25 proyecciones innecesarias (4 de 25) – Efebos

–Estoy seguro, señor Stevenson, de que le satisfará. Es más, estoy en condiciones de prometérselo.
–Me disculpará, pero ya he oído eso antes, y generalmente las decepciones siempre vienen precedidas de promesas.
–Ya me habían advertido de su…
–No se moleste, no es nada personal. Me gusta esta estancia, por cierto.
–Me alegra que sea de su agrado, en realidad es la casa familiar, nos observan varias generaciones. Longdale no es la casa más popular de la zona, pero sí una de las más respetadas.
–No dudo de su palabra, aunque espero que por nuestro bien nos nos observe nadie hoy.
–Me habían advertido sobre su sentido de la ironía.
–Ahora más bien me refería al servicio, que estoy seguro conocerá muy bien el significado de la palabra discreción.
–No debe preocuparse. Se lo prometo. O no, como desee.
(Los señores hacen tiempo con sendos puros. Cinco minutos después el señor de la casa lleva a su invitado a la zona común.)
–¿Está seguro, señor Evan, de que no es esta estancia demasiado amplia para nuestro propósito?
–¿Disculpe, señor Stevenson? ¿Demasiado amplia?
–No tiene importancia, imaginaba algo más recogido, ¿quizá con menos luz?
–El asunto de la luz tiene arreglo. En cuanto a la estancia, le aseguro que es más acogedora que su primera impresión.
–Entiendo.
–Ya debería estar en camino nuestro… efebo. Le dije a la Madame muy claramente que no admitiría retrasos.
–No me quejo jamás de los retrasos, siempre que el pedido sea el que proyecta mi imaginación.

(Ambos señores se sonríen. Pasa media hora.)

–¿Lo ve usted? Estoy seguro de que jamás ha hecho uso de una cavidad tan estrecha.
–Ugh… Me veo en la obligación de darle la razón. Supongo que… ugh… ugh… supongo que quedó claro que el servicio es completo.
–Tan completo como que la raza humana se extinguirá algún día.
–Oh… Bien… Está… bien…
–Puede hacer uso de toda su fuerza. No escatime en brutalidad.
–Ugh… ¿Su señora bien, por cierto?
–Mi señora marchó esta mañana a Londres, no hay de qué preocuparse. Probablemente ella esté haciendo algo parecido en estos mismos instantes.
–Oh… Creo que… creo que…
–No se preocupe por eso, se limpiará.
–Creo que…
Acabe dentro si quiere, cuando quiera. Yo estoy algo más que listo.
–Ya veo que… veo que su pantalón habla por sí solo.
–Toda agresión está permitida, permítame insistir en ello, sólo espero tenga la misericordia de dejarme disfrutar mi turno antes de pasar a mayores…
–Creo que… Ohhh, oh… ogh…
–¿Bien?
–Oh… oh… ugh…
–…
–Magnífico… Esplendido…
–Sabía que sería de su agrado.

–Magnífico… Oh… Un ejemplar magnífico… Terso y silencioso.
–¿Me permite?
–Adelante.
–¿Sabe que antes me repugnaban las heces?
–¿Lo dice usted en serio?
–Hasta se lo prometería.
–La heces son una buena metáfora; casi diría metáfora y literalidad a la vez. De lo que estamos haciendo.
–Mmh… No podría estar más de acuerdo.
–He manchado su suelo.
–Nhhmm… No se preocupe, ni usted ni yo lo vamos a limpiar.
–Veo que no miente en cuanto a las heces.
–No sólo no miento, además ahora siempre me gusta organizar esto con un compañero bien dotado (si se me permite el cumplido). No me gusta demasiado atacar un efebo completamente limpio y sin macula.
–Entiendo.
–Creo que necesito penetrar ya.
–No le importa si mientras observo…
–Oh, no, por supuesto… Uhg…
–Es maravilloso su silencio.
–Y su… su piel, su blancura.
–¿Su edad?
–No la pregunté…
–Es… es lo mejor.
–Me gusta cuando no erectan…
–Me suscribo a sus gustos. Un efebo… debe ser impersonal.
(Después de terminar el señor Evan, ambos inician una sesión ininterrumpida de vejaciones y golpes para contra el efebo. El señor Stevens, con no poca habilidad, vacía las cuencas de sus ojos con los dedos. Ambos –sin arma blanca de algún tipo, sólo con uñas y dientes– lo destripan y manipulan sus órganos internos. El corazón aún late un momento cuando pasa de mano en mano. Y un largo y gráfico etcétera.)

–No sé cómo lo prefiere usted, pero me gusta tomar el té antes limpiar y limpiarme.
–Creo que es coherente para con el momento.
–Me deja más tranquilo.
–Debo felicitarle por la profesionalidad de su sirvienta. No le ha temblado el pulso lo más mínimo al entrar con la bandeja. Pareciera que incluso sabía el momento justo para servirnos.
–Le confieso que creo que no pago lo suficiente a esa mujer.
–¿Cree que tiene miedo?
–Creo que está aterrada.
–Como todo buen profesional.
–No hay nada que respete más que a esas personas que conocen y aceptan su posición en el mundo.
–Admirable.
–Aunque le advierto que no es la primera ni la segunda vez que se encuentra con este panorama.
–Comprendo.
–No deja de impresionare la dignidad con la que mueren.
–Es todo una cuestión de educación, supongo.
–La dignidad con la que sirven y con la que mueren.

–Sé que no lo he mencionado aún, pero me gustaría encargarme de la mitad del pago.
–Oh, no, en absoluto, es usted mi invitado. Y no sabe cómo aprecio a quienes no sepultan sus instintos bajo capas y capas de modales.
–Vaya. Tampoco diría que usted ande carente de ellos.
–¿Disculpe?
–Bueno, es alguien cuyos modales no tienen nada que envidiar a los de la realeza.
–Lo cierto es que no los elegí, como no elegí el idioma, a mis padres o el lugar en que nací. Pero espero que mis actos digan más de mí que mis palabras.
–Supongo que lo hacen.
–Mi padre, aun así, me dio el consejo más importante que he recibido; y por más tópico que suene, lo hizo en su lecho de muerte.
–Me tiene en ascuas.
–Me cogió de la mano, me miró a los ojos y me dijo: Hijo, aprende a trascender la maldad.
–Vaya…
–¿Qué le parece?
–Creo que era un hombre sabio.
–Lo era. Yo aún era muy joven, y obviamente no entendí lo que quería decirme.
–Entiendo.
–Y ahora mire a su alrededor. Lo que hay en esta habitación es tan auténtico como lo que encontrará si va más allá de los jardines de esta casa.
–Supongo que lo que su padre quería decir, versaba sobre trascender la moral.
–Más amplio aún: era sobre trascender la conciencia.

–¿Tiene más de esas pastas? Son deliciosas.
–Por supuesto. Déjeme avisar a la criada.
(El sol declina.)
–Deliciosas, sin duda.
–Su señora… en fin, ¿sabe de sus gustos?
–Lo cierto, amigo, es que no tengo ni idea. Lo cual supongo significa que sospecha algo.
–El dinero.
–Sí. Vaya, es admirable su rapidez. En efecto, aunque sospeche, jamás hará por saber, porque jamás renunciará a lo que tiene, ni a la mitad, ni una décima parte.
–¿Puedo hacerle una pregunta personal?
–Dada su generosidad, debe.
–Alguna vez… en fin, ¿alguna vez ha fantaseado con…?
–Hable con claridad, no haga como todos, amigo. ¿Que si he fantaseado con destriparla?
–…
–La verdad es que no demasiadas veces. Alguna vez me he preguntado cómo sería. Obviamente disfrutaría de su expresión de horror al principio. Pero creo que nunca lo haré. Me invade una tremenda sensación de pereza al pensar en la forma, el modo, el plan. Ya me entiende. ¿Usted?
–Yo fantaseo con ello todos los días. Por raro que suene, por una vez me gustaría que la víctima ofreciera resistencia, y que esa víctima me conociera bien. El hecho de que aprecie de verdad a mi esposa, lo hace aún más apetitoso, porque obviamente ella no ha trascendido su conciencia. Y sobre todo porque ella me quiere.
–El placer de destruir a quien te quiere, supongo.
–Creo que si no lo he hecho, es porque ni tan siquiera es algo nuevo. La gente lo hace todos los días. Relacionarse es la auténtica condena, esos barrotes son indestructibles.

(Noche plácida. Ambos señores duermen en la casa ante la insistencia del anfitrión. Al amanecer, surge una idea.)

–Conozco a ese hombre ¿sabe?, y hace tiempo que tengo ganas de aprovecharme de sus servicios.
–¿Dinamitero?
–Sí, versado en todo lo concerniente a reducir el entorno a cenizas.
–Y, si me permite la indiscreción, ¿qué haría con toda esa dinamita?
–Ironía. Es uno de los mayores placeres al que hombres como usted y yo tenemos acceso.
–Debo decirle que, cuanto más le trato, más convencido estoy de haber hecho un amigo, y no solo un compañero de juegos.
–Parece que me lee el pensamiento.
–Después de haber pasado un día en Longdale, no me cabe la menor duda de que esa dinamita volverá a su lugar de origen.
–Puede que sea algo sentimental por mi parte.
–¿Eso cree?
–Puede que piense en mis padres, en el pasado, en la imposibilidad de volver a tener eso.
–Pareciera que usted no piensa nunca en términos de bienestar y placer.
–Pienso más bien en el sentido.
–¿En hacer que las cosas lo tengan?
–Más bien en doblegarlo, controlarlo, localizar su núcleo cada vez, y no tener piedad.
–¿Y el amor? Si me permite la duda.
–Tenga en cuenta lo que hicimos ayer. Piense en las moscas. La ironía.
–Creo que me pierdo.
–La ironía es la mejor arma. Porque aunque los demás no me entiendan, aunque pueda estar perdido en la inmensidad de mi percepción del mundo, soy capaz de verlo.
–¿Intentará asesinarme algún día?
(Sonrisa.)
–Reconózcalo, si usted pensara que eso es imposible, no me estaría considerando como amigo. Piense en las moscas. Piense en el dinamitero. O en los efebos.

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