Treinta formas de esconder los objetos cortantes (1 de 30) – ¿Tú qué ves?

Matar está mal visto en ciertos círculos. Comienzan a vomitar como volcanes morales. Un tirito en la cabeza, un tajo en el lugar preciso, un mal momento en el peor lugar… Hay pocas maneras de seguir vivo y sano, pero toneladas de formas trágicas o divertidas (o ambas) de morir, de matar. A nadie le importa si sube cierto control de mortalidad. De hecho el problema objetivo es cuando nacemos; para los padres, para la familia, para los profesores, la policía, el estado, y finalmente la sociedad. Porque nos amontonamos. Hay gente, sin embargo, que no ve con buenos ojos un tiroteo. ¿Qué clase de idiotas forman parte activa de un tiroteo? Cuanto más espectacular es la muerte, más resuenan las risas. ¿Tú qué ves? Fuera de nuestra burbuja, algo monstruoso y más grande que nosotros, está ahí, sin hacernos puñetero caso. Pero jodiendo igual. Me refiero a Dios, claro, con sus tornados y tsunamis, y con su más extraña Creación. Suerte que a veces ves una vaca volando, o una casa espacial, y piensas: uau, por suerte ha merecido la pena. Todas esas muertes, todo el dolor. Y siempre tiene sentido. Siempre hay alguien que ha tomado la decisión de que estemos aquí. La oscuridad no es una opción, es obligatoria, y si lo quieres, un descojone.
Los peores, como siempre, son los que se quejan sin parar. Los guardianes de la ética, de la paz. Les oyes y dan ganas de reír hasta quebrar las vértebras. Quieren que les tomes en serio. Sufrieron un gran daño emocional, dicen, y por ello exigen que el mundo se detenga. Que todos dejen de hacer cosas. Que dejen de desahogarse, de existir, de ser. Un mundo imperfecto no es suficiente para esas personas. Los que aún rigen un poco te dicen Podemos mejorar, y cuando les dices Sí, pero nunca será perfecto, te dicen Eres un asesino potencial. Ahora la gente buena es así, más mala que la quina. Nada puede pasar que ellos no aprueben, ni aunque sea de mentira, ni aunque sirva para exorcizar la mierda que jamás podremos arreglar del todo. Una vez pasaron una tarde sin la merienda, una vez un desconocido les gritó por la calle, una vez alguien no hizo lo que ellos querían. Adoptan los auténticos dramas ajenos como excusas propias, y los banalizan. Más allá de que coman carne o no, no se creen animales. Está mal visto todo lo que no opere dentro de los parámetros de sus granjas del primer mundo, donde el sufrimiento extremo a veces se reduce a un día de lluvia.
Se hacen bocadillos de velocidad y corren a todo tocino. Almas digitales, prefabricadas, pero mucho menos carismáticas que las de antaño. HAL 9000 no tendría ni para empezar. Y nos quieren privar del placer de la maldad, de la ironía y el sarcasmo, del escupitajo terrible de doscientas páginas o dos horas. Creen que la risa es una equivocación hasta que a ellos les haga gracia. Si no es como yo digo, aseguran, es peligroso. Demonizan la opresión mientras construyen campos de concentración para divergentes. La hipocresía es pan de cada día, pero es más poderosa en ellos que en Luke Skywalker.
Matar está muy mal visto, por original que sea la muerte, el asesinato, la celda en la que pagar o el túnel por el que escapar. Ni el póster de Rita Hayworth se libra. Les dices que sí, que el mundo es, entre otras cosas, una mierda, y te replican como si te acabaras de dar cuenta y ellos hubieran estado manejando a sus madres desde el útero. Madres Mazinger de nuevas hornadas que no están dispuestas a pasar por alto tu chiste malo. Los retoños mastican su velocidad con vehemencia desaprobadora. Alcanzan un tocino que te despeina en sus bólidos hacia el nuevo Edén. Tienen cualquier edad y en el fondo adoran cualquier color que adore el patrón.
Creen tener derecho a todo y aseguran llevar al día las responsabilidades.
Podríamos jugar al pelotón de fusilamiento. Si la ráfaga no te alcanza, te haces el muerto en el suelo. Lo malo es que a veces se aseguran, disparan contra los cuerpos abatidos. Echas un poco de purpurina aquí y allá, echas otras tantas horas en la sala de montaje. La muerte no podría ser más evocadora. Y tanto más divertida si fuera la de los autodenominados justos. Alguien menos en la cola del banco al día siguiente. ¿Y por qué no atracarlo? O una cafetería. Pasearse como Tim Roth con una bolsa sobre la barra. Honney Bunny se encarga de las carteras de los clientes. El público tiembla de pura afectación en la sala. La violencia otra vez en el centro.
La violencia no como algo que eliminar, sino como algo que controlar, que gestionar, que dosificar. Porque querer eliminarla del todo es como querer apagar el sol. Los éticos te critican por no levantar el culo para ayudar como hacen ellos. Tienen tiempo para todo, para ponerte verde a todas horas y para ayudar. Las maravillas del anonimato.
Gracias, mal gusto; gracias, violencia; gracias, asesinato; gracias, terrorismo tecno-sofisticado. Gracias, villano. Gracias por endurecer nuestras carcasas, por ofrecernos alivio al despojar de amenaza el Infierno inevitable. Gracias por presuponer nuestra inteligencia. Gracias por sustituir la sangre por pintura roja en el lienzo de los que aún no se han dejado amilanar por los mediocres.

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