25 proyecciones innecesarias (8 de 25) – Sin arcada no hay mamada

Estoy sentado, una vez más. Es una sala de espera de las que te zambullen en la realidad. La parte más gris y absurda de la realidad. El peor sentido de la existencia.
Un tío estaba antes que yo, ya le han hecho pasar al despacho. Cuando las empresas captan personal, siempre notas una mezcla de Amabilidad y Que-te-den. Por un lado te quieren hacer creer que buscan a una persona profesional. Y por otro sabes perfectamente que quieren un profesional (un Smithers) que haya dejado atrás esas monsergas hippies de ser persona.
El tío que ha entrado antes que yo era más un chico que un tío. Era un niño con ínfulas.
Pero ya nunca sabes lo que quieren; generalmente siempre eres demasiado viejo o joven, o estás demasiado preparado o no tienes la suficiente experiencia. O eres mujer.
Siempre saben verte alguna pega.
Me sudan las manos. Es curioso cómo el edificio es absolutamente feo, frío y funcional, y sin embargo el ventanal de la sala de espera da a un paisaje espectacular.
Contrasta con la carpeta que llevo en la mano y la puerta cerrada en mis narices. Oigo murmullos del ritual que se produce tras ella. Los murmullos. Las “arcadas”. Sí, señor; claro, señor.
Lo leí en alguna parte, puede que en alguna lista de consejos profesionales: Sin arcada no hay mamada.
Trago saliva.
Me pone la piel de gallina la actitud de los tíos y las tías que se encargan de las entrevistas. Esa frescura artificial. Te dan ganas de decirles que aunque se suelten la lengua, sigue notándose el palo que tienen metido por el culo.
Les dejas meterse en tu mente; si fuera un raya de coca te haría menos daño.
Son como cyborgs que hablan con humanos para enseñarles cómo uno puede dejar de sentir lo suficiente para poder vivir en paz.
Una vez le dije a un entrevistador que no tenía intención alguna de quedarme embarazado. Me rió la gracia. Dos tíos a las once de la mañana de un martes, metidos en un despacho, riéndose las gracias. Teatro alternativo sin público; costumbre de masas.
Era tronchante, nos caímos genial. Pero ninguno de los dos quería estar allí, y nadie me llamó después. Una bonita metáfora. La única forma de restaurar el karma después de aquello, es que nos encontráramos de noche en una calle oscura. La noche ofrece un entorno de autenticidad, es como lo contrario a un despacho. Y yo podría mirar a ese tío fíjamente.
Podría ser tronchante otra vez. Podría contarle otro chiste, como que no tengo planes de ser negro o llevar tatuajes.
El tío jugaría fuera de casa. En la calle se te ocurren un montón de ideas. En la calle no hay papeleo.

La entrevista al hombre niño se alarga. Con las entrevistas de trabajo siempre recuerdo la sala del médico, cuando ves entrar a alguien tras el cual te toca por fin, y luego parece que estuviesen jugando al poker ahí dentro. Matando el tiempo.
Un chico Smithers más. Se pasan años hincando codos y cumpliendo órdenes, para luego hincar las rodillas y cumplir aún más órdenes. Haces un esfuerzo por ser alguien, y te conviertes en una máquina erótica de producción.
Mis ojos se van a la ventana. Descubro que ya no me sudan las manos. Alguien entra, alguien del edificio. Dice:
–Suerte.
Y se va.
Una mujer. Es como si hubiese entrado a regar la planta del rincón. Pero luego veo que es de plástico. Al menos ahora es de plástico. Si alguien me dijera que hace un año llegó aquí como planta natural, no me pondría a discutir. Hay lugares que proyectan esas energías. Llegas a ellos latiendo y pleno, y con el tiempo acabas mohíno y vacío.
Mira por la ventana.
Miro por la ventana.
A lo lejos se puede ver dónde acaba la ciudad y comienza a verse el verde.
Acaricio una hoja de plástico muerto.
Se me ocurre que si sigo aquí cuando el chico acabe su turno, voy a tener que entrar en ese despacho.
Me levanto y salgo; sin mirar a nadie. Oigo alguna voz. No entienden. Luego asumen que pasa algo.
Yo me largo. O me lo podrían dar.

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