Treinta formas de esconder los objetos cortantes (29 de 30) – Piscina ajena

Había visto hacerlo en muchas películas veraniegas. Lo asociaba a tener una juventud sana, el momento de «cometer locuras». Así que se puede decir que fue idea mía.
Sábado de madrugada. Salimos de cierto garito y vagabundeamos por cierto barrio. La zona residencial denominador común, todo jardines y piscinas privadas. Había hasta nomos de cerámica. La felicidad en la tierra de la gente con pasta. Lo que se supone que has de hacer con determinado nivel de ingresos.
No dudamos mucho. Cuando vimos un área privada que nos gustaba, comenzamos a escalar una valla.
Qué diversión eso de hacer algo prohibido pero inofensivo. ¿Qué podía pasar?
La idea era simple. Pegarnos un baño. Hasta existía la posibilidad de que los dueños estuviesen de vacaciones. Podía saltar la alarma de turno, pero tendríamos tiempo de sobras para largarnos pitando. Largarnos riendo y soñando. Viviendo el relamido pero factible sueño de la juventud.

Luego ella consiguió saltar de vuelta. A mí me pillaron. Dos tíos me arrastraron por todo el césped. Se había activado algún sensor de movimiento, se encendió una luz cegadora, y la alarma comenzó a bramar.
Todo el mundo se despertó. La casa era mucho más grande –y estaba mucho más habitada– de lo que pensábamos.
Un riesgo del allanamiento de morada, y sobre todo con tanto lujo de por medio, es que la casa puede ser de un mafioso. Un narco. El cartel local.
Me metieron en el vestíbulo chocando mi cabeza con cada saliente. Recuerdo el miedo, pero sobre todo una nebulosa. El alcohol. Pensé que acabaría vomitando en alguna obra de arte.
Me sentaron en una silla y me maniataron.
El patriarca no confiaba en la policía. Eso dijo. De verdad parecía que si le preguntaras, contestaría “importación y exportación”. Su mujer unos treinta años más joven (de mi edad) lo observaba todo desde un rincón, quitándose legañas.
El tío parecía auténticamente furioso. Su primera pregunta (lo juro), fue:
–Quién te envía.
Le dije que no era nadie, que sólo tonteaba con una amiga, que nos colamos para bañarnos en la piscina.
–¿Una amiga, hijo de puta?
Por algún motivo comenzó a insultarla a ella. Hay tíos que no dejan pasar una oportunidad de sacar a pasear la misoginia. La mujer en sí es una banalidad, un entretenimiento, sólo la clase de historia que te hace perder el norte. Esa zorra. ¿Una zorra, eh?
Pero no me creía.
–Quién te envía.
Lo que él creía, obviamente, es que quería habérmelo cargado. Me cachearon. Lo más peligroso que llevaba encima era las llaves; puede que mi carnet añejo del videoclub, plastificado.
–Cada vez son más jóvenes.
Cuando el alcohol ya no me hacía efecto, comencé a acojonarme de verdad. Otro tío, el Tom Hagen de turno, comenzó a hacer llamadas.
–Una amiga, dice el cabrón.
Pensé que no tenía ninguna posibilidad.
Le dije que tenía coartada, de qué discoteca venía, a qué universidad iba, quiénes eran mis amigos, mi familia.
–¿Te crees que soy idiota?
Supongo que los matones preparan las coartadas, y supongo que son mucho más elaboradas que tú madre diciendo por teléfono lo bueno que eres.
Me preguntaron si había alguien más. Le dije que sólo había venido con mi amiga, pero que se había ido corriendo.
–Así que el chochito fantasma se ha ido corriendo…
Algo empezaba a no cuadrarles. Les faltaba algún ingrediente. Parecía que sus defensas comenzaban a dudar.
–Oye –le dije (pensé que no era mala idea tutearle)–, sólo estaba de fiesta, estaba con una chica, con un zorrita… Intentaba echar un polvo. Beneficiármela. Esa puta es dura de roer. Sólo quería impresionarla.
Intenté hablar en su idioma, pero en realidad sólo imitaba lo que había oído en películas. Otra vez.
El tío ya dudaba visiblemente.
–Chaval. O dices la verdad o eres un gilipollas de primera categoría…
Juro que digo la verdad. Gimoteo. Llevo semanas trabajándome a esa puta, murmuro, y mira cómo he acabado. Joder.
El capo le habló al oído a ese Tom Hagen.
Éste me cruzó la cara. Hasta se parecía a Robert Duvall.
Notaba la sangre en la boca. Creo que no sabían qué pensar, así que estaban tirando de piloto automático. Comenzaron a hurgar en mi móvil. Les canté el pin, les dije que miraran lo que quisieran.
Les lloré clemencia. Escupí dos dientes.

Recordé un vídeo terrible y supuestamente real que me pasaron una vez. Dos tíos sentados con la mirada vacía. Detrás, una pared gris, cemento. Ni tan siquiera estaban atados. Imaginabas un cañón fuera de plano sin dudar, apuntándoles. Calidad VHS. Una sierra eléctrica entraba en escena. Alguien muy corpulento la ponía en marcha al segundo intento. Los tíos no gesticulaban ni hacían muecas. Eso lo hacía todo más terrorífico. Habían aceptado su destino, su sino sucio y macabro. Comenzaron a cortar el cuello de uno de ellos; sus ojos se ponían en blanco, la lengua quería escaparse de la boca. La sangre salpicaba (bañaba) al tío de al lado, que seguía sin inmutarse. Se suponía que era un ajuste de cuentas por drogas. Algún patio interior en alguna casa de México DF. O eso se decía. La angustia casi me hizo vomitar.

Me hablaban y ya no escuchaba. Me volvieron a atizar y perdí el conocimiento.
Desperté en el suelo junto al portal de mi bloque de pisos. Mis cosas sobre mi pecho, las llaves, la cartera, el móvil. Incluso los cigarrillos.
Estaba amaneciendo. Primero lloré y luego reí.
Me habían descartado.
Ya fuera por la dosis de realidad extrema o por mi estado lamentable, pensé que estaba enamorado de ella.

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