Treinta formas de esconder los objetos cortantes (20 de 30) – Suplemento dominical

Ese árbol, le digo a la periodista, es un símbolo para el barrio. Le cuento que una vez alguien se colgó de él. Se ahorcó. Algo relacionado con una historia de amor y una enfermedad terminal; o quizá con una historia terminal y un amor enfermo. Le digo que cada vez que pasamos por delante del árbol, nos replanteamos nuestras propias circunstancias. Como si aquí alguien se replanteara nada. Si quiere un perfil humano, se lo puedo dar. Pero no puede ser real, sólo periodístico. Yo no soy nadie, y en el barrio no pasa básicamente nada, al menos de cara a la galería. La verdad se reduciría largas jornadas de aburrimiento, el asalariado/parado que va y viene. Pero eso es todo.
Por fin hemos llegado, esta es mi cafetería habitual (ni de broma frecuento locales del barrio, me voy al centro). Sin llamar la atención, le digo a la periodista que aquí es donde yo vengo a beber el café que me sirve Pepe. Lástima que hoy no esté para presentártelo. Pepe es un buen tío, sirve café y es un cachondo, un tipo amable que sirve café. ¿Se puede pedir más? Nos bebemos el aguachirri amargo que nos sirve un chino, y le digo a la periodista que me acompañe. En el barrio aún nos aguarda mucha magia, lugares con mucha carga sentimental para mí.
Es un intento periodístico por escribir sobre alguien «normal», de periferia, algo estilo relleno de contraportada, o para completar la maquetación del dominical. Algo con lo que lector pueda decir: ¡Yo también soy así! O aún mejor: Menos mal que no soy así…
Ahora el periodismo es sobre todo algo de lo que defenderse. ¿Que queréis venir a mi barrio? Yo os lo enseño. Dijeron que llamaron a varios teléfonos al azar. Aceptar fue un arrebato por mi parte.
En este banco es donde nos sentamos a leer. Ahora no hay nadie porque son las tres de la tarde. Pero aquí es tradicional traer lo que cada cual tenga encima de la mesilla, y avanzar tranquilamente veinte o treinta páginas.
La periodista parece entusiasmada, o al menos interesada. Su mirada dice algo como: Oh, nadie lo diría, para que luego digan que en los barrios no hay cultura. Claro que sí, el banco para leer del barrio. Un bonito material de tendencias de agosto.
Pero sígueme, aún quedan algunas maravillas.
El fotógrafo que nos acompaña parece hacer lo suyo de forma automática, sin pensar.
Esta es la Plaza de la Mujer, digo, improvisando. La periodista escruta a su alrededor, asiente con gravedad. La posibilidad de que surja el feminismo en la conversación, ahora es un caramelo para cualquier medio.
¿Por qué la llamáis la Plaza de la Mujer? Ese «lo llamáis» se refiere a la gente de por aquí, los que aún hacemos fuego con piedras. Vaya, un banco para leer, un árbol del amor, y ahora una plaza de la mujer. ¿Por qué la llamamos así? Le digo que en los dorados años noventa violaron y asesinaron aquí a una chica un sábado por la noche, una niña muy querida en el barrio. Ni siquiera era mayor de edad, debía tener quince o dieciséis años. Fue terrible. A partir de aquel momento, de forma espontánea, aquella plaza se convirtió en la Plaza de la Mujer. La niña se convirtió en símbolo.
Pero no hay ningún rótulo. ¿Quién comenzó a llamarla la plaza de la mujer? Hay quien dice que fue Pepe, otros que Alfredo, un taxista de por aquí. Y otros aseguran que fue Mary Carmen.
¿Quién es Mary Carmen?
Mary Carmen está muerta.
Oh…
No añado nada más, y espero ir quedando poco a poco como un lunático. A veces hay algo mejor que que no te pillen en las mentiras, y es que se queden dudando, que acaben concluyendo meses después que les tomabas el pelo.
Vamos, aún hay algo más. Voy improvisando, mentir a quienes mienten profesionalmente es placentero. Vale que yo soy un mentiroso amateur, y que además no estoy haciendo daño ni humillando a nadie con mis mentiras. Aunque he de reconocer que en su día pensé en estudiar periodismo…
Llegamos a las afueras, caminamos un buen trecho. Puro perfil humano, ¿no?
Le digo a la chica que eso que tiene delante es el cerro del zapatero. ¿El cerro del zapatero? En realidad esta leyenda existe, pero tiene que ver con el pueblo de mis padres, no con esta ciudad ni sus lugares apartados para follar en coches.
Lo que le digo a la periodista es que todo el mundo aquí conoce la leyenda, al menos en el barrio.
Una vez el zapatero del barrio, en los años sesenta, comenzó a jugar a la cartas. Tal acabó siendo su ludopatía, que un día acabó no solo por perderlo todo, sino que también decidió jugarse el pie. Su propio pie. Dijo que se jugaba su pie (el que quisieran) contra todo lo que tenía su rival directo. Jugaban en una herrería, estaban borrachos, y tenían a mano toda clase de objetos cortantes, auténticos instrumentos de tortura.
Cuando, casi inevitablemente, perdió la partida otra vez, le sujetaron, y comenzaron a serrarle el pie derecho a la altura del tobillo. Se dice que los niños que conocen la historia a veces sueñan con ese sonido, el metal en fricción contra la carne, los tendones y el hueso. Dicen que los gritos se oían por todo el barrio, pero también las risas. Envolvieron el muñón como pudieron, con trapos sucios del taller, lo sacaron de allí, y lo metieron –junto al miembro amputado– en el maletero del coche de uno de ellos. No dejaba de gritar y de lanzar los puños y retorcerse. Los otros cuatro jugadores también se acomodaron en el coche, y pusieron rumbo al cerro.
A partir de cierto momento, dejaron de oír ruido en la parte de atrás. Extraño. Pero no tanto, era posible que con la brutal perdida de sangre se hubiese desmayado.
Se les ocurrió que era una buena idea tirar en el cerro el zapato con el pie dentro. El zapato del zapatero. Ese puto idiota. Ni siquiera habían decidido qué hacer con él, puede que llevarlo al hospital. Pararon el coche en una zona en que empezaba a complicarse el camino. Salieron del vehículo y el conductor se dispuso a abrir el maletero.
¡No hagas ninguna tontería, zapatero!, gritó. Le pareció prudente.
Al abrir la puerta, los cuatro se quedaron más de diez segundos en silencio, mirando. En el maletero no había nadie, excepto el zapato con el pie amputado dentro. ¿Qué demonios había pasado? Si el cabrón hubiese forzado el cierre y se hubiese ido, lo habrían notado. ¿Y aunque hubiese conseguido salir del coche, aprovechando la escasa velocidad mientras subían el cerro, cómo narices iba a haber cerrado el maletero? Por no mencionar que estaba obligado a cojear… Vale que iban borrachos, pero hay ruidos, hay movimientos, intenciones y sombras, que no pasas por alto tan fácilmente.
Tu novia no se folló a aquel tipo porque hubiese bebido mucho y estuviese muy confundida. Se lo folló porque quiso.
Lo que siempre se ha dicho, es que desde entonces el zapatero se aparece en algunas casas, en pisos, sobre todo en el reflejo de cualquier superficie lisa. También se cuenta que, el zapato con el pie dentro, que finalmente los jugadores tiraron en el cerro, a veces aparece ante excursionistas o adolescentes que quieren tener sexo, y que sangra sin parar, formando grandes charcos.
La periodista dice que prefiere volver a la Plaza de la Mujer.
Le digo que sólo es una historia, que me gustan las historias. Hemos perdido de vista al fotógrafo, o quizá se ha hartado y se ha largado. Creo que la chica no sólo está algo asustada por la leyenda. Creo que piensa que quiero hacerle algo.
Por un instante, temo qué barbaridad pueda acabar escribiendo sobre mí. Puede que no en el perfil amable del dominical, pero sí en otros medios más personales.
El imaginario colectivo moderno parece empezar a bullir de indignación.
Le digo que vale, está bien, vamonos. Te voy a enseñar la Fuente de la Compresa.

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