Archivos Mensuales: junio 2017

Otro tonto muerto

¿Cómo no hacerlo sobre ti? ¿Cómo escribe la gente sobre cuestiones ajenas a ellos? No lo hacen. Da igual lo que digan. Nunca cagas la mierda de otro. Ni siquiera el periodismo existe; sólo la idea del periodismo. Y si hablamos de ficción, por suerte la ficción es honesta, porque aunque en el fondo hablas sobre ti, no importa que mientas. En la ficción la mentira es, en cierto modo, irrelevante. La ficción –buena o no– es pura; nadie te puede engañar con ella, porque es imposible.
La imaginación es la ramificación colorida de tus ideas, por cutres que sean. Ahora la imaginación no está muerta, pero lo está si no la cultivas. Ya no existe una cultura de la imaginación; prácticamente ya no existe la cultura. Si eres imaginativo o medianamente culto, probablemente muchos estarán a poco de catalogarte como loco; porque no es Lo Que Se Hace. Y puede ser que no te llamen loco, pero sí muy probablemente irresponsable. Esa gente con la que siempre pierdes solo y ganas acompañado. Lo bueno nunca acaba de ser mérito tuyo; lo malo es simplemente porque te lo has buscado.
Ahora lo sé.
El mundo, la vida, son algo absolutamente abrumador, en todos los sentidos. La mayoría elige no ser consciente de ello. Aunque asumir que eligen es optimista. Al optimismo, por cierto, lo están friendo a palos. Y no están siendo los teóricos pesimistas.
Crecer no es malo, pero lo han convertido entre todos en una trampa.
Pisar sangre es peor que pisar una mierda, y también huele mal de narices. Te pasas medio camino a casa arrastrando las suelas. Lo peor es que has modificado la escena del crimen. Las huellas de tus zapatos baratos.
Decidme cómo puede uno no ser un gilipollas. Para mí es como intentar no morir.
El sol se va y sale varias veces, y en el informe que leo dice que todas las huellas dactilares apuntan al mismo fulano con antecedentes. Claro que cabe pensar que ya estará a varias cargas de móvil de aquí, a varios paquetes de tabaco. Pero como sea tienes que ir a su vivienda en la ciudad y darte un garbeo, llamar a un timbre al que ya nadie atiende, conversar con alguna vecina que o te mandará al carajo o intentará hacer que entres a beber té y descubras que su marido murió hace dos años. Información irrelevante y tiempo perdido. La gente se siente sola, y no solo las viudas de cierta edad.
Lo que mi compañero siempre dice es: “Otro tonto muerto”. Siempre da la sensación de que quien muere tenía los días contados. Casi siempre. Porque te pones a contrastar información, y casi todo tiene que ver con líos con los que la muerte monta barbacoas cualquier día de la semana. Lo que no le digo nunca a mi compañero, es que en realidad muchos de esos líos no son extraordinarios, de hecho muchas veces son rutinarios. Son lo que pasa cuando todo está en silencio y piensas: qué bien. Y justo en ese instante, algún desesperado, perdido y amargado de la vida, está jugando al fútbol con la cabeza de su novia. Siempre saludaba y toda la pesca.
En la tele no mienten; se limitan a ficcionar; excepto que ahí no hay un acuerdo como el del Novelista y el Lector. Sólo el cinismo te echa una mano; sabes que te van a mentir y piensas: estos cabrones me van a mentir… Y es verdad, siempre lo es, sea bien en contenido o en tono. Sabes que la gente mala existe; y que no son necesariamente psicópatas o violadores. Son abogados, son periodistas, policías, o puede ser tu vecino, el de la trayectoria impecable y los trajes limpios, el que huele tan bien y se trajina a tu hija.
Construyeron el mundo, y tú, para poder sobrevivir, para que te vaya lo que llaman Bien, lo que tienes que hacer es parecerte a ellos lo máximo que pueda asumir tu capacidad para el autoengaño. Ellos no creen que sean malos, y tú tampoco puedes creerlo. Así que empiezas a actuar como ellos, y en ciertos detalles echas el freno, para poder decir: Yo no soy así. Con el tiempo, con un poco de suerte, pierdes la perspectiva (o la desgastas), dejas de pensar en esos términos, y te limitas a gastar tu dinero a la vez que no te consideras exactamente como el consumidor medio.
En la tele comienzan a hablar del caso. Entre una promo de la cadena y una noticia de prensa rosa incrustada, ahí está, tu cadáver. Aún tienes restos de él en la suela de los zapatos, o eso crees. Semanas después aún notas la mirada gélida del Dexter de turno en tu nuca. Cuanto más veo la foto del muerto, más confundido me siento. Pasan las semanas y el caso sigue abierto, aunque más tontos siguen muriendo. Lo habitual con un asesinato es que enseguida salte la liebre. Lo normal es que algún chico de lo más noble y trabajador se haya cargado a su novia. O un señor casado, casi jubilado e igualmente trabajador; a veces es la mujer y un par de empleados del banco, con una escopeta.
Los tíos que matan mujeres han seguido el guión al pie de la letra, pero cuando la “primera” equivocación es un asesinato, lo normal es que ellos ya estuviesen muertos de antes. El guión no era tan bueno como ellos creían. ¿Que a quién culpar? Cada cual a quien vea en el espejo. Todos esos tíos eran buena gente en la versión oficial. Las vecinas viudas suelen llamar zorras a las mujeres muertas. Cuando asesinan a un hombre, sin embargo, la cosa se puede complicar en lo logístico.
Mi compañero dice que la vida es lavarte para poder volver a ensuciarte.
En realidad no te duchas sólo porque estés sucio, sino porque sabes que nunca dejas de pudrirte a varios niveles. La ducha es higiene, pero sobre todo una forma de disimular.
Muchas veces pasa, a mí me pasó. Yo tenía esa idea sencilla sobre cómo se vive, sobre cómo se han de ver las cosas. Todo el rollo sobre ser feliz sacrificándote, casi sin más. Sobre el vaso medio lleno y aguantar. Lo de –no nos engañemos– llevar tu cruz. Esa moto que nos han vendido a todos unos cuantos para poder vivir a sus anchas, con otros principios, o con otra clase de carencia de ellos.
Lo que yo hice hace un tiempo fue conocer a una mujer. Como yo era hermético, no podía sacar a colación su hermetismo. Generalmente es el tío el que esconde esposa y un par de chavales igual de imbéciles, pero esta vez era ella. Yo nunca he tenido el temple necesario para tomar decisiones relacionadas con la estabilidad y el matrimonio (o la convivencia), o el nido y los polluelos. Sobre todo es una cuestión de pereza. Y de miedo, cierta clase de miedo cuya descripción dejo para alguien menos gilipollas, menos liado, confuso o contradictorio.
Pero es verdad que comencé a salir con esa mujer, porque ella dio un paso y yo me dejé llevar. Sabía que no se trataba de dos solteros bebiendo y comiendo juntos. El sexo siempre necesitaba agenda, clandestinidad, ropa de cama de olores sospechosos. Cuando el conserje te ve entrar, sabe que puede inflar el precio, sabe quién entra a hospedarse y quién entra a follar: quien entra a follar entrega la tarjeta de crédito casi despidiéndose de ella. Íbamos al cincuenta por ciento, pero pagábamos en metálico (casi nadie es tan tonto como para…).
Su móvil solía estar apagado, y si no lo estaba parecía que estaba vivo. Un día me dijo que vale, pero que no tenía hijos. Lo que no mentó es que el marido sabía cómo hacer daño sin dejar marcas. Al menos casi siempre. A veces calculaba mal, y pese a mi inabastable pereza, y mi carácter nada proclive a ayudar a los demás en mi tiempo libre, le pregunté de dónde salían los moratones, a qué venía el maquillaje de oso panda. No soy tan bueno como para hacer grandes deducciones, pero a veces me delata la cuestión de tener ojos. Hay cosas que sencillamente no puedes negar haber visto; cuando te quieres dar cuenta estás en el ajo. Puedo ser un miserable, como todo el mundo, por dejación de mis deberes como conciudadano, por decirlo así. Pero a veces intento hacer lo correcto, aunque sea como el niño que hace muecas comiendo verduras. Cuando no crees en el karma ni en el Cielo, ni en recompensa segura alguna a los buenos actos, actúas convencido de que sólo estás arriesgando lo que tienes. No sólo no ganas nada, sino que lo más fácil es que pierdas algo que te ha costado mucho conseguir.
Si lo haces para sentirte bien, no cuenta.
Que alguien haya estado a punto de morir pero que al final no haya muerto, no es una buena noticia: ni aunque hayas salvado tú a esa persona. Una buena noticia es que tenga un orgasmo de vez en cuando, o que los que le rodean sepan dejarla en paz. O un buen descuento en el cine, uno de esos con los que el precio de la entrada se parece al precio de una entrada.
Una buena noticia tampoco es que te toque la Lotería. Eso sería como que te tocase la Lotería.
No es que yo trazara un plan. Raramente preparo las cosas; es el principal motivo de mis cagadas, y mi mayor secuela escolar. Cuando alguien pretende ponerme deberes al nivel que sea, lo mando a cagar a la vía. Cuando hago excepciones, luego pasa lo que pasa. Porque no había ninguna huella de mis zapatos en el charco de sangre. Tardas en adaptarte a una nueva situación o rutina, tanto a la más sencilla como a la más absurdamente metafísica.
Lo que pasó es que un día decidimos ir a su piso. Yo me negaba a que viera el mío. Ni siquiera di rodeos. Dije:
–Me niego a que veas el mío.
Le pregunté por su marido, por el tío del anillo, el de En la salud y en la enfermedad. Dijo que estaba fuera por negocios, que casi siempre lo estaba, que otros días podríamos no haber ido a hoteles apestosos.
Resultó que habíamos sido los protas de una peli para una sola persona, rodada con prismáticos. El tío sabía que su mujer iba por ahí con algún otro.
Cuando llevábamos un suéter, una camisa y unos tejanos por el suelo en su piso, el tío entró como una exhalación, los prismáticos colgados al cuello (lo prometo) y un bate nuevo de trinca. Le colgaba la etiqueta. El tío se puso a gritar. La verdad es que me dejó al margen, al menos al principio, y centró su ruidoso contenido en lo zorra que era su mujer. Decía zorra todo el tiempo, babeaba en el suelo como un perro de los que salen en las noticias. Así era como pasaba. Yo en estos casos solía venir después; me despertaban y me daban una dirección cuando la mujer ya estaba criando malvas. Pero ahora lo vivía en directo. Lo que decía el tío es que la iba a matar, a la muy zorra. Luego decía que me iba a matar a mí, pero siempre con otro tono, como dándome un papel secundario: mi muerte sólo sería la propina. Sería un “por si acaso”. Por si acaso ella me quisiese. Lo bueno de hacer el Mal es que no hay límites claros.
Se suponía que yo, por profesión, era del otro bando. No me sentía así.
No hubo ningún giro, nadie sorprendió a nadie. Ninguna llamada telefónica nos interrumpió. Ella se fue corriendo mientras de algún modo el tío decidió atacarme antes a mí. Creo que sabía que yo era poli, y se pensó que eso me debía dotar de algún tipo de empuje o inteligencia. Puede que sea así en otros casos. Pensé que había interrumpido la trayectoria del bate con los brazos, pero me dio en la sien izquierda y caí medio grogui al suelo. Creo que fue ahí cuando empezó a crecer el charco de sangre. Cuadra que no recuerde que ese día nadie me despertara para llegar hasta ahí. A veces ya estás en el lugar en el que “quieres” estar, y no lo sabes. Estaba demasiado aturdido, y el tipo continuó machacándome el cráneo. Luego yo lo veía desde detrás de él, en escorzo, y a mí en el suelo. No es que ahora crea en Dios; aún no estoy muy informado. Ahora sé muchas cosas sobre hablar solo. Imagino a mi compañero, al de verdad, largar su “Otro tonto muerto” en el funeral. Más razón que un santo: Otra cosa que no soy.

Síndrome-hombre-muerto-01

La cena que quieras

Perdido en el sentido más amplio, y de la forma menos original que se te ocurra, me dirijo hacia el siguiente capítulo vital. Camino mirando al suelo, aunque ya sin que eso forme parte de un plan. Me aíslo de forma inconsciente, rodeado de gente a la que eso se le da fatal. Necesitando el silencio (o la tranquilidad) con la misma intensidad que otros los abominan. Perdido también por las calles de la gran ciudad que quieras. Callejeando, procurando parecer nada en particular, pero sobre todo invisible, nada que ver con el crío que corría más si había niñas viendo el partido. No es que siempre lo consiga, pero perder es algo a lo que también te puedes enganchar. Ni siquiera te hace falta caer en las drogas, ni tener malas compañías. Aun así, he vuelto a ver a ex compañeros de clase, de FP; antes iban tan seguros de su destino, que ahora ya no tienen tal cosa. Sin reconocerme, una vez uno me paró por la calle y me consultó sobre algún piso franco de camellos de heroína. Tal vez no éramos tan distintos. Pero lo cierto es que el tío estaba en los huesos, y tiempo ha era un genio de la electrónica. Le dije que no sabía nada de heroína. Se fue sin mirar atrás. La última vez que me habría visto quizá fuese más de diez años atrás, yo con treinta kilos menos, él con treinta kilos más. Ambos tontos como el que más.
Tengo que llegar a un lugar en el que gente sana, más sana que yo, está en proceso de mutar, cambiar su alimentación, estudiar el especismo. Tener un bebé. Gastar dinero en comer y beber, más allá del hambre, aferrados a las tradiciones, ahora desde la distancia irónica. Prejuicios a buen recaudo. Buena gente sobre el papel. Imposible saber lo perdidos o no que están. Los yonquis por lo menos no se pueden disfrazar.
No son los detectives salvajes, pero al menos parecen inofensivos, previsibles. No tengo nada que contarles. Literalmente nada.

Llegar por fin y saludar. Siempre me llama la atención lo poco que me llaman la atención sus parejas. En el sentido más burro y animal. Lo cual está más allá de si me parecen más o menos guapas. Me son tan ajenas, son tan extranjeras a mi mundo, que es como si viera extraterrestres con un lacito rosa en las antenas.
Por otro lado, siempre parecen más sensibles a tu mierda, más comprensivas, y saben serlo por la vía de la discreción. En cierta forma, son lo máximo a lo que el ser humano puede aspirar. El hecho de que no me atraigan es debido al contexto. El rollo familiar. Suelo ser incapaz de masturbarme pensando en alguien a quien conozco o ubico, o incluso en alguien a quien admiro mucho más allá de lo físico. Jamás me ha atraído nadie a quien conociera con pareja. Aunque probablemente sólo sea otro terreno en el que cagarla en un futuro. Lo interesante de cagarla es que nunca tocas fondo. Cagarla está lleno de posibilidades. Aunque yo soy más de la rama torpe que de los que planean joder a los demás. En el fondo da igual cómo seas; los que más o menos siempre aciertan, se encargan de que la percepción sea que lo importante es el resultado. Todo ese rollo de que sólo importa lo que consigas. La bondad o el intento de ser más o menos honesto para con uno mismo, se está quedando para el terreno literario. Los matices, la ambigüedad. La complejidad de las cosas le importa un carajo a papá y mamá.

La Lotería geográfica te sonríe, y luego el mundo es un buen sitio en el que vivir. Sólo necesitas “tomártelo con filosofía”: esa actitud que no tiene un carajo que ver con la filosofía. La filosofía de negar la filosofía, de simplificar, reducir, acotar, limitar, y un largo etcétera de premios a los que tuviste acceso al elegir la puerta número dos. Así puedes creerte un superhéroe sólo con decirte a ti mismo que lo eres.
El amor está en manos de gente así. Tienen el monopolio; dictan cómo se ha de actuar.
Me encantan, resultan tiernos en su inocencia trufada de Actitud. Algunos se enfadan (o eso dicen), se enfurruñan; usan como excusa problemáticas sociales terribles para ello; son como ver el puchero de un bebé; darían ganas de comérselos si no fuera porque ni ellos se creen ese cuento.
Saben que nunca se va a saber si harían las cosas que hacen si nadie pudiera saber que las hacen. Son listos sobre todo con lo que llena o bien el ego o bien la nevera. Son tan así, que cuando se sabe de alguien que no va pregonando todo lo que hace, hasta puede llegar a resultar antipático, rarito, poco fiable. ¿Qué se cree esa gente, que se pueden hacer cosas buenas o nobles sin avisar? ¿En qué lugar nos deja eso a los demás? ¿Para eso he estado preparando batidos que al final siempre son de color verde?
¿Alguien ha probado a beber coliflor batida? ¿Sabéis acaso aunque sea sólo cómo huele?
¿Y qué hay de los que ahora sacan pecho porque sí comen carne? No hay nada que no pueda parecerte que te hace parecer inteligente si lo has decidido así.
Son las nuevas drogas. No te dejan como a mi ex compañero de la FP, pero vete a saber qué perjuicios pueden traer a medio plazo.
¿Alguien recuerda el sexo o la música en ‘Demolition Man’?
Le paso la sal a alguien y me dice que la sal no se pasa, que sólo se señala. Que si no hago lo que quiere es mala suerte y no sé qué más soplapolleces que decía su abuela. Me hace pensar en cierta youtuber. Me encantan los youtubers, en serio, le han hecho un corte de mangas cojonudo al Sistema. Pero como con todo, en el colectivo hay de todo. Ahora no puedo dejar de verla. Me parece tan tonta, tan pija a su modo auto-irónico, que me fascina. Tiene poco más de viente años. Es tan sumamente estúpida… Se graba de vez en cuando lo que llaman un “daily”. Ya se ha sacado una carrera y todo, y sólo le falta un embudo en la cabeza para ser una tarada de un tebeo de Mortadelo y Filemón. Qué tonta es, joder. Me cae bien, de verdad, pero es tan tonta, tan tonta… Tonta de remate de cabeza y gol por la escuadra. Tonta y productiva. Es tan consumidora ideal. Todo cuanto dice sentir lo convierte en algo rosa, una nube rosa perfecta de dibujos animados, tan rosa que si la respiraras (si te la creyeras) morirías por intoxicación, y permanecerías así hasta la muerte. Me hace pensar en algo que escribió en su día Philip Roth, sobre gente tan sincera y abierta que resulta falsa y dañina hasta el dolor. Qué tonta es, que estúpida, qué horror inenarrable. Es tan tonta, tan simple, tan idiota, tan irritante… está cegada y abandonada en una cuneta de un modo tan perfecto, tan macabro y calculado. No puedo dejar de ver su canal.

Te ves caminando por la calle, ya de madrugada, solo, pensando en la cena. La cena que quieras. Me resultan agotadoras esas reuniones. Da igual lo cordial que sea la gente. Apenas importan sus maneras; a veces casi echas de menos haber arrancado a discutir con alguien, de forma violenta, desagradable; como si eso fuese más REAL.
A ciertas edades aún es peor; parece una encerrona para tu percepción, como si les despreciaras y a la vez tu única forma de tener un futuro digno fuera ser como ellos. Hablar como ellos, ponerse al día como ellos, ir tirando como ellos. Decir que no tienes tiempo para nada, como ellos. Ser alguna especie de sacrificio católico, como ellos, que se dicen ateos.
Tener que mirar tu agenda para saber qué día podrás hacerte una paja.
Enfocarte en base a la idea de no morir solo; y que el único modo es formar una familia. Como la de ellos.
Son mis manías auto-discursivas, no puedo dejar de pensar en eso. No importa hasta qué punto me equivoco (no es nada nuevo que yo me equivoque). Lo realmente importante es hasta qué punto se podrían estar equivocando ellos, y qué siguen alimentando así. Los demás no estamos exactamente con ellos, estamos más bien alrededor. Actores secundarios Bob, con el mismo carácter. Nos quitamos la careta y nos encendemos el cigarro.
No es que todos sean iguales, pero preferiría no ser igual a ninguno.

Ahora creo que siempre me estoy meando encima. Tengo la sensación que de crío podía estar horas y horas sin mear. Y no digamos por la noche. Ya no hay día que me despierte que no tenga que ir directo al lavabo. A veces los sueños se mezclan con eso; suelo estar en algún lugar inmenso, un lugar tan grande que los humanos parecen hormigas. Y sólo hay dos cosas que parecen hacer: o comprar o trabajar. Y yo voy de un lado a otro, recorriendo distancias demenciales, buscando un lavabo. Siento que me lo voy a hacer encima. A veces también creo que me estoy cagando. Recorro pasillos enormes mientras los demás me miran, a veces ríen, están encantados. Y yo a punto de mearme y cagarme. Si por fin encuentro un lavabo, está asqueroso, empapado de amarillo y con mierda por las paredes, porque alguien se ha puesto a escribir con sus heces. Todos trabajan o compran, y siguen, hay líneas de montaje o pasillos de supermercado; a veces siento que soy un empleado y otras que no soy nadie.

Al despertar vete a saber cuándo, me sobresalto. Me doy cuenta de que no estoy solo, y no es mi piso. Tengo que incorporarme e ir a mear. Lo demás para luego, antes tengo que mear. Luego puede que huir. Aunque me da pereza huir, me da pereza vestirme rápida y silenciosamente. Meo tanto que parece que esté vaciando una garrafa. El lavabo está limpio.
Estoy seguro de que hay más gente en otras habitaciones. Me vienen a la mente compañeras de piso.
Al volver a la habitación, tomo conciencia de algo. Es tan tonta, tanto, que al conocerla no lo pareció menos.
A veces hasta el mayor racista, por ejemplo, el mayor xenófobo, se puede hacer amigo de un negro o un moro de su barrio. Irá por ahí diciendo que le cae bien porque no parece un negro o un moro, y seguirá siendo un racista repugnante, porque un prejuicio no cae ni tan siquiera con hechos. Esto es algo que pasa incluso en esos extremos; puedes odiar o despreciar a alguien –por el motivo que sea– hasta que lo conoces. Entonces te parece una persona mucho más templada, tiene más cosas en común contigo de lo que pensabas. Ahora, como sea, está de moda odiar; lo curioso es que ese odio suele proceder de colectivos que aseguran querer mejorar el mundo.
Pero la youtuber no. Esta chica me parecía tonta en vídeo y la realidad confirma que es tonta. Al estar dormida puede parecer que no, pero lo es, es tonta como echarse la siesta en un banco recién pintado, estúpida como la democracia en España.
Inocente e inofensiva, sí, pero tonta, sobre todo tonta. Cuando ríe, cuando habla, cuando se supone que intenta exponer alguna idea. Es abierta y transparente de la forma más vulgar posible, de la forma más equívoca. Hasta cuando se ruboriza, hasta cuando guarda silencio, todo el tiempo parece estar haciendo una mala elección. Tonta, e inculta, tan inculta como lo pueda ser cualquier veinteañero que ha acabado una carrera, que se ha pasado su vida en aulas y confiando en ellas. Así de tonta y aún un poco más.
Una tonta rellena de datos inútiles, y con referentes que harían vomitar a Coelho.
Un encanto, en definitiva, alguien a quien, al final, sólo puedes querer.

No sé qué estoy haciendo, pero aquí estoy. La verdad es que había comenzado a intercambiar mensajes con ella. No sé bien por qué. No es que no tenga su atractivo, pero ni tan siquiera se puede decir que en el fondo yo estuviera buscando sexo fácil ni nada por el estilo. Creo que tampoco es porque ella me haga sentir más listo. Esa relación abunda, hay multitud de amistades y relaciones que se han cimentado en semejantes actitudes, en el sentido de superioridad, en que sales ganando según quién tengas al lado. Es horrible, pero hay que reconocer que es coherente con la educación que en general hemos recibido, cuya veta más abstracta es la competición. Si quieres productores sin mucho seso, es lo que hay.
La verdad es que no me siento especialmente cómodo con ella. Creo que ella quizá se siente atraída porque le saco diez años. La gente comete el error de asociar por defecto la edad con la experiencia o la inteligencia.
Creo que me siento a gusto no contradiciéndola. Lo fácil, lo más goloso, sería intentar imponer mis gustos o mis neuras. Pero en este caso, por algún motivo, callarme y escuchar sus memeces sobre “artistas” y películas diseñados en despachos para un target de entre doce y dicieocho años, me hace sentir bien. Algo así como pacifista.

Algo crucial en todo esto, es que ella es tonta como mear en tu sopa, sí, pero nadie ha dicho que yo sea un genio.
Puedo ser muchas cosas, pero no soy el tío más despierto que hay. Quizá pueda presumir de no ser muy previsible, pero si lo pienso bien, ni eso.
Sigo quedando con la youtuber, pasan los días. Estoy tranquilo, porque creo que para ella sólo soy un capricho, un trofeo temporal, su porno de Netflix. Acabará yendo por su lado. A veces fantaseo con el momento en que corte conmigo (porque lo hará). Ese momento puede ser curioso, hasta divertido.
Ha habido un par de cenas más, las que quieras, festivos, fines de semana, días de arreglarse y comer demasiado con gente otra vez. Mis amigos y conocidos, su imaginación. Un día le dije si quería venir, acompañarme a una. Estar con ella me está aportando alguna clase de empuje resolutivo. Me daba igual lo que dijeran los demás, la presentaría por su nombre, tendría una identidad. En ningún momento diría que es mi novia, y la amistad debería presuponerse.
Pero ella no quiso, se excusó. Lo cierto es que ella me quiere a mí de un modo distinto, pero la intensidad es más o menos la misma. Creo que ninguno de los dos toma en serio al otro. Ella me ve como una fase (¿la de estar con alguien demasiado mayor?); aunque yo no tengo ni idea de cómo la veo a ella. De alguna forma, es tan tonta como sugestiva.

Otro día es ella quien me pregunta si quiero cenar con sus amigos y conocidos. Me sorprende, porque pensaba que quería mantener esa parte de su vida separada de mí. Me sincero y le digo si me lo pregunta para quedar bien o porque realmente le gustaría que fuese con ella. Dice que sí, que en serio, que etcétera. Y quizá debido a mi nuevo empuje, le digo que vale.
Es un sábado por la tarde (que abarcará la noche), en la casa con jardín de otro youtuber. Me acabo dando cuenta de que sobre todo es eso: una reunión de youtubers, youtubers y amigos, y “follamigos”, habitantes pero también satélites de ese mundo. Esta vez no es la cena que te quieras imaginar. Esta vez es un rollo que también conoces, pero que tiene poco que ver con la reunión de traintañeros “responsables” que ya no le echan coca-cola al vino. En resumidas cuentas, es potencialmente divertido, es veinteañero, arbitrario, con límites poco definidos. Conozco algunas caras. Las edades, en realidad, se comprenden entre los veinte y los cuarenta años. Una plataforma social nueva, reciente. Hay quien dirá que no es como haber crecido en los setenta y andar con hippies, pero lo cierto es que los youtubers son el último movimiento relevante realmente orgánico; y la cosa no sólo va de una subcultura de fin de semana: es un auténtico estilo de vida, algo con lo que algunos de los que me rodean llenan la nevera, el ego, y algo más.
Hay que señalar, si hablamos de movimientos, que ahora la música comercial es peor. Y el bombardeo de pop prefabricado al que se somete a los jóvenes es mayor. No es música como tal, sino lo que ciertos productores han ideado para poder vender y pinchar por todo el puñetero planeta. La clase de tonadas extenuantemente machaconas (o virales) que luego no te puedes quitar de la cabeza. La diferencia, quizá (además de Internet), es que muchos de sus consumidores saben que es así. Hay cierta mezcla generacional, cierto caos, para bien. La ironía y el sarcasmo ahora son excesivos, algo empalagosos, pero ayudan a contrarrestar pensamientos suicidas. Crecer en un mundo culturalmente mediocre a nivel de gran distribución, ha de hacer que salten tus defensas. Por desgracia los chicos y chicas de la edad de mi compañera, tienen menos perspectiva o bagaje, y esa cultura de la no cultura podría estar haciéndoles mella de forma preocupante.
La paciencia ha muerto. El hacer algo con detenimiento –por gusto– pasó a mejor vida. Profundizar es agotador.
El placer es inmediato o no es, y la ambigüedad no existe porque el gozo sólo puede ser superficial, epidérmico: llorar no porque algo te toque el corazón a niveles que no viste venir, sino porque la publicidad te ha convertido en siervo de determinada cara, peinado, imagen o single emitido hasta lo sectario.

Más allá de las preocupaciones generacionales, estos chicos y chicas, partiendo de una premisa de placer, han construido algo que la mayoría de gente que habita el circuito académico-profesional habitual, MUY difícilmente logra. Y es posible que ese algo sea tan “sencillo” como: ser felices. Como todo el mundo, dependen hasta cierto nivel de terceros. Pero muchos de ellos no tienen lo que tú llamas jefe, no tienen que manejar y gestionar material que no les interesa, no tienen horarios fijos, viajan, van a los lugares que les apetece ir, y, aunque obviamente también tienen que generar y editar contenido (y suelen ser autónomos), muy a menudo lo hacen cuando quieren y como quieren. De algún modo, han logrado que su vida sea SUYA. No es de extrañar que a su alrededor generen muchas veces tanto malestar, tanta crítica, tanta amargura supuestamente madura. La mayoría de gente, ni partiéndose la espalda o dejándose los ojos, tendrán jamás eso; en cierta forma, tendrán que seguir pidiendo permiso para ir a mear hasta que –con suerte– se jubilen.

Esto no es la cena que quieras. Es la que quieren ellos.
Se hacen grupitos, vamos de unos a otros. Converso con un par de tíos de mi edad que llevan canales de sketches y parodias, algunos realmente buenos.
Unos hacen el bobo, otros beben, otros graban. Se cena a base de picoteo, lo cual no me suele hacer gracia, pero que esta vez me cae en gracia. Alguien pincha (o juega a mezclar) dubstep desde alguna mesa de mezclas que no consigo localizar.
Al poco nos separamos y vamos por libre. Ella hace corro con una decena de chicas, yo no tardo en ir algo bebido, y me presento a algunos youtubers treintañeros (cada vez hay más, el medio ya tiene un pasado), y por suerte se muestran abiertos y receptivos. Hay una piscina vacía en la que tres o cuatro chavales intentan hacer skate. Hay conatos de guerra de comida, hay una lona azul sobre la que echan agua con una manguera, y los más ágiles se lanzan a patinar con el torso.
Saldré en el próximo VAPE (Voy A Por Ello) de JPelirrojo. He felicitado muy sinceramente a Ro por su canal. Rubius no está.
Termino tirado boca arriba en el césped, junto a Videópatas. La youtuber viene y me dice qué tal. Le digo que me gusta el sitio, la gente. Me dice Estás borracho. Le digo que gracias, y luego cortamos entre risas.

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