Treinta formas de esconder los objetos cortantes (13 de 30) – Cuando lo del carnet de conducir

En la autoescuela también lo sentía, esa sensación, ese “¿qué hacemos aquí?”. Lo veías en las caras, incluso en las de los que asociaban ingenuamente el carnet de conducir con la libertad. Eran ingenuos y no lo eran, en realidad sabían que la libertad no iba de eso. No sé si la gente con determinada idea de la libertad hace cosas como ir a la autoescuela. Me gusta pensar que cada vez menos. No se trataba sólo de la autoescuela, sino de aquella época. No tenía dieciocho años, yo llegaba tarde a todo, así que me apunté con veinticinco. A la mujer que me enseñó a conducir a veces la he vuelto a ver, no nos saludamos. No es que la martirizara en las clases, simplemente ambos lo llevábamos lo mejor que podíamos. Siempre se habla del alcohol cuando se trata de conducir, se habla mucho menos de intentar entrar en la autopista después de haber dormido (con suerte) tres horas. El descanso de la práctica lo solíamos hacer en un lugar mítico llamado Sabadell. No os quiero hablar de eso, de la sobredosis de stops y las rotondas con veinte coches girando a la vez. He pasado por encima de la Teoría, por cierto; aprobé el teórico a la primera, lo que me hacía sentir inteligente, hasta que recordaba que la mayoría de preguntas eran sobre seguridad; algo como:
-Si estás conduciendo y ves una señora mayor cruzando el paso de cebra, ¿qué haces?
a) Continúas circulando
b) Frenas.
c) Pisas fuerte el acelerador y matas a esa puta vieja que de todas formas ya tiene un pie maloliente en la tumba.
Me quedaba pensativo ante preguntas tipo test con ese nivel de dificultad. La vida no suele ser así. Detrás de algo fácil siempre suele haber alguien que te quiere dejar en una cuneta con la ropa del revés.
En este caso, era evidente que la pasta te la querían sacar con las prácticas. Eso era lo que me hacía marcar las respuestas. Aún no te la quieren meter por el culo, pensaba, sólo están encendiendo velas y dejando a mano las vendas. En cualquier institución, desde las supuestamente educativas a las más ruinmente empresariales, siempre existe al principio la falsa sensación de que esta vez podría ser que no fuesen simplemente humanos miserables que te van a querer sacar la sangre. El concepto de Legalidad es algo muy voluble, es sorprendente lo cabronas que pueden llegar a ser las personas sin salirse de sus márgenes.
Ahora, de todas formas, tampoco pasa nada si se salen. Con la delincuencia también hay clases, y las más pobres son las que pagan. Todos sabemos que si eres un ladrón pero eres político o tienes dinero en definitiva, la ley te sonríe y te invita a tomar la última en su piso. Es por eso que ver el telediario es como ver un obeso fumando un puro a la vez que viola a una niña que pide más haciendo caso a las indicaciones del realizador.
En esa escala del Mal, por suerte las autoescuelas serían poco más que delincuentes comunes. El problema es que aprovechan tu debilidad.
En mi caso era sobre todo la falta de sueño, pasaba por una etapa de insomnio, aunque poco grave. Pero en otros casos…
Yo aprobé a la tercera, y se me hizo larguísimo. Pensaba que aquello no tendría fin. Pero había una mujer de unos cincuenta años que llevaba más de diez exámenes prácticos. Estaba a poco de hacerse amiga de los taxistas; una igual, excepto que ella pagaba un dineral por conducir…
Eso era lo que a mí me daba miedo. Quedarme estancado. O tener que abandonar.
Cuando me dijeron que había aprobado tras el tercer el examen, me invadió el alivio como pocas veces en mi vida. Le di dos besos a la profesora, respiré hondo y mi miré hacia el cielo. Reía, sentía placer como si estuviera echando una cagada de cinco kilos que había estado atascando mi espíritu. Pronto llegaron las gasas para mi ano ensangrentado.
Hace unos diez años de eso. Y hace unos diez años que no conduzco.

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