Archivos Mensuales: mayo 2017

Tsunamis aparte

Desde el momento en que supo que sus padres querían mudarse (lo cual la convertía a ella en un paquete más), comenzó a pensar en las novelas de Nicholas Sparks. En las películas. En las que una chica engañosamente del montón (una chica obviamente atractiva, escrupulosamente elegida para para gustar a cualquier organismo vivo que respondiera con sinceridad), llegaría a un nuevo entorno de amigos, en verano, el verano justo antes de comenzar la universidad, y conocería a un chico del montón (un chaval obviamente atractivo, elegido con ojos obsesivo-comerciales de casting en busca de alguien rematadamente guapo capaz de memorizar más o menos un guión), con el que tendría una aventura amorosa, a pesar de parecer inicialmente muy distintos.
No es que hubiera leído nada de Nicholas Sparks.
Puede que hubiera visto entera El diario de Noa.
No se sentía tan atractiva como las chicas de esas películas. Pero estaba bastante segura de no ser en realidad una anciana que le estaba contando su historia de juventud a algún hijo treintañero egoísta y ocupadísimo, demasiado centrado como para escuchar a una vieja. Excepto ahora, que todos –él, ella, el público– sabéis que va a morir de una terrible enfermedad, y que por tanto la narración está teñida de cruda nostalgia y apología de la juventud. Casi de la niñez.
Como en esas pelis.
Como si los ancianos que hacen de contexto estuvieran ahí para compensar tanta juventud y belleza. Y que así algún autor parezca más sensible de lo que es.
Ella sabía que no había que fiarse demasiado de la gente que habla maravillas de los ancianos. Si se puede generalizar, la gente joven (o aún no demasiado mayor) es mala y falsa hasta el aburrimiento, miserables de tapadillo, ladrones metafísicos, tunantes emocionales; pueden usar cualquier estrategia para parecer mejores de lo que son. También los que escriben.
La gente buena real no es fácil de detectar, suelen estar bajo veinte capas de cabrones sonrientes, tiernos y cuentistas.

Pero ella, buena o no, estaba bastante segura de ser real, y no una historia, ni un flashback. Al menos tanto como pueda estarlo cualquier ser humano al que en el fondo le aterra la muerte y no entiende este mundo ni por qué ha de esforzarse por vivir y encajar en él.
Tenía ganas de leerse una novela de Nicholas Sparks.
El coche familiar y el abultado equipaje. A papá le habían dado un puesto en no sé qué bufete a doscientos kilómetros. Era importante porque era importante para papá. Ni siquiera estaba sin trabajo, era un ascenso (más jerárquico que de sueldo). Era un aparatoso ejercicio de respeto al paquete del patriarca, su papel de padre y su masculinidad. Se suponía que iban a un barrio mejor y una casa mejor. La verdad es que sólo era un punto de inflexión, seguramente gratuito. Otra vez intentar huir de ti mismo cambiando el entorno, el peinado arquitectónico. El señor padre no iba a hacerles más ricos, sólo les llevaba de A a una sospechosa B. Las vidas de su mujer e hija no iban a cambiar en lo material, y lo material era el único motivo. Decisiones adultas, la mar de adultas, adultérrimas, maduras y gordas como sandías maduras.
La madre trabajaba en casa como modista por su cuenta. Quien pagaba el pato social era la protagonista de la nueva no novela de Nicholas Sparks. Todo el mundo sabe que el círculo de amistades de los adultos se suele estrechar; son los jóvenes los que necesitan vincularse a un grupo más o menos numeroso de amistades o trasuntos de las mismas.
Aquí nadie se llamaba Bella ni iba a conocer a un vampiro millenial. Eso aún menos. Aunque tampoco se trataba de despreciar cualquier tipo de ficción. La ficción refleja, la ficción es el resultado de haber filtrado el dolor o distintos tipos de obsesión o colores, ya sea interesadamente o no.

Lo que más pereza le daba es que, a hasta cierto punto, sí tendría que hacer las cosas que esos personajes hacen en las películas. Tendría que abrirse, llevar a cabo aproximaciones, comunicarse, puede que hasta ir a alguna fiesta. Iba a tener que construir otra vez desde cero su vida social, y no sentía que tuviese una experiencia previa que la ayudase. Sí había tenido amigos, se había comunicado, más o menos. Pero no sentía que eso fuese a servir para nada.
Al llegar se acordó de Mi vecino Totoro, cuando las dos niñas llegan con su padre a la nueva casa. Pero ella no tenía hermana, ni pequeña ni mayor. Ni la echaba de menos. Y su madre estaba sana.

Era un palo. Un cambio odioso. Los cambios eran muchas veces una huida hacia delante, sin más, no tenían por qué traer nada bueno. Pero la gente adulta tiene tendencia a rechazar el caos. Tienen una o dos ideas sobre cómo se mejoran las cosas. Y da igual cuánto fracasen esos métodos, siguen siendo los más populares.
Mudarse no tiene que ver sólo con el futuro. El propio proceso es tal coñazo, que por fuerza te ocupa la mente, y hace que lo que sea que te preocupa o amenaza, pierda fuerza. La teoría que flota en el ambiente, es que a papá no le han ofrecido un empleo mejor lejos de aquí, sino que él ha movido hilos para que eso pase, porque se quiere alejar de algo o alguien. Y como suele pasar, cree que ha podido engañar por completo a su mujer y su hija.
Una mudanza raramente se lleva a cabo para emprender algo; se suele hacer para escapar. No eres alguien valiente que ha decidido dar un paso, sino sólo un ser que corre con una gran mandíbula chasqueando justo detrás.
La tradición humana más asentada es disfrazar las limitaciones o el patetismo de necesidad, o responsabilidad, o valentía, o toda una larga lista de increíbles tonterías.
Siempre todos negando –consciente o inconscientemente– ser una mota flotando en el espacio.
No es que sus padres se parecieran mucho a los padres Sparks. Su progenitor era en esencia una bola calva con dos carreras, y su madre básicamente había asumido el papel de ama de casa. No eran padres jóvenes, ni parecía que hubiesen tenido juventud.
El retoño había salido entre los últimos estertores del reloj biológico. Su padre no se esforzaba por no parecer anticuado, y su madre encajaba siempre todas las inercias machistas con una sonrisa y algo cociéndose en la cocina.
Con todo, nadie estaba agrediendo a nadie, no había conatos de maltrato físico y nadie llegaba borracho cada noche a casa tensando el cinturón para darle una buena tunda a su hija antes de violarla. El clima familiar era, al menos a simple vista, tranquilo, previsible, conocido. Consumidores al uso, procurando no pensar demasiado por el método de hacer cuentas y trazar planes concretos.
Mudarse es seguramente el plan estrella. El definitivo.
Ella se llamaba Beatriz, Bea. No le gustaba su nombre, ni completo ni amputado. Y Bea desde luego aún no era como sus padres, ni tenía ningunas ganas de serlo. Puede que la distancia generacional en este caso fuese para bien, ya que era tan insalvable que quizá eso hiciera que ella de verdad construyera una identidad propia.
Era algo en lo que había pensado.

La diferencia, o la excusa, o el motivo llamativo, la causa infantil, o el asidero con el que argumentar en determinados momentos para defender la mudanza… era que la playa estaba cerca donde vivirían. Y no cerca de coger el coche y conducir un rato; cerca de ponerse las chanclas y caminar no más de cinco minutos desde tu cama hasta la orilla.
Bea tenía que reconocer que eso tenía su encanto. Y también le hacía pensar (tsunamis aparte) en la pasta que debía valer la casa, y en lo grave que tenía que ser aquello de lo que huía su padre. Tanto como para calcular con mucho cuidado cómo vender el sueño de la nueva etapa.
Imaginaba que quizá había fundado otra familia en la ciudad y la cosa se había complicado. O que se había enamorado de otra mujer y necesitaba alejarse de ella (poco probable). Hasta llegó a plantearse que su papi medrador hubiese matado directa o indirectamente a alguien. Al fin y al cabo era abogado, uno de los gordos. No era tan raro que se pudiera meter en líos de cualquier tipo. Desde el adulterio hasta la mafia. Nada era demasiado chocante como para no poder haber sucedido.
No es que fuera un tipo carismático, y desde luego no era atractivo, pero tenía dinero, y también algo de poder. Era una de esas pocas personas que objetivamente pueden cambiar las cosas. A mejor o a peor no importa. Un abogado no hace justicia, sólo hace su trabajo. Es lo que pasa con el trabajo tal y como aún funciona: no te hace, te perpetra.

La vida pasa mucho más lenta sin elipsis. Durante varios días todo aconteció en la casa o sus aledaños. La gente iba y venía de la playa. También rebaños de chicos y chicas, todos aparentemente estúpidos a determinada distancia. Todos respetando esa ley no escrita que dice que si hay más de tres personas en un grupo, hay luz verde para ser idiota.
Todos tan desconocidos y extraños, como si absolutamente todos hubiesen nacido y crecido necesariamente en la zona. Todos con amistades añejas y círculos cerrados.
Puede que siendo chico lo hubiese tenido más fácil.

Papá y mamá tenían un plan. En la zona vivían ciertos familiares. La hermana de mamá. La tía guay de las pelis, que en este caso sólo era tía. Bea sabía que le preguntaría si tenía novio o no, y que luego bromearía al respecto independientemente de la respuesta. Y otros grandes éxitos de la Torpeza.
Como la mayoría de adultos, no era tanto alguien con quien estar como alguien a quien soportar. Otra vez la condescendencia de alguien mayor que habla como si lo supiera todo no sabiendo casi con toda seguridad una mierda.
Esa persona que se presume inteligente sólo porque ya no puede presumir de joven.
Esa invasión.
Y ese primo, también. No el primo guay o gay y gracioso e inteligente de las pelis, sino sólo un primo. Un desconocido hetero del montón que antes de verla estaría pensando casi seguro en la pereza que le daba intentar integrarla en la vida social del pueblo. Había coincidido con él en varias ocasiones, aunque no muchas. Parecía target para cualquier anuncio, reality o emisora de la FM. Más o menos estudioso y a la vez hermético a cualquier idea que no resonara a diario por todos los altavoces y medios con poder. Lo que popularmente llaman “la señora de Murcia” cuando intentan referirse al Gran público al que muchas películas intentan llegar. Él era nada más y nada menos que una más. Si había colorines y ruido, ahí estaba él, con todos los demás, coreando el último éxito, diciendo a todas horas cosas como “Es una cuestión de gustos”, o mintiendo sin darse cuenta al decir memeces como: “Sobre gustos no hay nada escrito”.
Un fiel más, ya con novia fija y raíl propio camino a alguna oficina. Él también iba a comenzar la universidad después del verano, pero Bea estaba segura de que no veía la carrera como nada más que un boleto. Su padre era vete a saber qué pez gordo, uno de los marionetistas de siempre, y su hijo nada más que otro peso muerto de forma antropomórfica colgando de su taller.
Los padres de Bea les ponían siempre como ejemplo de cómo se hacen las cosas.

El primo le enseñó el pueblo y le presentó a algunos amigos. Y también a su novia. Bea pensó que quizá la novia de su primo podía ser una oportunidad de comenzar a socializar con alguien. No fue así.
Salió un sábado por la noche con un grupo de casi diez personas. Todos idiotizados sólo de ser tantos, por el ruido, por el hecho de ser sábado, y en realidad pasando de ella. Porque ¿quién quiere hacer tareas de integración? Nadie. A no ser cobrando (aunque sea en especias). Bea intentó no parecer demasiado esquiva. Intervino en algunas conversaciones y no le dieron de lado. Pero a la vez sabía que era un elemento extraño. No sintió que conectara con nadie. Y nadie sentía que tuviese que hacer esfuerzo alguno por conectar con ella. Ella sabía dónde podían estar las personas más parecidas a ella: o en casa o en un ambiente muy distinto.

Pasaron los días de la forma más o menos absurda o neutra que a veces lo hacen. Y más en verano a determinada edad, cuando no sabes qué hacer, y encima tu vida social, tal y como la conocías, no existe.
No volvió a contactar con el primo, ni él con ella. A pesar de que los adultos implicados, aun viendo que no había ningún tipo de química, seguían negando el fracaso de su plan. Un plan que, por otro lado, sólo podía funcionar ya si alguien se negaba a sí mismo y cumplía una orden. Los adultos tenían eso en su ADN, habían crecido con eso. Para ellos tenía más sentido poner el culo, y así solían educar a los hijos. Por suerte, los hijos no siempre heredaban esa forma de pensar, lo cual tampoco era necesariamente una ventaja, ya que el mundo no era nunca de los hijos, jamás, siempre era de los padres. Nadie heredaba el mundo. Los hijos se abandonaban a sí mismos y se ponían la piel de los padres. A partir de ahí, articular un discurso sobre por qué eso tenía sentido, era de lo más fácil. Vivir con lemas o viejas doctrinas, siempre ha sido el más socorrido de los métodos. Y muchos colectivos, o al menos los más importantes, ya sean bienintencionados o simples empresas para ganar dinero, recurren a él. Si hay un mar de gilipollas, por más gilipollas que seas, te vas a sentir coherente y lógico, una persona de bien, centrada y realista.
Bea se sumergió en libros y películas, y en Internet, y llegó a pensar que su verano se reduciría a eso. Tampoco le parecía tan mal. Normalmente apenas tenía tiempo para leer o ver según qué series. Generalmente siempre estaba haciendo lo que llaman: “algo constructivo”; lo cual se solía reducir a tareas que unas veces sirven para que un adulto tenga la conciencia tranquila, y otras para que se enriquezca de un modo u otro gracias a tu esfuerzo.

Paseaba por la playa algunas mañanas. A veces muy tarde, por las noches. La zona (tsunamis aparte) no parecía peligrosa en hora alguna del día.
El propósito era tan simple como salir de casa. La desventaja era que en la playa era difícil no encontrar gente, excepto excesivamente tarde o temprano. No es que madrugara, se desvelaba; no trasnochaba, tenía insomnio. Aun así, pensó que le estaba viniendo bien esa especie de burbuja forzada por las circunstancias. Podía esperar un par de meses, en la universidad iba a conocer gente quisiera o no.
Pero las cosas no fueron así, obviamente. No fueron ni como sus padres planeaban ni como ella pensaba.

¿Qué se le dice a alguien cuando no quieres decirle nada? Sus padres organizaron una reunión en casa. Al parecer el papá tenía amigos no muy lejos, y también acudieron los tíos de Bea y algún que otro crío desconocido. Nadie de la edad de Bea. Algún que otro baboso cincuentón la miró como si fuese su cumpleaños y ella fuera la tarta. Amigos de papá. Padres de amigos; adultos aún mayores que los adultos. Era muy factible que allí hubiese mafiosos de todo pelaje, legales, ilegales y alegales. Ni Bea ni su madre eran tan tontas como para no oler la cabeza del caballo muerto. Su padre había estado rebotando de aquí para allá durante unos diez años, con horarios absurdos y viajes inesperados. Mamá tenía bastante claro que a papá se le activaba el wifi cuando pasaba por delante de los puticlubs. Cuando había mucho dinero a mano, no era tan fácil ponerse moralista. La gente no es buena a pesar de ser pobre, más bien ser buenos es a veces lo único que les queda.
El Mal, su elección, no se condensa en una decisión, seguramente es algo que llega de forma gradual. Cuando te quieres dar cuenta, debes estar en la última planta de un rascacielos esnifando Producto rodeado de hijos de puta que un día te cayeron bien. Ni siquiera debe ser una vida fácil, pero al menos diferente. Y no debe parecerse tanto a la Muerte como fichar cada mañana y producir precisamente para ese tío en el que crees acertado no haberte convertido.
O eres el que disfruta el rascacielos o eres el que lo limpia.
No es así, pero es así como funciona, y suele funcionar así gracias a los que más te quieren.
Lo que le dices a alguien cuando no quieres decir nada, suele tener que ver con el tiempo que hace, le fecha del calendario, la broma sin gracia pero conocida, o el hecho de que estás o no de vacaciones.
Si ese alguien a quien le hablas sin decir nada, te mira como una versión burda de James Mason cuando miraba a Sue Lyon en Lolita, y si eso te pasa no una vez, sino hasta cinco o diez veces con distintos tíos, aclarándote en qué ambiente te mueves (o se mueve tu padre), lo mejor es salir de la casa. Pero no salir a pasear. Sólo salir de la casa. Yendo demasiado lejos, y siendo de noche, uno de esos tarados te podría seguir, y no para amarte ambiguamente como un Humbert Humbert, sino para follarte al estilo sección de sucesos.

Un ruido ensordecedor, los acontecimientos se precipitaban, y ese era el ruido (puede que también el sentido). Bea despertó. Si no hubiese estado bajo el agua, boqueando cual chica submarino en su propia habitación, habría recordado al chaval que conoció la noche anterior. El que estaba merodeando alrededor de la casa y que dijo le gustaba pasear de noche y Radiohead. Llevaba unos cascos. El chico que no había visto antes, ni en el grupo de su primo ni entre los que llenaban de ruido cada día la playa. El chico con el que habló durante unas dos horas, a salvo de violadores y pederastas, mafiosos y políticos. Que no parecía un idiota, parecía tener gustos propios, criterio más allá del “sobre gustos no hay nada escrito”, y referentes, referentes culturales, y no solo estudios. Habría trasteado en su teléfono y buscado su número, que él le había dado, puede que incluso para llamar. Y claro que puede que no fuera lo que aparentaba, pero en cualquier caso era un buen actor. La mayoría de veces hay más cuando se trata de buenos actores, siempre hay más buenos actores que buenas personas. Qué se le iba a hacer. Y no se besaron, y ella no tenía ningún tipo de angustia por perder la virginidad. Él no intentó nada en ningún momento. Habló de amigos con los que no le apetecía quedar, y de noches de viernes que eran como el Día de la marmota.
Había peces en su habitación, podía ver sus siluetas recortarse en el brillo de la luz matinal que entraba por la ventana, aun con la presión del agua sometiéndola contra la pared. Si hubiese podido pensar, habría supuesto que al menos en primera línea de playa el agua, aun salada y salvaje, no estaría tan sucia como la que llegaría tierra adentro.
Le pareció que la presión no era excesiva, pero sí constante, era más una cuestión de insistencia que de fuerza.
Pensó que iba a morir. No estaba en nada de Nicholas Sparks, ni de Miyazaki. Al parecer sólo podía aspirar a Roland Emerich. Un cadáver entre miles, de los que añaden de forma digital para desaparecer bajo la ola, por el bien del espectáculo. La muerte vacía de significado, pura pirueta básica, el malabarismo con tres pelotas del cine.

La descripción del esfuerzo por la supervivencia no siempre es emocionante o viene a cuento, y la estadística de muertos, si no salpica a tus allegados, es mera carne de telediario. Puede que sea egoísmo o simple reacción física cerebral, para que no te vuelvas loco.
Mamá sobrevivió porque subió al tejado de la casa. Y papá quizá por lo que siempre dice de la mala hierba la señora de Murcia, que a veces acierta igual que un reloj roto acierta la hora cuando el día se acomoda a su posición.
Bea sobrevivió porque llegado cierto momento, la presión menguó, y consiguió bucear, y salir, y luego trepar.
No es que una sobreviva porque sea la mar de despierta y valiente, ya estamos otra vez con lo mismo. Normalmente la gente tiene la misma culpa de vivir que de morir. Las circunstancias se dan como se dan. El caos no existe para complacerte, sólo para acompañarte. Te guiña el ojo, pero luego quizá te mate, o te quiera, o ambas.
Bea pregunta si sus padres están vivos a la enfermera. La enfermera le dice que sí, todo va bien en ese sentido. Lo que quiere decir que papá y mamá siguen a lo suyo, o podrán hacerlo. Excepto que la enfermera añade que, después de publicarse una lista de supervivientes, la policía ha venido a por papá. Papá y su plan de Casita frente al mar. En cuanto se recupere, parece ser que tendrá que contar alguna historia, algún cuento de buena persona prefabricada.
Bea no tiene claro que pueda averiguar si el chico estará vivo. Sólo tiene su nombre de pila. El móvil ahora vive con el barro. Quizá sí sea una anciana, mero flashback. Tu padre y yo nos conocimos la noche antes de un tsunami. Yo al día siguiente pensé que no volvería a verle…
Una historia babosa a la que aspirar. Algo tan feliz que asquee a cualquiera que cuente con un mínimo sentido crítico y trabajada sensibilidad. Que haga que Sparks parezca Dennis Cooper. Mudarse puede que no sirva para nada, pero quizá el caos –si es alguna clase de dios– sea más benevolente cuando te ha visto surfear el desastre. Puede que para él ahora seas una gata de Schrödinger.
Pasadas unas horas, tan interesante y lúcido como el día anterior, tan despierto y sano, tan conveniente, el chico no vino a verla. Y ella soltó un bufido de alivio. Sólo el caos sabe lo que pasó después, aunque probablemente nada. Tsunamis aparte.

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