Treinta formas de esconder los objetos cortantes (22 de 30) – Humanos y tsunamis

A veces me siento excesivamente representativo. ¿Cuál es el origen biológico y antropológico de ciertas actitudes? Sin que nadie me haya preguntado, diré que tenemos serios problemas de conciencia. Hay algo que no casa en el ser humano. No somos capaces de hacer convivir la conciencia y el instinto.
Pasa a varios niveles con el sexo, pero también con la comida.
Sería capaz de comerme una hamburguesa mientras veo un documental sobre explotación animal. No lo he hecho nunca, pero estoy seguro de que podría. Bien pensado, es probable que ya lo haya hecho sin darme cuenta. Te pones un documental y quizá no te percatas de que te estás cenando el terrible motivo de su existencia. Es como ver Viven en un avión. Creo que hacemos ese tipo de cosas muchas más veces de las que creemos. Sentimos toda la pena mientras nos comemos toda la pierna de cordero. Somos verdes ecologistas conduciendo. No me gustan los toros, hasta los repudio en público, y lo paso bomba pareciendo tan moral, mientras me como una parte del bicho después de la corrida. Veraneé en cierto pueblo, podría haber pasado perfectamente. Los últimos años ya no iba a ver el espectáculo, me parecía repugnante, era mi postura moral, política, de ser humano avanzado, no como todos esos catetos. Mojaba pan en el tomate de acompañamiento a la morcilla. Con la boca llena, el jugo por las comisuras. Basta de crueldad. Esperad, ¿ya se ha acabado el jamón?
Sé que hay muchos matices, y que una cosa es comer y otra una corrida de toros. Perfecto. Pero sigo percibiendo un batiburrillo muy extraño de instinto y moral.
Quizá la duda no sea si podemos ser buenos, si no si podemos aceptarnos como somos. Como sea que seamos.
Hay gente que decide que sabe qué es lo correcto. Dado que el ser humano es el único animal consciente de su existencia (incluso sabe que va a morir), se supone que eso debería hacerle tomar ciertas decisiones.
Está perfectamente documentado que sabemos ser omnívoros. Y que sabemos hacerlo muy bien. Se puede discutir sobre qué está mal, pero no que un bistec sabe bien y alimenta. De modo que, a lo largo de la historia, y como ser omnívoro, el ser humano se ha comido todo lo que ha sabido tratar o cocinar. Todo aquello que no fuera venenoso, quitara el hambre y se pudiera cagar, ha servido.
A veces he pensado lo guay que sería ser vegano; siempre he pensado “lo guay” que sería; nunca me he atrevido a pensar que fuese «lo correcto», no más que no serlo.
Otra cosa es que se puede ser omnívoro y aun así ser consciente de la terrible explotación industrial en torno a los animales, con los que la tortura y la humillación no tienen límites.
Eso está mal. Ni tan siquiera cabe discusión.
Donde yo nunca llego a una conclusión que me convenza, es en el asunto de lo que te llevas a la boca. El mundo no es un lugar horrible ni maravilloso, simplemente ES. Animales comen animales. Pese a todo eso, el ser humano se cree el centro; no ya del Universo, pero sí de la fiesta. No sólo cree ser lo más importante, además también cree ser la especie con más capacidad para la bondad (sea lo que sea).
Eso es paradójico de por sí, ya que el ser humano ni tan siquiera es bueno con el ser humano. Y diría que, al margen de ciertas “heroicidades” y martirios, básicamente es egoísta y miedoso. Mira por los suyos, y cuando se estrecha más el círculo, sólo mira por sí mismo.
Cuando en unos lugares se morirían por poder comer carne, en otros se puede elegir no comerla. Eso es más obsceno que una corrida de toros, y también que la industria alimentaria. No sólo eso, además habla con mucha más precisión de la moral del ser humano que cualquier parrillada o batido de color verde.
Esto va de decisiones personales, y todas son respetables. Pero los que dudamos también tenemos derecho a poner interrogantes y comillas por todas partes. Luego cada cual tendrá en su nevera lo que tenga.

Una vez una niña me preguntó por la carne. Me sentí más acorralado que si me hubiese preguntado por Dios. Pensé que ahora comer carne es casi tan poco atractivo como ser religioso. Preferiría que me hubiese preguntado si Dios existe. La niña tenía nueve años y era mi sobrina. Comíamos lomo de cerdo en un garito al lado del mar. Le dije que comer carne está fatal, y me metí teatralmente un gran trozo en la boca.
Eso le hizo reír, así que lo repetí hasta acabar el plato. Mi hermano, siempre hábil con las preguntas complicadas, le dijo:
–Puedes comer o dejar de comer lo que quieras. Lo que no puedes hacer es decirle a los demás qué tienen que comer, ni directa ni indirectamente. ¿Lo entiendes?
Ella replicó algo que no recuerdo, refiriéndose a algún concepto muy amplio, sobre el mundo o los seres humanos. A lo que mi hermano contestó:
–Si ahora llegara un tsunami muy grande, no haría excepciones. Si no llega, luego nos bañamos. Así funciona el mundo.

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