25 proyecciones innecesarias (17 de 25) – Robar porno

Recuerdo un trayecto en la oscuridad, a pie, con algunos amigos. Una zona poco iluminada de la ciudad. Tenía catorce o quince años, comenzábamos a movernos más allá de la plazoleta del barrio. Eran otros tiempos, no había determinadas soluciones o actitudes, ni siquiera teníamos móvil.
Íbamos camino de cierta tienda de cómics. Iba algo borracho de mí mismo. Tenía mis planes. No recuerdo que alguno de mis amigos los compartiera.
Días inmediatamente anteriores, había hurtado ya en un par (o tres) de ocasiones revistas en quioscos, parecía estar convirtiéndose en un vicio. Robaba porno, por supuesto, no tenía mucho sentido arriesgarse si era para otra cosa. Ya que lo hacías, lo hacías bien.
Ese día ya iba totalmente convencido de que yo era un ladrón consumado, experto. Ni que decir tiene que no se trataba sólo del porno; también entraba en juego la adrenalina de hacerlo, de saber moverse en el momento adecuado, saber usar la chaqueta. Obviamente aún era invierno. Ya pensaba en cómo me las arreglaría en verano, sin tanta ropa, sin tanto donde guardar y ocultar.
Ese día sería mi tercer o cuarto robo. Mi material favorito era el Manga, el Manga guarro. En aquel momento me atraía mucho más que el porno al uso en papel, que esas revistas que aún asociábamos al abandono y las páginas pegadas; habíamos visto bastantes así vagabundeando por el barrio. Al parecer había gente que las compraba, las usaba y las tiraba. Ahora los chicos de catorce años ya no saben tan fácilmente cómo huele el semen reseco ajeno. Internet tiene sus ventajas, pero el acceso ilimitado a ciertas cosas ha eliminado el sentido de la aventura, ha reducido el grado de fascinación. Algunos críos no saben lo que tienen ahora, qué maravillas de la comodidad, pero también se han perdido la emoción de eyacular violentamente desarrollando la imaginación con sólo catálogos, o viendo a escondidas una cinta porno prestada que en ese momento es el objeto más sagrado que tienes en tu poder.
Yo era un ladrón consumado, era un experto. No era verdad, y no me lo decía a mí mismo, pero lo sentía, incluso ya entrando en la tienda. De noche, ni las siete de la tarde, puede que lloviznara; había cierto romanticismo en ello aquel día, me sentía feliz, eufórico de una forma desconocida para mí. No se trataba sólo del porno por la cara, insisto; generalmente estabas siempre maniatado por adultos o preocupado por la siguiente bronca que te cayera, así que puede que fuera la sensación de vértigo, de decisión personal al atravesar una línea roja, lo que hacía que de algún modo te colocaras.

La situación era tan idónea, que casi me dio la risa. Pero aún había que hacerlo. No podías confiarte tanto, corría por tus venas la dosis necesaria de miedo, de que ese cabrón de dependiente te pillara y te dejara en evidencia. Aquí no había nada más que extremos; o salías victorioso o humillado. Y no humillado igual que cuando perdías jugando al fútbol. Humillado de verdad. El porno era algo enfermizo y retorcido si pensabas en lo que te dirían los adultos si te pillaban mercadeando con eso; pero lo cierto es que eran ellos los que lo hacían, lo vendían, y los que más lo usaban. Aún no caías en la cuenta de lo profundamente hipócrita y escalofriantemente estúpido que era el mundo de los adultos. Te querían vender que hacerse una paja era cosa de psicópatas y gente enferma.
La tienda era un lugar pequeño y había movimiento. No recuerdo estar preocupado por cámara alguna, y con toda seguridad no la había.
Había unas cajas bajo unos estantes. Me acuclillé, tapando con mi cuerpo la actividad que llevaba a cabo, en teoría trastear entre los cómics para elegir uno. Y eso hacía, iba mirando y eligiendo, pero en mi propio mundo, en el que tener pasta para poder ir por ahí cómodamente sin robar era un asunto utópico. Sin olvidar el sonrojo de comprar porno; ¿incluso teniendo unas monedas, con qué cara iba a irle al capullo del mostrador con un Hustler o una Penthouse? Para empezar era menor, pero incluso aunque eso diera igual, aunque lo pasaran por alto, ¿por qué clase de sociópata peligroso y asqueroso me tomarían? ¿Creerían que era uno de esos tíos que abandonaban revistas después de haberse corrido sobre las páginas centrales?
Robar era la única respuesta. Todo lo demás jugaba en tu contra.
Elegí un buen tomo de tetas grandes y gran detalle en el dibujo de los fluidos. No me corté, era de los caros. Había que hacerlo a lo grande, disfrutar a lo grande, sentirse así todo lo a menudo que uno pudiera. Era una labor dura, meritoria. Cualquiera se plantaba con mil pesetas en una tienda y se las gastaba, incluso en porno; completaban/disimulaban la compra con algunos artículos más. Pero robar porno sólo estaba al alcance de alguien hábil. Hábil, decidido, valiente.
Me metí el tomo en el amplio bolsillo interior de la chaqueta. Eché un vistazo más, pero era mejor no ir más allá, habría más ocasiones. Esta vez había sido una ganga, la más fácil de todas. Estaba tan seguro de mí mismo, que ni salí de la tienda; esperé a que avanzara la cola y uno de los chavales con los que iba (amigo de un amigo, más bien) hiciera su compra; nada de porno, nada de gratis. Buena paga de los papis.
Al salir después y notar el aire fresco en la cara, sentía esa mezcla de alivio y euforia absolutos. Ni siquiera sé si lo comenté con los demás. Era algo personal. Una victoria personal con una recompensa a la altura. Algo que empezaba en mí y acababa en mí. Inaudito.

Aquello debió haber sido un sábado. Cuadra con el estado de ánimo que recuerdo haber tenido. De modo que fue una mañana de domingo cuando mi carrera como mangante terminó.
Quedé con un amigo, uno del barrio, de los de toda la vida. No pude contenerme, le conté mis aventuras como mangui. No me juzgó ni me aplaudió, aunque me riera las gracias, y aunque sí aprobara mi entusiasmo. Es probable que no fuese muy habitual verme entusiasmado en aquellos tiempos. La diferencia entre los días de colegio y los fines de semana me machacaba. Era el tedio y miedo absolutos (cinco días) y el bienestar y felicidad sin límites (sólo dos, o uno, porque el domingo ya era basurilla, preludio del lunes). Da igual cómo suene, porque era así como me sentía.
Fuimos de camino a comprar un diario deportivo para cada uno, con calderilla de la paga semanal.
Caminamos un buen trecho. Yo iba confiado, hablando de lo fácil que era, y, aunque no sabía articularlo, también de lo placentero que era.
No lo comenté en voz alta, creo, pero decidí que me pillaría algo otra vez. Un pequeño extra. No era la misma tienda del día anterior, desde luego, era más un quiosco al uso, con periódicos y revistas, nada especializado, pero también con su sección porno. Cualquier quiosquero sabía entonces que si algo tenía salida, era el porno, por más que la gente entrara con más o menos reparo a comprarlo.
La situación era distinta a la de la tienda cómics. Era un local alargado, con los típicos estantes. Entramos y fuimos con parsimonia hacia donde estaban los periódicos. Había sólo un par de clientes más.
Yo, de forma muy descarada, metí una revista porno (al uso, no era Manga por primera vez) en la doblez del diario.
Luego pensé que me pillaron porque lo había hecho muy mal, pero en realidad siempre lo hacía muy mal; es sólo que en aquella ocasión el descaro no funcionó. No había el suficiente caos; no había suficiente desgana por parte del dependiente.
Fui al mostrador con el dinero justo del precio del diario deportivo. Mi amigo ya había pagado, esperaba un par de pasos por detrás, cerca de la puerta de salida. Le di el dinero al quiosquero y le mostré el diario de pasada. La intención era que me cobrara y no se fijara demasiado. Tenía que ser todo muy rutinario.
La revista que intentaba esconder iba hasta dentro de un plástico. Seguramente hasta sobresaliera más que el diario.
Un desastre.
El tío me lo cogió y lo desplegó.
No es que recuerde exactamente las líneas de diálogo. Dijo algo como:
–Porque hay más gente, niñato, que si no te doy de hostias aquí mismo.
O:
–Si no hubiera más clientes ahora, te daría una hostia, chaval.
O:
–Te reviento ahora mismo si no hubiera más gente, te lo juro.
Fue algo por estilo. Cuando ahora lo pienso, hasta me parece un poco exagerado. Es posible que el tipo ya llevara un mal día, pero aquella revista tampoco le suponía un perdida importante. Para dejarme en ridículo y humillarme, le bastaba con haberme pillado, con requisarme el material.
Aun así, reuní el aplomo, delante de mi amigo y los otros dos clientes, para pedirle el diario.
Salí violentado del lugar, no lo niego. Mi amigo no se rió de mí, no era de esos. Aún somos amigos. Más de treinta años de amistad.
El sol me dio en la cara con más intensidad que antes, o eso parecía. Era mi etapa de robar porno, aunque ya no volví a hacerlo. Fue un placer, pensé después. Era como vivir, se me ocurrió.

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