25 proyecciones innecesarias (16 de 25) – Pequeños hijos de puta

Fijaos en ellos, parecen tan felices que es como si fuesen a estallar. Que conste que no hablo desde los celos o la envidia (o qué importa), pero ese tío no le conviene. Yo conozco a ese tío. O no es que le conozca, pero le he observado, y un par de veces hablamos. Tenía un montón de planes. Mucha soberbia bastante bien disimulada, y una agenda a reventar. Yo no tenía gran cosa, tampoco planes concretos, eso es verdad. Pero fijáos, helos ahí, acurrucados en una mesa de McDonald’s, compartiendo pedos y risas. Llevan ya como un año follando en el coche de él. No es que yo les siga, pero todos tenemos curiosidad a veces. Esta vez los padres de ella sí aceptan al “proto-yerno”. El tío ocupado, el chaval responsable. A varios años de los treinta. Nunca levanta la cabeza del excel en el que figura la normativa. Asiente, asiente. Amigo de sus amigos, a por el tercer folio de currículum, felador experto en entrevistas de trabajo; no es que haya hecho muchas, no le ha hecho falta. Sé de buena tinta que su estrategia es apoyar las manos en la mesa del Superior de turno, poner el culo en pompa, y asegurar con humildad que ese es su mayor valor.
Oí que en época de exámenes apagaba el móvil y se encerraba.
El tío.
Llevaba un tiempo sin hacer esto, pero estoy aparcado cerca de la terraza. Sobre mí, la eme amarilla, han ampliado la acera hace poco, ha aumentado la actividad en la zona. Las marcas multimillonarias pastorean a las ovejas.
Tengo suerte, aún no se han hecho veganos, aunque sólo sea sobre el papel, cosa que me extraña de ese tío. Tiene un perro de anuncio, padres de catálogo y un hermano más disoluto que refuerza por contraste aún más sus «enormes cualidades». Es una pieza de lujo para el engranaje, de las que antes pedían de Alemania, y ahora viajan hasta allí buscando lo que llaman Un Futuro (un curro de alto perfil, en realidad).
Pero él no, él ya tiene aquí su cubículo en el edificio de cristal.
No estoy seguro de que le hayan enchufado, pero no me extrañaría de ello como no me extraña que una mierda se derrita al sol. Nunca me ven, he perfeccionado mis dotes de espía, de acosador o lo que sea (pensad lo que queráis). Son cursis, previsibles en sus movimientos; claramente hacen siempre lo que él quiere; ella no frecuentaba antes ninguno de los lugares a los que va con ese tío. Lo sé porque yo estaba allí. Yo no era perfecto, pero sabía callarme, sabía que tenía que haber un equilibrio en las decisiones. Puede que me equivocara, puede que haya personas que se sientan más cómodas con alguien decidiendo por ellos. Él acata cualquier norma que le imponga la sociedad; ella cumple las órdenes pasivo-agresivas de él. Al principio apostaba a que algún día discutirían y él le soltaría un sopapo, encajaría con su perfil sin problema.
Yo le había visto por ahí, en el instituto. Sobre todo el último año. Gustaba a las chicas, las embaucaba, se las follaba (le oí decir que las “desprecintaba”) y luego las decepcionaba. Para cuando la mayoría aún fornicábamos sólo con nuestra mano, él ya se la escayolaba de tanta vida social. Tiene ese tipo de cara angulosa de mirada bovina, tan hostiable pero que gusta a algunas mujeres. Supongo que tiene cara de tonto con la polla grande. Puede que se haga el gracioso sin tener puta gracia y el físico haga el resto. Si pesara veinte kilos más ahora estaría comiendo solo.
No digo que ella sea superficial, pero no nos engañemos, lo de La Bella y la Bestia se teoriza mucho más de lo que se lleva a la práctica. La Bestia, además…, otro con pinta de tener una polla tipo puño…

Más tarde, cuando el tipo la deja a ella en su casa, me da por hacer algo que antes nunca había hecho. Le sigo a él.
Creo que nunca lo había hecho porque mi idea era ver lo que hacía ella. Ni tan siquiera lo dejamos en el sentido más estricto, ni siquiera tuvimos esa conversación. Creo que a ambos nos daba mucha pereza hacer esas cosas, hacer eso de intentar traducir sentimientos a palabras, cosa que normalmente sonaba ridículo, a excusas baratas o verdades absolutas que en absoluto lo eran. Pero con el tiempo me di cuenta de que yo no quería distanciarme. Me di cuenta sobre todo cuando supe que ella comenzaba a salir con este Fulano. La clase de amor que nuestra cultura alimenta está muy relacionada con la propiedad privada. Todo va ligado, cosas, personas. Se puede adornar como se quiera, pero es ridículo intentar negarlo, negar esa esencia. Nadie quiere dejar a nadie libre, como no quieren prestar su tele o sus muebles. Quieren tener cosas para sí, personas para sí. Y como yo no era una excepción, me di cuenta de que quería tenerla a ella para mí. O para nadie. Pero para mí.
Creo que tampoco había seguido nunca al tío porque, a pesar de haber sido un pichabrava años ha, estaba convencido de que ya no era así. Le suponía no mejor, pero sí lo suficientemente perezoso ya para haberse entregado a la monogamia. La pereza suele estar en la base de la pirámide alimenticia para la monogamia. La monogamia se alimenta, en parte, de tu intención de dejar atrás ciertos rituales. Conocer gente, hacer nuevos amigos, ir a lugares, reuniones, cenas, desconocidos, entablar conversación… No es que todo eso se deje de hacer con pareja, pero es obvio que gran parte de la presión desaparece. En un sentido estratégico, es mucho más complejo y meritorio liarse con dos o tres que liarse sólo con una persona. Si esa clase de cosas se puntuaran en alguna asignatura de habilidades sociales, la monogamia daría para un cinco pelado.
La idea de la moral nos salva a todos. Nos justifica. No somos egoístas, somos fieles.

Como sea, como todos estamos culturalmente programados para creernos estupendos con nuestros proyectos de fidelidad y familias nucleares, cuando luego veo al campeón morrearse con una chica rubia de a diez años por pierna, lo que hago es sacar el móvil y hacerle tres o cuatro buenas fotos.
Me he sentido tonto, como si tuviera que haberlo sabido hace mucho, y a la vez me ha sido imposible sorprenderme. El dibujo escondido que casi todos ven menos tú, suelen ser unos cuernos. A veces te los ponen a ti, pero otras te abren una puerta.
Me he asegurado de que no me vea, y he acelerado. Esta es nuestra selva, y aquí no reina el más fuerte o imponente, sino el más hijo de puta. Los pequeños actos de hijo de puta son los que marcan la diferencia.
Al día siguiente imprimo las fotos y voy tan pancho a pasarlas por debajo de la puerta adecuada. Así de fácil es romper un corazón. Para avanzar en esta gincana de la monogamia, con esa imperfecta y profundantemente hipócrita lógica que impera, no basta con ser un león con piel de cordero. Tienes que quemar el bosque y edificar. Aunque crea que no, así te lo enseñó papá. Quizá no necesites encarnar el mal, pero sí ser un pequeño hijo de puta.

Todo fue bien. Lo supe disfrazar. Inicié conversaciones digitales, y el resto es baboso y aburrido. Bajo varias capas de romanticismo se esconden las historias silenciadas.
Pasado el tiempo, cuando nos encontramos en alguna terraza, a veces me entra la paranoia, y busco al siguiente predador con la mirada.

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