25 proyecciones innecesarias (5 de 25) – En mi cabeza funcionaba

Estaba sudando a chorros, llegué tropezando por el jardín de la casa de sus padres. Venía de haberme perdido con el coche, dando vueltas por la urbanización, con todas las casas iguales, como si estuviese en una maqueta, todo tan bonito como artificial en cierto modo. Belleza estudiada como la fruta de aspecto homogéneo de los supermercados. Y pensando un día más: La gente es idiota. También los padres de mi novia.
Estaba empapado, asqueado de mí mismo. Era domingo, estas cosas se hacen en domingo, supongo. No conozco los protocolos, ni hago jamás un esfuerzo por conocerlos; así que cada vez que me veo obligado a entregarme a ellos, lo tengo que aprender todo otra vez. Siempre me da la sensación de que lo único que todo el mundo sabe y controla (y lo que parece ser define a un Adulto), es lo que a mí menos me motiva con diferencia de estar vivo. Las maneras, las inercias, la actitud “correcta”. Fingir, actuar, poner caras, ser decidido, hacer preguntas, saber encajarlas…
Por algún motivo que se me escapa, era una buena idea conocer a los padres de mi novia. Llevábamos algunos meses juntos, puede que algo más de un año. Otra cosa que jamás hago es controlar fechas y acumular aniversarios, coleccionar efemérides y alimentar de ese modo tan popular el zurrón de la nostalgia. No es que no lo haga porque evite hacerlo, pero además da la casualidad de que no quiero tener la sensación de estar atesorando vivencias que poder recordar cuando tenga un pie en la tumba. A veces oigo a algunas personas hablar, y parece que te expliquen sus “aventuras” como si el hecho de haber hecho cosas sólo tuviese sentido por ese justo instante en que pueden contarlas y adornarlas. Muchas veces creo que avivar demasiado la conciencia, es una mala costumbre del ser humano.

Creo que llegué a la hora adecuada. Ella estaba dentro con sus padres. Estaban esperando, se supone. ¿Cómo puedo poner en palabras hasta qué punto me era indiferente la existencia de sus padres? Es más, ¿quién en su sano juicio puede pensar que conocer a más personas cuando estás a gusto, es una buena idea? Es decir, ¿cómo iniciar una relación con los padres de tu novia puede ser inteligente en sentido alguno? ¿Cómo algo que SÓLO suele ser fuente potencial de momentos aburridos, incómodos o desagradables, ha de asumirse como un paso natural en una relación? A estas alturas es cuando entran a saco en tu mente los tontos de la retórica. Puedes justificar lo que sea ejercitando el músculo de la retórica. Sólo necesitas la voluntad suficiente. No necesitas tener razón; ni ser sincero para con tus sentimientos; ni tan siquiera necesitas decir nada con mucho sentido. Sólo necesitas vocabulario y sonar contundente; cabreado a poder ser.
Has de hablar como si todo lo que dijeses se sustentase en verdades absolutas.
Se supone que conocer a los padres de tu novia tiene sentido porque tu novia quiere a sus padres, porque son su familia, su entorno de, digamos, vital importancia. Se supone que te ha de importar todo eso, y que eso denota sensibilidad. No lo estoy explicando bien, no soy un gran dominador del “arte” de la retórica, pero seguro que veis por donde voy.
Es una especie de comunión familiar basada en algún tipo de chantaje emocional nada fácil de catalogar.
Un rollo muy retorcido, como casi todo lo relacionado con familias nucleares, televisores enormes, abuelos aún vivos y cruces en la pared.

Durante la comida, nada fue muy incómodo o violento, y a la vez todo transcurría en un ambiente muy lejos de ser relajado. Era una de esas situaciones en que te encuentras en una especie de Limbo del Estado de Ánimo, demasiado concentrado para no cagarla, demasiado predispuesto a mostrar alguna versión deluxe de ti. Borracho de eso. Ofreces a esas personas extrañas una Edición Limitada de tu “material”. El montaje del director. Es como estar en una entrevista de trabajo más allá del año 2005, no tienes nada que ganar.

Crees que estás siendo tú mismo, pero no, ni de coña.
Ves los rasgos de tu novia repartidos en dos caras viejas. No es agradable.
Luego hablas con ellos, y te das cuenta de que no parecen malas personas. El padre te odia en el fondo, claro, y se le nota, pero no tiene opción: Eres el idiota que viene a finiquitar sus años dorados (los de verdad). Y lo era, yo era un idiota, y lo sigo siendo; porque no se trata de lo que yo sea, eso es irrelevante. Se trata de quién te mira y cómo cree que le vas a joder.
Y le jodí. Llegué para joderle. Empecé justo ese día, existiendo, dejándole claro qué edad tenía –muy por debajo de los treinta, a la gente le traumatizan los treinta– y qué perspectivas. Mi sola presencia, provocada por las costumbres, la tradición o este tipo de inercias absurdas que yo no entiendo, le comenzó a hacer sentir mal. Yo era parte de una nueva generación de idiotas de la que él ya estaba lejos de formar parte. No teníamos nada en común, ni siquiera me gusta el fútbol. Nada en común.
Aun actuando, yo pensaba ese día en todas esas cosas. La madre no parecía en exceso turbada, aunque obviamente hacía su papel de Meryl Streep en ‘Los puentes de Madison’ (ama de casa preocupada y disimulada-vaga-profunda-controladamente frustrada). Pero el padre se consumía por dentro a plena vista.

Después de comer, alguien mencionó la posibilidad de pasar un rato en el jardín tomando algo.
Allá que fuimos.
Ahí fue cuando todo se torció.
Había una mesa de jardín y varias sillas, estábamos en pleno agosto. Era un día caluroso, pero si no te movías ni respirabas, no se estaba tan mal.
Achaco mi comportamiento al agotamiento. Llevaba unas dos horas interpretando a una especie de Hamlet humilde, una aberración, esa clase de tío que te quiere convencer de que sabe hacer las cosas. Pero ni yo mismo era consciente de ello en esos momentos. A sus padres les gustaba (toleraban) esa versión de mí, pero como yo me había conseguido engañar a mí mismo, se me soltó la lengua y me comencé a sincerar.
Yo no pensaba que lo estuviese haciendo desde cero, creía de verdad que ya me había preparado el terreno.
Les comencé a recitar mis ideas sobre este tipo de encuentros, yo pensé que con sentido del humor, pero no tuve en cuenta que hay personas que crecen sin sentido alguno de la ironía; ni tan siquiera saben lo que es, y cuando usan el sarcasmo lo hacen porque han visto a alguien en la tele actuar así. Todo eso, sumado a que yo no soy ningún humorista, ni hábil en las primeras veces con nadie, hizo que la madre callara, y el padre decidiera sincerarse también.

Lo primero en lo que pensé luego, fue en el dentista. En el dinero que me llevaría arreglar lo que acababa de pasar. El terrible secreto, es que la idea de conocer a los padres, yo a los suyos y ella a los míos, había sido sobre todo mía. Hasta ese punto me gustaba ella, y hasta ese punto me gusta aún. Hasta llegar a los puños de mentira, hasta fantasear con perseverar en la aceptación de los protocolos, hasta el punto de ficcionar una visita que acaba mal, otro pequeño mito personal que echar al montón. Por la vía de la ausencia, acuesto esto con toda calma en el regazo de la ambigüedad. Nadie me podrá convencer de otra cosa. Sé que en mi cabeza funcionaba.

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2 comentarios en “25 proyecciones innecesarias (5 de 25) – En mi cabeza funcionaba

  1. que complicado y es una situación bastante común !
    Qué podemos hacer?
    me encanto este párrafo, *Les comencé a recitar mis ideas sobre este tipo de encuentros, yo pensé que con sentido del humor, pero no tuve en cuenta que hay personas que crecen sin sentido alguno de la ironía;

    Siempre me pasa jejeje

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