Treinta formas de esconder los objetos cortantes (23 de 30) – Sinsentido y sensibilidad

Vino de la ciudad, decía que era una persona. Según su versión digital, tenía muy afilado su sentido de la sensibilidad. Su opinión era siempre cerrada y moral, y no había nada que fuese discutible. Eras un ente acertado o un ente equivocado. Le dabas la razón o estabas en un error. Para dicha persona el mundo era un lugar fácil demasiado difícil para los demás. Tal y como hablaba, nada te hacía suponer que dudara. No condenaba la duda, pero Dios la librase de practicarla. La duda era, en el mejor de los casos, debilidad; pero casi siempre era otras cosas, cosas que si eras susceptible te colocaban en un bando de criminales.
De una forma u otra, decía que era una persona que merecía un respeto, y miraba a su alrededor con confianza, aunque a veces también con miedo. Si tenía miedo, siempre estaba justificado. Si tenía miedo era un fallo del sistema, o tuyo. La equivocación sólo podía ser ligera o cómica. Vaya, otra vez que llueve y no he sacado el paraguas. Un día me dejaré la cabeza.
Pero en lo importante, esta persona, todo el tiempo con la palabra «feminismo» en la boca y llegada de una gran ciudad, siempre sabía quién merecía morir en las llamas de un infierno ateo.

Como he dicho, vino al pueblo. Sus padres no tenían pueblo. Vino porque su pareja conocía a alguien que conocía a alguien. Conocíamos un poco a esta persona sensible de ciudad porque nos había insultado. Nos había insultado decenas de veces. Nunca de forma presencial, pero siempre de formas muy graves. Los insultos no siempre se le devolvían, y no eran necesariamente producto de un gran desacuerdo. A veces sólo se ponía en duda el hecho de que dicho ser no tuviera absolutamente toda la razón en todo.

Un día su pareja se quedó en cama, un mal resfriado veraniego. Pero ella se unió al grupo por amistades de amistades. Sólo uno o dos integrantes le daban conversación de verdad. El resto sentíamos que nos sentiríamos demasiado hipócritas haciendo acercamientos.

Se nos ocurrió algo. Comenzamos a callejear. Sabíamos que esa tarde se celebraba una matanza. En la versión oficial estábamos paseando. Alguien del grupo se encontró con alguien. Nos detuvimos. A pocos pasos, en cierto rincón, se ejecutaba la matanza. Un cerdo pasado a cuchillo. La sangre se iba por un sumidero callejero. Casi nadie en el grupo había querido ver ninguna matanza jamás. Nos resultaba tan desagradable como a quien más. A su vez, teníamos amigos o familiares –en su mayoría mayores– a los que les gustaba asistir a dicho acto. Les queríamos, aunque no compartiéramos ese gusto por los chillidos terribles del animal. La verdad es que no sabíamos si la persona respetable era vegetariana o vegana. Pero sabíamos que no querría ver aquello. Ni de broma. De modo que de forma no muy sutil, nos acercamos al “show”. Queríamos que la persona lo viera todo, o al menos una parte.
Disfrutamos en silencio cuando tuvo sus primeras arcadas. Y seguimos aguantándonos la risa un poco después, cuando, en una callejuela, vomitaba. Algunos de los ruidos que hacía, no eran tan distintos a los del cerdo.

Lo que tienen los pueblos, es que cada verano puede haber gente nueva. Amistades de amistades. Otro año, al grupo vino a parar otro tipo de persona, muy distinta pero igual de parlanchina y “razonable”. Más habitual –machista, homófoba, etc.– aunque igual de insoportable. Ese verano, en fiestas, decidimos que nuestra peña –en la que había casi paritariamente tanto mujeres como hombres–, todos nos vestiríamos de mujer (quisiera la persona en cuestión o no), y seríamos la Peña Mata-Machirulo.

Esas personas de fuera y su discurso, no nos parecían importantes, ni tampoco muy inteligentes. Quizá muy creídas o ignorantes, poco más que un sinsentido.
Sólo era jugar a ser el “otro bando”; jugar con su idea del mundo. Alguien muy mayor –pero muy sabio y viajado– del pueblo, nos dijo una vez que, lo único que se puede hacer con quien no sabe intercambiar ideas, es intentar divertirse a su costa.

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