Pescar en el hielo

A lo lejos ve parpadear dos luces, una junto a la otra, blancas, quizá alumbrado eléctrico. Hay otra junto a ellas, una más pequeña, naranja. Un tanto alejada de las tres, hay otra de ese mismo tono anaranjado, algo más grande que la anterior. Separada de todas ellas, y más elevada, hay una más, la más grande y brillante. El horizonte a las cuatro de la mañana, lo que se ve por la ventana. Siempre se queda mirando esas luces, absorto. El resto del paisaje es aburrido. El ordenador arranca, el correo, un vistazo a las redes sociales, la gente subiendo fotos de fiesta. El momento adecuado. Se ducha, se adecenta, prepara la mentira. Su favorita. La mentira es el hábitat natural habitual para la supervivencia humana; cuando él nació las reglas ya estaban decididas. El suicidio quizá sea en cierto modo el mayor acto de bondad adulto. Por suerte, en ciertos círculos se considera cobarde o poco inteligente. La mayoría simplemente evitan el tema. No es cuestión de darle mala fama a la vida; al popular sacrificio gradual de la misma. Toda esa dignidad, como la llaman. La mentira; hay que trampear, disfrazar, distorsionar, regurgitar, barnizar o asesinar. Lo que haga falta. Lo único que cuenta es que el discurso siga en pie, la narrativa.
Cada cual su historia, pero siempre dentro de los mismos parámetros.
No brilla especialmente ante el espejo. Simplemente es limpio, decidido, un Buen Chico. Él sabe cómo ganarse el adjetivo. Incluso sabe moverse en una tienda de ropa, cargarse de paciencia, no quedarse jamás con la primera prenda. Pelo, zapatos, uñas, pulido, cuidadoso, algo puntilloso, y lo más difícil: parecer tan natural como el sol o la tormenta.

La discreción ha perdido enteros con la era digital. Algo tan antiguo como presumir se ha extendido como el virus favorito muchos. Da igual en qué grado seas un depredador, te han allanado el terreno. Internet ha entrado a saco con su machete a despejarte el camino. Más allá de las implicaciones “orwellianas” de esto, el fenómeno ha tenido su aplicación en el sexo. También en el espionaje, la violencia o la humillación. Todo eso supuestamente tan distinto al sexo. Paradójicamente, muchos otros pobladores digitales, marcan líneas rojas entre lo correcto y lo incorrecto, formando una guía sobre la moralidad. Qué es acoso y qué no. Cuándo sólo es un tonteo y cuándo ya eres un delincuente. Para esa gente no existe el titubeo reflexivo. Sin embargo, el resultado global de sus “conclusiones”, parece ser la imagen de alguien callado que da un largo rodeo para ubicarse a cien metros de cualquier persona, camino a la extinción de la especie. El suicidio global rebuscado por sobredosis de ideología.
En un principio parecía un planteamiento original; al final la mayoría de personas sólo dan un rodeo para estar lejos de la gente que habla en esos términos absolutos.
Nuestro héroe sabe dónde tiene que ir. Ve fotos de ella, hasta algún vídeo corto, casi en directo. Geolocaliza su borrachera en aumento. Ese debería ser el momento álgido. Está bastante seguro de que no tiene novio. Eso no siempre es un impedimento.

Tienes que acostarte a eso de las nueve de la noche. Cenas ligero y te vas a dormir la mona. Es más difícil de lo que parece. Acostarse temprano para poder ser un crápula. Pones el despertador a eso de las tres o tres y media. Duerme entre seis y siete horas. De todas formas es probable que entre semana no duermas casi nunca más de cinco. Al despertar estarás algo descolocado, pero lo suficientemente fresco. Te das una buena ducha, usas la cuchilla una vez más sólo para afeitarte, eliges concienzudamente la ropa. Procura tener bien alimentada la cartera, a poder ser desde antes. Es mejor no ponerse a buscar cajeros de madrugada. Si es posible, ve andando hasta el local de turno. Si no, procura aparcar donde te dé para un paseo (esto no es difícil). No queremos que en lugar de un borracho parezcas un zombi recién levantado. La idea es el contraste. La higiene, el olor, la energía, todo lo que los demás ya habrán desgastado o corrompido a las cuatro de la mañana. Para cuando muchos grupos de amigos estén pensando en tomar la última, tienes que llegar y normalizar. No hace falta llamar mucho la atención. Probablemente tu sobria torpeza habitual será bien recibida. Cierta rectitud y aguante. No has ido a beber. Bastará con sujetar el vaso, quizá un par de sorbos, y localizar a quien sabes.
No tienes garantías, pero tu táctica es distinta. No es necesario drogar a nadie, generalmente la gente ya se droga solita. Sólo tienes que aparecer en el momento adecuado. Cuando la gráfica despunta. Es fácil diferenciar sobrias de borrachas. Tú acabas de levantarte, ellas se irán pronto a dormir.
Pero nuestro amigo, tan humano él, tiene un objetivo. No quiere disparar una ráfaga y conformarse con el primer cadáver. Siempre hay una elección entre salir o masturbarse, y él hace un tiempo que decidió salir. No como cuando lo hacía con amigos a los veinte, sino con la sociopatía creciente de los treinta, calculador, resabiado, con todos los trucos para fingir optimismo, todo el catálogo dialéctico a mano. El romanticismo ya pasó, ¿no lo dicen incluso algunas feministas? El romanticismo es tóxico, una construcción social. Deconstruyamos, pues.
Cuando la ve, nota la emoción patética de la sobriedad. No sólo le parece guapa, hay algo, cierto tipo de electricidad, una llama minúscula encendida en la boca del estómago. Jamás ha intercambiado con ella más que cuatro palabras por Internet. Likes. Pero está todo calculado, la excusa está ahí, ella conoce su cara. No será un desconocido más buscando un atajo a sus bragas. O sí; pero hablamos sobre todo de drogas, de predisposición. Cuando la gente sale, el discurso ético se reblandece. Nadie busca ir de fiesta para reforzar sus ideales morales. Más bien prima la fantasía básica del placer intenso y puntual; incluso irresponsable, puede que amoral.

Pide un cubata y se apoya torpemente en la barra. Tiene que comenzar a interpretar. Estaba con amigos pero ellos se han ido. La ha visto a ella y ha querido quedarse a saludar. Se ha tenido que armar de valor. Lleva todo el día fuera de casa, está agotado. Ha desayunado, comido y cenado fuera. Era el cumpleaños maratón de alguien. Se ha frito los pies dando vueltas por media ciudad. Ni siquiera quería salir. No le apetecía, lo ha hecho por lo unido que está al cumpleañero, se meaban en la cama juntos, lloraban juntos, tenían miedo juntos y sentían timidez juntos ante las niñas. Lo bueno de esto es que el contexto te da cierta libertad. Si resultas demasiado sensible se puede achacar al alcohol, al cansancio. Es vital tener en cuenta qué cree la otra persona que has hecho las últimas veinte horas. Incluso aunque piense que mientes, nunca intuirá la verdad.
Ella se vuelve después del toquecito en el hombro. Él se presenta a trompicones, gritando por encima de la música. Es importante no hablar seguido quitándote el texto de encima. Tiene que dar la sensación de diálogo. No es tan raro, la gente casi nunca dialoga, más bien representan un diálogo. Lo único que cuenta es lo que dices tú. El intercambio de ideas es algo tan real como un unicornio o el horóscopo. Escucha y toma nota, vira el contenido hacia tu historia de cumpleaños y agotamiento. Intenta que no resulte obvio que te has hecho pajas con su instagram. Todo eso sólo puede ser ruido de fondo. Tiene que creer que ella te gusta, te interesa.
Irónicamente, en este caso no dista tanto de la realidad. Ella le gusta, le pone, claro, pero le gusta. Hay cierta dulzura en sus ojos, contraviene aparentes reglas muy en boga sobre la “fortaleza”. Mira con confianza, no tiene miedo de sonreír, impresionar o hasta enternecer.
Sus amigas se hacen amablemente a un lado, y ambos se quedan hablando, gritándose al oído, haciendo el paripé de discoteca, fingiendo que se puede tener una conversación. Ella parece receptiva. Él actúa desde el cinismo que te da la carencia de drogas. Lo cierto es que parece haber algo puro en el alcohol; puede que no seas tu mejor versión, pero eres más valiente, y por tanto más abierto, la sinceridad brota a borbotones, desordenada, pero está ahí y no te cuesta darle pábulo. El truco de la frescura de nuestro amigo tiene el hándicap de la lucidez. Puede que des una buena impresión por contraste, pero no estás suelto como los demás, les hablas por radio desde otro planeta.
La cosa va bien. Ella parece predispuesta. Ya no esperaba ningún plan, y lo que ha surgido parece gustarle. Hay risitas, hay otra ronda, quieres invitar, ella también, sus amigas comienzan a irse a casa a cuentagotas. Un chupito más. Ya puedes beber, has hecho lo más difícil.
Se ha acercado, ha procurado que ella pueda notarle, olerle, no es difícil en un antro. La mano en su cintura, otro grito, risas de ambos, no saben por qué se ríen, no importa. La noche se define en una media hora. Otro paso más: vivo cerca, las cartas sobre la mesa, tomar la última, venga, ánimo, aquí hay mucho ruido, qué te parece, ¿te hace gracia?, etcétera en mi piso, mi mueble bar y yo. Cutre, directo, salido, y a veces muy efectivo.

No vive tan cerca, a lo sumo vive en la ciudad. Ella va muy borracha, quizá demasiado. No hay una pizca de miedo en sus ojos. No se ha olido la tostada, o simplemente la tostada no le importa. Es libre de hacer lo que quiera, ronda los treinta, no tiene que dar explicaciones a nadie, aunque lo haga. Si alguien le dice que se tire por un barranco, ella puede hacerlo si le da la gana.
Él piensa en lo que va a hacer cuando lleguen a casa. No tiene claro que ella pueda hacer algo más que dormir, más allá de lo que quiera hacer.
Al aparcar, sin embargo, la muchacha parece menos cocida. Salen del coche. Del coche al portal, del portal al ascensor, del ascensor a la cuarta planta. Recorrer el pasillo hasta la puerta. Es un bloque de pisos viejo, sin encanto pero resistente. No es la obra de arte de nadie, es un archivador vertical, cajas de zapatos apiladas.
Haces lo que puedes en un mundo frío y complicado. Te instalas, sobrevives, y aprendes a pescar en el hielo.
No beben. Se revuelcan primero en el sillón, luego van dando bandazos hasta la habitación. La persiana sigue abierta, las luces al fondo. Él le sube la falda, tironea de las bragas hacia abajo. Ella se apoya en el escritorio. Hay una posibilidad de que vomite sobre el teclado en la que él procura no pensar. No ha pensado tampoco en los condones, a lo que ella no ha añadido nada. Sigue adelante, sin titubear. Un clásico. Embiste como Dios decidió. Como Darwin explicó. Un amigo de nuestro pescador decía que Dios no folla. Puede que no folle, le replicaron, pero controla el burdel. Una noche más toreando el suicidio, besando sus astas. Ella le azuza. Él se va a correr. La mirada fija en las luces del horizonte. Se acaban uniendo en una sola, grande y borrosa. Parece conformar una cara.

 

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