Treinta formas de esconder los objetos cortantes (27 de 30) – La sensación positiva

Cuando pienso en ello ahora, no carece de cierto encanto. No sé por qué. Vivir no fue encantador en aquella época. La época FP (así pienso en ello) no era tan distinta a la época ESO, ni a la época EGB. Sucedió todo en las mismas instalaciones, aunque en distintas zonas. La etapa Salesianos. Pasar cerca de ese lugar, ahora que tengo más de treinta años, me hace sentir bien. No sé con qué tiene que ver. Fui un estudiante horripilante. No me harté precisamente de halagos y coños. Fueron años de esperar viernes, catear y esperar vacaciones. Sí hice algunos amigos (a los que no he vuelto a ver), pero la sensación positiva actual no encaja con la vivencia.
Cuando paso al lado del edificio todo son buenas vibraciones. Ese lugar en el que rezaba para que los días pasasen.
No es como echarlo de menos, porque no quisiera volver a aquella rutina, pero al acercarme a aquellos patios y aulas, me posee algún fantasma de la benevolencia.

Tenía un profesor en FP. Era una especie de hortera de unos treinta y muchos. Una gran barriga, siempre bronceado, siempre somnoliento. Quejumbroso. Era un reflejo perfecto de lo que sentías en un aula a las ocho de la mañana. Contra tu voluntad, por supuesto. No sé ahora, pero FP en aquellos años era el lugar en el que aparcar los culos de los estudiantes menos estudiantes. Yo sólo con pensar en la universidad me daba la risa.
Así que no habías elegido, sino que no había otra opción. Generalmente, mientras creces, nunca tienes la sensación de que haya opciones. O los raíles preparados o la soga.
Este tío llegaba a clase, nos daba Electrónica general o algo por el estilo. E intentaba bromear. Decía siempre aquello de “A esta hora aún no soy persona”. En esas horas en las clases sólo había balbuceos y asentimientos mecánicos, no había un solo cerebro en marcha. Algo como la motivación era tan real como volar o mover objetos con la mente. La motivación era una puñetera Historia. Había que centrarse en el esfuerzo.
A esta hora aún no soy persona.
Pues imagínate nosotros.

Pero persiste la sensación positiva. Es sin duda algún truco del cerebro. Es haber pasado unos veinte años madrugando para fingir que hacías caso a tíos como el de Electrónica general, y que ahora la mente te diga: Qué guay fue aquello, ¿no? Y tú estés en esencia de acuerdo.
Pero no, oiga, no fue así. Hay Pruebas de que no fue así. Para empezar los jodidos cadáveres son una prueba de narices. Yo el primero. Me costó años despertar de alguna forma de aquel puto letargo. Era poco más que imbécil. Lo era yo y lo eran mis compañeros de sobresalientes. Aquello no fue encantador, fue una escabechina. El colegio era el colegio, y en casa te tenías que sentir culpable porque te mantenían. “Esto no es un hotel para que entres y salgas cuando quieras”, y otros grandes éxitos de la paternidad rancia.
Quizá los adultos reaccionen así por esa sensación positiva al pensar en ellos mismos y su pasado escolar. Es como un colocón no elegido. Algo que te convence de que, aunque tu juventud fuera más bien mediocre, en el fondo fue la repera.
Tampoco siento que fuera la repera por contraste con la edad adulta. En la edad adulta la gente parece ser más infantil en cierto modo. Alimentan un miedo concreto, y el mismo parece asociado a la idea de que no van a morir.
Y joder sin van a morir…
Pero no, el adulto va por ahí con el ceño fruncido, dando cada paso en la dirección que le digan, como si el tiempo no se terminara.
Sin un café no soy persona.
No sólo hay optimistas idiotas. También hay realistas idiotas.

Lo único que sé, es que aún no he descifrado el misterio de la sensación positiva, y de vez en cuando paso cerca de mi colegio. Esnifo el aire y atravieso paredes y puertas con la mirada. Me empapo. Saco un cigarrillo, me mantiene en el presente. Veo a los críos de ahora. Les digo sin hablar: Cuidado, todo ese rollo de las mochilas, las pizarras y la hora del patio, es una mierda muy perniciosa. El sol por la tarde hace que todo parezca puro y maravilloso en el mundo.
Por suerte ahora se me da mejor volar y mover objetos con la mente.

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3 comentarios en “Treinta formas de esconder los objetos cortantes (27 de 30) – La sensación positiva

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