Treinta formas de esconder los objetos cortantes (17 de 30) – Hijxs de puta

Seguramente yo sea un gran capullo. Pero hay tantos tontos ahora, tantas tontas. Nuevas categorías. Los motivos por los que pienso así no son fáciles de exponer. No hay que olvidar mi propia incapacidad, mis limitaciones, que yo no soy de otra especie. Mi subjetividad también está ahí. Intento no perder jamás eso de vista. Es lo que te hace mantenerte cuerdo, aunque sólo sea un poco: no olvidar que tú también puedes ser un gran gilipollas.
Pero ahora los tontos ya no son sólo tíos hetero blancos de mediana edad. Ahora los tontos también son tontas, o tienen todo tipo de gustos sexuales, edades, razas, apetencias, profesiones e hipocresías. A medida que el mundo se abre a la Realidad, a medida que empieza a aceptar que el hombre blanco hetero no es lo único que existe, muchos parecen festejar un nuevo rumbo hacia la tolerancia.
Lógico.
Excepto que no se tiene en cuenta que cualquiera puede decir chorradas, y es importante poner de relieve que las chorradas son chorradas, las diga quien las diga. También ahora cualquiera puede pecar de torpe, intransigente, cruel, intolerante o injusto; da igual que lleve encima la bandera multicolor o asegure que es la coherencia y la bondad personificadas.
Este mundo le vuela la cabeza a la gente demasiado política. Comienzan a razonar en base a estadísticas, colores y banderas. Se ciñen a un discurso (o al último discurso leído), marcan bandos a fuego mientras elaboran cierta clase de intelectualidad para compensar. No aceptan los grises, sino que a menudo se fabrican otros más convenientes. Retórica. Dado que al hombre (blanco, etc.) le ha sido concedido, por decirlo así, ser la especie dominante hasta ahora, el ser político concienciado ha de convertirlo en un símbolo de la maldad. Todos Los Hombres. Ha de hablar de él no sólo como un ser despreciable por defecto (asesino, violador, etc.), sino incluso como si fuese un ente que antes de nacer hubiese pateado cabezas para poder ser hombre, para poder tener sus ventajas y privilegios.
Por la misma regla de tres, cualquier otra cosa que no sea ese hombre, es, a nivel de debate, intocable. La magia de la retórica te permite dejar de ser un observador de la realidad para adaptar la misma a tu ideario. Cuando las bases de tus ideas son particularmente sólidas (no nos engañemos, ¿cómo a estas alturas las mujeres aún aceptan salir con hombres?), la arcilla para moldear es de la mejor calidad. Aunque luego pretendas hacer pasar un cenicero por Arte.
Ahí en medio, con temas como el machismo, la homofobia y otras lacras evidentes y aún latentes, los mencionados grises –el análisis de los casos de forma individual, por ejemplo– no son bienvenidos. A no ser que jueguen a favor de Discurso.

Pero incluso la idiotez tiene grados. Hay gente que a veces dice idioteces, y también hay idiotas aparentemente sin remedio. Gente que no parece haber recibido una educación básica sobre el respeto, y que ahora pretenden formarse una política según preceptos radicales provenientes no de razonamientos propios, sino de credos ajenos muy concretos.
Ahora hay reductos digitales para dichos idiotas. Reductos donde además pueden pasearse como “combatientes” anónimos, no tienen que mirar a los ojos a nadie, no tienen que demostrar nada, y pueden insultar sin problema. El lado más terrible de la libertad de expresión.
Este tipo de gente no responde, a su pesar, a un solo grupo ideológico. Se adhieren a todo tipo de colectivos. Cuando estás en desacuerdo con un miembro, te dicen que eres de otro “equipo”. Etcétera. Se creen originales, o renovadores, pero es como si se guiaran por algún Manual del Perfecto Imbécil de Toda la Vida.
Lejos de asumir algo tan sencillo como que no conocen a la gente con quien hablan por Internet, no necesitan más que una mínima discrepancia tuya para llamar a la humillación.

Os contaré (espero que brevemente) cómo puedes entrar en Twitter y que te llamen pedófilo varias veces sin hacer el más mínimo esfuerzo. Sin que te haga falta insultar, ni usar tacos, ni por supuesto ni tan siquiera bromear con el tema en cuestión.
Nos os penséis que todo se reduce a acusaciones de machista o feminazi. Va mucho más allá. Un hijo de puta, o hija de puta, no tiene ningún límite, y por supuesto tampoco en su facilidad para la hipocresía y maldad verbal más extrema. Existe cierta clase de ignorancia y amargura escalofriante aún no catalogada. Digital y casi siempre impune.

Entré en un hilo. El mismo demonizaba cualquier pareja en la que uno de los miembros tuviera de quince a diecisiete años y el otro fuera mayor de edad, de unos veintitantos. Obviamente el hilo se limitaba a generalizar y criminalizar, en absoluto relativizaba nada, usaba los parámetros legales a favor (esta vez venía bien), y no había margen para el debate. Dicho tono es nada más que irritante, al menos para mí; no me deja espacio a otro sentimiento.
Aunque a mí también me pueden chocar ciertas parejas con determinada diferencia de edad, al ver el hilo pensé que, como pasa con todo, no todas esas parejas tenían por qué regirse por una mera relación de acosador y víctima. En el hilo, por cierto, no se comentaba la posibilidad de un chico de diecisiete años con una chica de veinticinco, por ejemplo; obviamente se daba a entender que el acoso era siempre, y siempre era masculino (otra vez arcilla de calidad y sólo un cenicero como resultado). Yo sé de parejas que, aunque no sean cercanas, comenzaron hace décadas su relación con las diferencias de edad que aquí se criminalizaban. Son parejas de buenas personas, que ahora tienen hijos mayores, y en las que no se intuye que jamás haya habido una “relación tóxica”. ¿Anticuada?, puede ser, pero en absoluto forzada.
De modo que (y aquí es donde yo actué como un bobo y un gilipollas perdido) pensé que podía dar mi opinión.
El triunfo de Twitter, es que, debido a su formato, es el peor sitio posible en el que desarrollar una postura, y donde más gente parece entrar a ello.
Es, consciente o inconscientemente, un campo de minas. Ese es su principal combustible. Es el hogar ideal para el Insulto, para la Vejación. Curiosamente, un supuesto reducto para debatir sobre temas tan complejos como el Feminismo, en el que la máxima que triunfa por encima de todas, es el “No hay huevos”. Los más políticos son los más agresivos y anárquicos. Los que más demandan respeto son los más irrespetuosos. Los que más se quejan de que les den lecciones, son los que más lecciones dan. Los que más dicen que no tienen obligación de enseñarte nada, lo siguiente que hacen es encadenar veinte tuits “iluminándote”, todo aderezado con insultos y simplezas sacadas del pozo más antiguo de la vergüenza ajena.
En más de diez tuits, de una forma u otra, se me llamó pedófilo. Casi nunca indirectamente. Escribieron la palabra pedófilo, tranquilamente, pretendiendo haberme desenmascarado, pero sobre todo buscando humillar, buscando vejar y hundir. Un peldaño más del bullying, aunque fuese momentáneo, ya que yo apenas repliqué (y no por falta de ganas).
Eran tres, tres auténticas hijas de puta. Da igual que fueran chicas, da igual que se autodenominaran feministas. Eran tres hijas de puta, tres malcriadas, amargadas, pretenciosas cabronas, tanto que usaban temas capitales, tremendamente serios, para sacar pecho y “hacer ideología”. Hay gente así en la izquierda y en la derecha; y en todas partes. A veces se hacen llamar feministas, o de centro, o de derechas, o comunistas, o Lo Que Quieras, y a veces simplemente son skinheads, alguna clase de skinheads 2.0.
En el fondo ahí no hay nada que tenga que ver con nada. Sólo personas absurdas, rehenes de la era digital, incapaces de tomar distancia con nada, incapacitadas para la neutralidad. Lo simple, lo llano, el vacío hecho carne y hueso. Malnacidos e hijas de puta, abanderados y disfrazadas. Nada más que una nueva evolución de los tarados y las taradas.
En un mundo aún machista, homófobo, tránsfobo, injusto y aún ahogado por el dinero, hay un nuevo lastre: Los que no pueden dejar de repetir que quieren salvarlo.

INDIA-SOCIETY-LGBT-MINORITY

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