20 propiedades del limón (1 de 20) – Cadena de montaje

El día de la entrevista nos citaron a varios. Coincidí con un compañero del colegio. Nuestras miradas: “¿Todo aquello para esto?”. Era Samuel y no era amigo mío, no parecía tan desubicado, había entrenado bien la resignación. Nos hicieron un test psicotécnico.
Mi primer día de curro no había rastro de Samuel. Estuve un rato esperando en un zona habilitada para oficinas y una sala de espera. Pero básicamente era una nave industrial. Un hormiguero metálico. Alguien vino a por mí, comenzaban las indicaciones, atropelladas, protocolarias, somnolientas, no me enteraba de la mitad. Allí se montaban televisores. Había líneas de montaje y reparadores siempre listos, orbitando como satélites. Un océano de dignidad de clase obrera. Tuve que surfear esa ola sintética cuando vi cuál sería mi puesto. Era casi al final de la primera línea de producción. Yo cerraba y precintaba cajas.
Ocho horas.
Tenía que cerrar y precintar, a toda velocidad. Era como una huelga a la japonesa todos los días. Cualquier desfase en la economía de movimientos ralentizaba la línea. Mecanizabas los gestos, la mente en blanco, el ánimo anulado, salías cada día casi con ganas de comer cerebro.
Intenté imaginar mi futuro allí, siempre en aquel puesto. Había algo que me aterraba en ello, pero también algo que me aliviaba. ¿Por qué tenía que ser tan malo? Llevaría mis auriculares y pasaría de todo. Mi curro no exigía absolutamente ningún esfuerzo mental.
Pero claro, estaba equivocado.
Cuando llevaba un par de semanas, pensé que me iba a volver loco.
Recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba, recibía, cerraba, precintaba. Y a veces después despertaba, porque soñaba a menudo con ello. Soñaba con ello y luego lo practicaba, horas extras que nadie me pagaba, recibía, cerraba y precintaba.
Era muy difícil abstraerse, mucho más de lo que parece.
Normalmente no he tenido problemas para hacer amigos. Allí no hice ninguno.
Había medía hora de descanso, pero no seguida. Primero había un parón de diez minutos, a eso de las diez de la mañana. Luego a eso de las doce, los veinte minutos restantes, el tiempo justo para pillarse un bocata en el bar de empresa, engullirlo y volver al tajo. Ni siquiera me sentaba en el comedor, almorzaba de pie en un pasillo, frente a un tablón de anuncios. Al lado había una tienda para empleados, siempre a la vista un dvd de “Wasabi” de Jean Reno en el escaparate. Reinaba el estatismo. Hubieras agradecido un apagón, un escándalo, un asesinato, un chupito de sangre.
Todos lo notábamos, ese delirio, calmo, paciente, nos carcomía poco a poco, todo justificado por la dignidad de nómina. El ser humano es fascinantemente tonto.
La gente suele usar el término Cadena de montaje como metáfora, como expresión. Cuando lo usan para describir productos, siempre lo hacen en peyorativo. Nunca oirás a nadie diciendo algo como: “Esto es una maravilla, está hecho en serie”. Cuando la gente quiere sonar despierta y lúcida, lo lleva todo al ámbito familiar. Negocios familiares, artesanía, comida casera, hasta conocen el nombre de quien les ha hecho el pan, el escritorio, la pizza. Es pura pose, porque en realidad, casi todo en sus vidas nace de la producción en serie, a menudo también ellos. Fíjate en nosotros, Samuel tuvo mucha suerte. Un par de años después me enteré de que había muerto en la autopista, en el impás entre la entrevista y el primer día de curro. Puede que suerte no sea la mejor palabra, pero las hay mucho peores, como Sony.

No estuve allí para siempre. Sólo unos meses. Cuando me dieron la patada, después de renovarme una vez, me llevé una decepción. El último día miré con ojos de añoranza las cajas. No tenía ningún recuerdo destacable de mi experiencia allí, aparte de un abrumador y sordo aburrimiento. Yo no había estado más vivo que Samuel. Pero algo de todo aquello me caló más allá de la nómina. Un amigo me dijo que esas cosas las hace la naturaleza, que quiere que te sobrepongas a todo y luego folles sin condón para perpetuar la especie. No podría estar más a de acuerdo.

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