Treinta formas de esconder los objetos cortantes (19 de 30) – Una presentación

Sólo siento que tengo razón de verdad cuando me siento como una mierda. Eso debería darme alguna pista. Es un secreto. Hablar en voz alta suele estar sujeto a cierto catálogo de discursos y giros. Es importante evitar las preguntas. Hay un guión, pero esto va más allá.
El autor ríe desde su silla. Quien le presenta el libro ríe a su vez. Los asistentes acomodamos el culo. El siguiente comentario procura aplacar la hilaridad del anterior. Estamos aquí y somos serios. Una «chica misteriosa» se mueve por la sala. No se sienta, va de un lado a otro. Hacemos como que no la miramos. Imagino la pesadilla de publicar, lo bonito y horrible que sería. ¿Quién diantres es toda esta gente? ¿Son todos amigos del autor? ¿Cómo se ha podido llenar esta sala? Un primer libro y ya tenemos a Paul Auster…
Se llama Bicicletas de papel.
Odio los libros con títulos de libro.
Una novela corta, el tipo tiene unos treinta y tantos. Yo estoy aquí porque cuando conoces a una chica que te gusta, siempre tienes que imaginar su pasado. Nunca tienes la suerte de que sea solitaria y haya sido desgraciada, para así no tener que enfrentarte a la gente guay que la rodea. El pensamiento egoísta, incluso el más natural, es una de esas cosas no incluidas en el catálogo de lo que puede decirse en voz alta.
Bicicletas de papel. Un mamón amable. Es amanerado, pero creo que hetero, ha de tener un montón de historias de bullying para contar. Me ha parecido verle besar a una chica en los labios al llegar. Lo cual, bien pensado, no tiene por qué significar nada.
Es gracioso al modo escandaloso, intentando proyectar una sinceridad descarada. Es tímido y a la vez explosivo. Encaja en cierta dinámica de carácter que ahora hace las delicias de la gente que no se pierde un desfile del Orgullo.
Si se equivoca, se regodea, estalla, las risas le responden y yo me reconcentro.
Se leen algunos fragmentos. Es curioso que el libro suene tan hetero. Incluso el título parece el de un autor apocado con la misma novia desde el instituto.
Mis prejuicios practican capoeira en mi cabeza, pletóricos.
Mi único interés aquí está sentado a mi izquierda. Todo lo demás son víctimas de mi mente. Pero no me siento mal, de modo que lo más probable es que esté equivocado.
La mujer misteriosa ha desaparecido. Hacemos como que no la buscamos con la mirada, también mi compañía, que además se ha referido a ella. ¿Quién sera?
Quizá una terrorista, he pensado yo.
Quizá fuese un deseo.
He estado esperando escuchar una explosión cercana. Mi compañera me cuchichea que parece que en todas las presentaciones haya una mujer misteriosa. Ella trabaja en una editorial, pero apenas hemos hablado de eso.
Jamás he sabido qué hacen exactamente en la editoriales. Cuando se les pregunta a autores o gente del mundillo si en ellas se leen manuscritos, a menudo ríen hasta el borde del vómito.
Al terminar la presentación, y tras varios intentos en falso, me presentan al autor.
Me cae bien. Parece desubicado, deseoso de que el show termine. Cuando advierte que he venido con quien he venido, parece rebajar su simpatía. Llego a pensar que ella le gusta. En un aparte me comenta lo simpática que es, y que qué, que qué hay. Me tantea. Lanzo pelotas fuera. Sí, bueno, ella me gusta, me cae muy bien. ¿A quién no? Nadie es pareja de nadie hasta que se demuestre lo contrario, o hasta que lo digan abiertamente. Pero lo que la gente quiere saber es si estáis follando. Si no folláis podéis decir misa. Si preguntas te dirán que el sexo no es suficiente ni de lejos para la vida en pareja. Suena maduro. Pero a la vez, es el sexo lo que determina, por encima de todo lo demás, si tienes o no una relación. El sexo sólo es una parte y a la vez lo es todo.
Yo sólo he quedado un par de veces con ella, en calidad de vete a saber qué. Hablamos paseamos tomamos algo. Es mejor estar con ella que estar con la mayoría de gente. Y me tolera, de momento. Ella decidirá sobre el sexo, ella controla ese semáforo, yo no soy más que otro conductor harto de atascos. Tampoco estoy con ella por eso (aunque eso siempre esté ahí), estoy con ella porque necesito estar cerca de ella. Si supiera razonar lo que me pasa con ella, seguramente no estaría con ella. Estaría en casa, tocándome con su Instagram.
Tampoco estoy con ella porque curre en una editorial y eso me haya encendido ninguna bombilla.
Tardo un poco en darme cuenta de que le estoy contando todo esto al autor del puñetero Bicicletas de papel.
Me estoy saltando las normas del catálogo oral.
Lo peor es que le he dado a entender que escribo.
¿Ah sí?
Oh, sí. Un autor publicado hablando con «alguien que escribe».
Estoy atrapado en sus redes. Me siento obligado a decir algo más sobre el tema. Que si un puto blog, que si algún texto suelto en papel, que si revistas digitales… Nada que no pueda hacer nadie ahora con conexión a Internet y una pequeña ración de ínfulas.
Estoy en la palma de su mano, mi vocecita de pitufo maquinero, mis ideas peregrinas sobre edición, mi modestia forzada. Me siento intelectualmente violado. Él disfruta, y más cuando mi acompañante se une a la conversación. Oh, sí, todo es relativo, haber publicado no tiene por qué significar nada, lo mismo que no haberlo hecho. Todos somos adultos aquí. Claro que sí. Pero sabemos que no, no se percibe así, hay conseguidores y hay gente como yo. De qué depende es lo de menos. Bicicletas de papel no será Kafka, pero será. Yo de momento no he logrado nada en ese ámbito.
Igualmente, izamos las velas de la relatividad, y navegamos a unos ocho nudos de velocidad hacia el puerto de Ciudad Peloteo. Aumenta el amaneramiento de él, y de alguna forma decide que le caigo bien. Creo que siente que se ha establecido la pequeña jerarquía que necesitaba, y ha decidido que no soy una amenaza para su ego, su libro o sus perspectivas.
Es entonces cuando de fondo oímos un pequeño jaleo.
El presentador del acto está estirado en el suelo, suda copiosamente y tiene los ojos cerrados. Se agarra el brazo izquierdo con la mano derecha. Varios presentes hablan de infarto. Teléfonos. Dicen que la ambulancia debería estar en camino. El infartado es un periodista joven que lleva unos dos años trabajando en uno de los grandes medios. Luce una previsible barba en ningún caso producto de la pereza, y su vestimenta parece producto de decenas de factores; desde los relacionados con la moda del momento, hasta los que tienen que ver con severos problemas de autoestima (por exceso).
Luego la ambulancia llega justo a tiempo, para llevarse el cadáver.
No se me quita de la cabeza la imagen del autor llorando, la cara contraída de dolor, sujeto por amigos porque las rodillas le fallan. Es posible que tuviesen una relación que se nos ha escapado. Hemos salido sin despedirnos de nadie. Tras un par de instantes de aturdimiento, nos hemos puesto a buscar algún sitio para cenar, en el que no haya posibilidades de topar con gente de la presentación. Cuando nos decidimos, y cuando ya estamos en una mesa para dos, vemos en una esquina, sentada sola, a la mujer misteriosa. Por algún motivo que se me escapa, me cuadra de alguna forma con el curso del día, y lo hace de un modo espeluznante.

01-dragon_writer_by_25kartinok-d4km6vr
Ilustración de Andrew Ferez
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s