Treinta formas de esconder los objetos cortantes (14 de 30) – Rango de edad

Sé muchas cosas sobre el aburrimiento. Y también que no tiene mucho que ver con no hacer nada. Tiene que ver o bien con hacer cosas aburridas o bien con la espera para hacerlas. Todas esas cosas obligatorias. Tiene que ver mucho con el trabajo meramente alimenticio; pero también con las actividades de ocio forzadas. Me pasé años yendo a discotecas porque tenía de diecisiete a veinticinco años, y prácticamente sólo por eso. Allí estaba la gente, mis amigos, pero nada más que me atrajera más allá de acumular un puñado de fantasías masturbatorias.
Creo que fue la última vez que cumplí a rajatabla con el guión, con el orden establecido.
Recuerdo que para cuando comencé a salir (cosa por la que me tuve que pelear con mis padres), pensé que era el principio de algo que en el fondo no me apetecía en absoluto, y ya entonces me preguntaba cuándo tendría un sentido popular dejarlo.
En cuanto a hacer nada, tiene sentido si lo has elegido tú. Lo paradójico es que sólo se considera correcto cuando los demás te han dado permiso.
Yo iba por esas salas metiendo codos para ir a todas partes, a la barra, al lavabo, a la calle. Ni siquiera me gusta mucho el alcohol. Me acostumbré a beber vodka.

Había una gogó sobre patines. Puede que fuera un eco de moda de Rollergirl, el personaje de Heather Graham en Boogie Nights. La música a todo trapo y el alcohol, y aún se podía fumar en interiores, y Rollergirl, y ser joven. Pensaréis que nada de todo eso suena aburrido, que sólo hace falta una pizca de predisposición para pasarlo bien. No tiene por qué haber nada equivocado en ese razonamiento; el único problema es que no era el mío. Me sentía ajeno, como si viera el engranaje que hacía funcionar esa fantasía tan auténtica para los demás. Ellos pensaban Esto es real; y yo pensaba Esto es lo que toca. No veía tanto una fiesta como una tradición, una tan oxidada como tantas otras. Una guardería para veinteañeros, el lugar que la sociedad tenía preparado para nosotros, para que siguiéramos viéndonos como grupo, y nunca como individuos.
No tenía por qué ser muy premeditado, marchaba solo, era algo Generacional. A la gente le encanta esa forma de parcelar las cosas. Me sentía como un pez apretado a todos los demás, sin poder ver la red de arrastre que nos izaba.

Nos soy tan estúpido para pensar que yo era el único que se sentía así. Pero me parece evidente que mucha gente, seguramente la mayoría, aceptaba ese trato sin problemas. Unos pensaban en dinero, otros en sexo, y otros quizá ya en emborracharse y olvidar algo. Intentaban convertirse en esas cosas, o al menos fundirse con ellas; algo tangible, un número, los genitales de alguien, otro trago. Reducir el mundo hasta que quepa entre tus manos. El culo de alguien, los billetes, el cubata. Pensar Me merezco Esto, mi Recompensa; lo que era la codificación de: Me merezco ser gilipollas y superficial, he pagado con muchas horas de aburrimiento a cambio. Es la clase de dinámicas que convierten a las mujeres en objetos, el alcohol en una respuesta, y el dinero en una religión.

Pero qué sabía yo, ¿verdad? El hipocritilla redicho de turno. Yo también me eché mis buenas risas, y estaba algo colado por Rollergirl.
Iba sobre sus ruedas repartiendo nubes o gominolas con una bandeja. Si me traía más de dos en toda la noche, pensaba que yo también le gustaba. Una vez hablamos un rato, no recuerdo quién rompió el hielo.
Casi no pasó nada, pero debía haber alguna lista de reglas tiránicas para las empleadas. A la semana siguiente ella ya no estaba. Ni tampoco a la siguiente.
Llegué a pensar que la habían echado por mi culpa. Seguramente era mera fantasía. Aunque una fantasía mayor es que la hubiese librado del aburrimiento, al menos por un tiempo. Nuestro romanticismo generacional era justamente intentar librarnos de él.

Esa etapa duró hasta que mi entorno tuvo que seguir el guión. Lo siguiente era la pareja fija y el pisito. Lo cual al menos me libró a mí de las discotecas. A veces casi puedo ver a la gente leyendo su papel por las mañanas sentados el váter.
Una ventaja de estar en todo ese proceso en mayor o menor grado, es que apenas acumulas grandes recuerdos, o más bien que son iguales a los de todos los demás, sobre todo el qué y el cuándo. Todos juntos en movimiento, sincronizados. No se trata de destacar, sino de lo jodido que es abandonar la masa. Creo que una vez volví a ver a Rollergirl currando en una panadería, por cierto, pero no estoy seguro.

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