Hasta la Mona Lisa

Nunca he creído en los desmemoriados, esa gente que dice no recordar la mierda del día anterior. Pero yo he tardado en recordar los acontecimientos de cierto día. A decir verdad no era una cuestión de memoria, sino de negación. La negación es lo único en lo que tengo un máster. A veces casi puedo ver el título en la pared. Ese día estaba con un montón de esa gente que bebe, hace cosas y luego niega saber de ellas. Hasta los más drogadictos, los bebedores matinales, los que necesitan colocarse, acaban echando la culpa a las drogas. Es más efectivo que culpar a los demás. Te conviertes en víctima de la fiesta, reincidente pero inconsciente. Pasajeros de las circunstancias.
Tengo Instant Karma de John Lennon resonando en mi cabeza desde entonces. Sería agradable si tuviera un botón para detenerla de vez en cuando. Agradeced cuando la canción que se os repite no os gusta.
No hace ni un mes, ni quince días. ¿Cuánto puede durar una resaca?, ¿hasta cuándo tiene sentido echarle la culpa?
Ni siquiera son hechos extraordinarios, sólo son hechos. Pero lo ordinario está tan denostado como sobrevalorado lo extraordinario. Lo extraordinario suele constar de esas cosas que pasan todo el tiempo y que la gente niega, esconde o disimula.

Todo el mundo recurre a algo. Como machacarse el cuerpo con deporte, o escribir, o llenar la agenda para no tener que pensar. Nos volcamos en ciertas actividades, más o menos lícitas, para desahogarnos, para poder sobrellevar jodiendas puramente personales. A veces para no contemplar el suicidio.
Ahora mucha gente recurre a la política, la política en todas sus formas, mil clases de ideologías, mil conatos de activismo. Todo muy entrecomillado. Algo que creo les relaja de eso, es que los grises no tienen demasiada cabida. Todo está etiquetado, catalogado, archivado. Eligen la carpeta que creen mejor les hace lucir, y desde ahí expanden sus alas, el discurso del Partido, del grupo, del colectivo. Es sugestivo, y como una venganza, porque dicha actitud tiene que ver muchas veces con la masturbación por el proceso de despreciar a los demás, cosa que además viene disfrazada de una supuesta preocupación social. Es un buen plan, aunque, como toda opción para el desahogo, muy imperfecto.
Siempre es más fácil ser gilipollas que ser. A lo segundo nadie nos enseña.

A veces las peores noches empiezan a mediodía. Sales de casa para comer y no vuelves en veinte horas. Y ya te daba pereza quedar para comer. Pero has empezado no hace tanto en un nuevo curro, y no te ha parecido buena idea rechazar la comida con compañeros, incluidos encargados y gerifaltes.
Mi plan era, como siempre, no tardar demasiado en volver a casa. La gente extrovertida da por sentado que su actitud es la mejor posible, y se altera si los demás no sirven o intentan servir a ese principio. Suelen hablar peyorativamente de las personas que –según ellos– se aíslan, sin ser conscientes de que principalmente son ellos los que les alejan. La indiscreción, para los tontos, es la base de un ambiente relajado, los cimientos de la amistad. Creen que cuanto más les toleren meter las narices en las vidas de los demás, más fuerte es el vínculo con ellos. Y luego se extrañan cuando alguien les da boleto.
Aquel día había muchos ejemplares así. Principalmente hombres autoconsiderados buenos tíos hablando de coches y mujeres, colocándolos al mismo nivel mediante bromas rancias, y proyectando absolutamente ninguna visión de la vida, más allá de intentar follar o pegar una cagada.
El asalariado ideal.
¿Quién quiere tiempo para sí si no sabe qué coño va a hacer con él?
Imagínate una mente vacía de inquietudes y curiosidad, y equipada con una sensibilidad que necesita siempre subrayado musical. Imagina un coco sin zumo por dentro, hasta el que te ha costado mucho trepar, y te harás una idea de mi ambiente de trabajo.

Pensamientos terribles. Como no puedes trascender la cultura de tu época, te unes a la ronda de chupitos. Llevas tres horas sentado a comer. Luego el alcohol te predispone, y te da más pereza inventar una historia para poder largarte. Las drogas menguan tu carácter, la digestión te empasta con la silla, y para el el grupo un chupito nunca es suficiente. Casi empiezas a echar de menos la suficiencia que puebla Twitter.
Cinco horas después de haber entrado en el restaurante, te encuentras en la calle, aplatanado, encendiendo un cigarrillo como si cualquier otra opción fuese estúpida. Caminas con el grupo y les ríes el piloto automático misógino. Las chicas en verano son porno callejero para tu anticolectivo. Un pequeño Infierno de sábado a las seis de la tarde.
Siempre hay otra terraza en la que esperar que se haga de noche. Sólo esperas no topar con ningún conocido. Quieres llegar a casa e intercambiar fotopollas por fotocoños con quien tú sabes. Sólo poder volver a hacer lo que llaman perder el tiempo, y poder yacer vivo, pero en paz.

No hay nadie en el grupo callado o reservado. Todos vocean sobre la siguiente anécdota, se pisan, filtran mientras presumen de no usar filtro, con coladores defectuosos. Me hacen sentir más inteligente que ellos, a mí, que he acabado como ellos. Derrochan ese orgullo de quien cree que haber pasado chorrocientas horas semanales puteado te da derecho a ser Simple, un gañán sin opción de mejora. No es que elijan los placeres sencillos, es que no conciben otros. Hablan de sus parejas como algo que no pudieron evitar, de sus bodas, incluso de sus hijos si los tienen. Piensas en sus mujeres y en que se supone que follan con ellos, o al menos se acuestan con ellos todas las noches. Abandonas antes de intentar comenzar a entenderlo. Me pregunto qué orden he contribuido a crear, qué otros planetas habitados habrá, qué clase de escoria soy para seguir dejando que estos tíos respiren, se ceben, se crean el centro del Universo y se jacten de no fascinarse con nada.
Todo desde un cinismo monstruoso, equiparable incluso al del académico medio.
Cada cual es su propio Dios; por eso yo no estoy aquí sin más, sino que permito que todo esto pase.
Les permito creer que me caen bien, que son divertidos, que no me irritan, que no estoy dando gracias al alcohol, siempre para mí más aliado –aunque puntual– que enemigo. Yo soy de café y cigarrillos, y a veces cerveza, pero la tarde cede el paso a las drogas ilegales, porque no es que de noche todos los gatos sean pardos, es que los círculos sociales suelen ser defectuosos. Y lo son más cuantos más integrantes. Ves a este grupo de tíos, mitad oficinistas mitad mozos de almacén, y no pensarías que una vez un ejemplar así creó la Capilla Sixtina. Hasta la Mona Lisa envejece, decía Palahniuk justo antes de acabarse los noventa. Siento que los últimos quince años se los ha tragado la boca de la figura andrógina de El grito de Munch. Como si todo se hubiese acelerado, y sólo se ralentizara cuando chasquea el látigo para mantener en pie el orgullo obrero.

Uno de ellos, por el motivo que sea, tiene coca. Nos ofrece a todos, aunque sabe que la mayoría no aceptaremos. Hay alguna clase de pasotismo calculado en su modo de mirar para decir: No me importa lo que penséis.
A esas alturas, mientras entramos a cenar en algún lugar que, a juzgar por el mobiliario y los olores, parece un italiano, sólo sé dejarme llevar. Es como si el día ya no tuviese arreglo, como si estuviese fuera de lugar cualquier otra cosa que no fuese seguir con estos tíos.
No quiere decir que sepas hasta qué punto se pueden joder las cosas; más bien es que, pase lo que pase, a cierto nivel no te vas a sorprender o escandalizar. No hay una versión adulta de pillar follando a tus padres, excepto quizá pillar follando a tus padres. Ya no hay casi nada que te despierte en el peor sentido, que te impresione, como si estuvieras demasiado cansado para eso, y no digamos si además vas borracho.
El cuerpo no ha terminado el turno de tarde y ya tiene una cena que gestionar. Usamos el estómago más como contenedor que como el órgano vital que es. En la fantasía favorable, nuestra boca tiene en la garganta un triturador de basura, y la usamos como tal. Siempre es preferible pensar que eres inmune, hacerse ilusiones. En la fantasía favorable la muerte no hubiese tenido lugar por la mañana, o al menos relevancia. Y aún tengo mis dudas de que la tenga sin fantasías de por medio.

Más de una decena de tíos tambaleándose después de la cena, martirizados sus estómagos y corazones, y haciendo propuestas de discotecas. Más de la una. Hígados filtrando y uretras no dando abasto. Se paran y mean en calles estrechas, alguno vomita entre dos coches. Miedo y asco en ninguna parte remarcable, y a la vez en todos lados. Cada uno Dios de sí, violadas santas trinidades, sin vírgenes por ningún lado, y palomas que ya están donde sea que se metan las ratas diurnas por la noche. No somos animales nocturnos, no tenemos encanto; somos seres dignos (dicen) de lunes a viernes en turno partido, y confusos fingidores el resto del tiempo. La calle más trufada de locales para la ocasión, se presenta ante nosotros como botones que apretar para que el brazo mecánico humano de turno nos siga alienando. Cogen sus botellas de estantes espejo y nos sirven la única respuesta que ya queremos. El drogata se mete con otros dos en el lavabo. Todo es más joven que nosotros, doblamos la edad a muchas chicas, los casados se palpan el paquete, la música no es tanto música como ruido con el que tapar evidencias, limpiar pistas (aunque al final de la noche alguien pincha a los Beatles). Las luces son ovnis metafísicos, porque no vuelan y se identifican, pero las miramos como los ancianos en Cocoon. Nos podrían llevar a un lugar mejor, puede que los ochenta. Proyectan en una pared Tu madre se ha comido a mi perro. Vomito durante veinte minutos, más o menos en los servicios.

Después vamos dando tumbos camino o a no sé qué lugar desde donde se ve toda la ciudad. Yo ya no sé si a morir, pero dicen que sólo a ver amanecer. No se me ocurre peor idea con la cabeza como una bolera, que ver amanecer. Un buen rayo de sol en los ojos es lo que, al parecer, necesitamos.
Bromean sobre las ventajas no ir aún a casa a ver a sus mujeres, a sus hijos. Bromean sobre apartar un rato más de sí la vida que eligieron, que elegimos, en realidad. Lo que indica que, con toda probabilidad, no bromean.
Una carretera serpentea, sube, nos dirigimos a una zona alta. Se supone que hay un mirador, pero cuando llegamos lo único que veo es un barranco. No hay baranda elegante y rústica de madera de ningún tipo. Hay unos cien metros de caída. Ni siquiera vemos el amanecer. Cuando llegamos, el sol ya ha salido a correr y pasear al perro, ya se ha dado la ducha matinal y se ha lavado los dientes. El sol ya va de camino al campo con su familia, a pasar el domingo sentados en el suelo, calentando la arena y el agua, cansados en secreto de Dotar de Vida.
Nos sentamos resoplando, algunos se estiran y comienzan a roncar. Uno de ellos comienza a vomitar boca arriba, y  tenemos que ponerlo de lado para que no muera así sin ni tan siquiera haber sacado un disco de rock inmortal.
La cabeza me late como si el corazón estuviese ahí y no en el pecho. Un dolor creciente. Estoy pensando en la resaca que viene cuando, sin que nadie haga nada, un tío de los del grupo (ni sabía cómo se llamaba), se pone a caminar hasta el borde del barranco. Luego da un traspiés, y cae al vacío como si eso llevara meses apuntado en la agenda de Dios (él mismo, vaya), o quizá el sol.

No nos movemos, demasiado cocidos y extenuados como para que ni tan siquiera eso nos baje el colocón. Uno, sin embargo, comienza a llorar. Yo no soy de los que piensa que el suicidio se contagia, pero una cosa es leer una noticia en el periódico, y otra esta panda de drogatas currantes, algunos de mediana edad. En vivo. Todo ese dolor, la inabastable ignorancia, la inercia indestructible de hacer lo mismo que los demás. Y uno por uno, incluidos encargados y gerifaltes, se van levantado y se acercan al barranco. Casi ninguno duda, la mayoría dan el paso como si no fuese más que otra gestión. Uno incluso se tira de cabeza (o lo intenta), parece que rememorando algo, puede que alguna piscina de su infancia.

No es necesaria una secta para que se manifiesten ciertos comportamientos. Creo que el penúltimo me mira convencido de que yo también lo haré. Creo que eso le consuela. Cree que les veo como hermanos. No creo que tenga que añadir nada más al respecto.
Muchas veces había pensado en el suicidio, pero jamás como opción. En ese momento pensé que quizá no fuese Dios sólo para mí mismo. Otra fantasía. Me acerqué al borde y vi abajo manchas rojo oscuro, estilo 11-s. Pensé que parecían postres, como gelatina, y luego me sentí como si estuviese viendo el telediario. No soy quién para decir cuánto me afectó. Nadie me llamó para ningún funeral. No era raro.
Ni siquiera puedo asegurar que todo aquello no fuese simplemente un deseo, una visión. No puedo jurar que recuerde nada al cien por cien. Puede que bajara por la carretera solo. O puede que el grupo estuviese intacto. El lunes no volví al curro, el teléfono continuó en silencio. Claro que están muertos; otra cosa es que saltaran.

readers_digest_sept_2012

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Un comentario en “Hasta la Mona Lisa

  1. Interesante.
    Puedo sentir similitud cuando expresas lo de salir con personas que hacen cosas que, por mucho alcohol tengas en las venas, te hacen preguntarte a ti mismo: de verdad es lo que necesitas?.

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