Treinta formas de esconder los objetos cortantes (28 de 30) – Esto también cuenta

Es una vieja filosofía adulta: dejar claro qué es la vida y qué no. Aunque es bien sabido que abunda el optimismo barato, los lemas, las simplificaciones. El golpecito banal en el hombro. Hace falta un optimismo de más categoría. Eso resulta bastante indiscutible.
Incluso se hace mucho dinero con eso. La autoayuda es sin duda la sección más sórdida de cualquier librería. Benito Taibo una vez dijo que todos los libros ayudan menos los de autoayuda.
La gente que dice que sólo se trata de tener un pensamiento positivo, o bien se intentan convencer a sí mismos, o bien te quieren robar.
Hay personas que gastan mucho dinero a cambio de que les digan que ser feliz depende sólo de una sencilla elección. Yo estoy más con Bill Hicks. No se trata de lo sencillo o difícil que es vivir. La elección es entre el amor y el miedo.
El ser humano medio está cagado. Y muchos lo racionalizan. Aunque obviamente no hablen jamás del miedo. Hablan del sacrificio, del esfuerzo, de descartar, de la honorabilidad, de ser razonable y abandonar ideas propias en favor de las comunes.

Mi generación ha crecido bañada en la culpa. Y ni siquiera somos muy creyentes; no somos religiosos. No pensamos que vayamos a ir al cielo. Pero hemos aprendido a sentirnos culpables con facilidad. Pequeñas raciones de culpa por doquier. La culpa, según dictan aún los principios del sentido común adulto predominante, está directamente asociada al placer.
Seguimos siendo así. Esa sigue siendo nuestra esencia.
Si estás haciendo algo que no quieres hacer, si lo haces durante horas, días, años. Si lo haces sacrificando lo que de verdad te gustaría hacer. Si, en definitiva, los malos ratos superan con creces a los buenos, es muy raro que nadie te diga que estás en el mal camino, o que estás desperdiciando el tiempo de tu vida.
Cuando llegan las acusaciones y los problemas, es cuando disfrutas. De hecho, si disfrutas y luego te pasa algo malo, es que debes haberte pasado disfrutando. Si estás encendido, inspirado, si te diviertes, si el tiempo se te pasa volando, si sientes que te expandes y creces, y que vivir merece la pena, alguien vendrá pronto a decirte que eso no cuenta. Eso no es la vida.
La vida de verdad es cuando estás «dando el callo». A ser posible para beneficio ajeno.
Mamas eso durante toda tu educación. Aprendes a disfrutar casi a escondidas. Si no es la hora oficial semanal para disfrutar, la has cagado. Estás comprando tu boleto para el infierno de los ateos.
Reírse así no cuenta. Así no son las cosas. Lo lógico, lo que te hace persona, lo que te hace digno y respetable, es sufrir.
Disfrutar forma parte sobre todo de una mentira. Disfrutar es una ficción. No estéis demasiado contentos, no cojáis ese desvío, no investiguéis, no traméis nada. No queráis hacer nada por vuestra cuenta.
Es el nuevo “si te masturbas te quedarás ciego”. Una versión mejorada, deluxe, más elaborada y mucho más efectiva.
Amiguitos, lo que tenéis que hacer es fichar por las mañanas.

Una vez estaba sentado en el banco de un parque. Había un niño cavando un agujero, revolcándose, riéndose con otro. Sus padres estaban en un banco cercano. Parecían querer pegarse un tiro. Su hijo estaba feliz, jugaba con otro crío, quizá un primito. Y los padres tenían más jeta que cara, esa jeta de quien ha acumulado toda la dignidad oficial que mandan los cánones. Agotados de seguir las normas, de ser ejemplares, de acumular horas; de aferrarse al sábado para aguantar un poco más. Jetas como Dios manda. Padres aún jóvenes, ateos creyentes.
En determinado momento, los jetas responsables deciden que hay que irse a casa. El padre coge al crío por el brazo. El crío quiere quedarse un rato más.
Se produce una de esas escenas de lloros y rectitud adulta de mierda. Quien te quiere te hará llorar.
Y el tipo comienza a meterle un discurso al niño, como si el niño tuviera mucha más edad. Y le dice que no puede estar todo el día «ganduleando». Suelta todas las máximas inamovibles que ya le escuchó nuestra generación a sus padres. El estancamiento es inquietantemente típico en las familias nucleares. El no dar un paso más. El repetir los mismos errores de base una y otra vez. Repetir los patrones. Hacer con tus hijos la clase de cosas inútiles e irritantes que tus padres hacían contigo.
En algún momento, el padre dijo: «Esto no cuenta. La vida no es esto». Aludió a algo sobre los deberes. Pero hablaba en términos amplios. Pasarlo bien sólo era el pequeño descanso de lo realmente importante: Pasarlo mal.
Quise levantarme y meterle un rollo a ese tío. Agarrarle por la camisa y decirle: ESTO TAMBIÉN CUENTA. Esto TAMBIÉN ES VIVIR. La vida TAMBIÉN ES ESTO. Ese niño no merece ser como tú, NO LE HA HECHO NADA A NADIE.
No lo hice. Tenía miedo a su reacción. Pero hay algo peor; pensé que si yo tuviera un hijo, quizá cediera fácilmente a la presión.
Fíjate, hijo mío. Eso que hay en la mesilla es una Biblia. Tú no hagas caso. Pero haz todo lo que diga.

FIESTAS DE LOS ARCOS.

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2 comentarios en “Treinta formas de esconder los objetos cortantes (28 de 30) – Esto también cuenta

  1. Quan jo vaig dir a la feina que era feliç de fer-la, va ser automàticament quan van començar a canviar-me-la. A dir-me que havia de sortir de la meva zona de confort, com si, a part de fer-me feliç, no fos prou dura. A fer el “más difícil todavía”, fins que vaig agafar la baixa per quatre mesos, perquè tinc una malaltia amb la qual només treballen amb regularitat el 10% dels que la tenen. M’ha fet pensar, la teva entrada.

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