25 proyecciones innecesarias (3 de 25) – Calabazas

Hola, Álvaro.

No me importa dar una explicación, aunque hay quien diría, no sin razón, que no hace falta.
Este correo es para pedirte que POR FAVOR ceses en tu insistencia de conseguir algo de mí. (Algo más que esto, quiero decir.) No te voy a decir que no tenemos nada en común, aunque no lo tengamos. Y no es que lo físico sea irrelevante como motivo para iniciar una relación, pero creo que tú y yo tenemos ideas distintas sobre la estética. Por si se da el caso de que eres de cierta recurrente manera, te aclararé que no, no soy lesbiana. Así que no es que tú seas necesariamente feo, o yo lesbiana, o que no tengamos nada en común. Tampoco voy a decir que las relaciones fugaces o largas tengan que basarse por completo en un sentimiento irracional.
Quizá si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, no te hubiese rechazado de plano, y puede que hasta hubiésemos tenido sexo un puñado de veces. Pero lo cierto es que, aunque no puedo decir exactamente por qué las cosas son así, en esta realidad NO me atraes.

Desde el principio, surgió un tablero de juego en el que todos parecían conspirar para que acabásemos juntos. Justo cuando me percaté de eso, el porcentaje de racionalidad que nos podría haber acercado, desapareció para mí. Justo desde ese instante, el único modo de que yo te hubiese dado cancha, hubiese sido el que me sintiera irracionalmente atraída desde cualquier ángulo.
En ningún momento he visto que intentaras poner freno a ese proceso; incluso has enviado mensajeros (casi a caballo) para decirme cosas, en lugar de decírmelas tú. Has recurrido a todas las tretas basadas en el principio de que la insistencia siempre es una buena idea.
He percibido no acoso, pero sí algo que me repele por igual: estrategia.
Has erigido un monumento a la no naturalidad; a la naturalidad prefabricada; al oxímoron de la espontaneidad planeada.
Siempre me he sentido muy incómoda cuando estabas en el grupo, y creo que has confundido (tú y todos) mis reservas con atracción.
Hay una serie de comportamientos que mucha gente asocia a los preliminares de una relación, y tú cometes el error de ser creyente.

Dudo mucho que a estas alturas aún sigas leyendo, pero si lo haces estoy segura de que ya no te atraigo en absoluto.
Yo no estoy para convertir a nadie en Celestino o Celestina. Soy reservada. No es algo que haya decidido, simplemente es así. Mi vida no es un puñetero entretenimiento para los demás, y siempre voy a luchar por que siga así.
No estoy para entretenerte con ciertas intimidades a ti, ni a tus amigos, ni a los míos. Estoy para compartir, pero nunca para airear facultades o miserias.
Puedes pensar que soy estirada, estrecha o cualquier otra figura física o geométrica que se te ocurra. O puedes creer que me reservo para “alguien especial” (aunque te aseguro que no soy virgen); o que tengo miedo. Esa suele ser la conclusión de muchos y muchas si no haces lo mismo que ellos en el mismo momento que ellos: el miedo.
Te puedes aferrar a esto si quieres: Estoy aterrada. Más o menos todo me da miedo. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que no me atraigas. Ni el hecho de que no me atraigas significa que te odie. Ni el que no te odie, quiere decir que dejo una puerta abierta.
Lo hagan o no, la intención de estas líneas tampoco es humillarte. Sólo podría ser así de verdad si compartes este correo o lo largas todo, como por otra parte casi todos y todas soléis hacer con vuestro “cajón de la ropa interior”.
Sólo intento que me dejes en paz. Que no envíes a nadie a hablar conmigo, y que tampoco me hables tú.
Ni siquiera necesito que me entiendas. Cuando escribo lo hago más bien para entenderme yo. Podría seguir cinco páginas más con esto, y cuanto más escribiera, más iría esto de un diálogo conmigo misma.
Cada letra hace que te tenga un poco menos en cuenta.
Tampoco saques la conclusión de que escribo para convencerme de que no me gustas. Ni decidas que no dedicaría tanto tiempo a ello si no sintiera nada por ti. Claro que siento cosas por ti, pero ninguna que te sume puntos, y cualquiera de ellas relacionada con una violenta pereza.
Te pido por favor que olvides todas las teorías populares en cuanto a relaciones se refiere.
Has conseguido que deje de mostrarme indiferente, pero nada más. Y ni siquiera es exactamente por ti, sino más bien por todos los que sois así. Y te aseguro que sois legión. Es como si le estuviera escribiendo al portavoz. Dejadme en paz, dejad de ser tan sociables, tan simpáticos, tan dialogantes, tan “cuidadosos”. Si me preguntas a mí, el único motivo por el que ligáis con otras, es la cantidad de cosas que hay que mejorar aún en este mundo.
Déjame en paz. No quiero ser tu pareja, ni tu amiga, ni me impresionan todos tus méritos, ni tu coche, tu forma de vestir o tu ambición. Todo eso sólo te hace aburrido a mis ojos. TREMENDAMENTE aburrido.

Si esto acaba resultando una anécdota que puedes explicar en el futuro, regálate pensando que yo estaba loca y tú sólo eras un tipo sencillo. Y reza por que jamás te transforme un vampiro o algo así, porque si el mundo mejora, conocerás formas de soledad que te harán soñar con estacas.

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