Archivos Mensuales: julio 2017

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (12 de 30) – Cabañas

Íbamos a cerros a las afueras de la ciudad. Aprovechando la vegetación frondosa, ahuecábamos, buscábamos cartones, los colocábamos de cierta manera, y a eso lo llamábamos cabaña. Allí era donde íbamos a no hacer nada. Al día siguiente siempre había algún niño del grupo con un costado de la cara rojo. Era la hostia que le habían pegado por llegar tarde el día anterior. El sábado era día de cabañas, y el domingo de recogimiento forzado. Te pegaran o no, habías recibido tu correspondiente bronca por haber vuelto a casa a las diez de la noche. Cada uno decía que había estado en la casa del otro. Los padres se telefoneaban. Lo sabíamos, pero nos daba igual.
Respondíamos al miedo sólo uno o dos días. Teníamos once o doce años. No soy bueno para recordar cuándo pasó qué, pero durante un tiempo la masturbación aún era algo de lo que sólo oíamos hablar. Estaba al caer. La época de las cabañas se solapó con ese “descubrimiento”.
No tardaron en acumularse revistas porno allí. También un rollo de papel higiénico. Hacíamos un agujero poco profundo, lo cubríamos de hierba y a eso lo llamábamos escondite.
Era la razón para salir de casa sin necesidad de juntarse con nadie. El único miedo era querer cascársela, llegar y encontrarse a un mendigo.

Otras veces acordábamos comprar chucherías con la calderilla que nos dieran. Y alguien se apropiaba del transistor de sus padres. Lo llevábamos todo allí, y a eso lo llamábamos Fiesta. No recuerdo roces, discusiones, peleas ni conflictos serios. Nadie se comportaba como lo haría años más tarde, por ejemplo, en Twitter. Nadie estaba así de amargado.
No es que nunca hubiera desacuerdos, ya fuera con cabaña o sin ella, pero cuando los había eran cara a cara. A patadas y puñetazos. Eran actitudes MUY puntuales, y cuando llegaba el perdón mutuo habitual, nadie sacaba el tema meses después para atacar a nadie. Había cierta clase de honor que se daba por sentado.
No era la previa a la edad adulta, sino lo Contrario.
Seguíamos siendo humanos, pero por desgracia en proceso de desgaste.

Antes, eso sí, llegaron las niñas. Íbamos con ellas a todos lados excepto a robar revistas porno. También venían a las cabañas. No recuerdo esa fase de rechazo infantil al sexo opuesto que se ve en algunas películas. No en mi grupo de amigos. A nadie le dio asco nunca la idea de dar un beso. Mucho menos todo lo demás. Cronológicamente, eso sí, las revistas porno y las niñas llegaron casi a la vez. Era un contraste brutal, ya que en realidad para nosotros no tenía nada que ver una cosa con la otra. Las niñas nos potenciaban la timidez. Sin embargo las revistas porno, en contra de la opinión adulta sobre la grave confusión que nos tenían que provocar, sólo eran pura fantasía. Ver las fotos de una revista porno formaba parte del mismo ámbito que ver una peli de Schwarzenegger; simplemente una cosa era divertida, y la otra excitante.
Teníamos claro, aunque no supiéramos articularlo, que ambas cosas eran Ficción, cada una a su manera; y nunca mezclamos la ficción con la realidad.
Es paradójico que con los años muchos adultos que vivieron así esa etapa, ahora se convenzan de que los niños y las niñas son mucho más estúpidos de lo que son. Casi se diría que ahora no los educan o protegen de determinada manera porque lo sean, sino, inconscientemente, PARA que lo sean. Hay una especie de orgullo progenitor terriblemente nocivo, relacionado con una idea muy tóxica sobre la responsabilidad. El adulto se reafirma, mal. Los adultos se comparan entre sí, aunque no lo reconozcan. Y los niños están en medio, como objetos arrojadizos.

Mi primer beso.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (11 de 30) – Algunos párrafos sobre la muerte de un niño en verano

Quien me conoce sabe que la expresión «madurar» no me gusta. Me da la impresión de que se suele utilizar para excusar y justificar vidas terriblemente vacías, de servidumbre. Obscenamente despojadas de Elección Propia. Y a menudo también cobardes. Vidas cobardes, de rebaño, de tiro seguro. En cualquier caso estoy seguro de que todo eso es una ilusión. No son vidas seguras, por más aburridas y de elección ajena que sean; no son un tiro seguro. Muchas veces son sobre todo una inversión para otros, un engaño, una ruina. Madurar (¿apropiarse de una característica propia de las frutas para usarla como aguda metáfora…?), es una TRAMPA. Eso de “Si tus amigos te dicen que te tires por un barranco, ¿te tiras?”, es lo que básicamente define el comportamiento más globalizado. Por eso parece «maduro». No hay como aburrirse y sufrir juntos para que parezca que nace una amistad, coherencia, una relación lógica y productiva.
No tardas mucho en darte cuenta de que tu amigo es tonto y poco fiable, y de que a su vez el suyo también lo era.

De crío tuve un amigo en un esplai. Así se llamaba donde yo crecí. Un esplai constaba de varios monitores que preparaban actividades para los críos en verano. Supongo que aún se hace. Gente de veintitantos lidiando con niños y niñas de diez y once. Ahora no me parece que fuera una buena idea.
Tampoco creo que yo cediera fácilmente; mi idea de un buen verano era ensuciarme con mis amigos del barrio, jugar al fútbol en plazoletas, y puede que lanzar piedras a los coches desde cierto puente a la autopista. Mi generación aún respondía a menudo a la etiqueta de gamberros.
Ahora parece que los niños no pueden ni revolcarse por el suelo; parece que van del pañal a la universidad.

Nuestra actitud nunca conllevó tragedia alguna. Y eso que llegábamos a hacer cosas que prefiero no enumerar.
Irónicamente donde sí pasó algo terrible fue con los compañeros del esplai.
Por alguna razón nunca me ha costado hacer amigos. Nunca he hecho el menor esfuerzo para ello, pero en todas las etapas de mi vida he tenido una o dos personas cercanas (aparte del ruido, quiero decir, los conocidos colaterales y demás fauna).
Los monitores siempre hablaban de madurar. Creo que era por la edad, porque pensaban que ellos acababan de recibir el carnet de madurez, o porque estaban a punto. Quizá habían perdido la virginidad no hacía mucho, o quizá tenían el título universitario ya colgado en la pared, aún caliente.

Mi amigo del esplai era más bien el niño que solía caminar a mi lado. Era más un compañero que otra cosa. Era algo surrealista lo de estar recibiendo órdenes de extraños también en verano. Cada día de la semana se hacía una actividad distinta. Los jueves íbamos a cierta piscina de otra ciudad. A medida que hablaba con mi compañero, se iba mostrando más predispuesto a fingir. Que era valiente, que tenía novia, que una vez hizo no sé qué locura… No era como mis amigos del barrio. Parecía más como parecen los niños ahora; impoluto, altivo, digital, sin mácula, con correa. Tampoco era lo mismo ser un niño de periferia como yo que uno más céntrico. Si eras de periferia mentías a tus padres, si eras céntrico a todos los demás (para tus padres eras un ángel).

Cuando pasó, yo estaba en mi toalla. La gente se arremolinó en cierta zona. Yo no me enteraba de lo que sucedía. Nadie me dijo nada, mucho menos los monitores, hasta que una niña me puso al día en el autobús de vuelta.
Aún no tengo claro si fue exactamente así, pero lo que me llegó fue que los monitores estaban más pendientes de ligar entre ellos. Mi pseudoamigo sufrió un corte de digestión, y nadie se dio cuenta. Se ahogó en algo menos de un metro y medio de agua, una zona de la piscina a priori casi ajena al peligro.
Había dos monitores y dos monitoras. Ellas lloraban desconsoladas en el autobús. Los dos chicos se fueron, supongo, a dar explicaciones. Ellos no volvieron de vuelta con nosotros. Yo no asimilaba lo que estaba pasando. ¿Un niño muerto? ¿En verano? Eso no pasa. Y menos rodeados de adultos, con sus manías redichas y sus discursos sobre madurar y aprender y crecer.
Negué lo que había pasado, aunque en cierta forma noté un punto de emoción al contárselo a mis padres luego en casa. El esplai se había acabado.
Aunque fue desagradable, no sufrí mucho la muerte del niño, apenas tuve trato con él. Sólo unos seis o siete días de esplai. Además creo que no tenía herramientas emocionales para manejar aquello, y de un modo extraño creo que eso me evitó ciertos padecimientos.
Ahora siempre pienso en los monitores, en que arrastrarán lo que pasó toda su vida. No sé cómo sonará, pero lo hago con una pizca de regocijo. Siempre me pregunto si seguirán diciendo las mismas cosas que todo el mundo, o si la experiencia les ayudó al menos en eso.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (10 de 30) – Buen chico

Durante meses, teniendo unos diecinueve años, caminaba por la calle mirando al suelo. Por aquel entonces yo era todo un ejemplo, al menos según lo que entiende la sociedad por ser un ejemplo. Curraba por las mañanas y estudiaba por las tardes. De modo que según la opinión a bote pronto de los demás, yo era lo que llaman un Buen Chico. Esforzado, responsable y demás gaitas. Todo bien, excepto que yo me sentía como un trapo. Había “elegido” un camino teóricamente seguro, o al menos inteligente. Aprender un oficio. Lo que estaba haciendo en el trabajo eran prácticas de lo que estudiaba por las tardes. No importa la profesión, sino que no tenía que ver ni remotamente con nada que a mí me interesara. No había sido buen estudiante, de modo que el sistema me empujaba en una dirección supuestamente práctica.
La gente acepta ese proceso con la mejor y más obstinada cara, siempre hay una gran antimasturbación colectiva, sobria, atea y de lo más católica, como respuesta a ese sistema. Dicen que es duro pero justo, e inevitable.
Más allá de lo que pensara yo años después de todo ese asunto, lo que importa es que en aquel momento no pensaba nada. Me habían convencido de que pensar no era lo mío, de modo que, tanto literal como figuradamente, bajaba la cabeza y me dejaba llevar.
Cuando salía de casa por las mañanas, me negaba dentro de lo posible a mirar a mi alrededor. Me convertí en un ciego parcial. Intentaba No Sentir. Estaba atrapado, y procuraba no darle a la jaula el lujo de regodearse en mi aceptación de la única existencia a la que tenía oficialmente derecho.
Pasaba las horas yendo de un lado a otro según el pastor de turno silbaba. Mi carácter en off, a poco de morir por abandono.
Ser activo o proactivo no tenía nada que ver contigo, sino con la producción o el examen de turno. Si te felicitaban es que habías pasado un día de mierda. Obviamente no se me daba muy bien todo eso de desconectar, por más que lo intentara. Y creedme, hubo muchos testigos de que lo intentaba.
Por desgracia era demasiado consciente, incluso aunque no pensara en ello.

Aun así, llegué a conseguir perfeccionar notablemente mi estado de “autozombificación”. Estaba a pocos pasos de poder competir con plantas o máquinas. Tanto es así, que me pasé todo un día enfermo sin advertir que lo estaba. No conseguía desconectar del todo de mi situación, pero llegué a no diferenciar el estado saludable del estado enfermo.
Sólo noté cambios al llegar a casa y ducharme. Me vi el cuerpo lleno de granos, y fue justo en ese instante cuando noté picores. Mi parcialmente autoanulada percepción mental había evitado que me diera cuenta de nada, hasta que mis ojos me traicionaron. Pese a mi edad no había pasado la varicela. Y de repente se presentaba a mis diecinueve, como si mi cuerpo se revelara. Era como si la naturaleza hubiese tenido que tomar cartas en el asunto, y que al menos me dieran temporalmente la baja.
Había estado con fiebre y hecho una mierda, o eso dijo el médico. Silbó y yo le hice caso. Se me iban a acumular un montón de tareas. No saqué ninguna conclusión al respecto, aunque me gustó no tener que madrugar ni mirar al suelo ni etcétera durante unos días. No estaba desarrollando ningún superpoder debido a mi musculada capacidad para la negación. No hubiera sido responsable otorgarme nada parecido a eso. Un buen chico con varicela. Un pequeño traspiés. Ay, qué contratiempo. A veces quería destrozar a puñetazos al tío que veía en el espejo. Los demás sonreían y hablaban de mis actos y sus consecuencias. Se exculpaban porque era yo quien había creado el mundo, y encima tenía la desfachatez de no creer en Dios.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (9 de 30) – Tontos peligrosos

Personalmente prefiero un cementerio de noche. Por la noche parecen una historia de terror, de día la peor vertiente de la realidad. Todos los funerales a los que he ido eran a pleno sol. En todos había muerto alguien muy mayor; lo cual suele significar que sólo hay una o dos personas realmente afectadas. A menudo una, la viuda o el viudo.
El resto se supone que hacen acto de presencia por una cuestión de respeto. A un funeral te ves abocado, a una boda a veces no te queda más remedio que ir. Si lo pienso bien, con cualquier acto, por solemne, triste o alegre que sea, la alternativa de quedarme en casa siempre es más atractiva.
Si asistes a un funeral por mero respeto, lo bueno es que no son muy largos. Incluso con una ceremonia religiosa de por medio, todo tiende a cierta premura imparable. Llegas, cumples y te vas.
Una boda, sin embargo, se puede eternizar, así que cuando estoy sentado a mi mesa, cuando la gente o parte de ella está levantada, bailando o husmeando, tiendo a pensar en la muerte de los recién casados.
Si al final de algo tiene sentido pensar en cómo empezó, ¿no tiene sentido al principio pensar cómo acabará? Entre las cosas en las que no piensan los invitados, incluidos los niños, está que un día quizá asistan al funeral de uno o ambos miembros de la feliz pareja. Otra de las cosas en las que no piensan, unos porque no pueden y otros porque no quieren, es en que el novio está metido en asuntos que incluyen maletines, besos de judas y matones. En la boda se le ve en su salsa; a todos los tontos peligrosos que han visto El Padrino y El precio del poder les encanta casarse. La mafia siempre ha respetado las tradiciones. Es como si pensaran que así compensan algo.
Una chica de las que se sentaba en mi mesa, viene a hablar conmigo, visiblemente borracha.

Ir en pareja a un funeral tiene sus ventajas, y más cuando la conociste en la boda del finado. Suaviza las cosas, pareces menos perdido. Ir en pareja proyecta cierta energía, algo que tiene que ver con haber crecido, «madurado». Eso y un montón de mentiras e hipocresías. Casi nunca nada grave, sólo efectos secundarios de estar vivo.
Primero se casó, un año después fue a la cárcel y luego lo mataron. En la cárcel.
Ni siquiera tuvo la muerte con la que debía fantasear, algo parecido a la de Tony Montana.
Un día habíamos ido a verle a prisión. Ella era su prima. Se sentía obligada a ir al menos una vez. La condena era de dos años; problemas menores con drogas. Hubo atenuantes. Habló ante el tribunal como si las películas no existiesen. Le clavaron algo metálico y retorcido al cabo de dos meses entre rejas.

Pregúntame lo que quieras sobre bodas, cárceles y funerales. Lo que sea sobre días soleados. Por la noche dormimos siempre. La mafia está en casa está fuera está en la tele y en el gobierno. Me han ofrecido varias veces entrar en el negocio. El de la vida y las cosas como son de verdad. Me he escondido bajo las faldas de mi pareja.
Ahora fumo puros y me siento cómodo en cualquier acto. Me da igual que te prometas, te encierren o la casques. Yo estoy ahí, presentando mis respetos, dando un calada, disfrutando del paisaje.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (8 de 30) – Tampón

Es célebre el aburrimiento laboral en oficinas. Se habla poco del aburrimiento de almacén. La gente cree que en un almacén siempre hay un motivo para ser un burro de carga.
Hablo desde mi experiencia, claro, pero en este caso no es exagerado generalizar. Debía ser el verano de 2005 o 2006. Curraba en el turno de noche en un centro logístico que distribuía palés a ciertos supermercados. Nosotros los preparábamos y los camiones se los llevaban. Pero para que pudiéramos paletizar y movernos, debían salir pedidos en nuestros ordenadores de a bordo, ya lleváramos una transpaleta eléctrica o un carretilla elevadora (os aseguro que NADIE que trabaje con esas máquinas usa esos términos para referirse a ellas…). A veces, en resumen, no salían pedidos. Eso podía durar horas. Había noches que incluso con faena se hacían largas; sin faena, podías entrar en una especie de proceso antibudista, antimeditativo. Ya fuera por el entorno o por el contexto, tu mente ni se relajaba ni se abría. A veces volvías a ser un niño tedioso; pero en lugar de tener a tus padres y protestar, sólo te tenías a ti mismo, y nunca te has servido de mucho. En general nadie se suele hacer un gran servicio.
Te ponías a dar vueltas con tu máquina. Te metías en algún pasillo repleto de guarradas, dulces, pastelitos; reventabas alguna caja y te zampabas un par. Conocías los ángulos muertos de las cámaras, que allí eran la mayoría. Las estanterías eran como olas de metal y madera de quince metros. Algunos bebían refrescos, otros mordisqueaban pan de molde. Un día un compañero desenroscó el tapón de una bebida y escupió dentro. Unas risas. Recordad siempre que los méritos sanitarios también se pueden comprar.
Nuestras favoritas eran las bolsas de Ruffles y similares, no podías parar, eran de fácil acceso y tenías reservas ilimitadas. Estos palés de cargas removidas por ratones de almacén, solían ser pasados por alto. A veces los encargados fingían que se iban a poner duros con eso, pero la realidad es que a nadie le importaba. Ese material se lo llevaba cuando fuese la carretilla de turno (que lo transportaba como estuviera), lo dejaba en el puerto que tocara, y luego el camionero lo cargaba (sin inspeccionar nada), y lo llevaba al pequeño almacén de tu supermercado. Allí lo recibían otros carretilleros, y luego los reponedores. Nadie en todo ese proceso cobra tanto como para alertar por botellas abiertas o cuatro bolsas vacías. O con otras palabras: cuando llegas al supermercado y lo ves todo tan bien colocado, tan brillante y sugestivo, tanto que parece que lo han preparado para ti unas hadas todas parecidas a Imogen Poots…; pues bien, yo conozco a esos tíos, y ni se parecen a Imogen Poots ni huelen como ella. Eres tú el que debe asegurarse de que el bote de Cola Cao venga con el plástico.

No culpo a nadie. Hay trabajos que pueden parecer sencillos, y lo son, pero no es nada sencillo soportarlos seis días a la semana. No he conocido a nadie cuya vocación sea mover palés o reponer. La gente habla pestes del trabajo, del trabajo como actividad. Pero lo malo no es hacer cosas, lo malo es que, según lo que hagas, y cuando sólo hay dinero de por medio (poco), lo que haces no es tanto vender tu tiempo como apagar tu alma.
No exagero. Lo malo es que, ni cuando te dejan libre, sabes ya quién coño eres ni lo que quieres. Tu único alivio es no estar trabajando. El sentido de tu vida se convierte en lo que no haces con ella. En esos huecos es donde suele entrar el fútbol, la telebasura, y todo ese sinfín de actividades pasivas, tanto física como mentalmente. No es nada malo, pero es preocupante si no hay nada más.
Los tiempos muertos en el almacén, no pensabas. Batías récords de aburrimiento. Te movías, pero lo hacías no con curiosidad, sino más bien como un animal, uno perdido. Un día me metí en un pasillo concreto, olía bien. Me puse a trepar por una estantería. Puede ser que incluso olfateara como un cuadrúpedo. Vi unas cajas azul cielo. No sabía lo que eran. Cojí una, destrepé y la abrí.
Tampones.
Cogí uno y lo olí. Jugueteé con el hilo. Luego me lo metí en el bolsillo superior de la chaqueta, y me fui a dar un rodeo subido en la transpaleta.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (7 de 30) – Un sorbo refrescante

La vecina de arriba delira. Grita cada dos segundos. Tiene más de setenta años. Está en ese momento en el que podría morir mañana o vivir veinte años más. Estuvo fuera unos seis meses, supongo que en algún tipo de residencia, pero deduzco que por cuestiones de dinero la volvieron a traer a casa. Su movilidad es precaria y es un tercer piso sin ascensor. Básicamente no sale nunca. Debe hacer unos cuatro años que empezó.
El marido está perfectamente cuerdo, sano, casi se diría en forma. Esa es la peor parte. A los demás, obviamente, al margen de lo que digamos, las situación nos importa objetivamente un carajo. No es agradable, pero es ajena.
Excepto que yo vivo en el piso de abajo.
A menudo tengo que ser testigo auditivo. Oír a una septuagenaria llamar a su madre muerta mientras intentas leer o dormir, desde hace cuatro años. Cosas peores que la muerte, seguir viva cuando se te ha acabado el combustible, como un avión planeando sobre el mar, sin saber cuándo chocará contra el agua.
Muy pocas cosas más irritantes.
Algo así como una voz de ultratumba. Toda la iconografía gráfica y sonora del género de terror, salidas de la vejez que se tuerce. El Infierno para el marido. Oírlos hablar dibuja un mapa humanitario sobre la eutanasia.
Nadie se merece eso. Ni siquiera escuchar las cosas que oigo yo cada día. Deducir la espeluznante soledad, hijos mayores con sus propios hijos, lejos, ver a tu mujer con la mirada muerta, evitar ver a tu madre. Lidiar con ella, esté lejos o cerca.
Yo escucho parte de todo eso, y lo quiera o no, mi cerebro llena los huecos.

Un día oigo un golpe. Un ruido seco. Pasos. (Por fin, pienso). Estoy en el lavabo a las tres de la mañana, sentado en la taza. Mi cerebro actúa otra vez. La bendita ignorancia, el no saber qué pasa exactamente arriba, me deja deliciosamente al margen. Después de años de gritos, de auriculares, de poner el ventilador al máximo, de buscar siempre un ruido blanco con el que tapar el de la muerte, me merezco mi porción de morbo malsano. Me quedo un rato escuchando.
Al día siguiente, domingo, me cuesta recordar, darme cuenta. Hacia media tarde me noto relajado, mejor; mejor que de costumbre para ser yo y mi piso.
Aun siendo agosto, hoy por fin con silencio, parece hacer menos calor. Saco una lata de cerveza de la nevera. Me siento ante la tele, dan El Padrino II. Abro la lata, relajado, y sorbo la espuma.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (6 de 30) – Un resumen

No es tan difícil si lo pienso. Se trata de una sencilla elección entre dar rodeos o no darlos. A veces es bueno enrollarse, detallar, opinar, incluso liarse o pretender filosofar. Y otras es más efectivo un resumen.
De muy pequeño, antes de aprender a leer, estaba un día sentado con mi padre en un banco. Le dije que cuando aprendiera a leer lo leería todo. Y lo decía de verdad. No era una promesa sobre el esfuerzo, sino sobre la diversión. ¿Qué podía haber más divertido e interesante que poder descifrar todo el tiempo esos símbolos que entonces me eran extraños?
Poco después de eso, en el colegio, el mundo adulto –con la bendición de nuestro intocable sistema educativo– mutó en algo muy distinto a la sonrisa de mi padre, y me fueron quitando la mía. No les llevó mucho, para tercero de primaria leer ya era algo que no tenía nada que ver conmigo, algo que me habían robado. Ahora Leer era propiedad del estado, de las instituciones, junto a la curiosidad y cualquier ilusión personal.
Eso duró unos veinte años. Lo suficiente para causarme daños quizá irreparables. Sólo tengo la relativa suerte de haberme dado cuenta de ello, de haber logrado ganar distancia con ello. Probablemente, en resumen, la mayoría de gente no tiene esa suerte.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (5 de 30) – Saltar

Apareció un agujero de gran tamaño en medio de la calle. De la noche a la mañana. No parecía nada que tuviese que ver con una decisión humana. No era perfectamente redondo ni demasiado irregular. Si tirabas algo en él no parecía tener fondo. Nadie levantó el teléfono al respecto. Nadie lo grabó con el móvil. Enmudecimos en torno a él. A veces lo contemplábamos desde el borde. Nadie parecía tener vértigo, ni los más propensos. Nadie tenía miedo de caer. En cierto modo, nadie reaccionó, a no ser de forma introspectiva.
Aunque el agujero no pasó a ser tema de conversación, ni urbanístico, ni político, sí se convirtió en el elefante en la habitación de todo hogar en que lo hubiesen visto. Era un cambio que no podía representar ningún cambio. El primer secreto que sabe todo el mundo, y que aun así sigue siendo un secreto. Eso podría haber sido una sensación familiar, pero en absoluto lo era. El agujero, a su manera, nos entendía.
Si te sentías bien, te acercabas a echar un vistazo; si te sentías mal te aliviaba verlo. Nadie cortó la calle. Los coches habituales simplemente comenzaron a circular por rutas paralelas. Los vehículos extraños se detenían, y los conductores iniciaban su propio proceso.
El vacío que suponía, invitaba.
No parecía una oscuridad malévola. Con el tiempo, no mucho, todos comenzamos a reconocérnoslo a nosotros mismos: nos sentíamos abocados. Importaba más de dónde te irías que adónde irías. Parecía un suicidio al revés que no implicaba seguir aguantando la mierda del mundo real.
Si lo pensabas al nivel más mundano, te preguntabas si no habría más iguales. O qué función tendría. ¿Su existencia tenía algún sentido?
Puede que saltar.
No se podía definir semejante felicidad. Ni aunque, mientras caías, pensaras que una conciencia superior, Algo, había creado el meteorito que acabaría con nuestra compleja y absurda especie. Podías oír las carcajadas histéricas de quien daba el paso antes que tú. No parecía una mera cuestión de contagio. El hecho de No Saber, nos unía por primera vez. Qué si no. Saltar.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (4 de 30) – Tuitstar

Algo cierto que jamás reconoceré: Me EXCITO sexualmente revisando mi timeline. A medida que mi dedo acaricia la pantalla, voy arrancando el motor de mi privilegiada mente. No es fácil Estar Por Encima. Coño, no es nada fácil enseñar algo a toda esa gentuza. Busco noticias con el piloto automático, ya ni tengo que llevar la nave. Tengo aldea digital propia, lo que significa: siervos. Vienen y me señalan la nueva INJUSTICIA: nuevo material. Leo el artículo de turno en diagonal mientras comienzo a bullir de emoción por dentro. Empiezan a brotarme las ideas, todo aquello por lo que Te Intereso. Encadeno los tuits con naturalidad; no he llegado al final de mi discurso y ya he sumado decenas de likes. Pero como decía, no es fácil liderar opinión, siempre hay chusma estorbando, balbuceando. Te van a querer sacar los colores. Te van a insultar. Lo importante en todo esto, es que no se den cuenta de que tú ya lo has hecho antes con ellos. Es crucial que no se percaten del todo de que has empezado tú. Y de que te encanta. Lo único que cuenta es la imagen que proyectas para los tuyos. Tengo la mejor ideología, el mejor gusto para los libros, las películas y los cómics. Soy una Persona Mejor, alguien claramente por encima de la media; esa es la idea que ha de calar. Colaboro con ciertos medios digitales; saben elegir. Sé Parecer Humilde si lo exige la ocasión. Cuando se acumulan las vejaciones contra mi persona, sólo es producto de la incapacidad de los demás para comprender las mentes preclaras. Tuitéo que voy a ver una mierda de peli, la veo y tuitéo que ha sido una mierda. No sólo soy una persona crítica y sagaz, sino que sé lo que va a pasar. El futuro no es más que una palabra para mí. ¿Y la política? Fácil. Es algo muy serio, por tanto cualquier persona que no opine siempre como yo, es peligrosa, puede que una asesina potencial. Tengo responsabilidades para con mis seguidores, tengo que darles siempre un cabo al que aferrarse, ellos, pobrecitos, no pueden hacerlo solos. Así que yo les enseño el camino, les señalo lo nocivo, lo VISIBILIZO. Quién se ha equivocado, quién ha acertado, quién ha sabido hacer bien las cosas, quién es una mala feminista, quién es un machista, qué personas merecen ser linchadas. Por Qué Hay Que Tener Miedo. No es que me crea una estrella de rock, pero esto no es gratis. Ser más que tú, estar mejor que tú, en el centro mientras mi huracán actúa. Eso no lo hace cualquiera. Todo lo que me digas suma. La bola de nieve no va a parar. Cuando digo que cada cual debe pensar por sí mismo, es por si las moscas. Yo no he inventado las reglas. ¿Qué culpa tengo yo si eres una persona ridícula, homófoba, capacitista, racista, machirula, feminazi, maleducada, desgraciada, y yo no?; cariño, ¡sólo quieres llamar la atención! Pero ¿yo?, yo soy una tuitstar, y me limpian los zapatos digitales. Ten una moneda, come algo.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (3 de 30) – La granja de papá

En la granja de papá, la cosecha discute entre sí y raramente alimenta. Los cuervos rezongan de placer, y los gusanos siguen edificando en primera línea de playa en las manzanas. Los cajones están llenos de pastillas y ciertos cultivos deambulan colocados. En los bosques aledaños resuena la caza furtiva, y arriba los aviones comerciales siguen ajenos en su ruta. Papá y sus amigos perpetúan sus risotadas, y cada domingo ofrecen sus almas en grandes porciones, para que Dios las digiera. A veces nos visita una mujer extraña, y mancha todos los rincones de pintalabios. Siempre hace el mismo gesto al guardarse el billete. Por las noches las pesadillas están dentro y fuera de mi cabeza. El espantapájaros no ha sido renovado jamás que yo sepa, y entra y sale cuando quiere de mí. A veces el espantapájaros y a veces mi padre. Si despierto alterado lo importante es que nadie venga a consolarme. En la granja de papá el ruido nocturno se paga caro. Es mejor no hablar sobre las manchas de sangre. La ciudad está en otro mundo y allí vive otra gente. En la ciudad creen que la justicia es algo consustancial a la sociedad. Cada día aprendes palabras nuevas. Pero la justicia sólo son cosas de casa. Yo leo sobre justicia en los libros como los niños de ciudad leen sobre hadas. Los libros me los regalaba la niña de una aldea cercana. Luego se mudó y me pasé varias noches evitando hacer ruido. No es que llorar no sirva de nada, pero papá reacciona con cosas así. Papá curra y luego trabaja, y luego se desloma, luego madruga y después vuelta al tajo. Para su idea, tiene tantas reservas de dignidad, que se cree con derecho a todo lo que he contado. Es indiscutible. La justicia son cosas de la cabeza de cada cual. Él en su universo, yo en mi jaula, y mamá enterrada en el jardín.

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