Treinta formas de esconder los objetos cortantes (11 de 30) – Algunos párrafos sobre la muerte de un niño en verano

Quien me conoce sabe que la expresión «madurar» no me gusta. Me da la impresión de que se suele utilizar para excusar y justificar vidas terriblemente vacías, de servidumbre. Obscenamente despojadas de Elección Propia. Y a menudo también cobardes. Vidas cobardes, de rebaño, de tiro seguro. En cualquier caso estoy seguro de que todo eso es una ilusión. No son vidas seguras, por más aburridas y de elección ajena que sean; no son un tiro seguro. Muchas veces son sobre todo una inversión para otros, un engaño, una ruina. Madurar (¿apropiarse de una característica propia de las frutas para usarla como aguda metáfora…?), es una TRAMPA. Eso de “Si tus amigos te dicen que te tires por un barranco, ¿te tiras?”, es lo que básicamente define el comportamiento más globalizado. Por eso parece «maduro». No hay como aburrirse y sufrir juntos para que parezca que nace una amistad, coherencia, una relación lógica y productiva.
No tardas mucho en darte cuenta de que tu amigo es tonto y poco fiable, y de que a su vez el suyo también lo era.

De crío tuve un amigo en un esplai. Así se llamaba donde yo crecí. Un esplai constaba de varios monitores que preparaban actividades para los críos en verano. Supongo que aún se hace. Gente de veintitantos lidiando con niños y niñas de diez y once. Ahora no me parece que fuera una buena idea.
Tampoco creo que yo cediera fácilmente; mi idea de un buen verano era ensuciarme con mis amigos del barrio, jugar al fútbol en plazoletas, y puede que lanzar piedras a los coches desde cierto puente a la autopista. Mi generación aún respondía a menudo a la etiqueta de gamberros.
Ahora parece que los niños no pueden ni revolcarse por el suelo; parece que van del pañal a la universidad.

Nuestra actitud nunca conllevó tragedia alguna. Y eso que llegábamos a hacer cosas que prefiero no enumerar.
Irónicamente donde sí pasó algo terrible fue con los compañeros del esplai.
Por alguna razón nunca me ha costado hacer amigos. Nunca he hecho el menor esfuerzo para ello, pero en todas las etapas de mi vida he tenido una o dos personas cercanas (aparte del ruido, quiero decir, los conocidos colaterales y demás fauna).
Los monitores siempre hablaban de madurar. Creo que era por la edad, porque pensaban que ellos acababan de recibir el carnet de madurez, o porque estaban a punto. Quizá habían perdido la virginidad no hacía mucho, o quizá tenían el título universitario ya colgado en la pared, aún caliente.

Mi amigo del esplai era más bien el niño que solía caminar a mi lado. Era más un compañero que otra cosa. Era algo surrealista lo de estar recibiendo órdenes de extraños también en verano. Cada día de la semana se hacía una actividad distinta. Los jueves íbamos a cierta piscina de otra ciudad. A medida que hablaba con mi compañero, se iba mostrando más predispuesto a fingir. Que era valiente, que tenía novia, que una vez hizo no sé qué locura… No era como mis amigos del barrio. Parecía más como parecen los niños ahora; impoluto, altivo, digital, sin mácula, con correa. Tampoco era lo mismo ser un niño de periferia como yo que uno más céntrico. Si eras de periferia mentías a tus padres, si eras céntrico a todos los demás (para tus padres eras un ángel).

Cuando pasó, yo estaba en mi toalla. La gente se arremolinó en cierta zona. Yo no me enteraba de lo que sucedía. Nadie me dijo nada, mucho menos los monitores, hasta que una niña me puso al día en el autobús de vuelta.
Aún no tengo claro si fue exactamente así, pero lo que me llegó fue que los monitores estaban más pendientes de ligar entre ellos. Mi pseudoamigo sufrió un corte de digestión, y nadie se dio cuenta. Se ahogó en algo menos de un metro y medio de agua, una zona de la piscina a priori casi ajena al peligro.
Había dos monitores y dos monitoras. Ellas lloraban desconsoladas en el autobús. Los dos chicos se fueron, supongo, a dar explicaciones. Ellos no volvieron de vuelta con nosotros. Yo no asimilaba lo que estaba pasando. ¿Un niño muerto? ¿En verano? Eso no pasa. Y menos rodeados de adultos, con sus manías redichas y sus discursos sobre madurar y aprender y crecer.
Negué lo que había pasado, aunque en cierta forma noté un punto de emoción al contárselo a mis padres luego en casa. El esplai se había acabado.
Aunque fue desagradable, no sufrí mucho la muerte del niño, apenas tuve trato con él. Sólo unos seis o siete días de esplai. Además creo que no tenía herramientas emocionales para manejar aquello, y de un modo extraño creo que eso me evitó ciertos padecimientos.
Ahora siempre pienso en los monitores, en que arrastrarán lo que pasó toda su vida. No sé cómo sonará, pero lo hago con una pizca de regocijo. Siempre me pregunto si seguirán diciendo las mismas cosas que todo el mundo, o si la experiencia les ayudó al menos en eso.

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