Treinta formas de esconder los objetos cortantes (30 de 30) – Carta de un machista

No sé cuál fue el origen de todo este asunto. Hay quienes tienen sus teorías cerradas. Hay mucho odio, mucho asco, mucha rabia. Todo justificado en esencia.
Mi generación tampoco supo verlo. Crecimos sentados a comer, o en el sillón, o tirados en la cama. Alguien venía y recogía la mesa, lavaba los platos, nos lo traía todo al trono del varón. Alguien nos hacía la cama, nos lavaba la ropa, y vuelta a empezar. Cocinar, limpiar, servir. Un largo etcétera de tareas culturalmente asignadas.
Siempre era la misma persona. Y siempre era una mujer.
Papá trabajaba, o no, pero siempre tenía una identidad, era Alguien. Mamá se movía según le dictaba su propio sexo condicionado.
Fuimos estúpidos, no supimos verlo. Ni siquiera sospechábamos que había algo, algo enorme, masculino y hetero, algo que no encajaba. No cedíamos.
Era la versión oficial, la dinámica predominante. No veíamos por qué no dejarnos llevar por esa corriente.
Eramos conscientes y no lo eramos. Sacábamos partido. Las niñas, las mujeres, nuestras hermanas, sólo eran una extensión de nuestro ego. Estaban siempre presentes y a la vez siempre ausentes, atentas a cualquier desbarajuste que arreglar. No tenían derecho a quejarse, no podían perder los nervios, tenían prohibido desbarrar. Sólo nosotros teníamos derecho a todo eso. Ellas eran delicadas, no podían ser unas histéricas. Nosotros, sin embargo, podíamos cabrearnos, irritarnos, quejarnos, pegarlas, violarlas, y también matarlas.
Nadie se alarmaba. Eran asuntos domésticos.
Era natural.
Cosas de familia.
Al hombre se le podía ir la mano.
La mujer tenía que entenderlo.
Fuimos ignorantes y estúpidos, porque, como en casi todo lo demás, dimos por hecho que el mundo ya estaba construido cuando llegamos a él. Acabado. Hacía mucho tiempo que se habían asignado los roles y las tareas. Si mamá siempre era la que estaba de pie, era porque era su deber. Si necesitaba ayuda, estaban las niñas de la casa, que ya tenían que empezar a aprender cuál era su futuro.
Nosotros teníamos la nariz metida en la tele, en los videojuegos, jugábamos a meternos la cabeza por el culo. Estábamos en nuestra casa, y la casa era nuestra.
Mamá cocinaba follaba reía se maquillaba.
Un bombón. Esta mujer tarda horas en salir del lavabo.
Fuimos machistas, años y años de machismo. Todos de acuerdo, diciendo chorradas, proyectando mal gusto, cerebros del tamaño de una nuez, gritos roncos, abrazos ruidosos. Gilipollas, sosos, violentos, atontados.
Algunos ahora lo saben, otros se siguen comportando «como un hombre». Puede que sea difícil aprender a cambiar, pero no es difícil recordar lo que fuimos, lo que aún somos. Podríamos haber madrugado un día, y en lugar de ir a nuestros machos trabajos, reunirnos y caminar hacia el amanecer. Todos agarrados de la mano, haciendo chistes de maricones, hasta llegar a algún gran desierto, donde algún chef moderno nos cortara la polla y la guisara para Afrodita.

El-rol-de-una-madre-10

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5 comentarios en “Treinta formas de esconder los objetos cortantes (30 de 30) – Carta de un machista

  1. Jo amb el meu avi és com he viscut més el masclisme. Tothom em diu que era d’una altra època, que ja se sap. Em deia constantment: “nena, porta’m tal cosa”. Jo li contestava que em dic Helena. Ell mai em deia pel meu nom. Li portava tretze coses per ell sol a cada àpat. Li posava la insulina. Anava a passejar amb ell dos cops cada dia (portava crosses). Durant set anys. Deia, perquè veia que no l’estimava, que era com una madrastra per a ell. No hauria de parlar malament d’ell, però no puc.

  2. Me gustaría saber si tienes algún libro publicado en alguna parte, aunque sea en Amazon, esté o no en papel. Tenía un blog hace algún lustro y te seguía entonces. Se llamaba Hanksiolitico. Veo que has mejorado.
    En fin, ya dirás.

  3. Una vez comentaste en mi blog, dijiste que estaba por encima de la media. Nunca más volví a escribir ( lo del papel en blanco y esas cosas). El hecho es que sigo esperando ese libro tuyo, el que sea, seguro sería bueno. Eres un gran escritor, ya sabes, con estilo propio, de aquellos que no abundan en las librerías y de los que quizá los editores tienen miedo.

    Saludos

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