Treinta formas de esconder los objetos cortantes (24 de 30) – Pégame

Me enseñaron una foto de Ella con ese tipo. ¿Con ese viejo?, pensé. Luego resultó que tenía mi edad. Pero tenía el pelo canoso, mucho, parecía desmejorado, o eso me gustaba pensar a mí. Quizá estuviera enfermo, terminal. Puede que estuvieran juntos porque él se iba a morir. Quizá ella necesitaba llenar algún hueco de autoestima. O bueno, era una posibilidad remota, pero quizá le quería de verdad. Parecía la clase de tipo embaucador por el método de la verborrea y un calculado descuido físico. Verborreico referencial. Un pijo rebozado de bohemia, como salido de una escuela de Arte. Profe guay. Siempre esa sonrisa para las alumnas.
Incluso en la foto el mamón parece estar pensando en sexo intentando que no lo parezca. Las mejillas hundidas, la caída de los párpados, el pelo agitado. Parece que lleve gafas de sol sin llevar gafas de sol. Tiene cara de tarjeta de crédito, vino caro y comida experimental. Una barbita de días que dice: Nunca sabrás si es pereza o premeditación.
Todo su aspecto es puro despiste consciente. Pero no cuela. Ni tampoco ese rollo en plan Pasé una época haciendo mamadas en el metro a cambio de heroína. Ese aire de misterio que sólo suele ser misterioso para quien intenta tenerlo. Lo que es un misterio es cómo se puede ser tan sinvergüenza. Y no un sinvergüenza simpático, no un sinvergüenza a quien no le importa demasiado que se le note, sino un sinvergüenza que pretende que desprende un halo de tristeza y talento, como si su problema fuese haber nacido doscientos años antes de lo que le tocaba. Como si dijese Yo soy así, pero al menos podría haber estado rodeado de tontos del futuro.
Te lo imaginas comiendo algas de un plato cuadrado minúsculo, y jurándote que le encantan.

Vale que esto no es nuevo, lo de odiar a quien esté con Ella. Es posible que yo no sea un narrador muy fiable, pero eso no significa necesariamente que me equivoque.
Pasó un tiempo, y el tío no se moría. Un día incluso lo conocí en persona. Me suelo equivocar con las personas en base a su aspecto. Eh, tío, le dije, la primera vez que vi una foto tuya, pensaba que estabas enfermo.
Había bebido, no mucho, pero no bebo, y bastó con eso. Un par de tragos. Salimos un grupito, parejas y solteros. Actuábamos según el preceptivo conceptual llamado: Veranito, yendo de terraza en terraza y bebiendo mojitos. Él no supo cómo reaccionar a mi confesión. Bebía zumos. Encajaba bastante en mis prejuicios. No era artístico (sólo usaba eso como carcasa), había estudiado no sé qué que sonaba a cortarse con folios y pelearse con impresoras, se había sacado un máster en lo que fuere. Tenía una descripción profesional larga, algo que sonaba a empresa que gestiona a otra empresa que su vez mueve el dinero de aquí para allá y refuerza la sensación de que los lunes han de ser necesariamente motivo de sobras para jugar a la ruleta rusa. Pero no era un empleadillo. No supe prejuzgar si era un enchufado. En determinado momento pensé para mí mismo que debía tener la polla pequeña, y me entró un ataque de risa borracho que causó preguntas incómodas.
Luego, tras una par de tragos más, dije: ¿Sabes por qué me reía antes?, porque he pensado en tu micro-pene. ¿Tienes micro-pene?
A veces no hay nada más relajante que decir la clase de cosas que no se dicen entre adultos que además alimentan esa pose. Ser lo que ellos llaman «inmaduro». Actuar sin pensar que eso que haces te molestaría si te lo hicieran.
Pero hay cierta honorabilidad en hacerlo a distancia de puñetazo.
Todos sabían lo que estaba pasando, que había habido una historia entre Ella y yo, y que yo ahora desplegaba la autohumillación. Lo efectivo de la autohumillación a veces, es que jode igual a los demás. Algo que también me gusta de actuar como un cretino, es que, por una vez, la gente que rajará a tus espaldas, lo hará con razón. Es decir, lo pasarán bien haciéndolo, como siempre, pero al menos antes habrán tenido que pagar un peaje de incomodidad.

La cosa se calmó, o yo me calmé. Al menos durante un rato. Lo que de verdad quería era que me pegara. A ser posible que me hiciera daño, algo como la nariz rota, media cara morada… Era lo que me apetecía. Ella me echaba miradas asesinas. Era difícil que se desatase una discusión, quizá era verdad lo del micro-pene, quizá eso le descolocó. Cuando yo desvariaba, todos cambiaban de tema. El tipo tenía aguante, estaba acostumbrado a recibir, era buen encajador, sabía relajar el ano y tenía las rodillas curtidas. No por nada había sido un estudiante de sobresalientes, y ahora curraba en un edificio de cristal equivalente para la mente humana a un matadero para el cuerpo cerdo.
Se encabronaba un poco, claro, pero yo necesitaría mucho más para que reaccionara. Para que me insultara, al menos. Tampoco debía estar acostumbrado a replicar; era de los que usan a menudo la expresión «palabras malsonantes».
Más tarde realicé otros intentos. Hacía comentarios sexuales, volví a aludir a su pene microscópico. Hacía los chistes más burdos que se me ocurrían. De algún modo, conseguí resultar misógino para con un hombre. Hasta dije algo sobre las facilidades de probar el sexo anal cuando casi no hay nada que meter.
Jamás había sido tan y tan gilipollas. Normalmente soy un tío bastante tranquilo. Quizá es que en el fondo no es así.

Seguro que está sonando peor de lo que fue. Sí que largaba todas esas memeces, pero a veces murmuraba, contemporizaba, no hacía monólogos. Si quieres lograr que un tío así se ponga violento, no basta con ser un cabrón. Has de ser un cabrón con estilo. Hacer daño puede requerir de tanta elaboración e insistencia como cuidar a alguien.
La verdad es que me sorprendí a mí mismo. No sabía que tuviese un talento natural para ser un hijo de puta. Tampoco había conocido a tantos de los que aprender a lo largo de mi vida. O sí, pero eran los típicos mezquinos que no sabían a ningún nivel que lo eran. Profesores, ciertos adultos o críos que hacían bullying…
Unos pensaban que te ayudaban, y otros sólo querían divertirse.
Se puede decir que fui un soplapollas autodidacta.

Al final de la noche, fui arremetiendo contra él de forma cada vez más insistente. Dejé de contemporizar. Empalmaba unos insultos con otros. Me empujaban para que me fuera a mi casa, me gritaban, pero no él. Su polla no era tal, estaba metida para dentro, le dije, era una vagina masculina. Una vagina masculina llena de pelos por dentro. No apta para ninguna preferencia sexual. Algo que asquearía a la facción más liberal y activista del desfile del Orgullo. Se acuñaría una nueva fobia sólo para él. La única que todo el mundo apoyaría. Qué asco, ¿no? No puedes meter una cuchilla ahí para depilar. No tiene solución. Sólo das asco. Asco a los hetero, asco a los gays, a los bi, a los trans. La bandera multicolor vomita ovillos de color negro cuando te ve.
Antipolla. Antisexo. Antihumano. El ser que los nazis echarían del campo de concentración por tener asco de él hasta para matarle.
Y otras lindezas.

No sé cómo fue. Pero todo se volvió contra mí.
El tipo, mientras caminábamos por la calle, se sentó en un rincón empapado de meados, y se puso a llorar.
¿En serio…?
Era lo único que no quería que pasara, y sólo me di cuenta cuando pasó.
¿Es que se moría de verdad?
¿Tan pequeña la tenía?
¿Qué estaba pasando?
¿Estaba fingiendo?
¿El muy cabrón estaba… fingiendo?
El muy…
Entonces supe lo que estaba sucediendo. Lo vi en sus ojos, al fondo. Estaba jugando a mi juego. Hizo su primer movimiento. Quería que yo le pegara a él. Quería que le hiciera daño físico. Marcas. Más allá de cuatro encontronazos infantiles, jamás le había pegado a nadie en mi vida. Pero esta vez tenía ganas, auténticas ganas.
No podía dejar que me venciera.
Le dije a Ella: ¿No ves lo que está haciendo? ¿¿No lo ves??
Nadie me creía.
Me ganaba terreno. Le había hecho casi todo el trabajo.
Una inteligencia fría infectada de aguante. Parecía tener la resistencia de un alumno ejemplar y la maldad de un skinhead. Dios mío, pensé, es más fuerte que yo. Cuando nadie le miraba, él me miraba, hasta llegó a sonreír.
Me estaba humillando.
Los tenía a todos en el bolsillo. Sus lágrimas de cocodrilo eran auténticas para todos. Di dos pasos hacia atrás, con la cara contraída de horror. Era el Joker y yo estaba a años luz de ser Batman. Me alejé a paso ligero, mientras todos me insultaban. Todos menos Ella.
Me aferré a eso.
Esto sólo es la primera batalla, pensé. Esto no quedará así, pensé. Sentí que el Diablo me había mirado a los ojos. Sentí que la vida se volvía cómic.

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