Archivos Mensuales: febrero 2018

Rifle Sniper en tres movimientos

1.

Comienzo a picar, mezclar y cocinar los ingredientes de mi idea durante la cena. Como suele pasar con las ideas que prometen un intenso alivio, es una pésima idea. Te centras en los problemas logísticos para no pensar en los problemas morales.
La cena consta de tres platos, los anfitriones se han pasado el día con los preparativos. La logística de la gente llamada equilibrada: piensas en la logística porque crees que no tienes nada más en qué pensar. A cambio recibes una ración irrisoria de alivio de marca blanca, y sólo a veces. Cuando las llamadas buenas personas pasan horas (o días, o años) trabajando por algo, muy a menudo no obtienen nada a cambio. El camino legal o ético tiende a funcionar bajo parámetros sospechosos. Se dice que hay personas que disfrutan más preparando las vacaciones que viviéndolas; es como si supieran que la vida muy raramente da lo que promete, sobre todo si eres un buen chico, una buena chica, una persona “digna y esforzada”. El paquete básico de dignidad, alivio y recompensa, es como esa panera que viene sin jamón, sin alcohol. La buena gente, a diferencia de la gente buena, hace las cosas para cumplir. Hacer algo porque quieres no se parece a lo que veo. Fíjate en la calculada distribución de los alimentos. Cuando esta gente se reúne, no se puede cenar y pasar a otra cosa. Primero se pica, se bebe, nos ponemos al día. Así somos. Yo me mezclo con ellos, cambio de color según el fondo. No es que se me dé muy bien. Normalmente llamo la atención por el proceso de intentar pasar lo más desapercibido posible.
Un chupito cada vez que alguien diga la palabra «normal».
Lo Normal es el Dios de la buena gente, y la mayoría de las cosas les parecen raras. Pero en el fondo parecen notar que esa visión no es del todo lógica. Van puliendo las expresiones para definir a las personas que no consideran cabales en ese sentido. “Está un poco pallá”. “Come aparte”. Si te consideras normal pero con reservas, no dirás algo como “Está como una puta cabra”. No llamarás loco a nadie, refinarás el eufemismo. A la gente normal le aterra la diferencia, cualquier tipo de diferencia. Aunque sí hay una clase de “loco” al que de un modo u otro suelen respetar: el que consigue la pasta.
No cuesta nada impresionar o asustar a las personas normales. A veces basta con un vestuario, otras veces con una película. Tienen una hipertrofiada sensibilidad, como si tuviesen mucha pero de mala calidad. Suelen disfrazar eso de gustos personales. A veces se los llama pijos, pero no siempre se comportan como uno imagina que es un pijo. Lo que les caracteriza, sobre todo, es una enorme carencia de empatía, suelen tener escasa intuición, y tienden a usar el cinismo como escudo cuando ven que algo les puede hacer pensar, penetrar, descolocar. Tienen muchos problemas con la abstracción, con el humor, tienden a ofenderse y exigen colores primarios.
La hipocresía se les da genial, obviamente. Es algo inherente al ser humano, lo más habitual en él, y la gente normal se cría con eso, abraza eso y cultiva eso.
Ahora hay nuevas generaciones abrazando lo normal. Personas más coloridas y ruidosas. Usan nuevos adjetivos y palabras, rebosan anglicismos, dicen estar abiertos a todo. Pero suelen ser igual de intransigentes, aunque cambien el blanco de su intransigencia. No han logrado superar la necesidad de tener un enemigo. Hay gente normal discreta y gente normal teatral. Y muchos tienen un ego enorme, imparable, les define, les impulsa a pensar en voz alta digital, a clamar que tienen la verdad absoluta. Un ego casi sólido, vírico, a menudo más visible cuando intentan dar muestras de humildad (que es muy a menudo).
Basta con que te fijes en él unos minutos. La parte masculina de la pareja residente. Aunque quizá no lo parezca, estoy hablando todo el tiempo de mí (si es que hace falta aclararlo). Ella me dijo una vez que en realidad se me nota todo. No soy gran cosa, no se me da muy bien casi nada. Tiendo bastante a lo irracional. Puede que por eso ella acabara con él. Que sea un tipo normal no significa que yo sea mejor, sólo significa que él es normal, ha hecho un esfuerzo por serlo, por parecerlo. Ha hecho lo que llaman madurar. Y también ha conseguido la pasta.

2.

No conozco al señor que tengo delante, debe rondar los cincuenta, ex militar, cortante, la cabeza afeitada. No le intereso lo más mínimo, sólo habla de cara a la venta. Informa y deja espacio a mis reacciones. Creo que su forma de respetarme es asumir que entiendo lo que me dice. O lo que pasa. Habla claro pero en tono monocorde, sin aspavientos. Estamos en un piso minúsculo, es suyo (aunque no el suyo), el lugar de la cita. Sobre la cama, el material.
Me habla de la pistola de 9 mm, cargador de doce disparos. Hace un paréntesis y me dice que ha raspado números de serie y demás problemas potenciales. Intuye que estoy perdiendo la virginidad con el mercado negro. Me habla del M-16, un fusil de asalto, largo, liviano. Difícil mantenimiento. Hace otro paréntesis y me pregunta si sé disparar. Le miento. No me cree. No es que lo verbalice. Me habla del AK-47, pesa cuatro kilos, automático o semiautomático (“según para qué lo quieras”). Asiento, sé fingir que sé fingir. Sopeso cada pieza, hago pantomima, apunto a la pared, la devuelvo a su lugar. Me habla del Rifle Carabina, del Rifle Cerrojo, del Combinado. Me dice: infórmate, busca tutoriales, sal de dudas, esto no son juguetes. Me habla del Rifle Palanca, un clásico del lejano Oeste, tan famoso por su aspecto como Madonna o la Coca-Cola.
El Revolver de seis proyectiles. La Escopeta Superpuesta. Y finalmente el Rifle Sniper. Un arma de precisión capaz de alcanzar blancos a más de dos mil metros.
El hombre parece aburrido. Le digo que ayer fui a cenar con amigos. Murmura que no quiere saber nada, y que va a salir diez minutos de la habitación. Dice que quiere que lo piense detenidamente. Diez minutos de Moral contra Logística. Se me hace raro que me deje solo con todo su arsenal. Abro la puerta del piso muy despacio, y descubro que está en el pasillo. No ha ido a ninguna parte. Me mira como mira quien ha visto eso ya mil veces. Cierro la puerta, avergonzado. Creo que ahora piensa que le estoy haciendo perder el tiempo. Ni siquiera estoy entre la espada y la pared, no me he metido en líos con ningún cartel de la droga, ni con un matón local. Creo que él lo nota. Creo que ve esto como el acting de otro imbécil que ha decidido tomar el atajo del odio, y que se echará atrás ante la visión de la cama armería. Puede que no haga uso de la moral, pero la conoce.
Cuando vuelve, le expreso mis dudas. ¿Por qué dejarme solo diez minutos? ¿No pierde así clientes, gente que se retracta? Me dice que él no depende de esto, sólo es un buen sobresueldo, no quiere que nadie le responsabilice moralmente de nada.
–Yo ya decidí qué hacer con mi moral –dice–. Tú eres el que decide qué hacer con la tuya.
Le digo que este asunto no parece un asunto moral, sino más bien inmoral.
–Siempre es un asunto moral. Ahora dudas precisamente por eso. Yo sólo soy una opción para ti. No nos conocemos, no nos hemos dicho los nombres, y no te voy a juzgar. Pero no puedes escapar de lo que piensas. No te voy a preguntar para qué quieres el arma, pero no acepto devoluciones, no alquilo, no tramito ventas a terceros. No me interesa si quieres suicidarte o quitar de en medio a alguien. Sólo quiero que entiendas que lo que sea que hagas es tu decisión, y sólo tuya.
Me impresiona la aparente sencillez de la ecuación. Pienso que quizá sea la primera vez que alguien me deja de verdad decidir algo importante en mi vida. Todas las grandes decisiones, académicas, laborales, incluso sentimentales, suelen tener potentes condicionantes, procesos de miedo, intereses ajenos, presiones. De algún modo todo el mundo te está diciendo: Haz lo que quieras, pero no me jodas. Haz lo que quieras, pero lo vas a joder todo. Como la gente normal, normalmente te ves abocado a cumplir, raramente a vivir tu propia vida.
Este hombre lo deja todo en mis manos, no hace juicios, no compara su situación con la mía, no opina. De repente tengo una decisión importante que tomar, y nadie me está diciendo lo que tengo que hacer. No hay obligación, ni tampoco pasivo-agresividad, no hay frustración ajena que me condicione.
No hay ego.

Poco importa si no es así, porque así es como lo siento.

3.

El estuche rígido pesa. Parece exactamente lo que es, cualquier cosa menos la funda de una guitarra. Me cuesta menos dar con un campo de tiro que con el vendedor. Mi experiencia en el mercado negro fue tranquila, pero no me hago ilusiones. Me siento anestesiado, vacío, impermeable. Me limito a poner un pie delante del otro; camino, respiro, me alimento. Me pongo el calcetín, compro en la tienda, vengo del trabajo, tomo café, practico la discreción. Por las tardes voy al campo de tiro. Fantaseo vagamente con mi nuevo poder. Ahora el tiempo pasa rápido. Tengo enchufe (mi vendedor), me dejan instalarme con un arma ilegal. Mi vida legal no le concierne a nadie. Ahora tengo contactos. Un día me hacen una llamada extraña. Alguien me quiere captar. Otro día me ofrecen prostitutas. Me confunden con un perfil concreto. Digo No, gracias. Imposto la voz sin querer, y no me preocupa que se corra. Me siento dentro del circuito, un nuevo sistema moral, ética que se estira como un chicle.
No se me da mal disparar. No imagino cabeza concreta alguna reventando. Siempre te vienen caras, pero aunque el rencor es un buen detonante, es un mal profesor. Aún no he hecho nada tan grave como para preocuparme, pero la idea de hacerlo me ronda. Cantos de Sirena. El plan inicial. El corazón roto. Toda la pesca. Hay gente que se pone melancólica, escribe poesía, se montan su propia temporada de Ally McBeal. Yo me he comprado un Rifle Sniper.

Es útil aclararlo. Tuve conatos de contacto “romántico” con ella, algunos encuentros, algo vital, importante para mí. Dejé pasar el tiempo. Ella estuvo fuera, Londres, con su futuro, sus planes, lejos, joven, tranquila. Yo no enseñé mis cartas, no tenía. Siempre estuve fuera de la partida. Mi problema nunca ha sido lo que hago, sino lo que dejo de hacer. Dejas tu vida colgando como una serie, y luego no recuerdas en qué capítulo te quedaste, y mucho menos la trama.
Tiendo a recordar lo bueno, pero casi nunca soy consciente mientras sucede. No soy original en eso. Ella continuó en la serie, a mí los guionistas me mandaron al ostracismo (al menos no me mataron). Pero yo también estaba en ese equipo de guionistas, comenzaron a escribir a mis espaldas, todos dentro de mi cabeza.
Ella conoció a alguien y por fin pudo construir algo. El paso lógico, tierno y previsible. Él parecía tener predisposición a una vida tranquila, una mirada casi infantil. No he llegado a conocerle muy a fondo. Está claro que es un buen tío, buena gente. Lo puedes llevar a casa de tus padres perfectamente, puedes dejar que lo desembalen, lo monten, lo enchufen y se lo follen el día de Navidad. Queda perfecto, es práctico, hace juego con las facturas, queda ideal frente a los escaparates, su firma es firme, y su polla un par de centímetros por encima de la media. Si miras a lo lejos, puedes verlo, allí, a una distancia de veinte años, en su escritorio, consiguiendo la pasta.
A mí me basta con tenerlo a menos de dos mil metros. A veces con el esfuerzo sí obtienes resultados.

La rutina no siempre te centra. La mayoría de las veces te entumece, a veces para bien, a veces no. No logro dejarme ablandar por nada, no tengo predisposición, no quiero hablar con nadie. Siento cómo poco a poco voy encajando en mi lugar. Algún misterio irresoluble se me comienza a revelar. Por qué la gente se vuelve mala, por qué cometen atrocidades. No siempre es simple y llana venganza, o dinero, tampoco el sexo tiene por qué jugar un papel. Siento algo parecido al destino manifiesto. No le odio, y ella ni siquiera me interesa ya demasiado (mentira). Sé qué sólo ella tendría una posibilidad de empujarme fuera de mis nuevos raíles, pero pedirle ayuda es de lejos la última opción. El techo blanco e irregular de mi piso me atrae más que la tele o Internet. Lo miro, a veces largas horas. Saludo a los vecinos con la misma parquedad que antes. No me tensa la idea de la cárcel, pero no veo la necesidad de gritar y vestir colores chillones. Si alargas tu mano para salvarme, sólo conseguirás un apretón de compromiso.

Gracias por este premio, no voy a dejar de decir nombres aunque la música comience a sonar.

Tengo varios lugares estratégicos. Soy el francotirador autodidacta. Puedo verles sin dificultad en su piso. El piso nuevo, el nido. Cierran la ventana menos de lo que creerías. Les he visto comer, les he visto viendo la tele. Pronto llegó el primer gato. Para el segundo yo ya les había visto follar. Él siempre se coloca sobre ella, culea como si un conejo pudiera estudiar unas oposiciones. He estado esperando a que pase algo, pacientemente, revisando las estadísticas de violencia de género. A juzgar por los números, no sería raro que a él se le escapara un tortazo. No puedes captar fácilmente tortura psicológica con una mira telescópica. No veo en él ningún comportamiento de diario digital. No da ningún titular. Ni siquiera le he visto masturbarse, ni cuando ella salió de viaje laboral una semana. Se sienta y espera a que las cosas desfilen. Su única actividad física es el sexo, dos veces a la semana, dos minutos de revolcón responsable. Para la inercia ética actual, parece un modelo a seguir. Es más guarro comerse una hamburguesa.
Desde otro lugar para mi Rifle, puedo verles en su cafetería habitual. Casi a diario. Un día él volcó su café, casi pierde el culo por hacer el trabajo del camarero. Reaccionó como si le hubiesen pillado metiéndose un raya del ano de su hija. Casi le podía oír disculpándose. Juntaba las manos a modo de rezo.
Es evidente que no merece morir, lo que hace que matarle sea una idea cada vez más interesante. Un acto puro de maldad deja una salsa en la que todo el mundo quiere untar el pan. Un crimen pasional es un capítulo de CSI escrito a marchas forzadas.
En mi cabeza ya sólo hay un mapa logístico y un mono con una escopeta. Y cada vez me llevo mejor con ese mono.
Hay un tercer escondrijo desde el que asoma mi cañón. Su trabajo. Un edificio de cristal, se le ve ir de un lado a otro con papeles. De cuerpo entero, de su silla a la fotocopiadora (¿impresora?), y de la fotocopiadora al despacho del que presumo su jefe. Nada fuera de lo común. No se arrodilla para chupársela a nadie. Sus compañeras bien podrían ser minions, no se molesta ni en mirarles el culo. Mira hacia su pantalla y teclea. Debe tener un buen paisaje, pero actúa con la ventana como si fuera una pared.
Es el hombre funcional, la espalda recta, la jerarquía, la mirada respetuosa, el saludo, la ética del trabajo, la sonrisa adecuada. Le imagino comprando tofu al primer chillido de cerdo. La persona que sucumbe, Smithers, el judío convencido de que va a ducharse. No quiero olvidarme de agradecer esto a mi madre: Este premio es para ti, mamá.

El día que decido hacer algo al respecto, no me siento diferente. Me recorren esos pensamientos que pondrían nervioso a cualquiera, pero siento que tensarme sería como ver fotos de un incendio y correr a llenar un cubo de agua. Para qué, fue ayer, ahora los árboles son de color, limpian sus pistolas en el gueto, y si te acercas te matarán, joder. Creo que siempre he tenido esa visión del mundo. Esto ya estaba jodido cuando llegaste, no vengas a explicarnos un cuento, y además ha sido culpa tuya. ¿Cómo? Sí, ha sido tu puta culpa, porque naciste con ese color y en ese lugar, con esos genitales y esa manía de respirar. Lo cierto es que esta vida es un paraíso para los adictos al enemigo. Todos necesitamos algo contra lo que escupir; el problema es excederse y acabar con la aguja colgando del brazo en un callejón. Tú, que jamás has tocado la heroína, que sólo querías salvar el mundo.
Es en la terraza del bar. Yo estoy apostado en un párking de cinco pisos, en el cuarto. Me coloco entre dos coches, conozco los tránsitos. No preocuparse ayuda. Me han visto más de una vez, tumbado en el suelo, con el Rifle en las manos. Creo que ya han decidido que no hay nada que temer. Creo que hasta he dado los buenos días un par de veces. Los habituales del párking. ¿Has visto a ese tío del Rifle? Ese tío está como una puta cabra.
La gente normal cree que sabe cómo reacciona la gente. Pero nunca han puesto a prueba a nadie de verdad.
Están todos. La pareja y sus amigos. Un sábado no pasa nada, todo el mundo lo sabe. O sí, pero no a mí, no aquí, no en esta ciudad, mucho menos en esta terraza. Los francotiradores de las películas. Las desgracias del telediario. Oh, mi café, un sorbo más. Unas risas, puesta al día, planificación gastronómica. Es increíble la eficacia de la mira telescópica. Es como estar con ellos sin estar con ellos. Igualito que cuando estoy con ellos.
He estado ausente, pongo excusas, creen que es porque ella me gusta. La gente normal acierta bastante, porque suele pensar mal. Es como si un reloj roto pudiera acertar la hora cincuenta veces al día. El problema de matar a alguien supone otro dilema moral. ¿Ya has cruzado esa línea y por tanto estás condenado? ¿Hay alguna diferencia moral entre matar a uno o matar seis? Si te pones a pensarlo, son todo complicaciones. El mundo del crimen da tanto trabajo como el mundo legal, seguramente porque en el fondo se parecen más de lo acordado.
A él lo tengo de cara. Comienzan a pasar cosas. Los demás se van marchando, hasta que queda la pareja sola. Parece ser que hay un plan de pareja, algo que culminará en un coito limpio y cuidadoso de minuto y medio. Puede que antes vayan al teatro.
Pero he estado pasando algo por alto. No me he estado fijando en las expresiones, las caras. Me he relajado, he desconectado como cuando estoy con ellos. Lo que creo es que la pareja ha comenzado a discutir, y que los demás les han dejado por eso. Simulacro de Intimidad.
Parecen enzarzarse en un complicado diálogo. Ella parece contenerse, él parece sorprendido. Ella se lleva las manos a la cara. Llora. Él intenta tocarla y ella se aparta suavemente. Siguen hablando. Casi puedo oír aplausos en la platea. Sales con tu esmoquin alquilado, procuras no tropezar subiendo los peldaños. La actriz que te va a entregar el galardón espera, sonríe. La orquesta toca tu canción. El premio pesa demasiado, estás nervioso, la gente normal sólo puede fantasear con esto, cogiendo un cepillo en el baño, mirando al espejo. Purria.
Ella se levanta y él se queda sentado. Se dan la mano. Ella se marcha. Parecen haber llegado a un acuerdo, uno que a ella le complace y a él le deja atónito. Y una voz enérgica a mi espalda dice:
–¿Señor?
Dice:
–¿Señor?

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