Treinta formas de esconder los objetos cortantes (21 de 30) – Jardinería

En un verano de hace ya demasiados años, estuve de mozo para todo en cierto supermercado. Encadené varios trabajos de ese tipo. Antivocacionales. La clase de curros que las personas responsables no consideran de verdad, los trabajos asociados sólo o bien a perdedores o bien a estudiantes. La crisis vino luego a aguar un poco esa percepción, pero ni de lejos cambió las cosas.
Ser reponedor o mozo de almacén, se sigue considerando un trabajo aceptable sólo en ese contexto en que la gente dice cosas como “Sólo es un trabajo”, o “Es tan digno como cualquier otro”. Que son encriptaciones de: “Vaya putada”, o: “Pobre capullo”. O incluso: “Haber estudiado”. O hasta: “Algo habrá hecho”.
En cualquier caso, el año que yo me encargué un tiempo en verano de la sección de Jardinería en cierta gran superficie, aún no había llegado crisis alguna, nada con lo que la gente pudiera verme y pensar que quizá tuviese una carrera o dos, un máster, o cualquier otra cosa enmarcable. Si estaba allí regando las plantas y no tenía edad universitaria, es que simplemente era un pobre capullo. Sólo un trabajo. Uno tan digno como cualquier otro.

Cuando ahora lo pienso, no tengo ni idea de lo que pasó. A decir verdad no me ocupaba sólo de las plantas. Me encargaba también de la zona de cámping, junto a otros compañeros.
La zona de cámping era la que absorbía más tiempo. El problema de las plantas, es que están vivas. Requieren de ciertos cuidados dependiendo de qué plantas sean. Nadie iba a contratar allí a alguien que supiera lo que hacía con ellas, algún puto jardinero sonriente que supiera qué necesidades tenía cada especie. El mismo capullo que descargaba palés de los camiones era el que reponía sombrillas y sillas de jardín, atendía a los clientes y tenía que cuidar de las plantas. Estaba acumulando dignidad por el proceso de discutir con señoras sobre los colores de las sillas de sus catálogos fantasma. La gente iba allí a buscar productos de otras cadenas de supermercados. El catálogo que el cartero dejara en el buzón, les valía para el supermercado más cercano. A veces todos refunfuñamos, nos quejamos de lo idiota que es la gente, de lo estúpida e irritante que es. Pero no te haces una idea hasta que no trabajas de cara al público. Te parece imposible que ciertas personas, por cómo razonan, sean capaces de hacer cosas como limpiarse el culo o pagar el parking.
Estás allí, eres reponedor, nada de lo que haces requiere de ti nada más que tu tiempo, y sin embargo hay personas que te hacen sentir como si estuvieses separando el átomo. No colocas flotadores en estanterías, buscas una vacuna para el cáncer.
Juro que una vez conversé con un tío de unos cincuentas años que hablaba así:
–Zzzz… ozzzzz. Zzzzzzzzzzzi. Azzzzzzzzzzz. ¡ZZZZZZZZZZ!
Tuve que usar mi teléfono de circuito interno para librarme de él.
Para cuando el de seguridad llegó, el tipo ya tenía la cara como un tomate, estaba furioso, me miraba como si fuese culpa mía, que le estaba metiendo la polla en la boca.
Los sábados podías acabar desquiciado. La gente se movía como isobaras en el mapa del tiempo. Sólo te veían si te necesitaban. Si no era así, estorbabas, eras basura suicida de peli indie americana de los noventa.

Las cosas estaban así, además de hacer un calor insoportable. No paraba de escuchar el Reveal de REM. Recuerdo noches de inventario en que volvía a casa a las cuatro de la mañana. Es sorprendente cuántas cosas se pueden contar de lo que no hay nada que contar. Fue el verano más anodino de la historia. No lo salvaba ni el hecho de que yo tuviese poco más de veinte años. El previsible adjetivo adecuado era: Deprimente.
Y encima maté de sed a un montón de plantas.
Se dio cuenta una compañera de cámping. Me había saltado la rutina con la regadera. Debí pensar que quizá las plantas podían pasarlo mal, pero que con un chapuzón de vez en cuando la cosa estaba hecha.
Pasados unos días, se dio cuenta el encargado de la zona. El jefecillo. Lo más deprimente/curioso de ser reponedor, es que incluso el tío que está por encima de ti es el último mono. Hace casi lo mismo que tú, se come más horas, y gana un pelo púbico más de pasta al mes. Te da órdenes, pero muchas veces da la sensación de vivir mucho peor que tú.
Mi jefe se quedó mirando las plantas conmigo al lado. Me habían llamado por megafonía.
Me dijo algo como:
–¿Te has dado cuenta de cómo están las plantas?
Y yo contesté (literal):
–Sí, es una pena.
Como si no fuera conmigo.
Al cabo de un par de semanas, cuando tocaba la renovación del contrato, no hubo tal cosa para mí.
Días después iba en el coche de un amigo, contándole mi experiencia como jardinero, intentando que sonara gracioso. Entonces él, muy serio y compungido, va y me dice que el día anterior había atropellado y matado al perrito de una pareja monísima que estaba paseando. No lo voy a negar, eso me hizo sentir mejor.

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