Archivo por meses: marzo 2017

25 proyecciones innecesarias (7 de 25) – Tontos del culo

Casi nunca eso que llaman madrugar me ha traído nada bueno. La mayoría de veces ha significado ceder, callar, cumplir una orden. Casi nunca ha tenido que ver con una decisión personal. Al final no se trataba exactamente de madrugar, obviamente, sino de la obligatoriedad de una acción a una hora asociada. Y puedes acostarte tarde, claro; si por la noche estás haciendo algo que te gusta hacer, y siendo un momento en que tienes margen para hacerlo y nadie te va a obligar a acostarte temprano, claro que te acuestas tarde, joder. Con lo que, eso que llaman madrugar, se vuelve aún peor. Todo lo relacionado con lo que llaman madrugar, a no ser que seas un tonto del culo, sabes que tiene que ver con un orden e ideas ajenos a tu bien; tiene que ver con decisiones que toman personas que no madrugan ni de coña, y que probablemente se bañan en piscinas privadas con forma de coño.

Los tontos del culo son fáciles de detectar. Son esas personas que te hablan de las maravillas de madrugar. Da igual que tú duermas las mismas horas que ellos, ellos creen que lo hacen mejor porque se acuestan a las doce y se levantan a las siete. Tontos del culo, que no saben por qué hacen lo que hacen ni por qué dicen que es mejor hacerlo así. Tontos del culo: asumen un reglamento y creen que si lo cumplen son buenos y dignos. Los tontos del culo tienen tendencia a creerse de algún modo el centro del Universo. Creen que los inventos del hombre definen la percepción más precisa.
Los tontos del culo duermen tres horas, van por ahí en su coche a toda pastilla, y se creen de lo más responsables. Si te has levantado a las siete, nadie te puede multar, Dios no te puede castigar, ningún jefe te puede humillar.
Un tonto del culo es un creyente, aunque a menudo sea ateo.
Cree más o menos en todo menos en sí mismo; y suele morir décadas antes de que celebren su funeral.

Recuerdo cómo de crío, o no tan crío, me despertaban para ir al colegio. Estaba casi siempre quejoso, cansado, mentalmente agotado; y cada madrugón reforzaba esa sensación.
Era el funcionariado de siempre.
Siempre las mismas horas y siempre la misma jodienda.
Ni un duro.
Si no encajabas desde el principio en esa dinámica, era mejor que no lo hicieras nunca. Si comenzabas a hacerlo, significaba la muerte del último centímetro de ti. Si comenzabas a fingir que estabas a gusto o conforme, llegaría el día en que tus sentimientos jamás estarían acordes con tus acciones y expresiones; de modo que te convertirías en un monstruo para ti mismo, y una puta para todos los demás.
Pero claro, ¿no era ese el objetivo?
Mientras el tío que tomaba las decisiones dormía antes de volver a nadar en su piscina vaginal a mediodía, yo me recostaba nuevamente en la cama a las ocho de la mañana, ya vestido y aseado, y rezaba por que esos diez minutos que quedaban para salir hacia el colegio, no acabaran nunca.

La mayoría de las veces que he madrugado, no he dormido más de cinco horas. He sido la mayor parte del tiempo una de esas personas de a cinco horas el día. Una de esas personas que siempre van por ahí necesitando una siesta. Una de verdad, nada de mamonadas modernas de dormir diez minutos en un sillón cool con forma de tumor.
Siempre he sido el tío a dos o tres horas de sueño de estar bien. Insuficientemente descansado de forma permanente.
Si me quieres reconocer, soy el que está al fondo, solo, bebiendo café.
Soy el tío que una vez se tiró más de dos años en el turno de noche para evitar, entre otras cosas, lo que ya sabes. El problema de ir más o menos a contracorriente, sigue siendo los tontos del culo.
Sartre ya dijo que el infierno son los otros.
Si tomas un camino un tanto distinto, ahí seguirán los tontos del culo para intentar que te arrepientas. La esencia de los tontos del culo tiene que ver con la idea de que sus esquemas no pueden admitir discusión. El sol les puede provocar cáncer de piel, pero ellos siempre pensarán que lo controlan si se levantan cuando sale. La naturaleza es tan sabia como cruel, pero los tontos del culo creen que frenan a los demonios durmiendo toda la noche.

Los tontos del culo, claro está, lucen cual bufanda un discurso canónico sobre el sacrificio. Es decir, si te pasas la vida poniendo el culo, no vas a ir por ahí diciendo que vaya mierda. Tendrás que justificar eso de alguna forma ¿no? Total, las competiciones de natación en las olimpiadas del coño son fáciles de negar. Hay cosas que simplemente no forman parte del mundo de los tontos del culo. El mundo es sencillo, pequeño, controlable, asumible; sólo pide de ti un poco de tiempo; puede que casi todo el tiempo. Pero tiene sentido ¿no? Qué vas a hacer si no con tu vida. El tonto del culo no toma atención en lo que produce, se limita a ser productivo.
Mira a tu alrededor;

Nombre: Culo, Tonto del

Estado civil: Me duele la cabeza.

Código postal: Siete (de la mañana).

País o Estado: Uno que ama.

Etcétera.

Fijáos en ellos cuando los veáis. Se tiran pedos silenciosos y dejan la mano muerta en el ascensor para tocar culos. Lucen una engañosa higiene, visten a menudo camisas, buscan el modo de creer que no van a morir; alguien que bebe leche a las seis de la mañana no puede morir. Alguien que saca al perro, que se lava los dientes, que sale a correr; a correr, por el amor de Dios. Alguien que vive antes de que salga el sol.
Recuerdo un madrugón en especial.
Curraba en una empresa horrible de electrónica. Horrible y mundialmente conocida. El Diablo siempre obtiene beneficios. Estadísticamente, si te pones a barrer bajo la cama, salen una media de cinco tontos del culo y una moneda de cinco céntimos a repartir.
Están por todas partes.
Ni siquiera recuerdo a qué hora me levantaba, creo que un poco antes de las cinco de la mañana. Tenía que quedar con un colega y nos íbamos los dos en su coche. Recuerdo risas un lunes. El sol aún babeaba su almohada. Alguien decía bobadas en la radio. Ambos estallamos en risas. No era alegría, era algo mucho más seco. Risas ruidosas, no tanto reír por no llorar, era como si buscáramos algún tipo de catarsis. Era como si intentáramos convencernos de que sí, era lunes, habíamos dormido nada y menos, y nos dirigíamos a un sitio que odiábamos, pero que aun así éramos felices.
Luego aparcamos y salimos del coche. Alguien, un gerente, le lanzó una pulla a mi colega camino a la nave industrial. Mi colega no lo pensó, y dijo:
–Vete a tomar por culo, gilipollas.
Yo no podía dejar de pensar en ello al día siguiente, solo, en vete a saber qué autobús nocturno.

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25 proyecciones innecesarias (6 de 25) – Auténtico día de clase

Dame la mano y te guiaré. O mejor no. Pero conozco un montón de sitios que te parecerán rutinarios, de paso, aburridos, casi a la vuelta de la esquina, sin nada especial que ver en la versión oficial. Te enseñaré quizá por qué tu percepción ya no funciona, por qué está atrofiada. Y no te creas que me ha llevado poco tiempo arreglar la mía, o simplemente volver a hacerla funcional. Es una labor de años.
Tu seria comedia no me va convencer fácilmente, tiene que saltar por encima de un montón de momentos muertos que viví, y sobre todo es muy probable que ya haya escuchado esa monserga mil veces.
Tu sentido de la responsabilidad es un tubo de escape que madruga cada día para intoxicar a los niños. No es que al planeta le importe tanto, él te sobrevivirá, pero mientras tanto tú desaprovechas tu tiempo haciendo un montón de cosas. Todo ese montón de oportunidades que tuviste para quedarte quieto, para no hacer nada y quizá “reiniciarte”.
Yo no soy un sabio, soy más bien torpe, gilipollas pero inofensivo (y siempre te acaban quedando secuelas del colegio y derivados).
Mira cómo no te mira tu pareja.
Suicídate, no eres «productivo».
Las facturas se parten el pecho. Tu orden es como montar una floristería en una cloaca. Tal y como piensas, da igual lo que caviles, rápidamente tocas techo, repasas tu residencia en el Hobbiton industrial.
Te conocí hace mucho tiempo, tienes un montón de nombres y sexos, te acicalas, y crees que pensar es pensar demasiado.
Te va bien, o lo hará. Eres el novio de.
O la chica responsable.
Te he visto llegar millones de veces y dejar tus bártulos sobre la mesa. Tu preocupación es no morir solo; y obvias que lo que cuenta al final es que sólo vas a morir.
Te reproduces. Nadie te frena.
Aunque no seas peor que yo, siempre sigues las flechas.
Te burlas de seres que te mearían en la cara.
No sabes que tu naturaleza te puede, crees que tu retórica freestyle son argumentos, crees que molas por mofarte de quien cree distinto. Dices que sabes que no eres el centro del Universo, pero luego le haces carantoñas sin freno a tu ego. Lo haces dando forma a tu Personaje, alguien concienciado hasta el histerismo, alguien que esnifa colectivismo para camuflar su inevitable egoísmo. Lo sé no porque yo ya esté en otra fase, sino porque tú eres yo. Yo también callo más de lo que parece. Pero no me dice nada tu colorida o punky acción puntual, porque lo que arregla el mundo es lo que no impresiona a nadie. No nos levantamos y nos vamos de los despachos adecuados, y luego queremos parecer integrantes clave para el Cambio.
Nos metemos conciencia hasta la sobredosis, actuamos como si las cosas se pudiesen arreglar de un mes para otro, nos regodeamos en nuestra brillante ideología. Somos gigantes del vocabulario y titanes de la réplica ingeniosa. Te aseguro que, a esta alturas, casi nada de lo que haces me impresiona. Los héroes no llevan capa, pero tampoco lo pregonan.
No te he contado nada, sal y disimula. Cuando llegues al parque, siéntate en el banco. Mira sin ver nada, deja quietas la manos. Es jodido, al principio todos somos novatos. No lo contextualices ni lo justifiques, sólo siéntate y yace. No es necesario contárselo a nadie, no construyas una teoría zen en torno a ello. Será tu primer auténtico día de clase.

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25 proyecciones innecesarias (5 de 25) – En mi cabeza funcionaba

Estaba sudando a chorros, llegué tropezando por el jardín de la casa de sus padres. Venía de haberme perdido con el coche, dando vueltas por la urbanización, con todas las casas iguales, como si estuviese en una maqueta, todo tan bonito como artificial en cierto modo. Belleza estudiada como la fruta de aspecto homogéneo de los supermercados. Y pensando un día más: La gente es idiota. También los padres de mi novia.
Estaba empapado, asqueado de mí mismo. Era domingo, estas cosas se hacen en domingo, supongo. No conozco los protocolos, ni hago jamás un esfuerzo por conocerlos; así que cada vez que me veo obligado a entregarme a ellos, lo tengo que aprender todo otra vez. Siempre me da la sensación de que lo único que todo el mundo sabe y controla (y lo que parece ser define a un Adulto), es lo que a mí menos me motiva con diferencia de estar vivo. Las maneras, las inercias, la actitud “correcta”. Fingir, actuar, poner caras, ser decidido, hacer preguntas, saber encajarlas…
Por algún motivo que se me escapa, era una buena idea conocer a los padres de mi novia. Llevábamos algunos meses juntos, puede que algo más de un año. Otra cosa que jamás hago es controlar fechas y acumular aniversarios, coleccionar efemérides y alimentar de ese modo tan popular el zurrón de la nostalgia. No es que no lo haga porque evite hacerlo, pero además da la casualidad de que no quiero tener la sensación de estar atesorando vivencias que poder recordar cuando tenga un pie en la tumba. A veces oigo a algunas personas hablar, y parece que te expliquen sus “aventuras” como si el hecho de haber hecho cosas sólo tuviese sentido por ese justo instante en que pueden contarlas y adornarlas. Muchas veces creo que avivar demasiado la conciencia, es una mala costumbre del ser humano.

Creo que llegué a la hora adecuada. Ella estaba dentro con sus padres. Estaban esperando, se supone. ¿Cómo puedo poner en palabras hasta qué punto me era indiferente la existencia de sus padres? Es más, ¿quién en su sano juicio puede pensar que conocer a más personas cuando estás a gusto, es una buena idea? Es decir, ¿cómo iniciar una relación con los padres de tu novia puede ser inteligente en sentido alguno? ¿Cómo algo que SÓLO suele ser fuente potencial de momentos aburridos, incómodos o desagradables, ha de asumirse como un paso natural en una relación? A estas alturas es cuando entran a saco en tu mente los tontos de la retórica. Puedes justificar lo que sea ejercitando el músculo de la retórica. Sólo necesitas la voluntad suficiente. No necesitas tener razón; ni ser sincero para con tus sentimientos; ni tan siquiera necesitas decir nada con mucho sentido. Sólo necesitas vocabulario y sonar contundente; cabreado a poder ser.
Has de hablar como si todo lo que dijeses se sustentase en verdades absolutas.
Se supone que conocer a los padres de tu novia tiene sentido porque tu novia quiere a sus padres, porque son su familia, su entorno de, digamos, vital importancia. Se supone que te ha de importar todo eso, y que eso denota sensibilidad. No lo estoy explicando bien, no soy un gran dominador del “arte” de la retórica, pero seguro que veis por donde voy.
Es una especie de comunión familiar basada en algún tipo de chantaje emocional nada fácil de catalogar.
Un rollo muy retorcido, como casi todo lo relacionado con familias nucleares, televisores enormes, abuelos aún vivos y cruces en la pared.

Durante la comida, nada fue muy incómodo o violento, y a la vez todo transcurría en un ambiente muy lejos de ser relajado. Era una de esas situaciones en que te encuentras en una especie de Limbo del Estado de Ánimo, demasiado concentrado para no cagarla, demasiado predispuesto a mostrar alguna versión deluxe de ti. Borracho de eso. Ofreces a esas personas extrañas una Edición Limitada de tu “material”. El montaje del director. Es como estar en una entrevista de trabajo más allá del año 2005, no tienes nada que ganar.

Crees que estás siendo tú mismo, pero no, ni de coña.
Ves los rasgos de tu novia repartidos en dos caras viejas. No es agradable.
Luego hablas con ellos, y te das cuenta de que no parecen malas personas. El padre te odia en el fondo, claro, y se le nota, pero no tiene opción: Eres el idiota que viene a finiquitar sus años dorados (los de verdad). Y lo era, yo era un idiota, y lo sigo siendo; porque no se trata de lo que yo sea, eso es irrelevante. Se trata de quién te mira y cómo cree que le vas a joder.
Y le jodí. Llegué para joderle. Empecé justo ese día, existiendo, dejándole claro qué edad tenía –muy por debajo de los treinta, a la gente le traumatizan los treinta– y qué perspectivas. Mi sola presencia, provocada por las costumbres, la tradición o este tipo de inercias absurdas que yo no entiendo, le comenzó a hacer sentir mal. Yo era parte de una nueva generación de idiotas de la que él ya estaba lejos de formar parte. No teníamos nada en común, ni siquiera me gusta el fútbol. Nada en común.
Aun actuando, yo pensaba ese día en todas esas cosas. La madre no parecía en exceso turbada, aunque obviamente hacía su papel de Meryl Streep en ‘Los puentes de Madison’ (ama de casa preocupada y disimulada-vaga-profunda-controladamente frustrada). Pero el padre se consumía por dentro a plena vista.

Después de comer, alguien mencionó la posibilidad de pasar un rato en el jardín tomando algo.
Allá que fuimos.
Ahí fue cuando todo se torció.
Había una mesa de jardín y varias sillas, estábamos en pleno agosto. Era un día caluroso, pero si no te movías ni respirabas, no se estaba tan mal.
Achaco mi comportamiento al agotamiento. Llevaba unas dos horas interpretando a una especie de Hamlet humilde, una aberración, esa clase de tío que te quiere convencer de que sabe hacer las cosas. Pero ni yo mismo era consciente de ello en esos momentos. A sus padres les gustaba (toleraban) esa versión de mí, pero como yo me había conseguido engañar a mí mismo, se me soltó la lengua y me comencé a sincerar.
Yo no pensaba que lo estuviese haciendo desde cero, creía de verdad que ya me había preparado el terreno.
Les comencé a recitar mis ideas sobre este tipo de encuentros, yo pensé que con sentido del humor, pero no tuve en cuenta que hay personas que crecen sin sentido alguno de la ironía; ni tan siquiera saben lo que es, y cuando usan el sarcasmo lo hacen porque han visto a alguien en la tele actuar así. Todo eso, sumado a que yo no soy ningún humorista, ni hábil en las primeras veces con nadie, hizo que la madre callara, y el padre decidiera sincerarse también.

Lo primero en lo que pensé luego, fue en el dentista. En el dinero que me llevaría arreglar lo que acababa de pasar. El terrible secreto, es que la idea de conocer a los padres, yo a los suyos y ella a los míos, había sido sobre todo mía. Hasta ese punto me gustaba ella, y hasta ese punto me gusta aún. Hasta llegar a los puños de mentira, hasta fantasear con perseverar en la aceptación de los protocolos, hasta el punto de ficcionar una visita que acaba mal, otro pequeño mito personal que echar al montón. Por la vía de la ausencia, acuesto esto con toda calma en el regazo de la ambigüedad. Nadie me podrá convencer de otra cosa. Sé que en mi cabeza funcionaba.

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25 proyecciones innecesarias (4 de 25) – Efebos

–Estoy seguro, señor Stevenson, de que le satisfará. Es más, estoy en condiciones de prometérselo.
–Me disculpará, pero ya he oído eso antes, y generalmente las decepciones siempre vienen precedidas de promesas.
–Ya me habían advertido de su…
–No se moleste, no es nada personal. Me gusta esta estancia, por cierto.
–Me alegra que sea de su agrado, en realidad es la casa familiar, nos observan varias generaciones. Longdale no es la casa más popular de la zona, pero sí una de las más respetadas.
–No dudo de su palabra, aunque espero que por nuestro bien nos nos observe nadie hoy.
–Me habían advertido sobre su sentido de la ironía.
–Ahora más bien me refería al servicio, que estoy seguro conocerá muy bien el significado de la palabra discreción.
–No debe preocuparse. Se lo prometo. O no, como desee.
(Los señores hacen tiempo con sendos puros. Cinco minutos después el señor de la casa lleva a su invitado a la zona común.)
–¿Está seguro, señor Evan, de que no es esta estancia demasiado amplia para nuestro propósito?
–¿Disculpe, señor Stevenson? ¿Demasiado amplia?
–No tiene importancia, imaginaba algo más recogido, ¿quizá con menos luz?
–El asunto de la luz tiene arreglo. En cuanto a la estancia, le aseguro que es más acogedora que su primera impresión.
–Entiendo.
–Ya debería estar en camino nuestro… efebo. Le dije a la Madame muy claramente que no admitiría retrasos.
–No me quejo jamás de los retrasos, siempre que el pedido sea el que proyecta mi imaginación.

(Ambos señores se sonríen. Pasa media hora.)

–¿Lo ve usted? Estoy seguro de que jamás ha hecho uso de una cavidad tan estrecha.
–Ugh… Me veo en la obligación de darle la razón. Supongo que… ugh… ugh… supongo que quedó claro que el servicio es completo.
–Tan completo como que la raza humana se extinguirá algún día.
–Oh… Bien… Está… bien…
–Puede hacer uso de toda su fuerza. No escatime en brutalidad.
–Ugh… ¿Su señora bien, por cierto?
–Mi señora marchó esta mañana a Londres, no hay de qué preocuparse. Probablemente ella esté haciendo algo parecido en estos mismos instantes.
–Oh… Creo que… creo que…
–No se preocupe por eso, se limpiará.
–Creo que…
Acabe dentro si quiere, cuando quiera. Yo estoy algo más que listo.
–Ya veo que… veo que su pantalón habla por sí solo.
–Toda agresión está permitida, permítame insistir en ello, sólo espero tenga la misericordia de dejarme disfrutar mi turno antes de pasar a mayores…
–Creo que… Ohhh, oh… ogh…
–¿Bien?
–Oh… oh… ugh…
–…
–Magnífico… Esplendido…
–Sabía que sería de su agrado.

–Magnífico… Oh… Un ejemplar magnífico… Terso y silencioso.
–¿Me permite?
–Adelante.
–¿Sabe que antes me repugnaban las heces?
–¿Lo dice usted en serio?
–Hasta se lo prometería.
–La heces son una buena metáfora; casi diría metáfora y literalidad a la vez. De lo que estamos haciendo.
–Mmh… No podría estar más de acuerdo.
–He manchado su suelo.
–Nhhmm… No se preocupe, ni usted ni yo lo vamos a limpiar.
–Veo que no miente en cuanto a las heces.
–No sólo no miento, además ahora siempre me gusta organizar esto con un compañero bien dotado (si se me permite el cumplido). No me gusta demasiado atacar un efebo completamente limpio y sin macula.
–Entiendo.
–Creo que necesito penetrar ya.
–No le importa si mientras observo…
–Oh, no, por supuesto… Uhg…
–Es maravilloso su silencio.
–Y su… su piel, su blancura.
–¿Su edad?
–No la pregunté…
–Es… es lo mejor.
–Me gusta cuando no erectan…
–Me suscribo a sus gustos. Un efebo… debe ser impersonal.
(Después de terminar el señor Evan, ambos inician una sesión ininterrumpida de vejaciones y golpes para contra el efebo. El señor Stevens, con no poca habilidad, vacía las cuencas de sus ojos con los dedos. Ambos –sin arma blanca de algún tipo, sólo con uñas y dientes– lo destripan y manipulan sus órganos internos. El corazón aún late un momento cuando pasa de mano en mano. Y un largo y gráfico etcétera.)

–No sé cómo lo prefiere usted, pero me gusta tomar el té antes limpiar y limpiarme.
–Creo que es coherente para con el momento.
–Me deja más tranquilo.
–Debo felicitarle por la profesionalidad de su sirvienta. No le ha temblado el pulso lo más mínimo al entrar con la bandeja. Pareciera que incluso sabía el momento justo para servirnos.
–Le confieso que creo que no pago lo suficiente a esa mujer.
–¿Cree que tiene miedo?
–Creo que está aterrada.
–Como todo buen profesional.
–No hay nada que respete más que a esas personas que conocen y aceptan su posición en el mundo.
–Admirable.
–Aunque le advierto que no es la primera ni la segunda vez que se encuentra con este panorama.
–Comprendo.
–No deja de impresionare la dignidad con la que mueren.
–Es todo una cuestión de educación, supongo.
–La dignidad con la que sirven y con la que mueren.

–Sé que no lo he mencionado aún, pero me gustaría encargarme de la mitad del pago.
–Oh, no, en absoluto, es usted mi invitado. Y no sabe cómo aprecio a quienes no sepultan sus instintos bajo capas y capas de modales.
–Vaya. Tampoco diría que usted ande carente de ellos.
–¿Disculpe?
–Bueno, es alguien cuyos modales no tienen nada que envidiar a los de la realeza.
–Lo cierto es que no los elegí, como no elegí el idioma, a mis padres o el lugar en que nací. Pero espero que mis actos digan más de mí que mis palabras.
–Supongo que lo hacen.
–Mi padre, aun así, me dio el consejo más importante que he recibido; y por más tópico que suene, lo hizo en su lecho de muerte.
–Me tiene en ascuas.
–Me cogió de la mano, me miró a los ojos y me dijo: Hijo, aprende a trascender la maldad.
–Vaya…
–¿Qué le parece?
–Creo que era un hombre sabio.
–Lo era. Yo aún era muy joven, y obviamente no entendí lo que quería decirme.
–Entiendo.
–Y ahora mire a su alrededor. Lo que hay en esta habitación es tan auténtico como lo que encontrará si va más allá de los jardines de esta casa.
–Supongo que lo que su padre quería decir, versaba sobre trascender la moral.
–Más amplio aún: era sobre trascender la conciencia.

–¿Tiene más de esas pastas? Son deliciosas.
–Por supuesto. Déjeme avisar a la criada.
(El sol declina.)
–Deliciosas, sin duda.
–Su señora… en fin, ¿sabe de sus gustos?
–Lo cierto, amigo, es que no tengo ni idea. Lo cual supongo significa que sospecha algo.
–El dinero.
–Sí. Vaya, es admirable su rapidez. En efecto, aunque sospeche, jamás hará por saber, porque jamás renunciará a lo que tiene, ni a la mitad, ni una décima parte.
–¿Puedo hacerle una pregunta personal?
–Dada su generosidad, debe.
–Alguna vez… en fin, ¿alguna vez ha fantaseado con…?
–Hable con claridad, no haga como todos, amigo. ¿Que si he fantaseado con destriparla?
–…
–La verdad es que no demasiadas veces. Alguna vez me he preguntado cómo sería. Obviamente disfrutaría de su expresión de horror al principio. Pero creo que nunca lo haré. Me invade una tremenda sensación de pereza al pensar en la forma, el modo, el plan. Ya me entiende. ¿Usted?
–Yo fantaseo con ello todos los días. Por raro que suene, por una vez me gustaría que la víctima ofreciera resistencia, y que esa víctima me conociera bien. El hecho de que aprecie de verdad a mi esposa, lo hace aún más apetitoso, porque obviamente ella no ha trascendido su conciencia. Y sobre todo porque ella me quiere.
–El placer de destruir a quien te quiere, supongo.
–Creo que si no lo he hecho, es porque ni tan siquiera es algo nuevo. La gente lo hace todos los días. Relacionarse es la auténtica condena, esos barrotes son indestructibles.

(Noche plácida. Ambos señores duermen en la casa ante la insistencia del anfitrión. Al amanecer, surge una idea.)

–Conozco a ese hombre ¿sabe?, y hace tiempo que tengo ganas de aprovecharme de sus servicios.
–¿Dinamitero?
–Sí, versado en todo lo concerniente a reducir el entorno a cenizas.
–Y, si me permite la indiscreción, ¿qué haría con toda esa dinamita?
–Ironía. Es uno de los mayores placeres al que hombres como usted y yo tenemos acceso.
–Debo decirle que, cuanto más le trato, más convencido estoy de haber hecho un amigo, y no solo un compañero de juegos.
–Parece que me lee el pensamiento.
–Después de haber pasado un día en Longdale, no me cabe la menor duda de que esa dinamita volverá a su lugar de origen.
–Puede que sea algo sentimental por mi parte.
–¿Eso cree?
–Puede que piense en mis padres, en el pasado, en la imposibilidad de volver a tener eso.
–Pareciera que usted no piensa nunca en términos de bienestar y placer.
–Pienso más bien en el sentido.
–¿En hacer que las cosas lo tengan?
–Más bien en doblegarlo, controlarlo, localizar su núcleo cada vez, y no tener piedad.
–¿Y el amor? Si me permite la duda.
–Tenga en cuenta lo que hicimos ayer. Piense en las moscas. La ironía.
–Creo que me pierdo.
–La ironía es la mejor arma. Porque aunque los demás no me entiendan, aunque pueda estar perdido en la inmensidad de mi percepción del mundo, soy capaz de verlo.
–¿Intentará asesinarme algún día?
(Sonrisa.)
–Reconózcalo, si usted pensara que eso es imposible, no me estaría considerando como amigo. Piense en las moscas. Piense en el dinamitero. O en los efebos.

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25 proyecciones innecesarias (3 de 25) – Calabazas

Hola, Álvaro.

No me importa dar una explicación, aunque hay quien diría, no sin razón, que no hace falta.
Este correo es para pedirte que POR FAVOR ceses en tu insistencia de conseguir algo de mí. (Algo más que esto, quiero decir.) No te voy a decir que no tenemos nada en común, aunque no lo tengamos. Y no es que lo físico sea irrelevante como motivo para iniciar una relación, pero creo que tú y yo tenemos ideas distintas sobre la estética. Por si se da el caso de que eres de cierta recurrente manera, te aclararé que no, no soy lesbiana. Así que no es que tú seas necesariamente feo, o yo lesbiana, o que no tengamos nada en común. Tampoco voy a decir que las relaciones fugaces o largas tengan que basarse por completo en un sentimiento irracional.
Quizá si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, no te hubiese rechazado de plano, y puede que hasta hubiésemos tenido sexo un puñado de veces. Pero lo cierto es que, aunque no puedo decir exactamente por qué las cosas son así, en esta realidad NO me atraes.

Desde el principio, surgió un tablero de juego en el que todos parecían conspirar para que acabásemos juntos. Justo cuando me percaté de eso, el porcentaje de racionalidad que nos podría haber acercado, desapareció para mí. Justo desde ese instante, el único modo de que yo te hubiese dado cancha, hubiese sido el que me sintiera irracionalmente atraída desde cualquier ángulo.
En ningún momento he visto que intentaras poner freno a ese proceso; incluso has enviado mensajeros (casi a caballo) para decirme cosas, en lugar de decírmelas tú. Has recurrido a todas las tretas basadas en el principio de que la insistencia siempre es una buena idea.
He percibido no acoso, pero sí algo que me repele por igual: estrategia.
Has erigido un monumento a la no naturalidad; a la naturalidad prefabricada; al oxímoron de la espontaneidad planeada.
Siempre me he sentido muy incómoda cuando estabas en el grupo, y creo que has confundido (tú y todos) mis reservas con atracción.
Hay una serie de comportamientos que mucha gente asocia a los preliminares de una relación, y tú cometes el error de ser creyente.

Dudo mucho que a estas alturas aún sigas leyendo, pero si lo haces estoy segura de que ya no te atraigo en absoluto.
Yo no estoy para convertir a nadie en Celestino o Celestina. Soy reservada. No es algo que haya decidido, simplemente es así. Mi vida no es un puñetero entretenimiento para los demás, y siempre voy a luchar por que siga así.
No estoy para entretenerte con ciertas intimidades a ti, ni a tus amigos, ni a los míos. Estoy para compartir, pero nunca para airear facultades o miserias.
Puedes pensar que soy estirada, estrecha o cualquier otra figura física o geométrica que se te ocurra. O puedes creer que me reservo para “alguien especial” (aunque te aseguro que no soy virgen); o que tengo miedo. Esa suele ser la conclusión de muchos y muchas si no haces lo mismo que ellos en el mismo momento que ellos: el miedo.
Te puedes aferrar a esto si quieres: Estoy aterrada. Más o menos todo me da miedo. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que no me atraigas. Ni el hecho de que no me atraigas significa que te odie. Ni el que no te odie, quiere decir que dejo una puerta abierta.
Lo hagan o no, la intención de estas líneas tampoco es humillarte. Sólo podría ser así de verdad si compartes este correo o lo largas todo, como por otra parte casi todos y todas soléis hacer con vuestro “cajón de la ropa interior”.
Sólo intento que me dejes en paz. Que no envíes a nadie a hablar conmigo, y que tampoco me hables tú.
Ni siquiera necesito que me entiendas. Cuando escribo lo hago más bien para entenderme yo. Podría seguir cinco páginas más con esto, y cuanto más escribiera, más iría esto de un diálogo conmigo misma.
Cada letra hace que te tenga un poco menos en cuenta.
Tampoco saques la conclusión de que escribo para convencerme de que no me gustas. Ni decidas que no dedicaría tanto tiempo a ello si no sintiera nada por ti. Claro que siento cosas por ti, pero ninguna que te sume puntos, y cualquiera de ellas relacionada con una violenta pereza.
Te pido por favor que olvides todas las teorías populares en cuanto a relaciones se refiere.
Has conseguido que deje de mostrarme indiferente, pero nada más. Y ni siquiera es exactamente por ti, sino más bien por todos los que sois así. Y te aseguro que sois legión. Es como si le estuviera escribiendo al portavoz. Dejadme en paz, dejad de ser tan sociables, tan simpáticos, tan dialogantes, tan “cuidadosos”. Si me preguntas a mí, el único motivo por el que ligáis con otras, es la cantidad de cosas que hay que mejorar aún en este mundo.
Déjame en paz. No quiero ser tu pareja, ni tu amiga, ni me impresionan todos tus méritos, ni tu coche, tu forma de vestir o tu ambición. Todo eso sólo te hace aburrido a mis ojos. TREMENDAMENTE aburrido.

Si esto acaba resultando una anécdota que puedes explicar en el futuro, regálate pensando que yo estaba loca y tú sólo eras un tipo sencillo. Y reza por que jamás te transforme un vampiro o algo así, porque si el mundo mejora, conocerás formas de soledad que te harán soñar con estacas.

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25 proyecciones innecesarias (2 de 25) – Formación

Las veces que no has asentido, que no has tenido miramientos para decir que no, que no has sucumbido a chantajes emocionales basados en suposiciones discutibles. Las veces que papá no pintó nada, y las veces que mamá decidió callar. El día que no saliste, la lectura que no fue decisión de terceros. La pistola que no empuñaste y la navaja reina de los vegetales. La vez que no vomitaste por no ir a aquella cena. El día que no votaste por inercia. La noche que no hiciste nada, y los días que miraste la brecha de la pared. Los momentos muertos, todo el tiempo que te dijeron era perdido. La mañana que en lugar de agenda fue dormir hasta las once. La tarde que se convirtió en amanecer mientras hacías lo que realmente querías. El móvil haciendo un papel secundario, la tele muerta de risa. El aire en tu cara, o el humo, o el árbol para apoyarse. El bocadillo en lugar de cocinar para veinte. El regalo cuando nadie te lo pedía. Algo bonito donde nadie lo vio.
El calendario ardiendo, la nueva hoguera sin fanatismo.
Los profesores que no se creyeron el centro de atención.
La gente que no te vendió amargura u optimismo. Cuando la lista de reglas fue papel mojado. Cuando los grises se hicieron presentes. Un bello pantone sonando Oasis de fondo.
Cuando el presente fue una realidad y no solo un hecho.
Cuando la muerte no pareció mera tramoyista. Cuando supiste que el futuro era un invento para convertirte en Producción.
Cuando aceptaste la violencia como parte del juego, y cuando supiste no recurrir a ella.
Cuando te supiste animal. Cuando miraste hacia un rincón por ocupar, y ladraste como un perro o sonreíste como un bebé.
La vez que te callaste mientras todos hablaban.
Cuando no negaste ni aceptaste a Dios.
Cuando supiste no desaprender que los artistas mienten con intención.
Cuando desconfiaste de colectivismos.
Cuando enseñas a la gente tu no tatuaje.
Cuando frenas antes de que llegue la retórica.
No todo lo que dices tiene mensaje.

Fanatismo

25 proyecciones innecesarias (1 de 25) – Un cadáver en Stars Hollow (Escena eliminada)

–¿Se ha acabado la leche?
–No, pero yo me he levantado antes.
–Muy graciosa, Rory Gilmore.
–¿Eso convalida?
–¿Convalida para qué?
–No quiero ir a clase.
–Dijo Susan Atkins.
–Nadie se vuelve psicópata por no…
–¿Eso significa que tengo una hija estándar?
–Desesperadamente estándar. Sí.
–No quiero tener una hija estándar.
–Pero sí sé quién es un psicópata.
–Y casi no queda zumo.
–Bueno, no lo sé, pero sé que alguien ha actuado como uno.
–¿En serio?
–No me estás escuchando.
–Dime, Susan.
–Han encontrado un cadáver en la tienda de la señora Kim.
–¡Un cadáver…!
–No estoy bromeando, un cadáver anónimo.
–¿Un cadáver forastero…?
–Pero nadie sabe qué ha pasado.
–¿Nadie en Stars Hollow…?
–Stars Hollow es un pueblo diurno.
–Pobre señora Kim.
–Pobre Lane.
–¿Y tú qué haces ya levantada? ¿Investigas casos de las cinco a las siete de la mañana?
–Mejor detective que asesina.
–Y ni te estás bebiendo la leche.
–Antes ha llamado Lane.
–Pobre Lane.
–En realidad parecía emocionada.
–Un cadáver en Stars Hollow.
–Increíble.
–Quieras o no unirte a una secta asesina, tienes que ir a clase.
–Hace demasiado sol.
–Menuda excusa.
–Me duele la cabeza.
–Ahora estoy intranquila.
–No parece que asesine jovencitas, era un tío de más de cien kilos.
–Seguro que a las jovencitas las invita a un batido.
–No sé qué es peor.
–Seguro que Luke sabe algo.
–¿Luke?
–Claro, él es…
–Luke no quiere que hables, quiere que consumas.
–Y yo ya necesito café.
–¿Por qué estoy bebiendo leche?
–Tu sabrás ¿por qué no estamos estamos ya en Luke’s?
–¿Y por qué bebes zumo?
–Porque tú bebes leche.
–Porque creo que tengo fiebre.
–Y lo que yo creo es que es lunes.
–Dame dos minutos.
–¿Y quién puede…?
–¿Aquí en el pueblo?
–Podría ser cualquiera.
–¿Aquí en el pueblo?
–Alguien corriente.
–Un asesinato en Stars Hollow.
–Increíble.
–¿Ahora hay turistas?
–¿Turistas? ¿Eso hacemos con los turistas?
–Matarlos no es un reclamo.
–No lo es.
–Creo que yo también quiero café.
–Creo que crees que quieres café.
–Crees que creo que quiero café porque tú quieres café.
–No tienes calentura.
–Apenas me has tocado.
–No quería agobiar.
–Creo que me vestiré.
–La verdad es que no me deja tranquila eso del asesino de jovencitas.
–No es de j…
–Vayámonos ya, quieres café.
Necesito café.
–Aunque vas a llegar tarde.
–El pueblo debe estar conmocionado, hoy todos tienen excusa.
–Hoy escuchar a Led Zeppelin te puede convertir en sospechoso.
–O no beber café. Vámonos.
–Vámonos, Susan.
–Vámonos, Charlie.

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El fondo del agujero

Tengo un nombre real y otro práctico. Ahora soy payaso, animo fiestas infantiles, sobre todo en cruceros. Estos viajes me permiten llevar determinado estilo de vida. A menudo estoy en la zona de proa, unos instantes antes de la cena. He trabado amistad (por decirlo así) con una joven. Está enfadada. Mis opiniones en cuanto a igualdad de género se basan sobre todo en el determinismo biológico. Ella dice que estoy aterrado ante la posibilidad de perder mis privilegios. La diferencia es que ella tiene veintidós años, y yo, más de quinientos.
Lo fascinante es que aun así podría estar equivocado.

Lo que piensan los demás es que estoy rondando los treinta, y que me gano la vida con mocosos hasta que llegue mi gran oportunidad como actor. Lo mejor para mí es no hacer amistades que vayan más allá de una enriquecedora conversación o mera alimentación. Pero no me autocompadezco, soy una persona básicamente jovial que disfruta de la vida, o que al menos lo intenta. He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado por qué sonrío. A decir verdad he perdido la cuenta de todo excepto de mi edad. Conversando a ratos con la chica parcialmente tatuada y autoproclamada feminista, confirmo que la gente está empezando a dejar de comer carne, un lujo de conciencia que obviamente yo no me puedo permitir (y en realidad tampoco muchos vivos). Lady Vanesa (ella no sabe que la llamo así) dice que es vegana. Me insulta directa o indirectamente cada vez que puede, pero parece disfrutar de alguna forma de mi compañía.

Hace mucho, más de un siglo, que no topo con nadie de mi condición. O al menos con nadie que me haya dado pista alguna al respecto.
No es difícil sobrevivir cuando aprendes cómo. Lo primero que aprendes a perder es el miedo. Luego aprendes a perder muchas otras cosas. El miedo es útil durante unos noventa años. Luego tienes que comenzar a revisar tus preceptos filosóficos. Aparte de a perder, algo más importante que aprendes son los tránsitos habituales de las personas. Cuándo deciden ir a solas, incluso por la noche en medio de la oscuridad. Siempre tienen que sacar la basura, por ejemplo. Todo eso que parecen tonterías, comienza a cobrar una importancia vital con el tiempo.
Aprendes que eres distinto a niveles que jamás imaginarías.
Diría que mi versión del veganismo es sorber ratas, animales (Lady Vanesa no acepta el paralelismo). Una comida de lujo es un bebé rechoncho, o alguien joven en definitiva. Observas lo que hacen los vivos y enseguida entiendes cuál es tu acción homóloga. Puede que no enseguida.

Aprendes a tutear, aprendes jerga, aprendes a mentir con una eficacia de prácticamente el cien por cien. Decir la verdad no es una opción. Todo lo que dices tiene necesariamente un falso contexto. Lady Vanesa cree que bromeo con lo del vampiro vegano; una reacción recurrente natural que yo puedo prever sin esfuerzo, y de la que saco partido. Todo el mundo es tan cínico ahora, que no es difícil manipular sus mentes. No te creen si dices la verdad, ni tampoco si mientes. Sólo te creen si mientes bien, o cuando la mentira les hace daño. Intento tomar nota de los medios de comunicación, que hace mucho llevan el timón de las creencias, seguridades y sarcasmos de la población. El siglo XX fue una especie de curso intensivo sobre manipulación, violencia e hipocresía. Tanto la gente mala como la buena (o al menos bienintencionada), está intoxicada por su tiempo (ahora más que nunca), y hasta por su generación. Incluso la gente más inteligente, raramente sospecha de la celda argumentativa en la que habita. Las ideas originales o mínimamente certeras, son un tesoro terriblemente complejo de encontrar.

Atengámonos a este grado de mediocridad para la percepción del mundo; la idea más importante para muchos es: Si fuera verdad, ya se sabría.
Por eso yo no existo.
Todos suelen fingir que no tienen pensamientos oscuros. Lady Vanesa no. Me gusta hablar con ella, a pesar de que creo me usa para sentirse mejor de lo que es. No es exactamente previsible, usa la cabeza, acierta y a veces inventa y se va por las ramas, pero sobre todo no da casi nada por sentado. Es cierto que su discurso en ocasiones parece condicionado, como si hablara en nombre de alguien en lugar del suyo propio, pero eso no acaba envenenando el resto.
Me dijo que fue acosada sexualmente cuando tenía quince años.
Apenas intervengo cuando departimos, pero asegura que soy un claro ejemplo de “mansplaining”. Otra palabra que he tenido que aprender.
Lo que ella jamás entendería (porque no puedo decirle la verdad en serio, ni serviría de nada), es que una de mis mayores motivaciones para seguir viviendo, es la equivocación. Equivocarme me proporciona un placer que sólo alguien de mi especie puede entender. Darme cuenta de que algo que he dado por sentado durante siglos, no es como yo pensaba. Esa sensación de novedad, de que el mundo aún me puede sorprender.

Mi nombre de pila auténtico es Emerico. Pero hace mucho, décadas, que me hago llamar David. David es uno de esos nombres transversales al tiempo. Tengo toda la documentación personal falsa en regla; otra vez. Lo acabas aprendiendo todo sobre los entresijos burocráticos.
En las entrevistas de trabajo soy yo quien lleva las riendas. En el banco. En inmobiliarias. En tu compañía, seas quien seas. Puedo resultar raro o desconcertante, pero me salgo con la mía, y eso sigue siendo lo único que cuenta.
La sociedad sigue fingiendo que valora unas cualidades, mientras en el fondo valora otras, generalmente menos honorables.
Tengo tres funciones al cabo del día. Los fines de semana a veces más. Raramente tengo un día libre. Salgo disfrazado al gran comedor después del desayuno, luego en la comida en el momento de los postres, y por la noche después de la cena. Pero a veces también hay algún cumpleaños, o alguna fiesta privada para algún par de críos a quienes han llevado a un último viaje justo antes de morir. Ya casi no me siento raro con el pelucón rojo ante sus calvas.
Mi número trata básicamente del payaso triste, sólo que como no tengo acompañante, yo mismo cambio súbitamente de humor, y los críos se tronchan. En su día se me comentó que no era apropiado llamarme el Payaso Bipolar. Así que se me ocurrió dar coba a la auto-ironía, y ser el Payaso Emerico. A los niños les gusta el nombre, y los padres no se acaloran.
No es fácil contentar a todos, y no lo hago. Pero como animador infantil no me queda más remedio que intentarlo. Curiosamente, cuando actúo para críos enfermos, parece que todas esas manías adultas (es muy raro que los niños se molesten), se diluyen, como si los progenitores de turno ya no sintieran que tiene que haber filtro. El niño no va a crecer, no va a hacer el amor, no va a hacer cola en la oficina de empleo, no va a tener hijos, etc. De este modo hasta puedes colar algún chiste verde. La muerte flota sobre nuestras cabezas gracias al tumor de turno. Lo llamativo es que, parece que esas personas que acostumbran a ser maniáticas y odiosas cuando todo está bien, se relajan y vuelven sanas gracias a la enfermedad mortal de su hijo.
Esta vez hay tres críos de esa índole. Casi nunca pueden evitar su reclusión. Les suelen acomodar en camarotes especiales, sin sangrar más de la cuenta a los padres.
Debo decir que, a pesar de ser niños, la enfermedad les quita gran parte de su potencial como sabroso alimento. Es una lástima, porque lo ideal con la comida, obviamente, es fingir que se ha suicidado.

Creo que el hambre siempre ha sido distinta para todos, así que depende de a quién preguntes. Yo necesito al menos una buena ingesta a la semana, o cada diez días. He pasado largos lapsos como vampiro “vegano”, mordiendo a todo tipo de bichos de sangre rancia y escasa. Pero cuanto más viejo eres, más exigente te vuelves, y más asesino.
Nunca transformo a nadie. No voy a protestar si me vuelvo a cruzar con alguien como yo, pero no me gusta la idea de ser yo quien lo provoque. Claro que tienes tentaciones básicas, como al conocer a determinadas mujeres y fantasear con vivir con ellas; pero esas ideas caen por su propio peso. No es que nada dure para siempre, es que nada dura. Buscas estabilidad, una forma de hacer las cosas que te ahorre ciertos problemas, y te convierta en un ser de placeres sencillos, o al menos relativamente fáciles de gestionar.
Es importante advertir que, como sea, cualquier placer, después de las suficientes repeticiones, se te acaba antojando sencillo (si no aburrido).

Cuando era niño, mis padres murieron en extrañas circunstancias. Nunca llegué a saber cómo exactamente. Una noche me fui a dormir, y al día siguiente desperté huérfano. Se encargó de mí mi tía Teodomira. Ella era justo lo que hay al otro extremo de Lady Vanesa. Mi tía, siendo anticuada ya para esa época, enviudó joven y no quería saber nada de hombres. Al menos por lo que creo recordar. Me dio una educación de lujo y me buscó alguna buena familia con hija con la que negociar una boda.
Cumplí con todo el guión. Hasta sobrevivir con el tiempo a mi mujer y mis tres hijos (dos niños y una niña). Mis hijos me acabaron repudiando al crecer, aun sin saber muy bien por qué. Se largaron en cuanto pudieron. Yo no envejecía, no comía, y entonces la gente no era tan cínica como para no creer en demonios o fantasmas. Mi mujer se mantuvo a mi lado; no era extraño en aquel momento mantener en pie matrimonios convulsos. Comía sola. Yo salía algunas noches y volvía al rato con el brillo de los ojos restablecido. Ella lloraba a menudo a mi lado en la cama. No quería que la tocara. Hoy dirían que la relación se enfrió.
Así fue como, un día, mi ya anciana tía, entró una madrugada en casa con una estaca y un martillo que apenas podía sujetar. Forcejeamos mientras mi mujer se acurrucaba en un rincón, susurrándole a su cruz colgada al cuello. Sin apenas esfuerzo, lancé una dentellada tan profunda bajo su mandíbula, que un chorro de sangre salpicó a mi mujer. Mi esposa, de nombre Clementa, había tenido una vida tan guiada por los demás, que creo que en el fondo, muy en el fondo, sentía una chispa de emoción (quizá agradecimiento) más allá del miedo. Aquello, aunque sólo fuera por la vía del terror, la hizo sentir viva (en el meollo) durante un tiempo.
Al día siguiente, amanecimos con mi tía muerta sobre la cama. Clementa no se había movido del rincón, pero sé que había dormido. Clementa no era nadie, bien nos habíamos encargado todos de ello, pero odiaba a Teodomira. Ese día fue extraño. No hubo un acercamiento entre nosotros, pero sí se inició un proceso de tolerancia femenina, que duró hasta que mi mujer murió, veinte años después.

Entierra a tu tía en el jardín con la ayuda de tu mujer. Olvida a tus hijos, que no volvieron ni para el entierro de su madre. Espera unos años y comienza a viajar.
En el pueblo ya no había lugar para mí. Nadie me echó, no hubo un horda con antorchas que invadiera mis propiedades una noche para enviarme al infierno. Pero se hace más difícil alimentarse cuando los demás te dan trato de serpiente venenosa.

Hace unos años que me embarco cada vez que puedo; durante un tiempo me creí muy inteligente con ello. Estaba harto de vagar por ciudades, o de mendigar cuando los planes no cuajaban.
Lo más importante que aprendes en un crucero, es que no hay salida. La gente está literalmente encerrada en sus vacaciones, presa en la belleza del mar. El amor, en cualquiera de sus formas, te suele llevar a espacios limitados, cerrados, a calles sin salida y puntos de no retorno. Los vivos ven el atardecer desde la orilla, y de algún modo piensan que pueden ir hasta allí y tocarlo con las manos.
Algo más que aprendes, es que tú también estás encerrado, siempre con la misma gente. Dependiendo de las actitudes y energías que imperen (distintas en cada viaje), todo se puede volver demasiado complicado y violento.
No he contado cómo me transformaron en su día. Fue menos traumático de lo que cabría imaginar, aunque sí estuve un par de días con fiebre. Pero luego me sentí mejor que nunca. Desaparecieron todos los achaques, nada me ponía nervioso, no había estrés, ni vergüenza o preocupación. Me atacó lo que yo creía era un borracho, en una calle oscura camino a casa. Yo sí iba borracho. No le vi la cara. El proceso no tuvo ningún tipo de encanto, ni pareció un encantamiento. Sólo fue un golpe, un revolverse por el suelo, y el “borracho” se largó antes de que mis latidos se hicieran más lentos.
Estar en el mar es como todo lo contrario a aquella escena, aunque no tengo claro que eso me haya influido.
Esta vez, como dije en algún momento, hay tres críos enfermos en el crucero. Y un montón de críos sanos y regordetes, y estúpidos, también; todos con sus padres, generalmente más estúpidos que ellos. No hay peor estupidez que la del que cree no serlo gracias a la experiencia; como si la experiencia propia siempre fuera extrapolable. Cuando ellos van, tu vienes de haber sobrevivido durante décadas de haberte bebido a su descendencia.
Siempre creen que alguien les ha secuestrado al nene (en el barco, sí), o incluso que se han dejado al crío en la anterior parada. Comienzan a hacer memoria, a mortificarse. Incluso cuando se mortifican, parecen hacerlo para que a su alrededor todos asintamos, les compadezcamos y sigamos respetando su inteligencia.
Los tiro por la borda, claro, igual que hago con la comida que me traen al camarote. No es que nadie sospeche del payaso de a bordo, es que nadie entiende nada. La gente sabe que los niños desaparecen, pero eso habría de suceder cuando hay salidas. Lo que acaban teorizando siempre, es que el crío se ha asomado demasiado, se ha subido a alguna barandilla, y se ha caído. Un accidente trágico como cualquier otro.
No hay que olvidar que los adultos siempre creen que los niños son tontos, incluso para matarse a la más mínima oportunidad.
Con tal de intentar sacudirse responsabilidades, un padre y una madre pueden hacer y decir cosas de lo más absurdas. Y lo hacen.
Papá y mamá. A veces no hay cosa más tonta.
Lo que yo hago es aprovechar todas esas inercias, ponerlas a mi favor. Lo que hago es estudiar, seguir estudiando las majaderas idiosincrasias de los vivos.

Motivos profesionales aparte, ¿por qué siempre me fijo en si hay niños enfermos en el crucero? Algo pasa cuando un niño es diagnosticado de una enfermedad mortal. Y no solo al niño, sino también a quienes le rodean, tanto familiares como amigos. No me refiero con esto al aburrido y previsible dolor, tan abrumador como resultante de una matemática emocional que me hace bostezar. Me refiero a cómo ese hecho repentino, la aparición en escena de la Muerte cuando aún no venía por guión, corrompe las prioridades y decisiones adultas. Los adultos, tanto los papás del enfermo como los de sus amigos, a menudo pasan a tener una laxa actitud para con sus hijos. Parecen dejarles más libertad de movimientos. Si sabes cómo moverte en un transatlántico –y yo sé hacerlo mucho mejor que los turistas–, también conoces los puntos muertos. Y no me refiero a cámaras, sino a esos lugares por donde no suele pasar nadie; excepto a menudo los niños. Los críos aún se interesan por lo que les rodea; no solo fingen hacerlo. Que la muchedumbre no quiera entrar en determinada estancia, o coger determinado atajo, es razón de sobras para que un niño o niña se vayan raudos en esa dirección. Querrán meterse en ese agujero. Y al fondo de ese agujero, es donde suelo estar yo.

Casi de forma automática, mapéo la situación. Localizo a las familias que me interesan. Primero a los enfermos, que generalmente están juntos o en camarotes próximos (a no ser que se trate de un autobús de enfermos…, cosa que también ha llegado a pasar, y con lo que tenía que contenerme…), y luego, y lo más importante, a las familias de los amiguitos de los enfermos. Esos niños que no siempre saben bien lo que está pasando, a los que les han dado una información incompleta, o simplemente torpe. Los chiquillos que no saben por qué su amiguito o amiguita se ha afeitado la cabeza, ni por qué no están en clase o en el pueblo de los abuelos, en lugar de viajando en un barco enorme lleno de extranjeros y gente mayor. Esa gente de color rojo vacacional, que viste de blanco, que ríe y le busca el sentido al paquete de ocio por el que han pagado.
Algunos de los niños se pasan la travesía de placer preguntando a sus padres cuándo van a llegar. Nadie les ha hablado de la importancia del Camino; y para cuando estén hartos de oírlo, ya sabrán de sobras que nunca se les va a exigir tanto que estudien como que aprueben; y aplicar a todo lo demás. Por muy inteligente que sea el crío de turno, siempre estarán ahí los padres o los tutores para controlar y poner freno a eso, y hacer crecer a otro asalariado mustio.
Es gracioso ver cómo funcionan sólo en base a una idea sobre el futuro. No sólo olvidan la fecha de caducidad con los yogures.
Siempre se están preparando para algo, en lugar de pensar en lo que hacen y si quieren hacerlo.
No me gusta racionalizar el sadismo, pero no puedo negar que a veces sientes que estás mordiendo el cuello adecuado. Localizas al niño o la niña que anotaste mentalmente. Sus padres, que pasean por cubierta, le han dado permiso para ir a ver al enfermito. La familia cree que controla la zona, que ya conoce los tránsitos. Y sobre todo creen que no hay serio peligro, porque las vacaciones raramente funcionan como descanso; funcionan como desahogo, funcionan como lapso en el que perder, aunque sólo sea un poco, el miedo habitual a la vida, al futuro. A esto hay que sumarle que nadie apuntaría “vampiros” en una lista de motivos por los que los críos desaparecen. Lo que intento decir es que, estas familias, en su mayoría nucleares, suelen leer su propio miedo de la forma más equívoca posible. En el fondo, lo que les está aterrando, no es su propia inseguridad, ni la posibilidad de arruinarse, ni siquiera la idea de que les pueda pasar algo a sus hijos. Lo que más les aterra con diferencia, aunque sea a un muy efectivo nivel subconsciente, es que el mundo cambie.
La lección que con más convicción han aprendido –sea cierta o no–, es que las cosas sólo pueden empeorar.

Tengo que procurar estar al fondo de ese agujero.

Esta vez, sin embargo, topo con poco habituales variaciones. Llamo variaciones a ese tipo de imprevistos que se dan muy raramente con los tránsitos de los adultos. Las personas de determinada edad, las que no son niños y tampoco ancianos, las que están ahí, en medio, tomando las grandes decisiones, “ayudando” a crecer o a morir a los demás. O en general intentando ser discretos, o contribuyendo a un mundo más caótico o destructivo. Esas parejas entre los treinta y los sesenta. Pues bien, esa gente suele ser absolutamente predecible. Da igual lo que hagan (fidelidad, aburrimiento, cuernos, hijos, maltrato, parricidio…), nunca hacen nada que no se haya hecho ya millones de veces en ese lapso vital. Excepto estar realmente conformes, o intentar ser felices o sinceros para consigo mismos, cumplen con todo el programa. Van de A a B, luego a C, y luego vuelven a A. Algo así como de la cama al coche, del coche a la silla de la oficina, y de ahí otra vez a la cama. Todo salpimentado con fines de semana ahogados en tópicos (por fin es viernes, ahora es sábado, ya-es domingo-me-quiero-morir…), y una actitud que dice: Si no eres como yo, a Dios vas.
Eso no suele variar nunca.
Hasta que lo hace.
Cuando me pongo a seguir una mañana a uno de los críos –que estoy bastante seguro se vuelve solo a hacer compañía a un amiguito moribundo–, veo que un tío de unos cuarenta tacos parece hacer la misma ruta que yo.
¿Dónde coño vas? Creo que lo digo en voz alta.
Comenzamos a recorrer pasillos solitarios a esa hora (casi mediodía). Él siguiendo al crío, y yo siguiéndolos a ambos.
Entonces el tipo empapa un trapo con lo que supongo es cloroformo.

Variación de baja intensidad: El pederasta.

No intento rebajarle. Lo de baja intensidad no es porque el asunto carezca de gravedad, sino porque la pederastia y la pedofilia son prácticamente tópicos inherentes (o al menos cercanos) a los núcleos familiares más comunes. Quizá generalmente el pederasta no vaya a por sus hijos, pero sí a por todo lo demás. Todo lo que no debería hacerte pensar en sexo.
Nunca he hablado con uno, lo que remueve mi curiosidad.
Como no podía ser de otro modo, carga el cuerpo del muchacho (unos ocho años) hasta la zona de la sala de máquinas. No es un aficionado, sabe que la hora de comer es una buena hora para portarse mal. Habrá un personal mínimo, pero muchos recovecos, y alguna que otra compuerta que se pueda cerrar.
No parece su primera vez. Tampoco en un crucero.
No soy nadie para dar discursos morales, ni para alimentar ningún tipo de ética o estética del Bien. Pero yo no hice al vampiro. Ni tan siquiera me llamaba vampiro antes.
Antes éramos más bien innombrables.
Cuando estoy dispuesto a afrontar algún tipo de conflicto, buscado o no, siempre me ataca la nostalgia. Lo más extraño de no morir, es que pareces adquirir un instinto para dirigirte a donde acontecen los puntos de inflexión históricos. Nunca tengo con quien fardar sobre esto, pero Bram Stoker era un cocinero horrible (porque nunca cocinaba para sí mismo…), Maria Antonieta una niña tan ignorante como encantadora, y Colón un ser mezquino en sus últimos días.
La lista es larga, y a lo largo de la Historia (ahora ya casi nunca), este tipo de personalidades que jamás morirán en la memoria, parecían saber intuir –y apreciar, igual que tú en ellos– quién estaba siendo anfitrión de un demonio o un genio.
Durante el siglo XIX, empero, hasta los vampiros comenzaban a ignorar quiénes eran de su especie y quiénes no.
Yo procuré que mi radar para lo extraordinario no se oxidara. No es ningún tipo de poder, no parece que mi corazón vuelva a latir. Simplemente veo a alguien, y en unos pocos segundos lo sé.
¿Que qué sé?
Me pasa lo mismo con el pederasta. ¿Quién es este tío? ¿Es alguien? ¿Lo será? La mayoría de gente jamás llega a ser alguien; y no me refiero a que no cambien el mundo ni lo vuelvan del revés. Nunca llegan a ser alguien ni para sí mismos.
Pero algo subyace a la presencia de este ser, al que observo cómo con el crío en brazos se dirige a cierto habitáculo, seguramente el que algún trabajador usa para dormir.
Antes de que se cierre una suerte de escotilla, meto el brazo. No se da cuenta de nada, tampoco el crío. Sé pasar inadvertido en los lugares más estrechos. El hombre deja el paño y la botella en el suelo, casi al tiempo que yo hago uso de ellos para dejarlo grogui.

Cierro la escotilla tras de mí. Tengo que reducir al niño cuando vuelve en sí; deja pronto de patalear. Se acurruca en un camastro apestoso.
Espero a que el pederasta despierte. No es fácil tener la agilidad suficiente como para salir enseguida de semejante zulo. Aun así, uso una silla de madera, de tijera, la única disponible, y me siento obstruyendo la salida.
Es cierto que los niños saben sospechar cuándo está pasando algo que sus padres no consideran posible. Si algo aprenden todos los mayores ahora, es retórica, a buscarle interesadamente las vueltas a todo, y a poner excusas. Les podría violar un extraterrestre, darles hijos verdes con antenas, y seguirían diciendo que vaya con la pesadilla que tuvieron. Pero los niños no. Pueden dejar de creer en los Reyes Magos, pero siguen atisbando una Realidad en la que sus padres hace mucho dejaron de creer.
Por eso el niño ni tan siquiera llora, no llama a sus padres, no hace preguntas. No es que sonría ni lo esté pasando teta, pero es consciente de que ahora habita en la Realidad que está bajo la que le han enseñado. Un crío no tiene “creencias”, no reparte panfletos, simplemente asume de forma natural y resignada que no puede controlarlo todo.
Cuando estoy presente en lo que los vivos llamarían una situación tensa, soy más consciente del protector solar. Creo que es porque lo único parecido a una situación tensa para mí, desde que me mordieron, es cuando estoy decidiendo si verbalizar en serio lo que soy.

El tío vuelve en sí. Me alerto, pero en ningún momento hace gesto brusco alguno. Sólo parece sentir curiosidad, además de resoplar por haber sido pillado. Rápidamente, sin yo decir nada, se viene abajo. Comienza a lloriquear.
¿Está actuando?
No le pregunto si sabe lo que hacen con los de su calaña en la cárcel. Aunque juraría que a estos tíos los juntan a todos en el mismo módulo. No le echo nada en cara, ni le llamo enfermo.
Lo que parece inquietarle aún más. Podría pensar que soy el padre del chico, y que estoy tan calmado porque lo tengo acorralado, y nada va a impedir que lo torture.
Digo:
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–…
Me tengo que armar de paciencia durante un rato, porque el tío tarda en decidirse a decir mu.
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–Sí…
–Es fácil, ¿verdad?
–…
–Te quedas enseguida con las caras y…
–¡¡Quién coño eres!!
–Tranquilo… Si gritas esto va a acabar antes de lo que yo querría.
–…
–Luego te va a parecer raro, pero nunca he hablado con alguien como tú.
–…
–Quisiera decir que no tenemos nada en común. Pero la verdad es que somos bastante parecidos.
–Por favor…
–¿Quién crees que soy?
–No le iba a hacer nada al crío, lo prometo.
Cabeceo hacia la botella y el paño. El tío lloriquea con más intensidad.
–¿Lo haces cuando aún están inconscientes? ¿Te corres enseguida?
–Por favor…
–¿Me quieres decir quién crees que soy?
–No quiero nada, yo…
Me irritan las pausas, pero con este tipo no hay más remedio que respirar hondo.
–Lo que no quiero –digo– es que te muevas. No quiero ni que te muevas ni que grites. Ni que te hurgues en los bolsillos ni hagas movimientos bruscos
–Está… Está bien.
Tenemos una precaria fuente de luz, lo cual me anima un poco.
–¿Comes carne? –le pregunto.
–¿Que si… como carne?
–Supongo que a los críos sólo te los follas. Digo que si comes carne, chuletones, bistecs, hamburguesas…
–Sí… Sí, como carne.
–Creo que puede ser interesante ver cómo superáis la fase del especismo.
–…
–He conocido a una chica que no come carne. Es inteligente, te gustaría. O puede que no… Lo que es seguro es que tú no le gustarías a ella.
–…
–¿Has asesinado alguna vez a un niño?
–¿Qué? No.
–¿Quieres asesinar a uno?
Me dirijo al niño:
–¿Cómo te llamas?
El crío me dice su nombre.
–¿Quieres ponerte de pie? Ven aquí.
Se incorpora, le guío y le pongo de cara al pederasta.
–No me has contestado –le digo al tipo.
–No quiero matar a un crío, no quiero…
–Espera. ¿Ese es tu límite?… He pensado más veces en esto. No sabes quién soy, lo que soy, pero yo sí lo he hecho, he matado a muchos niños, y a muchas niñas. A estas alturas puede que a cientos…
–Estás loco, quiero irme de aquí.
–… le dijo la sartén al cazo… ¿Es así? Nunca me ha gustado cómo se oxida el lenguaje.
–No sé quién eres, pero quiero irme de aquí. Ni siquiera sé si eres poli.
–¿Parezco poli?
–…
–Los polis son quizá las personas más torpes y manipulables que hay. Mucho más que este crío. ¿Sabes por qué no se revuelve este crío?
–…
–Porque sabe que es inútil.
–…
–Sé que he dicho que nos parecemos, pero aquí somos los tres muy diferentes a cierto nivel, incluso tú y yo. Eso siempre me resulta interesante. Lo que quería decir, es que me asquéas. Pero claro, es irónico adimitirlo. A no ser que uno se pregunte qué es peor, si matar a alguien o destrozarle la vida.
–Yo no mato nadie.
–No, sólo los dejas emocionalmente tullidos, arrastrando miseria hasta que se los lleve la misericordia.
–…
–¿Me puedes decir quién eres?
–¡¡Dime quién eres tú!!
–…
–¡¡Quién coño eres!!
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–Estás tarado.
–No. Sólo he vivido mucho más tiempo que tú. Empiezo a creer que no sabes quién eres…
–Por Dios, sólo quiero…
–No bromeo. De verdad creo que no sabes quién eres, o quién vas a ser.
–No sé de qué coño hablas.
–¿Te postulas a algo? ¿Política? ¿Estás planeando algo? Ayúdame, no me siento en el camino…
–No soy… nada.
–Ya sé que no eres nada, eres menos que nada, y da igual lo que hagas, nunca va a ser distinto. Lo que te pregunto es si tienes algo en perspectiva.
–No. No tengo nada. Soy funcionario, no tengo familia.
–¿Me puedes dar tu cartera? Ya puestos, vacíate los bolsillos.
–No. No pienso hacer eso.
–Así que hombre de familia, delincuente y con ambiciones. Antes los que eran como tú mentían mucho mejor, te lo aseguro.
–…
–No te recomendaría el mundo de la política, pero los tíos como tú sois mi televisión, mi Internet, mi enlace con la Historia.
–Oye…
Sin solución de continuidad, lanzo una dentellada al cuello del crío, que no reacciona en modo alguno. Un muñeco. Frunce el gesto, y no tardo mucho en hacer que se le pare el corazón y se empiece a enfriar.
Práctica.
El tío al principio mira horrorizado, y luego su cara adopta un semblante neutro, como si recordase quién es y lo que quería hacer. Su camisa blanca, su chaqueta, de extraño diseño ambas, quedan rociadas de salpicaduras rojas.
Un vez acabo, no siento que haya logrado el efecto deseado, aunque haya comido bien.
Con la barbilla empapada de sangre, digo:
–¿Me vas a decir quién eres?
A lo que él, sin yo poderlo haber anticipado en modo alguno, dice:
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–…
–Si quieres que esto avance, necesito meter la mano en mi bolsillo.
Alguien empieza a aporrear la escotilla, cerrada desde dentro.
¡¡Eh, quién hay ahí dentro!!
El tío saca un aparato similar a uno de esos teléfonos inteligentes. Me dice:
–Dime una fecha, la que quieras, y un lugar, y agárrame la mano.

Obviamente, estos viajes le permiten llevar determinado estilo de vida. Cada cual elige los suyos. Claro que unos tenemos más limitaciones que otros. Cuando aún no he entendido del todo lo que ha pasado, me encuentro viéndome a mí mismo morder a mi tía Teodomira.
Salimos de la casa, el tío no me suelta la mano; mi otro yo nos grita. El tío me dice que ahora tengo que entender y –aún más difícil– aceptar, que él puede reproducir o provocar un agujero de gusano, un puente de Einstein-Rosen. Que es un paso más, porque yo estoy, pero él salta. Que ha sido el primero en lograrlo. Que estoy equivocado. Todos lo estamos. Ahora tengo que aprender otro montón de palabras nuevas, asumir que un personaje histórico es pederasta, y perseverar para mantenerme donde quiero, en el fondo del agujero.

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