25 proyecciones innecesarias (24 de 25) – Carraspera

Allí «la hora de la siesta» no era una forma de hablar. Allí a la hora de la siesta las calles del pueblo estaban vacías y en las casas cedía la actividad. Además nadie cerraba con llave. Si querías podías entrar y salir por donde quisieras, podías oír los ronquidos. Podías incluso robar, excepto que se hubiese sabido.
Yo no dormía, era un chaval de ciudad, un crío. Aún no le veía el qué a ese ritual. Estaba cargado de energía. Había dormido mis buenas ocho o nueve horas la noche anterior. ¿Para qué me iba a poner a dormir otra vez a las tres de la tarde?
Persianas bajadas. De tres a cinco de la tarde, me dedicaba a pernoctar, la casa estaba más bien a oscuras. Con catorce años cualquier rincón era bueno para una paja. Esa era una opción. También me gustaba dibujar. No tenía tele, allí aún no, aunque difícilmente me la hubieran dejado poner a esa hora. El pueblo entero (unos mil habitantes) dormía. Yo era un pequeño organismo a la contra. La pequeña gripe. La carraspera del pueblo.
No era grave o molesto, pero allí estaba, jugando a la contra, sin respetar ciertas reglas, pisoteando el protocolo. ¿Cómo demonios me iba a dormir de tres a cinco de la tarde, cuando lo que hacía normalmente a esas horas era estar en clase?

No se trataba sólo de la siesta. Eran las vacaciones de verano. Un mes entero allí. Nunca encajando, nunca del todo cómodo, nunca entendiendo del todo. Ahora todo son buenos recuerdos, pero entonces era una sensación extraña; como si todo el mundo te mirara y dijera algo como “esto es genial, eh”, y yo sólo supiera encontrar pegas o ponerme siniestro. No quiero, de verdad, sonar a retrato de la adolescencia o generacional. Yo hubiese sido plenamente feliz con mis amigos en la ciudad. El pueblo significaba afrontar toda una serie de momentos incómodos. Familiares, desconocidos, gente mayor, sentirse desubicado… Un chico o una chica de esa edad no ha de quejarse necesariamente por estar «en esa edad»; de hecho generalmente se quejan por lo mismo que se quejan los adultos: estar en un lugar donde no quieren estar o con gente con la que no quieren estar. No es que los chavales sean raritos, es que aún no pueden hacer lo que quieren. Casi nunca pueden elegir. Van de un lado a otro por orden de adultos de criterio siempre discutible.
Cuando creces te das cuenta de hasta qué punto el criterio de los adultos es discutible; de hecho hay gente con hijos que no es que no esté preparada para tener hijos, es que no está preparada para no dispararse en un pie.

Como sea, creo que tampoco hubiese hecho gran cosa de haberme quedado en la ciudad. El mes de agosto era el descanso del obrero. Al parecer todos los padres de familia tenían ese mes libre. Todo el mundo se iba fuera. Las madres solían ser amas de casa; los padres hacían siempre como que todo iba bien. El mundo no era un lugar en absoluto amenazante. Ni tan siquiera para los críos como yo, de a seis suspensos el trimestre. Daba la sensación de que daba igual lo que hicieras, no te iba a pasar nada. Una vez superada la tormenta (la bronca, o la bofetada paterna o materna, tan aceptada aún en aquellos tiempos), podías seguir hacia delante sin excesivos dolores de cabeza.
Lástima no haberlo sabido en aquel momento.

Llevaba mi monopatín al pueblo. Mis padres llevaron una tele con el tiempo. Luego yo llevé una consola.
Parecía que aquella casa nunca acababa de completarse. Siempre había alguna obra, alguna chapuza que hacer, algo que instalar.

Recuerdo que una tía mía que vivía en el pueblo, invadía la casa a cualquier hora; abría la puerta, voceaba el nombre de mi madre, y entraba sin más. No parecía saber que a partir de mis doce años yo podía estar tocándome a cualquier hora.
Luego, otro tío mío, que ya estaba viudo, murió, hubo algún desacuerdo con el asunto de la herencia, y esa tía mía ya no volvió nunca más por casa. Dejó de aparecer, se dejó de hablar de ella. Es posible que incluso ya haya muerto. Yo era la carraspera, pero no tanto como para hacer ciertas preguntas. No es que me importara tanto. No es que no fuera un niño sensible, pero no me encariñaba enseguida con todo el mundo, y hablamos de personas a las que veía entre poco y menos cada año.

Uno de mis mayores problemas es que no sabía fingir. Sabía mentir, sabía hablar mierda. Pero no sabía fingir, no sabía actuar. No sabía reír sin ganas o fingir relajación cuando me sentía incómodo. Esto es algo que te pasan por alto cuando eres muy crío. A la gente le hace gracia todo si eres lo suficientemente crío. Pero a partir de los catorce o quince años, todos empiezan a suponer que ya deberías saber fingir; al menos un poco. La desavenencia generacional entre críos y adultos, no creo que vaya de lo listos que son los adultos y lo tontos que son los críos; creo que va de lo transparentes que no pueden evitar ser los críos, y lo muy falsos que han aprendido a ser los adultos.
Recuerdo a una prima de mi misma edad. Aunque no estaba seguro de que fuera una prima. En el pueblo a veces se confundían esas cosas (pasé años pensando que una amiga de mi madre era mi tía). Pero había una chica, alguien que, fuese o no prima, parecía actuar en calidad de prima. Ella ya había aprendido a aceptar ciertos códigos de los adultos. Los protocolos. Recuerdo entrar a un bar con mi primo (primo de verdad), y topar con ella. Mi primo conocía mejor los nombres, el árbol genealógico, quién era familia y quién no. Ella nos saludó bastante efusivamente. Mi primo respondió de la misma manera, y yo sin embargo me mostré algo seco.
Al salir, esa chica me lanzó una mirada de desprecio. No una mirada natural, no algo que asomara sin más de ella, sino una mirada ensayada. Una mirada adulta.

Pasaron muchas cosas durante aquellos años. No necesariamente extraordinarias, pero algunas sí dignas de ser relatadas.
Una de ellas puede ser representativa. Algunos hechos tienen la cualidad de condensar una época, el carácter de un lugar y un momento vital.
Una tarde de verano, el año de mis dieciséis años, hice lo de siempre. Puse la consola en la hora de la siesta, bajé el volumen, y me puse a jugar. Para jugar, pero también para hacer tiempo, hasta que llegara el momento de ir a la piscina. Ir a la piscina antes de las cinco estaba permitido, pero estarías solo, solo bajando el pueblo y solo en la piscina. De modo que hacía tiempo jugando a la consola.
Hasta ahí era una tarde más (aunque allí nunca lo era).
Luego, bajando hacia el polideportivo, ya noté una energía distinta a mi alrededor. En un pueblo pequeño, cuando algo pasa, ha pasado o va a pasar, sientes que la gente está alerta, o atenta, o distinta. Fue sobre todo llegando, cuando noté algunas miradas, cuando alguna cabeza se volvía para verme. Alguna risa. Algún movimiento desconcertante. ¿Qué pasaba? Nada, en realidad. Pero pasaba algo, o algo iba a pasar.
Entré en las instalaciones, el edificio que filtraba la entrada al césped al aire libre.
Me acomodé con mi toalla, con un par de amigos. Pese a mi carácter, nada fácil en ocasiones para los demás, siempre sabía hacer amigos.
Ni me había bañado aún, y vino una chica a hablarme sobre otra chica; no dejaba de decir su nombre.
Estaba descolocado. Me sonaba su nombre, pero no la ubicaba, no sabía de quién me hablaba.
Tampoco sabía qué quería de mí. No hablaba claro, hablaba como si yo tuviera que intuir todo lo que estaba pasando. O más bien como si yo tuviera que saberlo desde hacía días. Puede que un par de años.
Ella seguía hablando. Por fin, dijo que esa otra chica estaba fuera, y que quería hablar conmigo.
Se suponía que era un golpe de suerte. Una chica quería hablar conmigo.
Pero yo no quería hablar con ninguna chica. O mejor dicho, no quería hablar con ninguna chica que hubiese estado planeando hablar conmigo. Lo que la mensajera intentaba decir sin decirlo, era que esa chica estaba interesada por mí, que yo le gustaba, y que eso era una gran oportunidad. Sólo tenía que ir hasta donde estaba ella y decirle… ¿qué iba a decirle? ¿Y qué pensaba decirme ella?
Esa mensajera me puso en un estado de nervios desconocido para mí.
En pocos segundos me vi rodeado de chicas de quince y dieciséis años en biquini.
Dije que no. No quería.
Fue patético.
No estoy seguro, pero creo que me inventé una novia.

Al salir luego para irme, con mi toalla, vi a mi prima llorando, rodeada de amigas, incluida la mensajera.

Al llegar a casa, en un acceso de no sé qué, me quité el bañador y comencé a tocarme. No pensé en cerrar con llave. Mis padres no estaban. Mi tía entró y me vio espatarrado con la polla en la mano.

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