no serlo gracias a la experiencia; como si la experiencia propia siempre fuera extrapolable. Cuando ellos van, tu vienes de haber sobrevivido durante décadas de haberte bebido a su descendencia.
Siempre creen que alguien les ha secuestrado al nene (en el barco, sí), o incluso que se han dejado al crío en la anterior parada. Comienzan a hacer memoria, a mortificarse. Incluso cuando se mortifican, parecen hacerlo para que a su alrededor todos asintamos, les compadezcamos y sigamos respetando su inteligencia.
Los tiro por la borda, claro, igual que hago con la comida que me traen al camarote. No es que nadie sospeche del payaso de a bordo, es que nadie entiende nada. La gente sabe que los niños desaparecen, pero eso habría de suceder cuando hay salidas. Lo que acaban teorizando siempre, es que el crío se ha asomado demasiado, se ha subido a alguna barandilla, y se ha caído. Un accidente trágico como cualquier otro.
No hay que olvidar que los adultos siempre creen que los niños son tontos, incluso para matarse a la más mínima oportunidad.
Con tal de intentar sacudirse responsabilidades, un padre y una madre pueden hacer y decir cosas de lo más absurdas. Y lo hacen.
Papá y mamá. A veces no hay cosa más tonta.
Lo que yo hago es aprovechar todas esas inercias, ponerlas a mi favor. Lo que hago es estudiar, seguir estudiando las majaderas idiosincrasias de los vivos.

Motivos profesionales aparte, ¿por qué siempre me fijo en si hay niños enfermos en el crucero? Algo pasa cuando un niño es diagnosticado de una enfermedad mortal. Y no solo al niño, sino también a quienes le rodean, tanto familiares como amigos. No me refiero con esto al aburrido y previsible dolor, tan abrumador como resultante de una matemática emocional que me hace bostezar. Me refiero a cómo ese hecho repentino, la aparición en escena de la Muerte cuando aún no venía por guión, corrompe las prioridades y decisiones adultas. Los adultos, tanto los papás del enfermo como los de sus amigos, a menudo pasan a tener una laxa actitud para con sus hijos. Parecen dejarles más libertad de movimientos. Si sabes cómo moverte en un transatlántico –y yo sé hacerlo mucho mejor que los turistas–, también conoces los puntos muertos. Y no me refiero a cámaras, sino a esos lugares por donde no suele pasar nadie; excepto a menudo los niños. Los críos aún se interesan por lo que les rodea; no solo fingen hacerlo. Que la muchedumbre no quiera entrar en determinada estancia, o coger determinado atajo, es razón de sobras para que un niño o niña se vayan raudos en esa dirección. Querrán meterse en ese agujero. Y al fondo de ese agujero, es donde suelo estar yo.

Casi de forma automática, mapéo la situación. Localizo a las familias que me interesan. Primero a los enfermos, que generalmente están juntos o en camarotes próximos (a no ser que se trate de un autobús de enfermos…, cosa que también ha llegado a pasar, y con lo que tenía que contenerme…), y luego, y lo más importante, a las familias de los amiguitos de los enfermos. Esos niños que no siempre saben bien lo que está pasando, a los que les han dado una información incompleta, o simplemente torpe. Los chiquillos que no saben por qué su amiguito o amiguita se ha afeitado la cabeza, ni por qué no están en clase o en el pueblo de los abuelos, en lugar de viajando en un barco enorme lleno de extranjeros y gente mayor. Esa gente de color rojo vacacional, que viste de blanco, que ríe y le busca el sentido al paquete de ocio por el que han pagado.
Algunos de los niños se pasan la travesía de placer preguntando a sus padres cuándo van a llegar. Nadie les ha hablado de la importancia del Camino; y para cuando estén hartos de oírlo, ya sabrán de sobras que nunca se les va a exigir tanto que estudien como que aprueben; y aplicar a todo lo demás. Por muy inteligente que sea el crío de turno, siempre estarán ahí los padres o los tutores para controlar y poner freno a eso, y hacer crecer a otro asalariado mustio.
Es gracioso ver cómo funcionan sólo en base a una idea sobre el futuro. No sólo olvidan la fecha de caducidad con los yogures.
Siempre se están preparando para algo, en lugar de pensar en lo que hacen y si quieren hacerlo.
No me gusta racionalizar el sadismo, pero no puedo negar que a veces sientes que estás mordiendo el cuello adecuado. Localizas al niño o la niña que anotaste mentalmente. Sus padres, que pasean por cubierta, le han dado permiso para ir a ver al enfermito. La familia cree que controla la zona, que ya conoce los tránsitos. Y sobre todo creen que no hay serio peligro, porque las vacaciones raramente funcionan como descanso; funcionan como desahogo, funcionan como lapso en el que perder, aunque sólo sea un poco, el miedo habitual a la vida, al futuro. A esto hay que sumarle que nadie apuntaría “vampiros” en una lista de motivos por los que los críos desaparecen. Lo que intento decir es que, estas familias, en su mayoría nucleares, suelen leer su propio miedo de la forma más equívoca posible. En el fondo, lo que les está aterrando, no es su propia inseguridad, ni la posibilidad de arruinarse, ni siquiera la idea de que les pueda pasar algo a sus hijos. Lo que más les aterra con diferencia, aunque sea a un muy efectivo nivel subconsciente, es que el mundo cambie.
La lección que con más convicción han aprendido –sea cierta o no–, es que las cosas sólo pueden empeorar.

Tengo que procurar estar al fondo de ese agujero.

Esta vez, sin embargo, topo con poco habituales variaciones. Llamo variaciones a ese tipo de imprevistos que se dan muy raramente con los tránsitos de los adultos. Las personas de determinada edad, las que no son niños y tampoco ancianos, las que están ahí, en medio, tomando las grandes decisiones, “ayudando” a crecer o a morir a los demás. O en general intentando ser discretos, o contribuyendo a un mundo más caótico o destructivo. Esas parejas entre los treinta y los sesenta. Pues bien, esa gente suele ser absolutamente predecible. Da igual lo que hagan (fidelidad, aburrimiento, cuernos, hijos, maltrato, parricidio…), nunca hacen nada que no se haya hecho ya millones de veces en ese lapso vital. Excepto estar realmente conformes, o intentar ser felices o sinceros para consigo mismos, cumplen con todo el programa. Van de A a B, luego a C, y luego vuelven a A. Algo así como de la cama al coche, del coche a la silla de la oficina, y de ahí otra vez a la cama. Todo salpimentado con fines de semana ahogados en tópicos (por fin es viernes, ahora es sábado, ya-es domingo-me-quiero-morir…), y una actitud que dice: Si no eres como yo, a Dios vas.
Eso no suele variar nunca.
Hasta que lo hace.
Cuando me pongo a seguir una mañana a uno de los críos –que estoy bastante seguro se vuelve solo a hacer compañía a un amiguito moribundo–, veo que un tío de unos cuarenta tacos parece hacer la misma ruta que yo.
¿Dónde coño vas? Creo que lo digo en voz alta.
Comenzamos a recorrer pasillos solitarios a esa hora (casi mediodía). Él siguiendo al crío, y yo siguiéndolos a ambos.
Entonces el tipo empapa un trapo con lo que supongo es cloroformo.

Variación de baja intensidad: El pederasta.

No intento rebajarle. Lo de baja intensidad no es porque el asunto carezca de gravedad, sino porque la pederastia y la pedofilia son prácticamente tópicos inherentes (o al menos cercanos) a los núcleos familiares más comunes. Quizá generalmente el pederasta no vaya a por sus hijos, pero sí a por todo lo demás. Todo lo que no debería hacerte pensar en sexo.
Nunca he hablado con uno, lo que remueve mi curiosidad.
Como no podía ser de otro modo, carga el cuerpo del muchacho (unos ocho años) hasta la zona de la sala de máquinas. No es un aficionado, sabe que la hora de comer es una buena hora para portarse mal. Habrá un personal mínimo, pero muchos recovecos, y alguna que otra compuerta que se pueda cerrar.
No parece su primera vez. Tampoco en un crucero.
No soy nadie para dar discursos morales, ni para alimentar ningún tipo de ética o estética del Bien. Pero yo no hice al vampiro. Ni tan siquiera me llamaba vampiro antes.
Antes éramos más bien innombrables.
Cuando estoy dispuesto a afrontar algún tipo de conflicto, buscado o no, siempre me ataca la nostalgia. Lo más extraño de no morir, es que pareces adquirir un instinto para dirigirte a donde acontecen los puntos de inflexión históricos. Nunca tengo con quien fardar sobre esto, pero Bram Stoker era un cocinero horrible (porque nunca cocinaba para sí mismo…), Maria Antonieta una niña tan ignorante como encantadora, y Colón un ser mezquino en sus últimos días.
La lista es larga, y a lo largo de la Historia (ahora ya casi nunca), este tipo de personalidades que jamás morirán en la memoria, parecían saber intuir –y apreciar, igual que tú en ellos– quién estaba siendo anfitrión de un demonio o un genio.
Durante el siglo XIX, empero, hasta los vampiros comenzaban a ignorar quiénes eran de su especie y quiénes no.
Yo procuré que mi radar para lo extraordinario no se oxidara. No es ningún tipo de poder, no parece que mi corazón vuelva a latir. Simplemente veo a alguien, y en unos pocos segundos lo sé.
¿Que qué sé?
Me pasa lo mismo con el pederasta. ¿Quién es este tío? ¿Es alguien? ¿Lo será? La mayoría de gente jamás llega a ser alguien; y no me refiero a que no cambien el mundo ni lo vuelvan del revés. Nunca llegan a ser alguien ni para sí mismos.
Pero algo subyace a la presencia de este ser, al que observo cómo con el crío en brazos se dirige a cierto habitáculo, seguramente el que algún trabajador usa para dormir.
Antes de que se cierre una suerte de escotilla, meto el brazo. No se da cuenta de nada, tampoco el crío. Sé pasar inadvertido en los lugares más estrechos. El hombre deja el paño y la botella en el suelo, casi al tiempo que yo hago uso de ellos para dejarlo grogui.

Cierro la escotilla tras de mí. Tengo que reducir al niño cuando vuelve en sí; deja pronto de patalear. Se acurruca en un camastro apestoso.
Espero a que el pederasta despierte. No es fácil tener la agilidad suficiente como para salir enseguida de semejante zulo. Aun así, uso una silla de madera, de tijera, la única disponible, y me siento obstruyendo la salida.
Es cierto que los niños saben sospechar cuándo está pasando algo que sus padres no consideran posible. Si algo aprenden todos los mayores ahora, es retórica, a buscarle interesadamente las vueltas a todo, y a poner excusas. Les podría violar un extraterrestre, darles hijos verdes con antenas, y seguirían diciendo que vaya con la pesadilla que tuvieron. Pero los niños no. Pueden dejar de creer en los Reyes Magos, pero siguen atisbando una Realidad en la que sus padres hace mucho dejaron de creer.
Por eso el niño ni tan siquiera llora, no llama a sus padres, no hace preguntas. No es que sonría ni lo esté pasando teta, pero es consciente de que ahora habita en la Realidad que está bajo la que le han enseñado. Un crío no tiene “creencias”, no reparte panfletos, simplemente asume de forma natural y resignada que no puede controlarlo todo.
Cuando estoy presente en lo que los vivos llamarían una situación tensa, soy más consciente del protector solar. Creo que es porque lo único parecido a una situación tensa para mí, desde que me mordieron, es cuando estoy decidiendo si verbalizar en serio lo que soy.

El tío vuelve en sí. Me alerto, pero en ningún momento hace gesto brusco alguno. Sólo parece sentir curiosidad, además de resoplar por haber sido pillado. Rápidamente, sin yo decir nada, se viene abajo. Comienza a lloriquear.
¿Está actuando?
No le pregunto si sabe lo que hacen con los de su calaña en la cárcel. Aunque juraría que a estos tíos los juntan a todos en el mismo módulo. No le echo nada en cara, ni le llamo enfermo.
Lo que parece inquietarle aún más. Podría pensar que soy el padre del chico, y que estoy tan calmado porque lo tengo acorralado, y nada va a impedir que lo torture.
Digo:
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–…
Me tengo que armar de paciencia durante un rato, porque el tío tarda en decidirse a decir mu.
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–Sí…
–Es fácil, ¿verdad?
–…
–Te quedas enseguida con las caras y…
–¡¡Quién coño eres!!
–Tranquilo… Si gritas esto va a acabar antes de lo que yo querría.
–…
–Luego te va a parecer raro, pero nunca he hablado con alguien como tú.
–…
–Quisiera decir que no tenemos nada en común. Pero la verdad es que somos bastante parecidos.
–Por favor…
–¿Quién crees que soy?
–No le iba a hacer nada al crío, lo prometo.
Cabeceo hacia la botella y el paño. El tío lloriquea con más intensidad.
–¿Lo haces cuando aún están inconscientes? ¿Te corres enseguida?
–Por favor…
–¿Me quieres decir quién crees que soy?
–No quiero nada, yo…
Me irritan las pausas, pero con este tipo no hay más remedio que respirar hondo.
–Lo que no quiero –digo– es que te muevas. No quiero ni que te muevas ni que grites. Ni que te hurgues en los bolsillos ni hagas movimientos bruscos
–Está… Está bien.
Tenemos una precaria fuente de luz, lo cual me anima un poco.
–¿Comes carne? –le pregunto.
–¿Que si… como carne?
–Supongo que a los críos sólo te los follas. Digo que si comes carne, chuletones, bistecs, hamburguesas…
–Sí… Sí, como carne.
–Creo que puede ser interesante ver cómo superáis la fase del especismo.
–…
–He conocido a una chica que no come carne. Es inteligente, te gustaría. O puede que no… Lo que es seguro es que tú no le gustarías a ella.
–…
–¿Has asesinado alguna vez a un niño?
–¿Qué? No.
–¿Quieres asesinar a uno?
Me dirijo al niño:
–¿Cómo te llamas?
El crío me dice su nombre.
–¿Quieres ponerte de pie? Ven aquí.
Se incorpora, le guío y le pongo de cara al pederasta.
–No me has contestado –le digo al tipo.
–No quiero matar a un crío, no quiero…
–Espera. ¿Ese es tu límite?… He pensado más veces en esto. No sabes quién soy, lo que soy, pero yo sí lo he hecho, he matado a muchos niños, y a muchas niñas. A estas alturas puede que a cientos…
–Estás loco, quiero irme de aquí.
–… le dijo la sartén al cazo… ¿Es así? Nunca me ha gustado cómo se oxida el lenguaje.
–No sé quién eres, pero quiero irme de aquí. Ni siquiera sé si eres poli.
–¿Parezco poli?
–…
–Los polis son quizá las personas más torpes y manipulables que hay. Mucho más que este crío. ¿Sabes por qué no se revuelve este crío?
–…
–Porque sabe que es inútil.
–…
–Sé que he dicho que nos parecemos, pero aquí somos los tres muy diferentes a cierto nivel, incluso tú y yo. Eso siempre me resulta interesante. Lo que quería decir, es que me asquéas. Pero claro, es irónico adimitirlo. A no ser que uno se pregunte qué es peor, si matar a alguien o destrozarle la vida.
–Yo no mato nadie.
–No, sólo los dejas emocionalmente tullidos, arrastrando miseria hasta que se los lleve la misericordia.
–…
–¿Me puedes decir quién eres?
–¡¡Dime quién eres tú!!
–…
–¡¡Quién coño eres!!
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–Estás tarado.
–No. Sólo he vivido mucho más tiempo que tú. Empiezo a creer que no sabes quién eres…
–Por Dios, sólo quiero…
–No bromeo. De verdad creo que no sabes quién eres, o quién vas a ser.
–No sé de qué coño hablas.
–¿Te postulas a algo? ¿Política? ¿Estás planeando algo? Ayúdame, no me siento en el camino…
–No soy… nada.
–Ya sé que no eres nada, eres menos que nada, y da igual lo que hagas, nunca va a ser distinto. Lo que te pregunto es si tienes algo en perspectiva.
–No. No tengo nada. Soy funcionario, no tengo familia.
–¿Me puedes dar tu cartera? Ya puestos, vacíate los bolsillos.
–No. No pienso hacer eso.
–Así que hombre de familia, delincuente y con ambiciones. Antes los que eran como tú mentían mucho mejor, te lo aseguro.
–…
–No te recomendaría el mundo de la política, pero los tíos como tú sois mi televisión, mi Internet, mi enlace con la Historia.
–Oye…
Sin solución de continuidad, lanzo una dentellada al cuello del crío, que no reacciona en modo alguno. Un muñeco. Frunce el gesto, y no tardo mucho en hacer que se le pare el corazón y se empiece a enfriar.
Práctica.
El tío al principio mira horrorizado, y luego su cara adopta un semblante neutro, como si recordase quién es y lo que quería hacer. Su camisa blanca, su chaqueta, de extraño diseño ambas, quedan rociadas de salpicaduras rojas.
Un vez acabo, no siento que haya logrado el efecto deseado, aunque haya comido bien.
Con la barbilla empapada de sangre, digo:
–¿Me vas a decir quién eres?
A lo que él, sin yo poderlo haber anticipado en modo alguno, dice:
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–…
–Si quieres que esto avance, necesito meter la mano en mi bolsillo.
Alguien empieza a aporrear la escotilla, cerrada desde dentro.
¡¡Eh, quién hay ahí dentro!!
El tío saca un aparato similar a uno de esos teléfonos inteligentes. Me dice:
–Dime una fecha, la que quieras, y un lugar, y agárrame la mano.

Obviamente, estos viajes le permiten llevar determinado estilo de vida. Cada cual elige los suyos. Claro que unos tenemos más limitaciones que otros. Cuando aún no he entendido del todo lo que ha pasado, me encuentro viéndome a mí mismo morder a mi tía Teodomira.
Salimos de la casa, el tío no me suelta la mano; mi otro yo nos grita. El tío me dice que ahora tengo que entender y –aún más difícil– aceptar, que él puede reproducir o provocar un agujero de gusano, un puente de Einstein-Rosen. Que es un paso más, porque yo estoy, pero él salta. Que ha sido el primero en lograrlo. Que estoy equivocado. Todos lo estamos. Ahora tengo que aprender otro montón de palabras nuevas, asumir que un personaje histórico es pederasta, y perseverar para mantenerme donde quiero, en el fondo del agujero.

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6 comentarios en “El fondo del agujero

  1. ¡Vaya! acabo de comprender eso que dice el vampiro, Emerico, David o el payaso… Decía que equivocarse provoca placer, ¡pues yo no lo creía!, pero he tenido que leer el relato para llegar a ese nivel de entendimiento. No me gustan los cruceros, ni los payasos, ni los vampiros, y ha sido un placer leer esta historia tan trabajada y sorprendente que has preparado para el fin de semana. Muy chula, otro reto, ¡a ver el siguiente!, aunque te confieso que siguen sin gustarme los cruceros, los payasos y los vampiros.

  2. Este relato me ha encantado, con tu permiso lo comparto. Se lo leeré a mi hermana mañana 🙂

    Saludos, y muchas gracias por tu visita y huella en mi casa/blog 😉

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