25 proyecciones innecesarias (20 de 25) – Vino tinto

Hay ciertas cosas, asuntos recurrentes, por llamarlo así. Formas de comportarse, lo que haces, lo que comes o bebes, la duda de si haces esas cosas sin gente alrededor. Ciertas ideas, supuestas soluciones, aparentes inercias. Se contagian, obviamente, pero no por ello dejan de ser definitorias.
Entérate, infórmate; localiza una cena, una con gente, no una cena de empresa ni nada por el estilo, mejor un cumpleaños o similar. Una cena en la que la gente se sienta cómoda, o al menos tenga que fingir que quieren estar ahí. Un poco forzada, puede, pero voluntaria de verdad, extra-curricular. Una quedada de amigos. En realidad, si no es muy numerosa, mejor. El formato ideal puede que sea una cena de parejas. Dos. Blancos y hetero, a poder ser; de esas personas que sonríen al mundo no tanto por tolerancia como porque el mundo siempre les ha sonreído. Esas personas a las que la vida las ha tratado bien en muchas ocasiones sólo por defecto, que pueden fingir que son la bondad personificada, o que realmente jamás harían nada impetuoso, discutible, malo o violento.
Localízales, y observa. Escúchales.
Quizá te comiencen a sudar las manos sujetando el arma. Imagina que los ves con la mira telescópica, y que has de apretar el gatillo al primero que tu estómago quiera. Tienes audio, tu auricular en el oído derecho, hay un micro bajo la mesa. Les puedes oír casi mejor de lo que les ves. Se sientan y miran confiados a su alrededor. Nada como espiar a alguien para saber lo encantado que está de haberse conocido. Las salidas de parejas corren siempre peligro de convertirse en una escultura a la altivez mal disimulada. Son buenos, son amigos, son brillantes. Tienen cosas en común. Tratan fenomenalmente al camarero, aunque le hacen ir y venir unas tres veces hasta que se han decidido, después de impregnar la carta de colonia y responsabilidad.
Viernes.
No puedes ver los precios del restaurante, pero tiene pinta de que cenar ahí no es tanto una cuestión de alimentarse o relacionarse, como de dejar claro que puedes llevar determinado tren de vida. No es que seas rico, pero eso es una vulgaridad.
Entonces uno de los presentes llama otra vez al camarero, parece ser que ha quedado algún fleco suelto.
Hablan sobre la carta de vinos.
–¿Tenéis otro vino tinto aparte de los de la carta?
El sudor te empieza rodar por la cara.
–La verdad es que no, tenemos lo de la carta.
–¿Os gusta el vino tinto?
Las cejas comienzan a no ser suficiente.
–Vale, pues ¿nos traes el de la casa?
Pestañeas.
–Eso. Vino tinto.
Aprieto el gatillo hasta cuatro veces.

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