Otro tonto muerto

¿Cómo no hacerlo sobre ti? ¿Cómo escribe la gente sobre cuestiones ajenas a ellos? No lo hacen. Da igual lo que digan. Nunca cagas la mierda de otro. Ni siquiera el periodismo existe; sólo la idea del periodismo. Y si hablamos de ficción, por suerte la ficción es honesta, porque aunque en el fondo hablas sobre ti, no importa que mientas. En la ficción la mentira es, en cierto modo, irrelevante. La ficción –buena o no– es pura; nadie te puede engañar con ella, porque es imposible.
La imaginación es la ramificación colorida de tus ideas, por cutres que sean. Ahora la imaginación no está muerta, pero lo está si no la cultivas. Ya no existe una cultura de la imaginación; prácticamente ya no existe la cultura. Si eres imaginativo o medianamente culto, probablemente muchos estarán a poco de catalogarte como loco; porque no es Lo Que Se Hace. Y puede ser que no te llamen loco, pero sí muy probablemente irresponsable. Esa gente con la que siempre pierdes solo y ganas acompañado. Lo bueno nunca acaba de ser mérito tuyo; lo malo es simplemente porque te lo has buscado.
Ahora lo sé.
El mundo, la vida, son algo absolutamente abrumador, en todos los sentidos. La mayoría elige no ser consciente de ello. Aunque asumir que eligen es optimista. Al optimismo, por cierto, lo están friendo a palos. Y no están siendo los teóricos pesimistas.
Crecer no es malo, pero lo han convertido entre todos en una trampa.
Pisar sangre es peor que pisar una mierda, y también huele mal de narices. Te pasas medio camino a casa arrastrando las suelas. Lo peor es que has modificado la escena del crimen. Las huellas de tus zapatos baratos.
Decidme cómo puede uno no ser un gilipollas. Para mí es como intentar no morir.
El sol se va y sale varias veces, y en el informe que leo dice que todas las huellas dactilares apuntan al mismo fulano con antecedentes. Claro que cabe pensar que ya estará a varias cargas de móvil de aquí, a varios paquetes de tabaco. Pero como sea tienes que ir a su vivienda en la ciudad y darte un garbeo, llamar a un timbre al que ya nadie atiende, conversar con alguna vecina que o te mandará al carajo o intentará hacer que entres a beber té y descubras que su marido murió hace dos años. Información irrelevante y tiempo perdido. La gente se siente sola, y no solo las viudas de cierta edad.
Lo que mi compañero siempre dice es: “Otro tonto muerto”. Siempre da la sensación de que quien muere tenía los días contados. Casi siempre. Porque te pones a contrastar información, y casi todo tiene que ver con líos con los que la muerte monta barbacoas cualquier día de la semana. Lo que no le digo nunca a mi compañero, es que en realidad muchos de esos líos no son extraordinarios, de hecho muchas veces son rutinarios. Son lo que pasa cuando todo está en silencio y piensas: qué bien. Y justo en ese instante, algún desesperado, perdido y amargado de la vida, está jugando al fútbol con la cabeza de su novia. Siempre saludaba y toda la pesca.
En la tele no mienten; se limitan a ficcionar; excepto que ahí no hay un acuerdo como el del Novelista y el Lector. Sólo el cinismo te echa una mano; sabes que te van a mentir y piensas: estos cabrones me van a mentir… Y es verdad, siempre lo es, sea bien en contenido o en tono. Sabes que la gente mala existe; y que no son necesariamente psicópatas o violadores. Son abogados, son periodistas, policías, o puede ser tu vecino, el de la trayectoria impecable y los trajes limpios, el que huele tan bien y se trajina a tu hija.
Construyeron el mundo, y tú, para poder sobrevivir, para que te vaya lo que llaman Bien, lo que tienes que hacer es parecerte a ellos lo máximo que pueda asumir tu capacidad para el autoengaño. Ellos no creen que sean malos, y tú tampoco puedes creerlo. Así que empiezas a actuar como ellos, y en ciertos detalles echas el freno, para poder decir: Yo no soy así. Con el tiempo, con un poco de suerte, pierdes la perspectiva (o la desgastas), dejas de pensar en esos términos, y te limitas a gastar tu dinero a la vez que no te consideras exactamente como el consumidor medio.
En la tele comienzan a hablar del caso. Entre una promo de la cadena y una noticia de prensa rosa incrustada, ahí está, tu cadáver. Aún tienes restos de él en la suela de los zapatos, o eso crees. Semanas después aún notas la mirada gélida del Dexter de turno en tu nuca. Cuanto más veo la foto del muerto, más confundido me siento. Pasan las semanas y el caso sigue abierto, aunque más tontos siguen muriendo. Lo habitual con un asesinato es que enseguida salte la liebre. Lo normal es que algún chico de lo más noble y trabajador se haya cargado a su novia. O un señor casado, casi jubilado e igualmente trabajador; a veces es la mujer y un par de empleados del banco, con una escopeta.
Los tíos que matan mujeres han seguido el guión al pie de la letra, pero cuando la “primera” equivocación es un asesinato, lo normal es que ellos ya estuviesen muertos de antes. El guión no era tan bueno como ellos creían. ¿Que a quién culpar? Cada cual a quien vea en el espejo. Todos esos tíos eran buena gente en la versión oficial. Las vecinas viudas suelen llamar zorras a las mujeres muertas. Cuando asesinan a un hombre, sin embargo, la cosa se puede complicar en lo logístico.
Mi compañero dice que la vida es lavarte para poder volver a ensuciarte.
En realidad no te duchas sólo porque estés sucio, sino porque sabes que nunca dejas de pudrirte a varios niveles. La ducha es higiene, pero sobre todo una forma de disimular.
Muchas veces pasa, a mí me pasó. Yo tenía esa idea sencilla sobre cómo se vive, sobre cómo se han de ver las cosas. Todo el rollo sobre ser feliz sacrificándote, casi sin más. Sobre el vaso medio lleno y aguantar. Lo de –no nos engañemos– llevar tu cruz. Esa moto que nos han vendido a todos unos cuantos para poder vivir a sus anchas, con otros principios, o con otra clase de carencia de ellos.
Lo que yo hice hace un tiempo fue conocer a una mujer. Como yo era hermético, no podía sacar a colación su hermetismo. Generalmente es el tío el que esconde esposa y un par de chavales igual de imbéciles, pero esta vez era ella. Yo nunca he tenido el temple necesario para tomar decisiones relacionadas con la estabilidad y el matrimonio (o la convivencia), o el nido y los polluelos. Sobre todo es una cuestión de pereza. Y de miedo, cierta clase de miedo cuya descripción dejo para alguien menos gilipollas, menos liado, confuso o contradictorio.
Pero es verdad que comencé a salir con esa mujer, porque ella dio un paso y yo me dejé llevar. Sabía que no se trataba de dos solteros bebiendo y comiendo juntos. El sexo siempre necesitaba agenda, clandestinidad, ropa de cama de olores sospechosos. Cuando el conserje te ve entrar, sabe que puede inflar el precio, sabe quién entra a hospedarse y quién entra a follar: quien entra a follar entrega la tarjeta de crédito casi despidiéndose de ella. Íbamos al cincuenta por ciento, pero pagábamos en metálico (casi nadie es tan tonto como para…).
Su móvil solía estar apagado, y si no lo estaba parecía que estaba vivo. Un día me dijo que vale, pero que no tenía hijos. Lo que no mentó es que el marido sabía cómo hacer daño sin dejar marcas. Al menos casi siempre. A veces calculaba mal, y pese a mi inabastable pereza, y mi carácter nada proclive a ayudar a los demás en mi tiempo libre, le pregunté de dónde salían los moratones, a qué venía el maquillaje de oso panda. No soy tan bueno como para hacer grandes deducciones, pero a veces me delata la cuestión de tener ojos. Hay cosas que sencillamente no puedes negar haber visto; cuando te quieres dar cuenta estás en el ajo. Puedo ser un miserable, como todo el mundo, por dejación de mis deberes como conciudadano, por decirlo así. Pero a veces intento hacer lo correcto, aunque sea como el niño que hace muecas comiendo verduras. Cuando no crees en el karma ni en el Cielo, ni en recompensa segura alguna a los buenos actos, actúas convencido de que sólo estás arriesgando lo que tienes. No sólo no ganas nada, sino que lo más fácil es que pierdas algo que te ha costado mucho conseguir.
Si lo haces para sentirte bien, no cuenta.
Que alguien haya estado a punto de morir pero que al final no haya muerto, no es una buena noticia: ni aunque hayas salvado tú a esa persona. Una buena noticia es que tenga un orgasmo de vez en cuando, o que los que le rodean sepan dejarla en paz. O un buen descuento en el cine, uno de esos con los que el precio de la entrada se parece al precio de una entrada.
Una buena noticia tampoco es que te toque la Lotería. Eso sería como que te tocase la Lotería.
No es que yo trazara un plan. Raramente preparo las cosas; es el principal motivo de mis cagadas, y mi mayor secuela escolar. Cuando alguien pretende ponerme deberes al nivel que sea, lo mando a cagar a la vía. Cuando hago excepciones, luego pasa lo que pasa. Porque no había ninguna huella de mis zapatos en el charco de sangre. Tardas en adaptarte a una nueva situación o rutina, tanto a la más sencilla como a la más absurdamente metafísica.
Lo que pasó es que un día decidimos ir a su piso. Yo me negaba a que viera el mío. Ni siquiera di rodeos. Dije:
–Me niego a que veas el mío.
Le pregunté por su marido, por el tío del anillo, el de En la salud y en la enfermedad. Dijo que estaba fuera por negocios, que casi siempre lo estaba, que otros días podríamos no haber ido a hoteles apestosos.
Resultó que habíamos sido los protas de una peli para una sola persona, rodada con prismáticos. El tío sabía que su mujer iba por ahí con algún otro.
Cuando llevábamos un suéter, una camisa y unos tejanos por el suelo en su piso, el tío entró como una exhalación, los prismáticos colgados al cuello (lo prometo) y un bate nuevo de trinca. Le colgaba la etiqueta. El tío se puso a gritar. La verdad es que me dejó al margen, al menos al principio, y centró su ruidoso contenido en lo zorra que era su mujer. Decía zorra todo el tiempo, babeaba en el suelo como un perro de los que salen en las noticias. Así era como pasaba. Yo en estos casos solía venir después; me despertaban y me daban una dirección cuando la mujer ya estaba criando malvas. Pero ahora lo vivía en directo. Lo que decía el tío es que la iba a matar, a la muy zorra. Luego decía que me iba a matar a mí, pero siempre con otro tono, como dándome un papel secundario: mi muerte sólo sería la propina. Sería un “por si acaso”. Por si acaso ella me quisiese. Lo bueno de hacer el Mal es que no hay límites claros.
Se suponía que yo, por profesión, era del otro bando. No me sentía así.
No hubo ningún giro, nadie sorprendió a nadie. Ninguna llamada telefónica nos interrumpió. Ella se fue corriendo mientras de algún modo el tío decidió atacarme antes a mí. Creo que sabía que yo era poli, y se pensó que eso me debía dotar de algún tipo de empuje o inteligencia. Puede que sea así en otros casos. Pensé que había interrumpido la trayectoria del bate con los brazos, pero me dio en la sien izquierda y caí medio grogui al suelo. Creo que fue ahí cuando empezó a crecer el charco de sangre. Cuadra que no recuerde que ese día nadie me despertara para llegar hasta ahí. A veces ya estás en el lugar en el que “quieres” estar, y no lo sabes. Estaba demasiado aturdido, y el tipo continuó machacándome el cráneo. Luego yo lo veía desde detrás de él, en escorzo, y a mí en el suelo. No es que ahora crea en Dios; aún no estoy muy informado. Ahora sé muchas cosas sobre hablar solo. Imagino a mi compañero, al de verdad, largar su “Otro tonto muerto” en el funeral. Más razón que un santo: Otra cosa que no soy.

Síndrome-hombre-muerto-01

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Un comentario en “Otro tonto muerto

  1. Tiendo a sacar conclusiones en los relatos, cualquier tono que estos tengan. En este caso, me viene una frase que ya alguien acuñó: “La vida es eso que ocurre en otra parte cuando estás ocupado viviendo la tuya”. Pareciera que no nos conformamos, que la vida está destinada a ser una mierda que mejora solamente cuando morimos.
    Abrazos en tiempo y distancia!

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