25 proyecciones innecesarias (23 de 25) – Gatos

Lo del gato debió ser a principios de los noventa.
Los que crecimos en esa década fuimos los últimos que supimos sobre cierto grado de independencia e incomunicación.
A cierto nivel, estábamos solos. Pero no era algo que nos hiciera infelices. Lo que nos podía hacer infelices era más o menos todo lo demás. Es curioso que, de todas formas, no tengamos en general malos recuerdos de nuestra infancia. Al fin y al cabo no vivimos ninguna guerra o posguerra, y tampoco sabíamos de nuestro país y su gran farsa sobre el estado del bienestar. Se suponía que nosotros tendríamos la oportunidad de comernos el mundo. Todo iba bien, uno sólo tenía que hacer un pequeño esfuerzo.
Todo estaba bien, excepto que todo era mentira.

Éramos la generación que oía hablar sobre ‘Generación X’, y que un poco antes de los veinte años vería ‘El club de la lucha’, como si esa peli fuese un oráculo que nos iba a contar el qué. Cuando luego leías el libro, lo veías aún más claro. Pese a ser un texto que le hablaba a los mayores de treinta, tú ya te podías sentir perfectamente identificado. Era aún peor, porque ese texto te contaba en cierta forma lo que casi seguro no podrías evitar. El vacío, la violencia de no ser.

Yo me levantaba cuando el despertador quería. Era el primer Superior que tenía todos los días. Primero obedecías a una máquina, luego a todo los demás. Otra máquina era el timbre del colegio, aunque siempre había más personas que máquinas. Tus impulsos o deseos importaban un carajo. Todo eso se despejaba de la ecuación. Que no estuvieras motivado y el colegio te asqueara, no preocupaba a nadie. Es posible que se preocuparan más con los críos que querían ir a clase (y con razón…).

Iba por las mañanas con un par de chavales más del barrio. Llegábamos al colegio por un camino que era casi todo el tiempo de tierra. Apenas cruzabas un par de calles asfaltadas. Había zonas que eran puro terreno para construir abandonado (irónico), llenas de de hierbajos.
Una vez, en una de esas zonas, vimos un gato muerto.
Primero lo olimos, y eso que ese día aún no olía tanto…
Alguien lo había atropellado, y luego alguien lo tiró a los hierbajos.
Fuimos viendo cada día cómo el animal se descomponía. Se acercaba el verano. El calor ayudaba. Pronto el radio de acción de la peste era delirante. Por allí no pasaba ningún adulto a no ser en coche. Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. Cuanto más te acercabas, más real parecía. No aprendimos nada extraordinario de aquello, y aun así aprendimos mucho más que en clase. Veías primero el pelo del animal, luego la carne y luego los huesos; y de haberlo pensado hubieses visto el camino hacia el año 2000, cuando ya estarías no solo perdido, sino también consciente de estarlo.
Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. El gato podía ser un símbolo perfectamente aceptable de nuestro futuro.

El siguiente invierno, helados, recién salidos de la cama, como siempre, con el sueño amputado, levantados en el justo momento de mayor placer bajo las mantas, ya no olíamos al gato por las mañanas. Comenzó a desaparecer.
Nosotros no, al menos sobre el papel.
Oíamos hablar sobre la belleza de un amanecer. Nosotros no veíamos amanecer. Veíamos el reloj a las ocho de la mañana. Un reloj, un timbre, muchos dedos señalando. Señor, ¿ha sido usted quien ha matado al gato?

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