Archivos Mensuales: julio 2017

Veinte formas de esconder los objetos cortantes (6 de 20) – Un resumen

No es tan difícil si lo pienso. Se trata de una sencilla elección entre dar rodeos o no darlos. A veces es bueno enrollarse, detallar, opinar, incluso liarse o pretender filosofar. Y otras es más efectivo un resumen.
De muy pequeño, antes de aprender a leer, estaba un día sentado con mi padre en un banco. Le dije que cuando aprendiera a leer lo leería todo. Y lo decía de verdad. No era una promesa sobre el esfuerzo, sino sobre la diversión. ¿Qué podía haber más divertido e interesante que poder descifrar todo el tiempo esos símbolos que entonces me eran extraños?
Poco después de eso, en el colegio, el mundo adulto –con la bendición de nuestro intocable sistema educativo– mutó en algo muy distinto a la sonrisa de mi padre, y me fueron quitando la mía. No les llevó mucho, para tercero de primaria leer ya era algo que no tenía nada que ver conmigo, algo que me habían robado. Ahora Leer era propiedad del estado, de las instituciones, junto a la curiosidad y cualquier ilusión personal.
Eso duró unos veinte años. Lo suficiente para causarme daños quizá irreparables. Sólo tengo la relativa suerte de haberme dado cuenta de ello, de haber logrado ganar distancia con ello. Probablemente, en resumen, la mayoría de gente no tiene esa suerte.

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Veinte formas de esconder los objetos cortantes (5 de 20) – Saltar

Apareció un agujero de gran tamaño en medio de la calle. De la noche a la mañana. No parecía nada que tuviese que ver con una decisión humana. No era perfectamente redondo ni demasiado irregular. Si tirabas algo en él no parecía tener fondo. Nadie levantó el teléfono al respecto. Nadie lo grabó con el móvil. Enmudecimos en torno a él. A veces lo contemplábamos desde el borde. Nadie parecía tener vértigo, ni los más propensos. Nadie tenía miedo de caer. En cierto modo, nadie reaccionó, a no ser de forma introspectiva.
Aunque el agujero no pasó a ser tema de conversación, ni urbanístico, ni político, sí se convirtió en el elefante en la habitación de todo hogar en que lo hubiesen visto. Era un cambio que no podía representar ningún cambio. El primer secreto que sabe todo el mundo, y que aun así sigue siendo un secreto. Eso podría haber sido una sensación familiar, pero en absoluto lo era. El agujero, a su manera, nos entendía.
Si te sentías bien, te acercabas a echar un vistazo; si te sentías mal te aliviaba verlo. Nadie cortó la calle. Los coches habituales simplemente comenzaron a circular por rutas paralelas. Los vehículos extraños se detenían, y los conductores iniciaban su propio proceso.
El vacío que suponía, invitaba.
No parecía una oscuridad malévola. Con el tiempo, no mucho, todos comenzamos a reconocérnoslo a nosotros mismos: nos sentíamos abocados. Importaba más de dónde te irías que adónde irías. Parecía un suicidio al revés que no implicaba seguir aguantando la mierda del mundo real.
Si lo pensabas al nivel más mundano, te preguntabas si no habría más iguales. O qué función tendría. ¿Su existencia tenía algún sentido?
Puede que saltar.
No se podía definir semejante felicidad. Ni aunque, mientras caías, pensaras que una conciencia superior, Algo, había creado el meteorito que acabaría con nuestra compleja y absurda especie. Podías oír las carcajadas histéricas de quien daba el paso antes que tú. No parecía una mera cuestión de contagio. El hecho de No Saber, nos unía por primera vez. Qué si no. Saltar.

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Veinte formas de esconder los objetos cortantes (4 de 20) – Tuitstar

Algo cierto que jamás reconoceré: Me EXCITO sexualmente revisando mi timeline. A medida que mi dedo acaricia la pantalla, voy arrancando el motor de mi privilegiada mente. No es fácil Estar Por Encima. Coño, no es nada fácil enseñar algo a toda esa gentuza. Busco noticias con el piloto automático, ya ni tengo que llevar la nave. Tengo aldea digital propia, lo que significa: siervos. Vienen y me señalan la nueva INJUSTICIA: nuevo material. Leo el artículo de turno en diagonal mientras comienzo a bullir de emoción por dentro. Empiezan a brotarme las ideas, todo aquello por lo que Te Intereso. Encadeno los tuits con naturalidad; no he llegado al final de mi discurso y ya he sumado decenas de likes. Pero como decía, no es fácil liderar opinión, siempre hay chusma estorbando, balbuceando. Te van a querer sacar los colores. Te van a insultar. Lo importante en todo esto, es que no se den cuenta de que tú ya lo has hecho antes con ellos. Es crucial que no se percaten del todo de que has empezado tú. Y de que te encanta. Lo único que cuenta es la imagen que proyectas para los tuyos. Tengo la mejor ideología, el mejor gusto para los libros, las películas y los cómics. Soy una Persona Mejor, alguien claramente por encima de la media; esa es la idea que ha de calar. Colaboro con ciertos medios digitales; saben elegir. Sé Parecer Humilde si lo exige la ocasión. Cuando se acumulan las vejaciones contra mi persona, sólo es producto de la incapacidad de los demás para comprender las mentes preclaras. Tuitéo que voy a ver una mierda de peli, la veo y tuitéo que ha sido una mierda. No sólo soy una persona crítica y sagaz, sino que sé lo que va a pasar. El futuro no es más que una palabra para mí. ¿Y la política? Fácil. Es algo muy serio, por tanto cualquier persona que no opine siempre como yo, es peligrosa, puede que una asesina potencial. Tengo responsabilidades para con mis seguidores, tengo que darles siempre un cabo al que aferrarse, ellos, pobrecitos, no pueden hacerlo solos. Así que yo les enseño el camino, les señalo lo nocivo, lo VISIBILIZO. Quién se ha equivocado, quién ha acertado, quién ha sabido hacer bien las cosas, quién es una mala feminista, quién es un machista, qué personas merecen ser linchadas. Por Qué Hay Que Tener Miedo. No es que me crea una estrella de rock, pero esto no es gratis. Ser más que tú, estar mejor que tú, en el centro mientras mi huracán actúa. Eso no lo hace cualquiera. Todo lo que me digas suma. La bola de nieve no va a parar. Cuando digo que cada cual debe pensar por sí mismo, es por si las moscas. Yo no he inventado las reglas. ¿Qué culpa tengo yo si eres una persona ridícula, homófoba, capacitista, racista, machirula, feminazi, maleducada, desgraciada, y yo no?; cariño, ¡sólo quieres llamar la atención! Pero ¿yo?, yo soy una tuitstar, y me limpian los zapatos digitales. Ten una moneda, come algo.

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Veinte formas de esconder los objetos cortantes (3 de 20) – La granja de papá

En la granja de papá, la cosecha discute entre sí y raramente alimenta. Los cuervos rezongan de placer, y los gusanos siguen edificando en primera línea de playa en las manzanas. Los cajones están llenos de pastillas y ciertos cultivos deambulan colocados. En los bosques aledaños resuena la caza furtiva, y arriba los aviones comerciales siguen ajenos en su ruta. Papá y sus amigos perpetúan sus risotadas, y cada domingo ofrecen sus almas en grandes porciones, para que Dios las digiera. A veces nos visita una mujer extraña, y mancha todos los rincones de pintalabios. Siempre hace el mismo gesto al guardarse el billete. Por las noches las pesadillas están dentro y fuera de mi cabeza. El espantapájaros no ha sido renovado jamás que yo sepa, y entra y sale cuando quiere de mí. A veces el espantapájaros y a veces mi padre. Si despierto alterado lo importante es que nadie venga a consolarme. En la granja de papá el ruido nocturno se paga caro. Es mejor no hablar sobre las manchas de sangre. La ciudad está en otro mundo y allí vive otra gente. En la ciudad creen que la justicia es algo consustancial a la sociedad. Cada día aprendes palabras nuevas. Pero la justicia sólo son cosas de casa. Yo leo sobre justicia en los libros como los niños de ciudad leen sobre hadas. Los libros me los regalaba la niña de una aldea cercana. Luego se mudó y me pasé varias noches evitando hacer ruido. No es que llorar no sirva de nada, pero papá reacciona con cosas así. Papá curra y luego trabaja, y luego se desloma, luego madruga y después vuelta al tajo. Para su idea, tiene tantas reservas de dignidad, que se cree con derecho a todo lo que he contado. Es indiscutible. La justicia son cosas de la cabeza de cada cual. Él en su universo, yo en mi jaula, y mamá enterrada en el jardín.

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Veinte formas de esconder los objetos cortantes (2 de 20) – El fulano de siempre

Ella en el mar, en la montaña, en biquini, con un vestido, con el atardecer detrás, con el amanecer, con un cóctel delante, con una ensalada, con sus amigas, en sus vacaciones, o en su sábado, en su domingo por la tarde, los pies ante la tele, viendo una serie o una película. Está sonriente, parece natural, parece triste, parece sana o desmejorada, parece que tiene las tetas más grandes y luego parece que no. La marca del bañador, el lunar en la mejilla, las uñas pintadas, sin pintar, con algún tipo de adorno, muy cortas, bastante largas, muy cuidadas, muy rojas o muy negras, muy verdes o muy moradas. Ella en carnaval, con un disfraz que no entiendo, pero semidesnuda, pletórica, primero en un pasillo, luego en la calle, y luego en el patio con piscina de alguien. Y ella consigo misma, una y otra vez, pero nunca sola, siempre con excusa, con motivo, atendiendo a la agenda, fecha señalada y pose a punto. En Bruselas, Amsterdam, Marruecos y no sé cuántas playas. Ella inteligente, o tonta, dubitativa, circunstancial, odiosa, encantadora, ambivalente, una gran carcajada o haciendo muecas. Tumbada en el césped, en la arena, en la cama, en el suelo, en la introspección fingida o el sermón silencioso. Sábanas revueltas, fingiendo dormitar, fingiendo estar despierta, esperando, despegando, aterrizando, madrugando, trasnochando. Casi un pezón, casi vello púbico, porno calculado, porno blando del duro, una peca que no habías visto, un día que no se había depilado. Efemérides, cumpleaños, visita a la abuela aún viva, carantoñas, bebés anónimos, mujeres de relleno, hombres desubicados. Y cerca de ella, siempre el mismo fulano.

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Veinte formas de esconder los objetos cortantes (1 de 20) – ¿Tú qué ves?

Matar está mal visto en ciertos círculos. Comienzan a vomitar como volcanes morales. Un tirito en la cabeza, un tajo en el lugar preciso, un mal momento en el peor lugar… Hay pocas maneras de seguir vivo y sano, pero toneladas de formas trágicas o divertidas (o ambas) de morir, de matar. A nadie le importa si sube cierto control de mortalidad. De hecho el problema objetivo es cuando nacemos; para los padres, para la familia, para los profesores, la policía, el estado, y finalmente la sociedad. Porque nos amontonamos. Hay gente, sin embargo, que no ve con buenos ojos un tiroteo. ¿Qué clase de idiotas forman parte activa de un tiroteo? Cuanto más espectacular es la muerte, más resuenan las risas. ¿Tú qué ves? Fuera de nuestra burbuja, algo monstruoso y más grande que nosotros, está ahí, sin hacernos puñetero caso. Pero jodiendo igual. Me refiero a Dios, claro, con sus tornados y tsunamis, y con su más extraña Creación. Suerte que a veces ves una vaca volando, o una casa espacial, y piensas: uau, por suerte ha merecido la pena. Todas esas muertes, todo el dolor. Y siempre tiene sentido. Siempre hay alguien que ha tomado la decisión de que estemos aquí. La oscuridad no es una opción, es obligatoria, y si lo quieres, un descojone.
Los peores, como siempre, son los que se quejan sin parar. Los guardianes de la ética, de la paz. Les oyes y dan ganas de reír hasta quebrar las vértebras. Quieren que les tomes en serio. Sufrieron un gran daño emocional, dicen, y por ello exigen que el mundo se detenga. Que todos dejen de hacer cosas. Que dejen de desahogarse, de existir, de ser. Un mundo imperfecto no es suficiente para esas personas. Los que aún rigen un poco te dicen Podemos mejorar, y cuando les dices Sí, pero nunca será perfecto, te dicen Eres un asesino potencial. Ahora la gente buena es así, más mala que la quina. Nada puede pasar que ellos no aprueben, ni aunque sea de mentira, ni aunque sirva para exorcizar la mierda que jamás podremos arreglar del todo. Una vez pasaron una tarde sin la merienda, una vez un desconocido les gritó por la calle, una vez alguien no hizo lo que ellos querían. Adoptan los auténticos dramas ajenos como excusas propias, y los banalizan. Más allá de que coman carne o no, no se creen animales. Está mal visto todo lo que no opere dentro de los parámetros de sus granjas del primer mundo, donde el sufrimiento extremo a veces se reduce a un día de lluvia.
Se hacen bocadillos de velocidad y corren a todo tocino. Almas digitales, prefabricadas, pero mucho menos carismáticas que las de antaño. HAL 9000 no tendría ni para empezar. Y nos quieren privar del placer de la maldad, de la ironía y el sarcasmo, del escupitajo terrible de doscientas páginas o dos horas. Creen que la risa es una equivocación hasta que a ellos les haga gracia. Si no es como yo digo, aseguran, es peligroso. Demonizan la opresión mientras construyen campos de concentración para divergentes. La hipocresía es pan de cada día, pero es más poderosa en ellos que en Luke Skywalker.
Matar está muy mal visto, por original que sea la muerte, el asesinato, la celda en la que pagar o el túnel por el que escapar. Ni el póster de Rita Hayworth se libra. Les dices que sí, que el mundo es, entre otras cosas, una mierda, y te replican como si te acabaras de dar cuenta y ellos hubieran estado manejando a sus madres desde el útero. Madres Mazinger de nuevas hornadas que no están dispuestas a pasar por alto tu chiste malo. Los retoños mastican su velocidad con vehemencia desaprobadora. Alcanzan un tocino que te despeina en sus bólidos hacia el nuevo Edén. Tienen cualquier edad y en el fondo adoran cualquier color que adore el patrón.
Creen tener derecho a todo y aseguran llevar al día las responsabilidades.
Podríamos jugar al pelotón de fusilamiento. Si la ráfaga no te alcanza, te haces el muerto en el suelo. Lo malo es que a veces se aseguran, disparan contra los cuerpos abatidos. Echas un poco de purpurina aquí y allá, echas otras tantas horas en la sala de montaje. La muerte no podría ser más evocadora. Y tanto más divertida si fuera la de los autodenominados justos. Alguien menos en la cola del banco al día siguiente. ¿Y por qué no atracarlo? O una cafetería. Pasearse como Tim Roth con una bolsa sobre la barra. Honney Bunny se encarga de las carteras de los clientes. El público tiembla de pura afectación en la sala. La violencia otra vez en el centro.
La violencia no como algo que eliminar, sino como algo que controlar, que gestionar, que dosificar. Porque querer eliminarla del todo es como querer apagar el sol. Los éticos te critican por no levantar el culo para ayudar como hacen ellos. Tienen tiempo para todo, para ponerte verde a todas horas y para ayudar. Las maravillas del anonimato.
Gracias, mal gusto; gracias, violencia; gracias, asesinato; gracias, terrorismo tecno-sofisticado. Gracias, villano. Gracias por endurecer nuestras carcasas, por ofrecernos alivio al despojar de amenaza el Infierno inevitable. Gracias por presuponer nuestra inteligencia. Gracias por sustituir la sangre por pintura roja en el lienzo de los que aún no se han dejado amilanar por los mediocres.

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Hasta la Mona Lisa

Nunca he creído en los desmemoriados, esa gente que dice no recordar la mierda del día anterior. Pero yo he tardado en recordar los acontecimientos de cierto día. A decir verdad no era una cuestión de memoria, sino de negación. La negación es lo único en lo que tengo un máster. A veces casi puedo ver el título en la pared. Ese día estaba con un montón de esa gente que bebe, hace cosas y luego niega saber de ellas. Hasta los más drogadictos, los bebedores matinales, los que necesitan colocarse, acaban echando la culpa a las drogas. Es más efectivo que culpar a los demás. Te conviertes en víctima de la fiesta, reincidente pero inconsciente. Pasajeros de las circunstancias.
Tengo Instant Karma de John Lennon resonando en mi cabeza desde entonces. Sería agradable si tuviera un botón para detenerla de vez en cuando. Agradeced cuando la canción que se os repite no os gusta.
No hace ni un mes, ni quince días. ¿Cuánto puede durar una resaca?, ¿hasta cuándo tiene sentido echarle la culpa?
Ni siquiera son hechos extraordinarios, sólo son hechos. Pero lo ordinario está tan denostado como sobrevalorado lo extraordinario. Lo extraordinario suele constar de esas cosas que pasan todo el tiempo y que la gente niega, esconde o disimula.

Todo el mundo recurre a algo. Como machacarse el cuerpo con deporte, o escribir, o llenar la agenda para no tener que pensar. Nos volcamos en ciertas actividades, más o menos lícitas, para desahogarnos, para poder sobrellevar jodiendas puramente personales. A veces para no contemplar el suicidio.
Ahora mucha gente recurre a la política, la política en todas sus formas, mil clases de ideologías, mil conatos de activismo. Todo muy entrecomillado. Algo que creo les relaja de eso, es que los grises no tienen demasiada cabida. Todo está etiquetado, catalogado, archivado. Eligen la carpeta que creen mejor les hace lucir, y desde ahí expanden sus alas, el discurso del Partido, del grupo, del colectivo. Es sugestivo, y como una venganza, porque dicha actitud tiene que ver muchas veces con la masturbación por el proceso de despreciar a los demás, cosa que además viene disfrazada de una supuesta preocupación social. Es un buen plan, aunque, como toda opción para el desahogo, muy imperfecto.
Siempre es más fácil ser gilipollas que ser. A lo segundo nadie nos enseña.

A veces las peores noches empiezan a mediodía. Sales de casa para comer y no vuelves en veinte horas. Y ya te daba pereza quedar para comer. Pero has empezado no hace tanto en un nuevo curro, y no te ha parecido buena idea rechazar la comida con compañeros, incluidos encargados y gerifaltes.
Mi plan era, como siempre, no tardar demasiado en volver a casa. La gente extrovertida da por sentado que su actitud es la mejor posible, y se altera si los demás no sirven o intentan servir a ese principio. Suelen hablar peyorativamente de las personas que –según ellos– se aíslan, sin ser conscientes de que principalmente son ellos los que les alejan. La indiscreción, para los tontos, es la base de un ambiente relajado, los cimientos de la amistad. Creen que cuanto más les toleren meter las narices en las vidas de los demás, más fuerte es el vínculo con ellos. Y luego se extrañan cuando alguien les da boleto.
Aquel día había muchos ejemplares así. Principalmente hombres autoconsiderados buenos tíos hablando de coches y mujeres, colocándolos al mismo nivel mediante bromas rancias, y proyectando absolutamente ninguna visión de la vida, más allá de intentar follar o pegar una cagada.
El asalariado ideal.
¿Quién quiere tiempo para sí si no sabe qué coño va a hacer con él?
Imagínate una mente vacía de inquietudes y curiosidad, y equipada con una sensibilidad que necesita siempre subrayado musical. Imagina un coco sin zumo por dentro, hasta el que te ha costado mucho trepar, y te harás una idea de mi ambiente de trabajo.

Pensamientos terribles. Como no puedes trascender la cultura de tu época, te unes a la ronda de chupitos. Llevas tres horas sentado a comer. Luego el alcohol te predispone, y te da más pereza inventar una historia para poder largarte. Las drogas menguan tu carácter, la digestión te empasta con la silla, y para el el grupo un chupito nunca es suficiente. Casi empiezas a echar de menos la suficiencia que puebla Twitter.
Cinco horas después de haber entrado en el restaurante, te encuentras en la calle, aplatanado, encendiendo un cigarrillo como si cualquier otra opción fuese estúpida. Caminas con el grupo y les ríes el piloto automático misógino. Las chicas en verano son porno callejero para tu anticolectivo. Un pequeño Infierno de sábado a las seis de la tarde.
Siempre hay otra terraza en la que esperar que se haga de noche. Sólo esperas no topar con ningún conocido. Quieres llegar a casa e intercambiar fotopollas por fotocoños con quien tú sabes. Sólo poder volver a hacer lo que llaman perder el tiempo, y poder yacer vivo, pero en paz.

No hay nadie en el grupo callado o reservado. Todos vocean sobre la siguiente anécdota, se pisan, filtran mientras presumen de no usar filtro, con coladores defectuosos. Me hacen sentir más inteligente que ellos, a mí, que he acabado como ellos. Derrochan ese orgullo de quien cree que haber pasado chorrocientas horas semanales puteado te da derecho a ser Simple, un gañán sin opción de mejora. No es que elijan los placeres sencillos, es que no conciben otros. Hablan de sus parejas como algo que no pudieron evitar, de sus bodas, incluso de sus hijos si los tienen. Piensas en sus mujeres y en que se supone que follan con ellos, o al menos se acuestan con ellos todas las noches. Abandonas antes de intentar comenzar a entenderlo. Me pregunto qué orden he contribuido a crear, qué otros planetas habitados habrá, qué clase de escoria soy para seguir dejando que estos tíos respiren, se ceben, se crean el centro del Universo y se jacten de no fascinarse con nada.
Todo desde un cinismo monstruoso, equiparable incluso al del académico medio.
Cada cual es su propio Dios; por eso yo no estoy aquí sin más, sino que permito que todo esto pase.
Les permito creer que me caen bien, que son divertidos, que no me irritan, que no estoy dando gracias al alcohol, siempre para mí más aliado –aunque puntual– que enemigo. Yo soy de café y cigarrillos, y a veces cerveza, pero la tarde cede el paso a las drogas ilegales, porque no es que de noche todos los gatos sean pardos, es que los círculos sociales suelen ser defectuosos. Y lo son más cuantos más integrantes. Ves a este grupo de tíos, mitad oficinistas mitad mozos de almacén, y no pensarías que una vez un ejemplar así creó la Capilla Sixtina. Hasta la Mona Lisa envejece, decía Palahniuk justo antes de acabarse los noventa. Siento que los últimos quince años se los ha tragado la boca de la figura andrógina de El grito de Munch. Como si todo se hubiese acelerado, y sólo se ralentizara cuando chasquea el látigo para mantener en pie el orgullo obrero.

Uno de ellos, por el motivo que sea, tiene coca. Nos ofrece a todos, aunque sabe que la mayoría no aceptaremos. Hay alguna clase de pasotismo calculado en su modo de mirar para decir: No me importa lo que penséis.
A esas alturas, mientras entramos a cenar en algún lugar que, a juzgar por el mobiliario y los olores, parece un italiano, sólo sé dejarme llevar. Es como si el día ya no tuviese arreglo, como si estuviese fuera de lugar cualquier otra cosa que no fuese seguir con estos tíos.
No quiere decir que sepas hasta qué punto se pueden joder las cosas; más bien es que, pase lo que pase, a cierto nivel no te vas a sorprender o escandalizar. No hay una versión adulta de pillar follando a tus padres, excepto quizá pillar follando a tus padres. Ya no hay casi nada que te despierte en el peor sentido, que te impresione, como si estuvieras demasiado cansado para eso, y no digamos si además vas borracho.
El cuerpo no ha terminado el turno de tarde y ya tiene una cena que gestionar. Usamos el estómago más como contenedor que como el órgano vital que es. En la fantasía favorable, nuestra boca tiene en la garganta un triturador de basura, y la usamos como tal. Siempre es preferible pensar que eres inmune, hacerse ilusiones. En la fantasía favorable la muerte no hubiese tenido lugar por la mañana, o al menos relevancia. Y aún tengo mis dudas de que la tenga sin fantasías de por medio.

Más de una decena de tíos tambaleándose después de la cena, martirizados sus estómagos y corazones, y haciendo propuestas de discotecas. Más de la una. Hígados filtrando y uretras no dando abasto. Se paran y mean en calles estrechas, alguno vomita entre dos coches. Miedo y asco en ninguna parte remarcable, y a la vez en todos lados. Cada uno Dios de sí, violadas santas trinidades, sin vírgenes por ningún lado, y palomas que ya están donde sea que se metan las ratas diurnas por la noche. No somos animales nocturnos, no tenemos encanto; somos seres dignos (dicen) de lunes a viernes en turno partido, y confusos fingidores el resto del tiempo. La calle más trufada de locales para la ocasión, se presenta ante nosotros como botones que apretar para que el brazo mecánico humano de turno nos siga alienando. Cogen sus botellas de estantes espejo y nos sirven la única respuesta que ya queremos. El drogata se mete con otros dos en el lavabo. Todo es más joven que nosotros, doblamos la edad a muchas chicas, los casados se palpan el paquete, la música no es tanto música como ruido con el que tapar evidencias, limpiar pistas (aunque al final de la noche alguien pincha a los Beatles). Las luces son ovnis metafísicos, porque no vuelan y se identifican, pero las miramos como los ancianos en Cocoon. Nos podrían llevar a un lugar mejor, puede que los ochenta. Proyectan en una pared Tu madre se ha comido a mi perro. Vomito durante veinte minutos, más o menos en los servicios.

Después vamos dando tumbos camino o a no sé qué lugar desde donde se ve toda la ciudad. Yo ya no sé si a morir, pero dicen que sólo a ver amanecer. No se me ocurre peor idea con la cabeza como una bolera, que ver amanecer. Un buen rayo de sol en los ojos es lo que, al parecer, necesitamos.
Bromean sobre las ventajas no ir aún a casa a ver a sus mujeres, a sus hijos. Bromean sobre apartar un rato más de sí la vida que eligieron, que elegimos, en realidad. Lo que indica que, con toda probabilidad, no bromean.
Una carretera serpentea, sube, nos dirigimos a una zona alta. Se supone que hay un mirador, pero cuando llegamos lo único que veo es un barranco. No hay baranda elegante y rústica de madera de ningún tipo. Hay unos cien metros de caída. Ni siquiera vemos el amanecer. Cuando llegamos, el sol ya ha salido a correr y pasear al perro, ya se ha dado la ducha matinal y se ha lavado los dientes. El sol ya va de camino al campo con su familia, a pasar el domingo sentados en el suelo, calentando la arena y el agua, cansados en secreto de Dotar de Vida.
Nos sentamos resoplando, algunos se estiran y comienzan a roncar. Uno de ellos comienza a vomitar boca arriba, y  tenemos que ponerlo de lado para que no muera así sin ni tan siquiera haber sacado un disco de rock inmortal.
La cabeza me late como si el corazón estuviese ahí y no en el pecho. Un dolor creciente. Estoy pensando en la resaca que viene cuando, sin que nadie haga nada, un tío de los del grupo (ni sabía cómo se llamaba), se pone a caminar hasta el borde del barranco. Luego da un traspiés, y cae al vacío como si eso llevara meses apuntado en la agenda de Dios (él mismo, vaya), o quizá el sol.

No nos movemos, demasiado cocidos y extenuados como para que ni tan siquiera eso nos baje el colocón. Uno, sin embargo, comienza a llorar. Yo no soy de los que piensa que el suicidio se contagia, pero una cosa es leer una noticia en el periódico, y otra esta panda de drogatas currantes, algunos de mediana edad. En vivo. Todo ese dolor, la inabastable ignorancia, la inercia indestructible de hacer lo mismo que los demás. Y uno por uno, incluidos encargados y gerifaltes, se van levantado y se acercan al barranco. Casi ninguno duda, la mayoría dan el paso como si no fuese más que otra gestión. Uno incluso se tira de cabeza (o lo intenta), parece que rememorando algo, puede que alguna piscina de su infancia.

No es necesaria una secta para que se manifiesten ciertos comportamientos. Creo que el penúltimo me mira convencido de que yo también lo haré. Creo que eso le consuela. Cree que les veo como hermanos. No creo que tenga que añadir nada más al respecto.
Muchas veces había pensado en el suicidio, pero jamás como opción. En ese momento pensé que quizá no fuese Dios sólo para mí mismo. Otra fantasía. Me acerqué al borde y vi abajo manchas rojo oscuro, estilo 11-s. Pensé que parecían postres, como gelatina, y luego me sentí como si estuviese viendo el telediario. No soy quién para decir cuánto me afectó. Nadie me llamó para ningún funeral. No era raro.
Ni siquiera puedo asegurar que todo aquello no fuese simplemente un deseo, una visión. No puedo jurar que recuerde nada al cien por cien. Puede que bajara por la carretera solo. O puede que el grupo estuviese intacto. El lunes no volví al curro, el teléfono continuó en silencio. Claro que están muertos; otra cosa es que saltaran.

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