25 proyecciones innecesarias (7 de 25) – Tontos del culo

Casi nunca eso que llaman madrugar me ha traído nada bueno. La mayoría de veces ha significado ceder, callar, cumplir una orden. Casi nunca ha tenido que ver con una decisión personal. Al final no se trataba exactamente de madrugar, obviamente, sino de la obligatoriedad de una acción a una hora asociada. Y puedes acostarte tarde, claro; si por la noche estás haciendo algo que te gusta hacer, y siendo un momento en que tienes margen para hacerlo y nadie te va a obligar a acostarte temprano, claro que te acuestas tarde, joder. Con lo que, eso que llaman madrugar, se vuelve aún peor. Todo lo relacionado con lo que llaman madrugar, a no ser que seas un tonto del culo, sabes que tiene que ver con un orden e ideas ajenos a tu bien; tiene que ver con decisiones que toman personas que no madrugan ni de coña, y que probablemente se bañan en piscinas privadas con forma de coño.

Los tontos del culo son fáciles de detectar. Son esas personas que te hablan de las maravillas de madrugar. Da igual que tú duermas las mismas horas que ellos, ellos creen que lo hacen mejor porque se acuestan a las doce y se levantan a las siete. Tontos del culo, que no saben por qué hacen lo que hacen ni por qué dicen que es mejor hacerlo así. Tontos del culo: asumen un reglamento y creen que si lo cumplen son buenos y dignos. Los tontos del culo tienen tendencia a creerse de algún modo el centro del Universo. Creen que los inventos del hombre definen la percepción más precisa.
Los tontos del culo duermen tres horas, van por ahí en su coche a toda pastilla, y se creen de lo más responsables. Si te has levantado a las siete, nadie te puede multar, Dios no te puede castigar, ningún jefe te puede humillar.
Un tonto del culo es un creyente, aunque a menudo sea ateo.
Cree más o menos en todo menos en sí mismo; y suele morir décadas antes de que celebren su funeral.

Recuerdo cómo de crío, o no tan crío, me despertaban para ir al colegio. Estaba casi siempre quejoso, cansado, mentalmente agotado; y cada madrugón reforzaba esa sensación.
Era el funcionariado de siempre.
Siempre las mismas horas y siempre la misma jodienda.
Ni un duro.
Si no encajabas desde el principio en esa dinámica, era mejor que no lo hicieras nunca. Si comenzabas a hacerlo, significaba la muerte del último centímetro de ti. Si comenzabas a fingir que estabas a gusto o conforme, llegaría el día en que tus sentimientos jamás estarían acordes con tus acciones y expresiones; de modo que te convertirías en un monstruo para ti mismo, y una puta para todos los demás.
Pero claro, ¿no era ese el objetivo?
Mientras el tío que tomaba las decisiones dormía antes de volver a nadar en su piscina vaginal a mediodía, yo me recostaba nuevamente en la cama a las ocho de la mañana, ya vestido y aseado, y rezaba por que esos diez minutos que quedaban para salir hacia el colegio, no acabaran nunca.

La mayoría de las veces que he madrugado, no he dormido más de cinco horas. He sido la mayor parte del tiempo una de esas personas de a cinco horas el día. Una de esas personas que siempre van por ahí necesitando una siesta. Una de verdad, nada de mamonadas modernas de dormir diez minutos en un sillón cool con forma de tumor.
Siempre he sido el tío a dos o tres horas de sueño de estar bien. Insuficientemente descansado de forma permanente.
Si me quieres reconocer, soy el que está al fondo, solo, bebiendo café.
Soy el tío que una vez se tiró más de dos años en el turno de noche para evitar, entre otras cosas, lo que ya sabes. El problema de ir más o menos a contracorriente, sigue siendo los tontos del culo.
Sartre ya dijo que el infierno son los otros.
Si tomas un camino un tanto distinto, ahí seguirán los tontos del culo para intentar que te arrepientas. La esencia de los tontos del culo tiene que ver con la idea de que sus esquemas no pueden admitir discusión. El sol les puede provocar cáncer de piel, pero ellos siempre pensarán que lo controlan si se levantan cuando sale. La naturaleza es tan sabia como cruel, pero los tontos del culo creen que frenan a los demonios durmiendo toda la noche.

Los tontos del culo, claro está, lucen cual bufanda un discurso canónico sobre el sacrificio. Es decir, si te pasas la vida poniendo el culo, no vas a ir por ahí diciendo que vaya mierda. Tendrás que justificar eso de alguna forma ¿no? Total, las competiciones de natación en las olimpiadas del coño son fáciles de negar. Hay cosas que simplemente no forman parte del mundo de los tontos del culo. El mundo es sencillo, pequeño, controlable, asumible; sólo pide de ti un poco de tiempo; puede que casi todo el tiempo. Pero tiene sentido ¿no? Qué vas a hacer si no con tu vida. El tonto del culo no toma atención en lo que produce, se limita a ser productivo.
Mira a tu alrededor;

Nombre: Culo, Tonto del

Estado civil: Me duele la cabeza.

Código postal: Siete (de la mañana).

País o Estado: Uno que ama.

Etcétera.

Fijáos en ellos cuando los veáis. Se tiran pedos silenciosos y dejan la mano muerta en el ascensor para tocar culos. Lucen una engañosa higiene, visten a menudo camisas, buscan el modo de creer que no van a morir; alguien que bebe leche a las seis de la mañana no puede morir. Alguien que saca al perro, que se lava los dientes, que sale a correr; a correr, por el amor de Dios. Alguien que vive antes de que salga el sol.
Recuerdo un madrugón en especial.
Curraba en una empresa horrible de electrónica. Horrible y mundialmente conocida. El Diablo siempre obtiene beneficios. Estadísticamente, si te pones a barrer bajo la cama, salen una media de cinco tontos del culo y una moneda de cinco céntimos a repartir.
Están por todas partes.
Ni siquiera recuerdo a qué hora me levantaba, creo que un poco antes de las cinco de la mañana. Tenía que quedar con un colega y nos íbamos los dos en su coche. Recuerdo risas un lunes. El sol aún babeaba su almohada. Alguien decía bobadas en la radio. Ambos estallamos en risas. No era alegría, era algo mucho más seco. Risas ruidosas, no tanto reír por no llorar, era como si buscáramos algún tipo de catarsis. Era como si intentáramos convencernos de que sí, era lunes, habíamos dormido nada y menos, y nos dirigíamos a un sitio que odiábamos, pero que aun así éramos felices.
Luego aparcamos y salimos del coche. Alguien, un gerente, le lanzó una pulla a mi colega camino a la nave industrial. Mi colega no lo pensó, y dijo:
–Vete a tomar por culo, gilipollas.
Yo no podía dejar de pensar en ello al día siguiente, solo, en vete a saber qué autobús nocturno.

atardecer

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