Treinta formas de esconder los objetos cortantes (26 de 30) – Impulso a trozos

Me entero de que cierta pianista viene a la ciudad. Dará un recital en uno de esos teatros históricos. Entrada cara. No me apetece decírselo a nadie. No conozco a nadie a quien que le interese de verdad la música clásica. Puede que tuvieran cierta curiosidad por el espectáculo, pero siento que es algo que tengo que hacer solo.
Hacer el qué.
Lo cierto es que yo tampoco soy un entendido en música clásica. Quien me interesa es ella. Me interesa más ella que lo que hace con su piano.

Así que voy y compro la entrada anticipada. De todas formas ese riñón no me hacía falta. Me convenzo a mí mismo.

A medida que se acerca el día del concierto, me pregunto cuáles son mis intenciones al ir. Tengo fantasías imposibles, y algunas otras más factibles. De todas formas creo que he elegido hacer algo por los motivos equivocados.
Es como ir a la playa porque tienes ganas de beber agua.

El día antes intento informarme de cómo llegar al teatro, el recinto pijo o lo que demonios sea. Paso un rato desagradable ante el ordenador. Me pregunto cómo funciona la mente de la gente que disfruta planificando. Hay gente auténticamente enferma ahí fuera.

Al día siguiente, cuando voy de camino, aún tengo serias dudas de saber llegar a ese lugar.
Cuando por fin estoy en la calle indicada, frente a la fachada del teatro, tengo dos horas muertas por delante. A veces necesito tomar este tipo de precauciones.
Me siento en una terraza cercana. Pido café una y otra vez.

Cosas y fantasías. Secuestrarla y provocarle un síndrome de Estocolmo que compense mi síndrome se Stendhal. O algo más sencillo, como ver dónde va después del concierto y acosarla; la táctica masculina de toda la vida. Controlar el rollo territorial. No sé qué recovecos tendrá el teatro. Siempre he imaginado algún tipo de sala de fiestas elegante adjunta. Un lugar en el que poder entrar o colarme, en el que poder verla, mirarla, primero de lejos, luego un poco mejor.
Siempre me preocupa ese acercamiento. La forma más fácil de abordarla es ir como fan; la cara encendida, el móvil en la mano, una felicitación rápida, ¿te importa una foto? Olerla un momento, llevarte, con suerte, una sonrisa, un poco de escote, puede que un roce; quizá hasta se deje rodear con el brazo. Pero como toda opción fácil, es la que más lejos te deja de cualquier caramelo. El fan es automáticamente descartado; no sabe controlarse, y eso en el mejor de los casos; también puede ser un salido o un psicópata; la forma inteligente de tratar con él, es sonreír un momento, posar otro momento, un pellizco de amabilidad, un poco de sal, y dejar que el instante se cueza en su mente mientras se va otra vez lejos de ti, en favor de tu seguridad.

Lo ideal casi sería fingir no conocerla. ¿En serio eres pianista? Vaya… Esa clase de conversación casual. Que ella no sintiera que otro tío quiere sacarle la sangre de algún modo. Que viera que se interesan por ella como mujer. Y no como alguna clase de elitista celebridad, o como la mejor pianista del mundo. Sólo una mujer.
Hoy eso no podrá ser.
Lo ideal sería no parecer ni un fan ni un desconocido ajeno. Ahí radica la dificultad.

Veo todo el concierto extasiado. Vale cada mal rato planeándolo pasado ante el ordenador. Es una ola de estímulos. Todo lo que suena, y todo lo que se ve, claro. El vestido negro de cuerpo entero y tirantes no deja lugar a la imaginación (que le den a la imaginación); es ajustado, una segunda piel brillante, y regala un gran escote. La abertura de la falda es el Gran Cañón de las promesas guarras.
Toda ella brilla como un año entero de amaneceres y atardeceres, sobre todo atardeceres.
Estoy tenso en mi butaca. Tengo que decidir qué hacer luego si consigo tenerla delante y captar su atención. La idea de actuar como mero fan –por aburrida que suene– se impone. Puede que no uno de los histéricos, pero sí uno de los que quiere su lote de foto, sonrisa y roce.

Aplaudimos de pie unos cinco minutos al acabar el concierto. Me viene una localización a la mente. El vestíbulo. Hay una posibilidad en el vestíbulo. Estoy bastante seguro de haber visto revuelo antes del concierto ahí. Es posible que ella entrara por ahí. Quizá también salga por ahí.
Bajamos unas grandes y suntuosas escaleras. Me quedo por allí, titubeando, despistado. Tiene que parecer que espero a alguien. Lo cual no es mentira. Cada cual se pone el listón donde le da la gana.

Como a veces pasa con las cosas que de verdad te importan, todo pasa muy rápido. Ella baja con una comitiva, pero no salen. Se abren dos grandes portones. Entran a otra sala.
Es justo como yo imaginaba el campo de juego ideal.
Lo cual me pone nervioso, me ataca. Me siento obligado a actuar, a hacer algo.
Creo que en el recinto se da por hecho que todo el mundo aquí es del mundillo. Se da por hecho que todos podemos permitirnos un recital de este tipo todas las semanas.
Es por esto por lo que he pagado.
Ella es un estrella, pero no es una estrella del pop. Es otra clase de estrella, la clase de astro rutilante que difícilmente se valora. Para la mayoría de gente la música sirve para sudar o ligar. Aquí la música tiene entidad propia. Eso no se suele tener en cuenta, por lo que los portones se quedan abiertos.
¿Querrá un copa el caballero?
Tendríais que ver cómo voy vestido.

Notting Hill es el cuento de hadas definitivo. No haré el chiste con que es ciencia-ficción. Pero sí es el cuento de hadas definitivo. Eres un tipo bien parecido, aún joven, tienes una librería en Notting Hill. Y un día entra en ella la mujer-celebridad-fantasía-definitiva que más te impresiona. Y os liáis…
Hace que todas las demás películas se parezcan un poco a La lista de Schindler. Un amigo mío tiene la rebuscada teoría de que La lista de Schindler es la peli que aúna todas las pelis. Y yo siempre le digo: no; Notting Hill. Además, si te fijas, incluso con los cuentos de hadas de toda la vida puedes hacer una lectura retorcida. Pero no puedes hacerlo con Notting Hill, aunque a ratos pretenda ser naturalista y salpicar pequeños dramas. No cuela. Notting Hill es el cuento de hadas definitivo.

Esto es lo contrario a Notting Hill. Soy yo mezclado entre la purria (esta vez purria con pasta), y practicando el “si la montaña no viene a Mahoma”. La jodienda de siempre; la dinámica que muchos quieren llamar Vida, para no sentir que la están desperdiciando. La magia no existe, y otros tópicos.
Hace corrillo con algunas personas. Camareros pasean con bandejas, champán. Entonces pasa algo que me parece escandaloso. Ella se separa del grupo y se encamina sola hacia una mesa con canapés.
He visto cómo algunas personas se han acercado antes a saludarla. Todo muy breve. Pero ahora no está con NADIE. Ni amigos ni admiradores, ni babosos ni pretenciosos musicales.
No sé, quizá me haya colado sin saberlo.
La presión y el miedo (a perder la oportunidad) parecen empujarme en su dirección. Camino a duras penas, tengo un holocausto en cada rodilla. La librería de Notting Hill en mi cabeza. Indiana Jones en mi estómago (la escena del puente).

Se vuelve hacia mí y sonríe. Es el piloto automático de la amabilidad. Se siente obligada a ser cortés o hasta encantadora hasta que acabe la noche.
Como no tengo ni idea de qué decirle, hago algo que en realidad nunca planeo, y que a veces me pasa.
Se lo digo TODO. Me sincero. La felicito, obviamente, pero también le hablo de mí sentado ante el ordenador ordenando entradas anticipadas, y de que he venido solo, y que quería verla, y que me gusta la música clásica pero aún me cuesta… TODO. O al menos casi todo.
Algo hace que me escuche carente de esa actitud de quien sólo está esperando a que te calles. Tengo el Infierno de Dante en el bajo vientre. Ella está decidiendo qué soy, si soy un baboso, un salido, un perdedor o alguien a quien conocer.
La cosa se asienta cuando, mientras ya hablamos como si fuéramos conocidos, otras personas se hacen fotos con ella, y luego ella vuelve a atenderme a mí.

Luego, en la calle, ya solo, me enciendo un cigarrillo con las manos temblorosas. Sujeto mi móvil. Ella me ha preguntado el nombre. Quizá iba algo borracha. Quizá sólo formaba parte de su ritual de cortesía. Veo la notificación de Twitter.
Mientras vuelvo a casa, entro en pánico ante la idea de que me mande algún mensaje. Mi carroza se convierte en calabaza. No va a pasar nada, me digo. No Va A Pasar Nada.

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