Treinta formas de esconder los objetos cortantes (8 de 30) – Tampón

Es célebre el aburrimiento laboral en oficinas. Se habla poco del aburrimiento de almacén. La gente cree que en un almacén siempre hay un motivo para ser un burro de carga.
Hablo desde mi experiencia, claro, pero en este caso no es exagerado generalizar. Debía ser el verano de 2005 o 2006. Curraba en el turno de noche en un centro logístico que distribuía palés a ciertos supermercados. Nosotros los preparábamos y los camiones se los llevaban. Pero para que pudiéramos paletizar y movernos, debían salir pedidos en nuestros ordenadores de a bordo, ya lleváramos una transpaleta eléctrica o un carretilla elevadora (os aseguro que NADIE que trabaje con esas máquinas usa esos términos para referirse a ellas…). A veces, en resumen, no salían pedidos. Eso podía durar horas. Había noches que incluso con faena se hacían largas; sin faena, podías entrar en una especie de proceso antibudista, antimeditativo. Ya fuera por el entorno o por el contexto, tu mente ni se relajaba ni se abría. A veces volvías a ser un niño tedioso; pero en lugar de tener a tus padres y protestar, sólo te tenías a ti mismo, y nunca te has servido de mucho. En general nadie se suele hacer un gran servicio.
Te ponías a dar vueltas con tu máquina. Te metías en algún pasillo repleto de guarradas, dulces, pastelitos; reventabas alguna caja y te zampabas un par. Conocías los ángulos muertos de las cámaras, que allí eran la mayoría. Las estanterías eran como olas de metal y madera de quince metros. Algunos bebían refrescos, otros mordisqueaban pan de molde. Un día un compañero desenroscó el tapón de una bebida y escupió dentro. Unas risas. Recordad siempre que los méritos sanitarios también se pueden comprar.
Nuestras favoritas eran las bolsas de Ruffles y similares, no podías parar, eran de fácil acceso y tenías reservas ilimitadas. Estos palés de cargas removidas por ratones de almacén, solían ser pasados por alto. A veces los encargados fingían que se iban a poner duros con eso, pero la realidad es que a nadie le importaba. Ese material se lo llevaba cuando fuese la carretilla de turno (que lo transportaba como estuviera), lo dejaba en el puerto que tocara, y luego el camionero lo cargaba (sin inspeccionar nada), y lo llevaba al pequeño almacén de tu supermercado. Allí lo recibían otros carretilleros, y luego los reponedores. Nadie en todo ese proceso cobra tanto como para alertar por botellas abiertas o cuatro bolsas vacías. O con otras palabras: cuando llegas al supermercado y lo ves todo tan bien colocado, tan brillante y sugestivo, tanto que parece que lo han preparado para ti unas hadas todas parecidas a Imogen Poots…; pues bien, yo conozco a esos tíos, y ni se parecen a Imogen Poots ni huelen como ella. Eres tú el que debe asegurarse de que el bote de Cola Cao venga con el plástico.

No culpo a nadie. Hay trabajos que pueden parecer sencillos, y lo son, pero no es nada sencillo soportarlos seis días a la semana. No he conocido a nadie cuya vocación sea mover palés o reponer. La gente habla pestes del trabajo, del trabajo como actividad. Pero lo malo no es hacer cosas, lo malo es que, según lo que hagas, y cuando sólo hay dinero de por medio (poco), lo que haces no es tanto vender tu tiempo como apagar tu alma.
No exagero. Lo malo es que, ni cuando te dejan libre, sabes ya quién coño eres ni lo que quieres. Tu único alivio es no estar trabajando. El sentido de tu vida se convierte en lo que no haces con ella. En esos huecos es donde suele entrar el fútbol, la telebasura, y todo ese sinfín de actividades pasivas, tanto física como mentalmente. No es nada malo, pero es preocupante si no hay nada más.
Los tiempos muertos en el almacén, no pensabas. Batías récords de aburrimiento. Te movías, pero lo hacías no con curiosidad, sino más bien como un animal, uno perdido. Un día me metí en un pasillo concreto, olía bien. Me puse a trepar por una estantería. Puede ser que incluso olfateara como un cuadrúpedo. Vi unas cajas azul cielo. No sabía lo que eran. Cojí una, destrepé y la abrí.
Tampones.
Cogí uno y lo olí. Jugueteé con el hilo. Luego me lo metí en el bolsillo superior de la chaqueta, y me fui a dar un rodeo subido en la transpaleta.

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2 comentarios en “Treinta formas de esconder los objetos cortantes (8 de 30) – Tampón

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