25 proyecciones innecesarias (18 de 25) – Cagar donde comes

Estaba jodido, resaca. Desperté a medias, oí follón que venía del comedor. Luego tomé conciencia. Había estado teniendo pesadillas toda la noche (toda la mañana, más bien). Solía tener un sueño ligero y turbio, y lo sigo teniendo. La mayoría de veces sé que he dormido sólo porque he soñado. No es que me acuerde mucho del sueño, pero sí sé dónde no he estado.
No era un día especial, esto no es el relato de un hecho extraordinario. Simplemente es el relato de un hecho, lo que debería ser suficientemente extraordinario, y más en un mundo en el que todo se vende como increíble o nunca visto.
Si conoces la frase “No es tonto, no caga donde come”, por ahí van los tiros.
Esa frase se suele pronunciar relacionada con mascotas. El problema de los humanos es que su revuelto de instinto y conciencia les hace creerse más listos de lo que son, y a su vez son más animales de lo que creen. Da igual a quién conozcas y lo maravillosa que parezca esa persona, da igual si es hombre o mujer. A cierto nivel, está a un paso del asesinato por la supervivencia; y debido a la conciencia, también por el orgullo. Esa persona no es maravillosa, bastante trabajo tiene con ser. Esa persona hará cosas ridículas a veces, o execrables; no necesariamente matar, pero sí de alguna forma ceder, rendirse, claudicar. Si madrugas para ir a un lugar que odias, por ejemplo, da igual lo que te paguen por ir, o lo que ganes con ello, cada vez que suena el despertador, levantarse es llevar a cabo un ejercicio de rendición. Todos conocemos esa sensación.
Perder cada día un poquito de dignidad, de autoafirmación. Creces con la idea de que eso es sinónimo de responsabilidad.
Sabía que había dormido porque no había pasado las últimas horas hablando ante un mar de sangre con alguien sin cara.
Sé que he dormido porque sé dónde no he estado.
He estado tirado boca abajo sudando el alcohol.
Así estaba. Mis padres ya ni se molestaban en intentar despertarme para la comida dominical en familia. Cada vez era más evidente que yo era ese integrante de la familia. El que se da por perdido en ciertos aspectos. Al que se le comienzan a tolerar las miserias, porque pobrecito, bastante tiene con ser él. Llevan a cabo un acto de sentido común sin querer. Te dejan en paz no porque crean que te lo mereces, sino por todo lo contrario: porque no te mereces ni que intenten molestarte.
La gente es muy rara, sobre todo la gente llamada normal. Son raros y contradictorios de cojones. Y no tienen puta idea de que lo son. Van por ahí supurando imitación y humildad de pega. Es como si un cubata de garrafón tomara conciencia y pensara que es un vino añejo, nada original pero perfectamente respetable.

Intenté leer los ruidos, las voces. Había al menos siete u ocho personas. Mis padres, mis tíos, algún crío, ¿se oía un bebé? ¿Quién había tenido un bebé? Ya se habrá intuido que no soy esa clase de persona que vive para regar el árbol genealógico. No es que todos los domingos pareciera la comida de navidad en mi casa, pero a veces pasaba, y cinco personas podían hacer el ruido de quince perfectamente.
Ahí surge puteo, lo que me llevó al asqueroso dilema. Me estaba meando. Una del mediodía. No había forma de llegar hasta el lavabo sin hacerme presente para toda esa gente. Extraños consanguíneos. Para ir al lavabo tendría que vestirme, arreglarme, puede que luego hasta ducharme, lavarme los dientes, comportarme en base a que había visita. Todo sólo para poder mear. Decir buenos días, dar dos besos a todo el mundo, hacer cucamonas a un par de críos a los que les era indiferente, cruzar una mirada incómoda con mis padres, interpretar, sonreír, comportarme como se supone que la gente normal hace de forma natural.
Tenía que pagar ese peaje para poder mear.
No es que no lo hubiera hecho otras veces. Casi siempre me he levantado con ganas de mear. Entre bastantes y muchas. Es el motivo por el que nunca duermo más de seis horas. Me desvelo.
Me quedé un rato esperando por si escampaba. Ni de coña. Ni habían empezado a comer. Era todo de lo más latino, comer tarde, cenar tarde, armar ruido, gritar, reír como si reír fuera algo que haces para los vecinos. Todo ese largo etcétera de teórico entusiasmo familiar. El ritual en el que yo, cuando no me quedaba más remedio que asistir, solía permanecer en silencio, e intervenir sólo las veces necesarias para que mi presencia no resultara incómoda en exceso.
Luego, gelocatil.
Cuando mirabas el reloj habían pasado las cinco de la tarde.
Yo era raro de un modo distinto al de ellos. Mi revuelto de conciencia e instinto se movía por otros cauces. No sé si porque yo lo había provocado o simplemente porque era así. Raro, lo que se dice raro, es todo raro de narices. Sólo estar aquí ya es raro. Sólo si lo piensas, claro. Puede que esa fuera la diferencia entre ellos y yo.
Luego puedo lavar la jarra a conciencia, pensé.
Incluso hay gente que se ha bebido su propio pis, algunos incluso asegurando que era saludable. Pensé.
Tenía una jarra siempre en la habitación. Toda persona que sepa lo que es haber tenido piedras en el riñón, tiene una jarra de agua cerca, una botella, una garrafa. Si te pica un codo, te bebes un vaso de agua entero. No hay nada como el dolor, saber de su potencial, para tomar conciencia de lo pusilánime que eres.
Quedaban sólo tres dedos de agua. La vertí en la taza que siempre tenía también cerca. El vaso se llenó hasta el borde. La jarra era de plástico, barata, con una tapa color lila.
Llegó un punto en que lo único que me preocupaba era que alguien entrara en la habitación mientras meaba. No habría forma de justificarlo. Hay cosas que no se pueden explicar. Probablemente todo lo que hay entre el amor y mear en la jarra de la que bebes. Da igual que digas que la vas a lavar. Te van a comenzar a hacer peguntas, el lavabo estaba a diez pasos.
Una mierda a diez pasos. Pero no puedes decir eso.
No podías intentar contarles lo que pasaba. Quién creías que eras tú y quiénes ellos. Ellos actuarían como si jamás hubiesen hecho nada absurdo, reprochable o asqueroso. Es lo que hacen siempre. Es como si nunca hubieran follado o cagado. Como si fueran entes y no de carne y hueso. Como si jamás sintieran pereza o vergüenza. Tanta pereza que fuesen incapaces de levantarse; tanta vergüenza que se quedasen paralizados.
Sabía que no iban a interrumpirme mis padres. Tampoco el resto de los adultos. Pero puede que a alguno de los críos le diera por explorar. Eso sería doblemente jodido; que entrara uno de esos críos maleducados por la educación predominante, forjándose en la antiintuición, el miedo y la anticreatividad, y me viera con la polla en la mano.

Me la saqué y la metí en la jarra. Tenía que asegurarme de no manchar nada. Así estaba pasando el domingo. Seguían llegando los estallidos de réplicas y risas del comedor. El lavabo muerto de risa también. Un sol precioso en la calle.
Acabé y me la metí en los calzoncillos, donde con las prisas, inevitablemente, solté las dos últimas gotas.
Luego tenía que encontrar algún escondrijo para la jarra. Tenía que dejarla en algún rincón y luego esperar al momento adecuado para irme con ella al lavabo.
No es que pasara nada más. No bebí de ella por error, ni mis padres. No aconteció ninguna anécdota asquerosa más allá de lo relatado.
Más tarde, cuando disimuladamente tiré el pis al retrete y luego frotaba con lavaplatos mi orinal improvisado, no me sentí sucio o repugnante. Continué aferrado a mis razones. Y además no era para tanto. Luego el agua no sabía a amoniaco ni nada por el estilo. No pensaba hacer la pijada de tirar la jarra y luego inventarme una historia. Era mi jarra, puede que entonces mucho más que antes. La jarra que me había ofrecido una salida, al igual que lo hizo antes para mis piedras en el riñón. No fue un día especial, ni particularmente deprimente. Yo podía oír las memeces que ellos decían; al final empatamos a podredumbre y humanidad. Ellos eran, os lo aseguro, al menos tanto como yo.

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