20 propiedades del limón (5 de 20) – El tambor

Lo había visto en películas, incluso había soportado a críos escandalosos en algunos lugares públicos. Pero nunca había comprobado por qué pocos días después de la mañana de Reyes, no es raro ver tambores de juguete junto a contenedores.
Era el día tal del año dos mil y pico, mediodía, siglo XXI, millennials, comida familiar, más o menos. Había comenzado a frecuentar a una chica, y por algún motivo que se me escapa no me pareció mala idea que me llevara un día a comer a su casa con sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus sobrinos, sus primos, su perro, hasta había una chimenea. Era todo violentamente íntimo y formal, lo contrario a follar en un hotel de dos estrellas. Todo eso que la gente se hace la picha un lío al valorar, lo que un día te dicen que es la felicidad y al siguiente una trampa que no supieron sortear.
Millennials, al parecer yo también lo soy, ahora nadie te pide permiso para colgarte etiquetas. Estábamos rodeados de ellos, algunos incluso tenían hijos. Por suerte a veces hay tanta gente que pasas desapercibido. No fue el caso.
Tuve que contarlo todo: que no era nadie, que claramente no tenía un futuro claro, que no sabía tomar decisiones, que me equivocaba casi siempre, que no se me daba bien la gente, y que aun así me estaba follando a «la niña», seguramente por haber conseguido engañarla, embaucarla, atraparla en mis redes de ya treintañero baboso, perdido y millennial por los pelos. No es que lo contara así.
Fue un momento violento de verdad, como es debido, como es tradición, como mandan los cánones del protocolo. Todos sonreíamos como si tuviéramos los dientes llenos de típex.
La comida, obviamente, se hizo eterna. Normalmente me siento fuera de lugar, ese día me sentía como un reloj de arena en una montaña rusa. Así era como funcionaba. Pensé que si alguien me daba un capón en la nuca, me dejaría inconsciente una semana.
Supongo que hablo tanto de los millennials porque ellos no dejaron de hacerlo. Millennials poniendo a parir a millennials, millennials dando la bendición a millennials. Nadie puso en entredicho la aceptación natural de la etiqueta, ellos eran millennials igual que una nube es una nube. En las seis horas que duró la comida, nadie se reivindicó como persona libre e individual.
Creo que por eso al principio el tambor me hizo cierta gracia.

Uno de la casi decena de niños que había, sacó un tambor de algún rincón. Alguna tía Encarna se lo había regalado días antes, Reyes. Un ejemplo de lo que es la reflexión es regalarle un tambor a un niño de cinco años: le va a encantar, no va a dejar de dar golpes y armar ruido, ¿no es lo que le gusta a un niño, armar ruido?, ¿eh? La lógica de esta tía Encarna –cuya idea de algo romántico en Facebook es la imagen del torso de un tío que se siente incómodo fuera del gimnasio a cuyos pies se aferra una rubia que se siente incómoda fuera del machismo–, cantaba ópera, lo importante era el niño, su regocijo. Un tambor infantil es sencillo, es como una pistola, sólo sirve para una cosa.
Esta tía Encarna en particular había pasado por su propio proceso de oscuridad, durante un tiempo su idea de hacer planes tenía que ver sobre todo con cuchillas de afeitar y bañeras llenas de agua tibia. Un par de intentos de irse y una incipiente (aparente) vuelta a las ganas de vivir, hacían que todo tuviera sentido. Si el niño quería tocar el tambor que le había regalado su tía viva de milagro, tocaría el tambor.
No recuerdo el nombre del niño, creo que era Pau, o Unai, o algo así, un nombre de niño, blando o supuestamente moderno.
El crío cogió el tambor justo después del último bocado que se había dejado meter en la boca a presión. Desde ese instante quedaban tres horas para que la familia se dispersara; tres horas y media si contamos el proceso de despedida y promesas vacías.

No es difícil empatizar. Y no es que los padres del crío no le llamaran la atención en ningún momento. Pero nadie obviaba al elefante suicida en la habitación. Las conversaciones se diluían y mezclaban. Había quien ya no hablaba, o se salía al balcón a fumar. El niño sonreía como si supiera lo que pasaba; probablemente lo sabía, o al menos lo entendía a su manera.
Este tambor no es nuevo. Esto, de hecho, es la batucada de siempre. Los condicionantes. A veces es más metafórico o sutil, pero hay días que todo se vuelve escandalosamente literal.
A veces el pacto tácito de no marcharse hasta que se marchen todos no es rígido. No era el caso.
Durante la despedida, todos de pie, esperando a que se extinguieran de una puñetera vez las últimas conversaciones, el ruido era ensordecedor. No había pausas, no había tregua.
Una vez ya en la calle, sólo podía pensar en drogas. Vi a quien se apoyaba pesadamente en las paredes, vi ojos cerrados más tiempo de lo normal, vi incluso a una de las familiares vomitar junto a un coche. En realidad no soy un narrador fiable, no entendí tan bien lo que había pasado. No volví a ver a nadie de aquella casa.

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