20 propiedades del limón (6 de 20) – Ese olor

Una tarde, después de muchos años de mi etapa estudiantil, pasé por delante de mi colegio. La ESO, incluso la FP. Pasé allí muchos años. Diría que en algunos países a los niños les faltan años de colegio, y en otros les sobran. La infancia no me parece el pasado, me parece otro mundo, el tiempo corría lento, los colores eran más vivos y la atmósfera más respirable, y las preguntas se reducían a exámenes fotocopiados.
Guardo un buen recuerdo de la época, pese a haber sido un niño de relleno, figuración. No era un estudiante justito, era una sombra, un habitual en septiembre, una bronca descomunal cada trimestre. Aquello no estaba mal, ahora brilla con luz propia al recordarlo. El sol ahora es el mismo, pero en aquel entonces te sonreía, te ayudaba a ver bajo las faldas, guiaba tu mano.
Esa tarde de adulto deambulante, al quedarme embobado frente a los portones mientras salían los niños a las cinco de la tarde, un profesor me reconoció.
Era mejor que pasar por un pedófilo, pero tampoco era cómodo para mí. Algo que he comprobado es que la gente, los compañeros, los docentes, no recuerdan tus notas o méritos. Con el tiempo, ya sea para bien o para mal, pasas por uno más. Eso me tranquilizaba.
Me dio la mano y se la estreché. Había sido mi profesor, pero no conseguía recordar de qué. Él recordaba mi nombre, pero yo el suyo no. Quizá era Toni o Manel, un nombre de profesor. Había encanecido por completo, pero conservaba su aire juvenil. Llevaba una chaqueta de cuero y un casco en el codo.
Me animó a entrar, a echar un vistazo. Me apetecía, pero acepté sobre todo para quitármelo de encima. Mientras él se iba hacia su moto, entré y subí los peldaños hasta el pórtico. Me sentía viejo, pasado, pero sobre todo sentía que había perdido un montón de tiempo, de años. Se suponía que el futuro era una promesa, no sólo habitaciones hechas de preocupación y más exámenes, aunque los exámenes ya no fueran por escrito. No me sentía más sabio, sólo más oxidado, menos idealista, algo demodé.
No es fácil explicarlo, o quizá es simplemente que no me apetece. Deambulé por el pórtico y salí al patio. El cielo se estaba tapando. Mi estado de ánimo cambió. No se me agolpaban los recuerdos, más bien me invadía cierta sensación. No sé si era nostalgia, pero no era desagradable.
No sé por qué, pero lo que más me atraía era volver a ver los lavabos para chicos del patio. Estaban de cara a las canchas de baloncesto. Tenían una especie de biombo de piedra que había que rodear, y dentro los urinarios de pared y los habitáculos para aguas mayores. Era adonde yo iba sin falta a la hora del patio, nunca le quitaba el papel de plata al bocadillo sin pegar antes mi meada.
Cuando entré, me pasaron por encima los años noventa. Si olía exactamente igual o sólo era mi imaginación, no lo sé, pero era esa misma electricidad. Aquel lavabo es lo más cerca que he estado de una máquina del tiempo. Era un olor fresco y fétido, a meados y ambientadores incapaces de hacer bien lo suyo. La polla se te congelaba en invierno. Las chicas entraban y salían corriendo. Vi nevar por primera vez saliendo de ese lavabo.
Respiré hondo ese ambiente. Lo mejor de todo es que sólo me importaba a mí; todas esas minucias en mi cabeza, que en realidad son todo lo que tengo.

Ya había hecho la gracia, así que me dispuse a salir de allí. Lo sentimental de la situación eliminó por completo mi sentido logístico. No había pasado tanto tiempo, ni tan siquiera recorrí los amplios patios. Pero los portones estaban cerrados.
No había nadie. Es un colegio de curas, antaño las puertas permanecían abiertas durante horas después de las clases. También abrían los sábados y los domingos por la mañana. Las canchas de baloncesto y futbito estaban operativas toda la semana. Ahora ya no. Era como si el colegio hubiese envejecido conmigo; o mejor dicho: igual que yo.
Empezó a llover, por supuesto. Me metí en el pórtico. No tenía prisa. Sólo había que encontrar a alguien. Estas situaciones sólo son peligrosas en las películas de terror. En la realidad sólo es una cuestión de tiempo. Al principio es tiempo, luego aburrimiento. Al principio me muevo, busco a alguien, un cura, una administrativa, un profesor rezagado, unas llaves. Recorro el largo pórtico.
Entonces echo un vistazo al patio a través de los cristales, y veo a un niño a lo lejos. Se me hiela la sangre, aunque de entrada no entiendo por qué. Está quieto y parece mirar en mi dirección. Mira desde donde un segundo antes no había nadie. Por disposición de los elementos, parecía imposible que hubiese aparecido un niño ahí justo en ese instante. Bajo la lluvia, como si hubiese crecido del suelo. No se parece a mí de crío, más bien parece una foto mía de crío, pero ninguna de las dos opciones me tranquiliza. Me asusta especialmente su ropa. Prendas que no recordaba, pero que reconozco sin problema al volver a verlas. Lo que yo era y vestía a los ocho años.
Aparto la vista y procuro respirar, para luego volver a mirar y que el niño haya desaparecido. Al levantar la cabeza sigue ahí. Se está quedando empapado. Es curioso que un crío o una cría sean una representación tan eficaz de lo desconocido.
Un acceso de raciocinio me dice que debería ir hasta él, darme cuenta de que es un niño anónimo, preguntarle qué hace ahí, y resolver el problema como un adulto.
No para de llover, pero salgo al patio. Moverme, hacer algo, me tranquiliza. El niño no se parece menos a mí por estar cada vez más cerca. Eso hace que me detenga a cierta distancia. Digo:
–¿Hola?
Claro que no dice nada. No va a decir nada porque eso era lo que yo hacía. Esperar a tener al adulto de turno encima, haciendo preguntas, levantando el dedo.
Cuando estoy justo al lado, decido hablar como yo hablo con los niños anónimos de ocho años. Entonces me percato de que yo nunca hablo con niños. Apenas sí hablo con adultos, sólo cuando no queda más remedio.
Pero él no espera tanto de mí. Se limita a mirar con sus exagerados ojos marrones. Estamos en la zona de las canchas de futbito, y señala con el dedo hacia las de minibasket. Miro hacia donde señala, y entonces veo a Toni, a Manel, al profesor ya canoso. Está desnudo, su cuerpo flácido, delgado pero fofo, arrugado. Se coge la polla y los huevos con la mano derecha, y los sacude, me saca la lengua, a modo de invitación repugnante. Entonces miro otra vez al niño, me miro. Y dice:
–Se te congelaba la polla.
Crece sin remisión un dolor en mi nuca, comienzo a notar los pantalones húmedos y la espalda dolorida. Vuelvo a notar ese olor. Al abrir los ojos, veo el techo del lavabo. Aparece en mi campo de visión la cara de una niña de unos once años, luego la de un crío algo menor. Me incorporo, toco con las manos el suelo húmedo y resbaladizo, puede que en parte pis. La niña me dice:
–¿Está bien?
Le digo:
–No. Pero no me trates de usted.

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